La visión israelí de la seguridad regional se fundamenta en mantener debilitados a los Estados árabes
Nada de ello resulta sorprendente para nadie, y mucho menos para los especialistas en la materia.
Desde el momento en que Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos formalizaron la normalización de sus relaciones con Israel en 2020, aquellos acuerdos —bautizados como «Acuerdos de Abraham» por el presidente estadounidense Donald Trump fueron ampliamente desacreditados por sus detractores, que los consideraron una auténtica farsa.
Incluso antes de su firma, diversos especialistas en Oriente Medio habían sostenido que se trataba de una escenificación política y un ejercicio de engaño que, bajo la apariencia de promover la paz y la fraternidad entre los «hijos de Abraham», parecía sacrificar la causa palestina.
Poco antes de la suscripción de los acuerdos, el académico británico-palestino Kamel Hawwash había afirmado que los israelíes habían «engañado» a los emiratíes mediante una maniobra que prometía perpetuar y acelerar las políticas israelíes de ocupación y apartheid.
Por aquellas mismas fechas, Joseph Massad, profesor de política árabe moderna, describió los acuerdos como un intento de reinterpretar «la terrible realidad colonial del sionismo y de Israel en términos de una disputa religiosa y fraternal».
Un nuevo informe israelí sobre seguridad podría aportar indicios fundamentales acerca del pensamiento estratégico que orientaba a Israel cuando suscribió aquellos acuerdos, así como de las políticas que ha aplicado desde entonces.
En un informe publicado el 12 de octubre por el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel (INSS), Tamir Hayman, antiguo jefe de la inteligencia militar israelí y actual director del instituto, expone lo que denomina la «nueva política de seguridad» de Israel.
Según el informe, Israel no considera a los países árabes auténticas naciones, sino meras «agrupaciones de tribus y grupos étnicos». En consecuencia, el debilitamiento de la estabilidad de estos Estados se concibe como «un proceso natural» que Israel incluso «debería fomentar».
De hecho, esta doctrina considera que la existencia de Estados árabes débiles y fragmentados constituye una fuente de seguridad, puesto que la inestabilidad representa una realidad que Israel «puede gestionar con mayor eficacia que el enfrentamiento con Estados-nación fuertes».
Asimismo, el informe caracteriza la estrategia israelí como una «guerra preventiva permanente», en cuyo marco la expansión territorial de Israel, también en Siria y Líbano, responde a un objetivo más amplio de «desestabilización» del mundo árabe.
La desestabilización en la práctica
Hayman sostiene que Israel considera los acuerdos de paz en Oriente Medio esencialmente «inalcanzables». Cuando estos llegan a suscribirse, no constituyen más que «arreglos técnicos y temporales» concebidos para servir a los objetivos estratégicos israelíes.
Esta interpretación resulta fundamental no solo para comprender la aproximación de Israel a los Acuerdos de Abraham, sino también para entender su actual comportamiento regional, desde Gaza y Cisjordania hasta Siria y Líbano.
Casi inmediatamente después de que los sirios derrocaran, en diciembre de 2024, al dictador Bashar al-Asad, que llevaba largos años en el poder, Israel comenzó a emprender acciones destinadas a desestabilizar el país.
Según diversas informaciones, el Ejército israelí llevó a cabo centenares de ataques contra territorio sirio, destruyó gran parte de sus capacidades defensivas, ocupó extensas zonas del país y suministró armamento a grupos milicianos opuestos al nuevo Gobierno.
En Líbano, la actuación israelí ha sido, si cabe, todavía más agresiva. Israel mantiene bajo ocupación una superficie que representa entre el 6 % y el 20 % del territorio libanés.
Desde que firmó un acuerdo de alto el fuego con Hizbulá en noviembre de 2024, Israel ha atacado reiteradamente Líbano y ha causado la muerte de miles de personas.
Durante los últimos meses, Israel ha mantenido conversaciones de paz con el Gobierno libanés. En junio, los mediadores estadounidenses afirmaron que un marco provisional suscrito por dirigentes israelíes y libaneses conduciría a una «paz integral» entre ambos países.
Sin embargo, la doctrina de seguridad delineada por Hayman plantea la posibilidad de que Israel haya firmado aquel acuerdo como una cobertura diplomática para perpetuar su ocupación y profundizar la desestabilización de Líbano. Los indicios disponibles sugieren que Israel no tiene intención de retirarse de los territorios libaneses que mantiene ocupados.
Hayman reconoce que su informe posee un componente parcialmente subjetivo y que el Gobierno israelí no ha adoptado oficialmente la nueva doctrina de seguridad que describe.
No obstante, el comportamiento reciente de Israel confiere indudable plausibilidad a su análisis, hasta el punto de hacerlo parecer incluso probable. Su condición de antiguo jefe de la inteligencia militar israelí otorga, además, un peso considerable a su interpretación.
Una guerra en expansión
Si las premisas fundamentales de Hayman son correctas, sus consecuencias para Oriente Medio podrían resultar profundamente inquietantes.
Mientras Israel continúa persiguiendo la expansión territorial y el desplazamiento de la población palestina en Gaza y Cisjordania, podría consolidar simultáneamente sus posiciones en Siria y Líbano. Su enfrentamiento con Irán también podría intensificarse, con consecuencias devastadoras para el conjunto de la región.
La guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán ya ha generado un grave escenario de caos, cuyos efectos expansivos continúan alcanzando a Yemen y Arabia Saudí.
Israel vería con satisfacción una mayor propagación regional de la guerra encabezada por Arabia Saudí contra los hutíes en Yemen, especialmente si la ampliación del conflicto provocara una desestabilización adicional en importantes países árabes.
Desde esta perspectiva, la eventual incorporación de Egipto a la guerra de Yemen junto a Arabia Saudí podría favorecer los intereses estratégicos israelíes.
El 17 de octubre, el presidente egipcio Abdelfatah el-Sisi solicitó la autorización del Parlamento para proporcionar asistencia militar a Arabia Saudí en caso de que Riad la requiriera. Posteriormente, el Parlamento aplazó la votación hasta el 26 de octubre.
Si Egipto llegara efectivamente a intervenir en la guerra, Israel podría beneficiarse de dos escenarios distintos.
Por una parte, una rápida derrota de los hutíes eliminaría una amenaza para Israel y permitiría a sus dirigentes presentar aquella victoria como una prolongación exitosa del ataque que lanzaron contra Irán el 28 de febrero.
Por otra parte, si la intervención egipcia no consiguiera derrotar definitivamente a los hutíes, el conflicto podría extenderse todavía más. Como mínimo, una participación prolongada de Egipto consumiría sus recursos y podría empantanar a uno de los Estados árabes más grandes e importantes, situado en las inmediaciones de Israel.
Asimismo, la asociación estratégica entre Israel y Emiratos Árabes Unidos merece un examen particularmente detenido. Como he sostenido anteriormente, ambos países comparten intereses en el debilitamiento y la fragmentación de los Estados árabes. Los dos han respaldado a actores separatistas no estatales en distintos puntos de la región.
La normalización como cobertura diplomática
Incluso los dos países que normalizaron sus relaciones con Israel hace varias décadas, Egipto y Jordania, tienen motivos para sentirse inquietos.
Desde el comienzo del genocidio en Gaza, Israel ha sido acusado de vulnerar los Acuerdos de Camp David suscritos con Egipto. Durante el genocidio, Israel tomó el control del corredor de Filadelfia y, más recientemente, construyó nuevas fortificaciones militares en Rafah, a escasos kilómetros de la frontera egipcia.
A principios de este mes, el ministro israelí de Finanzas, Bezalel Smotrich, amenazó abiertamente a Egipto al advertir que, si atacaba a Israel, «el Sinaí dejaría de existir».
El año pasado, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, manifestó su apoyo al proyecto del «Gran Israel», lo que suscitó preocupación en Jordania ante la posibilidad de que Israel pretendiera extenderse más allá de los territorios palestinos.
Pese a todo ello, los gobiernos árabes continúan cooperando con Israel. El mes pasado, Marruecos elevó el nivel de sus relaciones diplomáticas con el Estado israelí, mientras que Netanyahu viajó a Emiratos Árabes Unidos a finales de septiembre para mantener reuniones en las que, según diversas informaciones, también participaron representantes de otros países árabes.
Arabia Saudí, que en 2023 parecía próxima a la normalización, continúa insistiendo en que no establecerá relaciones con Israel mientras no se constituya un Estado palestino independiente.
Sin embargo, el 16 de octubre, la prensa israelí informó de que Trump consideraba que la normalización entre Arabia Saudí e Israel estaba «nuevamente sobre la mesa». El canal israelí de noticias i24 señaló que, según Trump, Israel estaba proporcionando asistencia a Riad en su guerra contra los hutíes en Yemen.
¿Por qué, entonces, habría de plantearse cualquier gobierno árabe establecer relaciones con Israel? Los incentivos económicos, las presiones estadounidenses y las preocupaciones en materia de seguridad contribuyen, sin duda, a explicar estos cálculos políticos.
La normalización, la cooperación y las conversaciones con Israel también proporcionan al Estado israelí una importante cobertura diplomática. Netanyahu ha sostenido reiteradamente que los Acuerdos de Abraham demuestran que los dirigentes árabes no se preocupan por la causa palestina y que algunos de ellos incluso respaldan la guerra israelí contra Gaza.
¿Qué clase de paz pueden esperar los gobiernos árabes de un Estado cuya doctrina de seguridad considera la debilidad de sus vecinos una ventaja estratégica?
Los Acuerdos de Abraham fueron promocionados como una vía hacia la paz regional. Sin embargo, seis años después, el análisis de Hayman sobre la doctrina de seguridad israelí plantea una inquietante paradoja: los gobiernos árabes que buscan garantizar su seguridad mediante la normalización de relaciones con Israel podrían estar contribuyendo, en realidad, a socavar los propios fundamentos de su seguridad.
Mohamad Elmasry es profesor de Estudios de Medios de Comunicación en el Instituto de Estudios de Posgrado de Doha.