La transformación de la guerra civil en Sudán

La situación a la que ha llegado la guerra civil sudanesa, iniciada en abril de 2023, era un escenario que pocos habían previsto. La percepción predominante apuntaba a que el conflicto concluiría en un breve lapso. Sin embargo, conviene subrayar que esta evolución no resulta sorprendente para quienes conocen los equilibrios internos de Sudán, sus profundas fracturas sociales y las dinámicas históricas de sus enfrentamientos. En sus comienzos, la guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) fue presentada ante la opinión pública como una mera disputa por el poder entre dos estructuras militares. Se soslayaban, de este modo, las causas sociales, políticas y castrenses que habían propiciado el estallido de las hostilidades. La ausencia de un diagnóstico riguroso desde el principio, sumada a la formulación de iniciativas de resolución sobre premisas equivocadas, no solo contribuyó a prolongar la guerra, sino que también favoreció una transformación sustancial de su naturaleza.

El conflicto en curso ha trascendido ampliamente el esquema de una simple «lucha por el poder» entre las SAF y las RSF. La reactivación de tensiones étnicas y regionales, particularmente en Darfur, la fragmentación del territorio nacional en distintas esferas de influencia y el respaldo proporcionado por actores externos a las partes beligerantes constituyen algunos de los principales factores que han alterado la naturaleza de la confrontación. La guerra que se libra actualmente presenta una configuración considerablemente más compleja e internacionalizada que aquella pugna bilateral por el poder que caracterizó sus inicios. Para comprender la situación actual, resulta pertinente examinar tres dimensiones fundamentales: los conflictos étnicos y regionales, la fragmentación de facto del país y la intervención de actores externos en la contienda. A estos elementos debe añadirse una transformación que se ha hecho especialmente evidente en los últimos tiempos: el desplazamiento del centro de gravedad geográfico de la guerra hacia el oeste de Sudán, particularmente hacia el corredor Darfur-Kordofán y las regiones fronterizas.

Conflictos étnicos y regionales

Una de las características más significativas de la guerra sudanesa radica en su capacidad para reproducir las antiguas fracturas étnicas y regionales del país. Esta dinámica se manifiesta con especial claridad en Darfur. Si se tienen en cuenta los orígenes históricos de las RSF, interpretar su creciente influencia en la región exclusivamente como un incremento de su capacidad militar conduciría a una lectura incompleta y potencialmente engañosa. En realidad, este proceso también puede entenderse como la reproducción, dentro de una nueva estructura militar, de los conflictos étnicos del pasado y de las organizaciones armadas surgidas en torno a ellos. De hecho, la intensificación de los enfrentamientos en Darfur a partir de 2023 hizo que la guerra trascendiera la disputa entre dos bandos por el control del poder central.

A partir de los acontecimientos que acompañaron la toma de El Fasher por parte de las RSF en 2025, definir la guerra como un «conflicto entre árabes y africanos» constituiría una interpretación analíticamente insuficiente. Las disputas locales por la tierra, las rivalidades intertribales, las alianzas políticas y los intereses regionales de los grupos armados han adquirido una influencia cada vez mayor en la configuración del enfrentamiento. Desde esta perspectiva, la guerra sudanesa no representa únicamente la expansión de la lucha por el poder central hacia las regiones periféricas del país, sino también la incorporación de diversos conflictos locales a la confrontación entre las SAF y las RSF.

Una de las manifestaciones más elocuentes de esta convergencia es la alianza establecida entre el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán-Norte (SPLM-N), activo en Kordofán del Sur, y las RSF. Este movimiento, que durante años combatió contra el poder establecido en Jartum, forma parte actualmente de la coalición «Tasis», encabezada por las RSF. El recrudecimiento, en 2026, de los enfrentamientos entre el SPLM-N y la comunidad otoro, asentada en la región de los montes Nuba, en Kordofán del Sur, pone de manifiesto cómo la guerra entre las SAF y las RSF ha terminado por absorber otras disputas de carácter local. En consecuencia, lejos de superar las antiguas fracturas regionales y sociales, la guerra sudanesa las ha reproducido y reconfigurado en el marco de una nueva confrontación militar y política.

Fragmentación territorial y administraciones paralelas

La segunda gran dimensión del conflicto es la progresiva división de Sudán en distintas zonas de control militar y político. A mediados de 2026, Sudán ha dejado de funcionar, en la práctica, como un Estado unitario. El país atraviesa un proceso de fragmentación de facto, caracterizado por la coexistencia de autoridades diferentes que ejercen su poder sobre territorios determinados. Desde el punto de vista jurídico y del reconocimiento internacional, Sudán no constituye un Estado formalmente dividido. Sin embargo, la fractura militar surgida de la guerra está transformándose gradualmente en una separación de carácter político.

Mientras el Gobierno sudanés reconocido internacionalmente regresó en enero de 2026 a Jartum desde Puerto Sudán, las RSF y sus aliados establecieron una administración paralela con sede en Nyala. La creación de mecanismos administrativos propios por parte de las RSF, así como sus iniciativas encaminadas a establecer nuevas estructuras de seguridad y defensa durante 2026, evidencian la voluntad de construir un orden estatal alternativo.

Esta estructura ha dejado de poseer una naturaleza exclusivamente militar para adquirir también dimensiones monetarias y administrativas. En enero de 2026, la administración de Nyala creó su propia entidad bancaria y, en mayo, prohibió la circulación en los territorios bajo su control de los nuevos billetes emitidos por las autoridades de Jartum. La existencia de sistemas monetarios diferenciados, instituciones bancarias propias y ministerios separados constituye una de las expresiones más tangibles de esta fragmentación de facto.

Este panorama dificulta interpretar la guerra únicamente como una «contienda por la conquista del Estado». La evolución de los acontecimientos apunta hacia un proceso de «libianización», entendido como la consolidación de centros de poder rivales y estructuras institucionales paralelas dentro de un mismo territorio nacional.

Esta circunstancia plantea, inevitablemente, un interrogante decisivo para el futuro del conflicto: ¿siguen aspirando las partes beligerantes a imponer su autoridad sobre la totalidad de Sudán o pretenden, por el contrario, consolidar órdenes políticos permanentes en los territorios que ya controlan? La instauración de una nueva administración por parte de las RSF obliga a considerar con creciente seriedad esta segunda posibilidad.

Los actores externos y la internacionalización de la guerra

La tercera dimensión del conflicto sudanés reside en su vinculación cada vez más estrecha con los intereses de actores internacionales. Numerosas investigaciones han documentado la existencia de distintas modalidades de apoyo político, militar y financiero proporcionado a las SAF y las RSF por diversos países.

Las SAF mantienen relaciones de apoyo, en distintos niveles, con Egipto, Irán y Arabia Saudí, mientras que los vínculos de las RSF con los Emiratos Árabes Unidos (EAU) ocupan un lugar central en las controversias internacionales. Abu Dabi, por su parte, rechaza las acusaciones de haber prestado apoyo a las RSF.

No obstante, las relaciones exteriores de las SAF tampoco están exentas de dificultades. El 20 de julio de 2026, Estados Unidos impuso una segunda ronda de sanciones contra las autoridades de Jartum, alegando que el Ejército sudanés había utilizado armas químicas durante la guerra. Se prohibió a las aeronaves vinculadas con las SAF utilizar el espacio aéreo estadounidense y Washington anunció, además, que se opondría a la concesión de créditos a Sudán por parte de las instituciones financieras internacionales. Esta decisión pone de manifiesto que las SAF afrontan una crisis diplomática que no puede ser contrarrestada plenamente mediante el respaldo recibido de Egipto, Irán y Arabia Saudí.

La posibilidad de obtener armamento, municiones, vehículos aéreos no tripulados, financiación y apoyo logístico de fuentes externas permite a las partes enfrentadas preservar su capacidad operativa y prolongar las hostilidades. La influencia de este respaldo extranjero se manifiesta no solo en la persistencia de la guerra, sino también en la capacidad de los contendientes para establecer estructuras militares y políticas cada vez más duraderas en los territorios bajo su dominio.

La presentación, por parte de Estados Unidos, de un proyecto de resolución ante las Naciones Unidas en agosto de 2026, en el que solicitaba la ampliación de las sanciones, refleja asimismo el creciente reconocimiento internacional del papel que desempeña el apoyo exterior en la perpetuación del conflicto.

Sin embargo, las divisiones existentes en el Consejo de Seguridad pusieron de relieve los límites de estos esfuerzos. En octubre, mientras se prorrogó por dos meses el embargo de armas relativo a Darfur, la propuesta de extender dicha medida a todo el territorio sudanés no prosperó debido a la oposición de Rusia y China.

Junto con el respaldo exterior, la economía de guerra constituye otro factor determinante para la continuidad de las hostilidades. Las minas de oro de Sudán se han convertido en una de las principales fuentes de financiación tanto de los bandos enfrentados como de las organizaciones armadas locales. Los yacimientos mineros han dejado de ser exclusivamente activos económicos para transformarse también en objetivos militares. En las últimas semanas, se informó de la muerte de 200 personas como consecuencia de un ataque aéreo contra una mina de oro. Esta economía ha dado lugar a una red estructural de intereses que dificulta considerablemente la conclusión de la guerra.

En su configuración actual, la guerra sudanesa puede definirse como una «guerra civil internacionalizada». No obstante, conviene emplear con cautela el concepto de «guerra por delegación» (proxy war). Ello se debe a que el conflicto posee profundas raíces sociales y a que las partes beligerantes persiguen prioridades políticas, económicas y militares propias, dotadas de un considerable grado de autonomía. Más que determinar íntegramente los objetivos de los actores locales, las potencias extranjeras contribuyen a incrementar su capacidad bélica y a ampliar la dimensión regional de la confrontación.

El papel de los actores externos, además, no se limita al respaldo proporcionado a los contendientes, puesto que algunos de esos mismos países participan simultáneamente en iniciativas de mediación.

En septiembre de 2025, el denominado «Cuarteto», integrado por Estados Unidos, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto, presentó una hoja de ruta que contemplaba un alto el fuego humanitario de tres meses, seguido de un proceso de transición cuya culminación estaba prevista en un plazo de nueve meses.

Sin embargo, Abdel Fattah al Burhan cuestionó la imparcialidad de este mecanismo diplomático debido a la participación de los Emiratos Árabes Unidos. La presencia, en una misma mesa de negociaciones, de actores que ejercen simultáneamente funciones de mediación y de respaldo a una de las partes constituye uno de los obstáculos más importantes para la búsqueda de una solución al conflicto.

El desplazamiento de la guerra hacia las regiones periféricas

Una de las transformaciones más significativas de la fase actual de la guerra en Sudán es el desplazamiento de su centro de gravedad geográfico hacia el oeste del país, particularmente hacia el corredor Darfur-Kordofán. Tras el restablecimiento, en gran medida, del control de las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) sobre Jartum, Al Yazira y las regiones orientales y septentrionales del territorio nacional, las hostilidades comenzaron a concentrarse en un nuevo escenario geográfico. Durante 2026, las inmediaciones de El Obeid, Bara y Dilling, en Kordofán, así como los distintos frentes de Darfur, se convirtieron en algunos de los principales escenarios de la contienda.

Desde esta perspectiva, el «desplazamiento de la guerra hacia el oeste» debe interpretarse, más que como una estrategia expresamente proclamada por las SAF, como una tendencia estratégica de facto surgida a raíz de los avances militares obtenidos por el Ejército en las regiones centrales y orientales del país.

Es precisamente en este contexto donde adquiere especial relevancia la importancia estratégica de Kordofán para las SAF. Esta región constituye un corredor militar y logístico fundamental que conecta Darfur con el centro de Sudán. Más allá de su papel como escenario de la confrontación entre las SAF y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), Kordofán representa uno de los espacios geográficos decisivos cuyo control podría determinar el futuro de la fragmentación del país en dos esferas de poder diferenciadas.

Otra dimensión particularmente reveladora de este desplazamiento geográfico es la creciente centralidad de los grupos armados originarios de Darfur en el desarrollo de la guerra. Los enfrentamientos en el oeste de Sudán ya no pueden entenderse exclusivamente como una contienda entre las SAF y las RSF. Frente a estas últimas combaten, junto al Ejército sudanés, importantes organizaciones armadas procedentes de Darfur.

Entre ellas destacan el Movimiento por la Justicia y la Igualdad (Justice and Equality Movement, JEM), encabezado por Jibril Ibrahim; el Movimiento/Ejército de Liberación de Sudán, liderado por Minni Minnawi (SLM/A-MM); y la facción del Movimiento/Ejército de Liberación de Sudán dirigida por Mustafa Tambour (SLM/A-Tambour).

Una parte considerable de estas organizaciones se había integrado en las Fuerzas Conjuntas de Darfur tras la firma del Acuerdo de Paz de Yuba de 2020 y, una vez iniciada la guerra, estableció alianzas con las SAF. La nueva configuración del conflicto presenta, por tanto, una paradoja histórica y política: las RSF, cuyas raíces se encuentran en Darfur, se enfrentan ahora a antiguos movimientos armados originarios de esa misma región que han optado por combatir del lado del Ejército sudanés.

La concentración de las hostilidades en el oeste del país ha vuelto a situar los antiguos conflictos armados y las fracturas étnicas de Darfur en el epicentro de la guerra sudanesa. Se trata de una transformación que merece especial atención. La recuperación del control de Jartum y de las regiones centrales por parte de las SAF no se interpreta, por sí sola, como una señal de reunificación nacional. Más bien, se considera una manifestación del desplazamiento del principal escenario bélico hacia Darfur y Kordofán.

Si las SAF consiguen preservar su dominio sobre las regiones orientales y centrales, mientras las RSF mantienen su hegemonía en Darfur, aumentará la posibilidad de que se consoliden de manera permanente dos espacios diferenciados de seguridad y administración dentro del territorio sudanés.

En la coyuntura actual, la cuestión fundamental ya no reside exclusivamente en determinar cuál de las partes alcanzará la supremacía militar, sino en comprender cómo se articulará la guerra que se desarrolla en el oeste de Sudán con la autoridad estatal existente en el resto del país. La persistencia de Darfur y Kordofán como escenarios de confrontación se ha convertido, así, en uno de los factores determinantes para evaluar el riesgo de una fragmentación de facto del Estado sudanés.

Sin embargo, el centro de gravedad del conflicto no se desplaza únicamente hacia el oeste. Desde enero de 2026, la apertura de un nuevo frente en el estado de Nilo Azul, situado en el sureste del país, ha extendido las hostilidades hasta la frontera con Etiopía, profundizando aún más su dimensión regional. Este panorama pone de manifiesto que la guerra está experimentando un proceso de expansión desde el centro hacia las periferias del territorio nacional, particularmente hacia las regiones fronterizas.

Una guerra en transformación y una solución cada vez más difícil

Sudán ha dejado de ser el escenario de una única guerra para convertirse en el epicentro de un conflicto estructurado en tres niveles interrelacionados: los enfrentamientos locales y étnicos en Darfur y Kordofán; la división de facto del país en dos espacios administrativos diferenciados bajo el control de las SAF y las RSF; y el respaldo que diversos actores externos proporcionan a las partes involucradas en esta confrontación.

Mientras los conflictos locales amplían la base social de la guerra, la fragmentación territorial alimenta la posibilidad de una división duradera de Sudán. El apoyo exterior, por su parte, no solo contribuye a prolongar las hostilidades, sino que también acentúa su internacionalización.

El futuro de la guerra dependerá, por consiguiente, no únicamente del equilibrio militar entre las SAF y las RSF, sino también de la evolución de estas tres dimensiones y de las relaciones que se establezcan entre ellas. La transformación del conflicto ha convertido la búsqueda de una solución en una necesidad cada vez más apremiante y, al mismo tiempo, en una empresa considerablemente más compleja.

En las circunstancias actuales, por ejemplo, cualquier proceso de negociación limitado exclusivamente a las SAF y las RSF resultaría insuficiente. Los intereses de las organizaciones armadas locales, los equilibrios regionales de poder, las estructuras administrativas alternativas surgidas durante la guerra y la influencia de los actores internacionales constituyen ya elementos ineludibles de cualquier fórmula de resolución.

En consecuencia, una solución duradera deberá trascender el establecimiento de un alto el fuego entre los dos principales contendientes e incorporar necesariamente los nuevos equilibrios militares y políticos que se han configurado en las distintas regiones de Sudán.

Es precisamente en este punto donde adquiere una importancia fundamental el fortalecimiento de iniciativas de paz capaces de responder a la complejidad del escenario actual. La reproducción de antiguas fracturas regionales y sociales en el marco de una nueva confrontación militar y política hace todavía más urgente la búsqueda de mecanismos de resolución que atiendan las causas estructurales del conflicto.

El hecho de que organizaciones armadas surgidas en etapas anteriores hayan logrado consolidar su dominio territorial en regiones donde cuentan con profundas bases sociológicas, junto con la aparición de estructuras alternativas de poder, demuestra que la crisis sudanesa no puede reducirse a una simple disputa entre dos fuerzas rivales.

Si a esta realidad se añade la creciente internacionalización de la guerra, tanto la magnitud del desafío como la complejidad de cualquier solución adquieren una dimensión aún más evidente.

Sin embargo, quienes soportan el verdadero peso de esta complejidad no son los actores que se sientan a las mesas de negociación, sino el pueblo sudanés, víctima directa de una guerra que continúa desgarrando el tejido social, político y territorial del país.

Y lo más doloroso es que el sufrimiento de ese pueblo, pese a constituir la consecuencia humana más devastadora del conflicto, sigue sin ocupar el lugar central y decisivo que debería corresponderle en las negociaciones destinadas a poner fin a la guerra.

Fuente:https://perspektif.online/sudan-ic-savasinin-donusumu/