La Prisión Estadounidense
En los últimos años, la reflexión de Gramsci sobre el «período de transición» (más exactamente, una sola de sus frases) ha sido redescubierta y convertida en una fórmula brillante para explicar prácticamente cualquier crisis, tenga o no relación con su contexto original. Gramsci, quien debatía, desde el universo conceptual, teológico y político del marxismo, las tensiones del tránsito del capitalismo al socialismo, ha terminado transformándose en un «recurso» al que recurren indistintamente financieros neoliberales, portavoces de la izquierda radical, activistas del cambio climático, directores ejecutivos de gigantes petroleros, políticos populistas, académicos, entrenadores de fútbol e incluso empresarios de la alta tecnología para explicar rápidamente sus propias crisis.
En aquella célebre frase de los Cuadernos de la cárcel, expresiones como «interregno», «lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer» y, sobre todo, «los fenómenos morbosos» se han repetido con tanta frecuencia que han acabado convirtiéndose en una auténtica retórica del terror. Como resultado, poco queda ya de la intención original de Gramsci. Sus palabras han sido descontextualizadas, adulteradas en su significado y banalizadas mediante una repetición constante en boca de portavoces de ideologías rivales o incluso de ámbitos completamente ajenos. Lo que Gramsci quiso decir ha dejado de ser importante, pues cualquiera dispone ahora de una cita con la que legitimar su propia crisis, su propio período de transición, sus propias patologías y amenazas. La referencia a Gramsci funciona hoy como una metáfora ambulante mediante la cual actores muy diversos legitiman sus preocupaciones, sus agendas y sus diagnósticos del presente recurriendo a sus particulares fenomeni morbosi.[1]
A pesar de todo ello, el concepto de «crisis de autoridad», utilizado por Gramsci incluso como título de una sección al abordar el problema del «surgimiento de lo nuevo», puede resultar mucho más esclarecedor para comprender las convulsiones globales actuales. Antes de formular su famosa frase, Gramsci hablaba precisamente de una «crisis de autoridad», refiriéndose al problema generado cuando los grupos dominantes dejan de ejercer liderazgo y se limitan únicamente a gobernar mediante la dominación.
Mientras la crisis geopolítica mundial se profundiza, lo que hoy experimenta el mundo entero se asemeja precisamente a una crisis de dirección y dominación del orden internacional construido por Washington después de 1945. En el sentido mismo en que Gramsci formuló este concepto, la crisis actual puede describirse como el colapso de los valores, las normas, el derecho, las ideologías y las costumbres que sostenían ese orden.
Nos encontramos frente a la crisis de un hegemón que desea retirarse del sistema que él mismo creó, pero que al mismo tiempo se niega a renunciar a su posición dominante. Aunque esta crisis refleja, en términos generales, las dificultades de Occidente para aceptar la nueva alineación económica y geopolítica mundial, su nombre actual no es otro que el «Problema Americano».
Y es precisamente aquí donde compartimos algo con Gramsci. Ese punto en común no reside en sus escritos ni en la famosa frase cuya interpretación ha sido desvirtuada por la hermenéutica contemporánea. Lo que realmente nos une a Gramsci es el lugar desde el que escribió esas líneas: la prisión.
Cuando Gramsci redactaba sus cuadernos, permanecía encarcelado desde hacía diez años en una prisión de Mussolini. Nosotros, en cambio, leemos hoy sus cuadernos desde la «Prisión Estadounidense», en la que llevamos viviendo ochenta años y cuyos muros se elevan un poco más cada década mientras sus reglas se vuelven progresivamente más opresivas. La diferencia fundamental entre ambas prisiones es que la nuestra constituye la primera prisión de la historia construida por sus propios reclusos con un amor y un entusiasmo difíciles de concebir; una prisión en la que se lucha por entrar y de la que se lucha por no salir.
Hasta mediados del siglo XX, los imperios se presentaban ante nuestros ojos con toda su majestuosidad: ciudades monumentales, ejércitos y estructuras visibles de poder. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, por primera vez un imperio comenzó a sostenerse, en gran medida, sobre estructuras invisibles. Esta transformación convirtió al orden estadounidense en una proyección de poder que va mucho más allá de sus bases militares repartidas por el mundo.
Hoy el imperio estadounidense conserva su poder gracias a una auténtica infraestructura subterránea e invisible: redes de cables de fibra óptica, flujos globales de información, internet, gigantescos centros de datos, sistemas internacionales de pago, la hegemonía del dólar, los mecanismos que regulan la venta y el uso de armamento, sistemas formales e informales de sanciones, regímenes arancelarios y de sanciones primarias y secundarias, redes contractuales, complejos sistemas de producción de semiconductores, derechos de propiedad intelectual y múltiples instrumentos de hegemonía cultural. Se trata, en definitiva, de un auténtico «imperio subterráneo».
Muchas de estas infraestructuras fueron concebidas inicialmente como consecuencias naturales de la globalización y con el objetivo de facilitar el comercio mundial. Sin embargo, Estados Unidos las transformó en instrumentos de poder, convirtiéndolas tanto en armas geopolíticas como en un sistema de control y castigo del que resulta extremadamente difícil y muy costoso escapar.[2]
La construcción del Imperio Invisible
Durante años, los evangelistas de la nueva era proclamaron que el viejo mundo estaba dividido por «muros», mientras que el nuevo mundo quedaba unido mediante «redes». Embriagados por esa visión, llegaron incluso a sostener que el mundo era «plano», precisamente porque se asentaba sobre ese sistema de control. El comercio global ya no consistía simplemente en el intercambio de mercancías; se había convertido en una función en la que el planeta entero pasaba a formar parte, de manera descentralizada, de los procesos de producción, transporte y comercialización. La misión fundamental del orden global era garantizar el funcionamiento fluido de esa función. Ese mundo plano y bidimensional ya no era un espacio de imperio (imperium), sino únicamente un ámbito de intercambio (emporium). Al menos hasta el 11 de septiembre, resultaba muy difícil cuestionar aquel relato brillante y seductor. Todos querían avanzar por ese «camino llano».
Tras los atentados del 11 de septiembre quedó claro que las redes económicas, financieras, comerciales, jurídicas, comunicacionales y de seguridad que habían conectado al mundo hasta hacerlo parecer plano podían convertirse rápidamente, en manos de Estados Unidos, en instrumentos de poder capaces de dar lugar a un orden penitenciario global. Estados Unidos ya no era simplemente la única superpotencia superviviente de la Guerra Fría; era además un Estado dotado de capacidades de superpotencia sin precedentes en su historia.
No deja de ser una ironía histórica que la corriente intelectual que impulsó con mayor entusiasmo la construcción del imperialismo de redes estadounidense, de su dominación y de sus mecanismos de control, fuera precisamente el liberalismo que creía firmemente en la libre circulación de bienes, servicios, capitales, información y trabajo; que sostenía que el individuo estaría protegido por esas redes frente al Estado; que consideraba imposible el retorno del autoritarismo y que proclamaba el fin de la historia. Si hoy puede hablarse de una forma casi perfecta de fascismo global, también puede afirmarse que fue la propia teología del liberalismo, con su fe inquebrantable, la que contribuyó decisivamente a producirlo.
Prácticamente todos los componentes de la infraestructura mundial de comunicaciones, finanzas, comercio y derecho que hoy Estados Unidos controla casi por completo nacieron originalmente como iniciativas impulsadas por el sector privado bajo el influjo de los ideales liberales. Especialmente después del 11 de septiembre, el Imperio estadounidense logró apropiarse de esa infraestructura global bajo el paradigma de la «guerra contra el terrorismo», transformándola, con escasa resistencia y casi sin oposición, en un instrumento de dominación.
Las formas de dominación más duraderas rara vez son percibidas como tales. Desde el siglo pasado, este tipo de poder ha sido experimentado como orden, necesidad, costumbre, racionalidad e incluso sentido común. La fortaleza del sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial no residía únicamente en su capacidad de castigar, sino también en su extraordinaria facultad para definir el mundo de tal manera que cualquier alternativa quedara condenada como irracional y peligrosa.
La Prisión Estadounidense fue construida sobre una compleja infraestructura financiera, jurídica, militar, diplomática, institucional, tecnológica y cultural. El sistema que operaba a través de esas extensas redes de dependencia no era percibido como un conjunto de instrumentos de poder, sino como un marco neutral dentro del cual los actores legítimos estaban obligados a desenvolverse. Muchos países ingresaron voluntariamente en esa prisión y se esforzaron por permanecer en ella, aceptando la dominación como si fuera orden, la jerarquía como si fueran reglas y las imposiciones como si fueran simplemente la globalización. El propio relato liberal, gracias a su fuerza totalizadora y esencialista, apenas encontró dificultades para marginar cualquier debate o enfoque alternativo.
Sin embargo, tampoco puede sostenerse que este sistema, aun sin haber sido nunca una arquitectura verdaderamente universal y neutral, no produjera beneficios. El orden encabezado por Estados Unidos proporcionó durante un largo período, al menos para determinados sectores del mundo, estabilidad, ochenta años sin una guerra directa entre las grandes potencias —algo inédito desde la época de Roma—, acceso al capital, una reducción de la pobreza sin precedentes históricos, mayor acceso a servicios básicos, un nivel mínimo de desarrollo, difusión tecnológica, expansión del acceso a la información y a la educación, protección militar y previsibilidad institucional.
Ese orden constituía, en realidad, una jerarquía históricamente específica construida alrededor de la superioridad material de Estados Unidos y de la autoridad normativa más amplia de Occidente. En su esencia logró universalizar ciertas normas difícilmente objetables, al tiempo que normalizó el discurso de la «interdependencia» para legitimar una realidad que, en la práctica, era profundamente unilateral.[3] Institucionalizó así un mundo en el que numerosos Estados permanecían formalmente independientes, pero estructuralmente limitados, dando forma a una auténtica prisión global.
Como es bien sabido, con el paso del tiempo los prisioneros terminan adaptándose a la vida en la cárcel. Interiorizan las rutinas, aprenden los códigos, desarrollan dependencia de la estructura impuesta y pierden gradualmente la capacidad de imaginar una existencia autónoma más allá de los muros. Gran parte del mundo atravesó un proceso semejante bajo la hegemonía estadounidense. Los Estados se hicieron dependientes del dólar,[4] de la infraestructura financiera centrada en Estados Unidos, de la aprobación institucional occidental, del sistema de seguridad liderado por Washington, de capas tecnológicas que no controlaban y de códigos culturales que ellos mismos no habían definido.
Más aún, en manos de élites que transformaron esa dependencia en una auténtica historia de amor, la participación en el sistema y el acceso a sus infraestructuras fueron interiorizados como símbolos de privilegio y de soberanía. Y, como si ello no bastara, el fanatismo liberal terminó declarando abiertamente la guerra a la libertad de pensamiento, consolidando una firme alianza ideológica según la cual cualquier alternativa debía considerarse una fantasía irracional y peligrosa.
Aunque la Prisión Estadounidense está construida sobre la infraestructura económico-política y de seguridad del sistema global, en última instancia su existencia depende de los privilegios y de las garantías proporcionadas por el Imperio estadounidense. Sin embargo, a medida que Estados Unidos entra en un proceso de repliegue hacia el Estado-nación, resulta cada vez menos posible que la prisión actual conserve intacta su estructura y continúe funcionando tal como hasta ahora. Es precisamente en este punto donde la noción gramsciana de la «crisis de autoridad» adquiere una relevancia inevitable. La estabilidad del hegemón y del orden que sostiene depende de que sus subordinados continúen creyendo que, pese a todas sus deficiencias, el sistema sigue siendo suficientemente legítimo, necesario y beneficioso. Hoy esa convicción se ha erosionado a escala mundial, aunque la necesidad de Washington permanece. Incluso Europa, que durante décadas concibió su relación con Estados Unidos como un auténtico matrimonio, ha comenzado a atravesar las distintas fases de la negación ante la posibilidad de un futuro divorcio con Washington.
Durante décadas, Washington no solo dominó el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial; también ejerció su liderazgo. Supo combinar su poder militar y económico con una sólida autoridad intelectual. Convenció a buena parte del mundo de que su supremacía no solo beneficiaba a Estados Unidos, sino que constituía también un factor indispensable para la estabilidad del sistema internacional en su conjunto.
En esa narrativa, el dólar no era presentado como un instrumento de poder estructural, sino como un bien público neutral. Las instituciones internacionales no funcionaban en favor de determinadas potencias, sino de acuerdo con reglas destinadas al beneficio de la mayoría. El universalismo jurídico no era una imposición, sino el fundamento civilizatorio al que cualquiera podía adherirse voluntariamente. El liderazgo militar estadounidense no generaba dependencia, sino seguridad y protección. La globalización no representaba una integración asimétrica, sino asociaciones mutuamente beneficiosas. El orden liberal no reflejaba la convergencia de los intereses de los privilegiados, sino el horizonte mismo del progreso.
Este discurso, junto con el funcionamiento práctico del sistema, legitimó la dominación, hizo habitable la estructura existente e incluso llevó a muchos a sentir la prisión como si fuera un hogar. Las categorías del sistema, su estructura jerárquica y su régimen de castigos fueron aceptados como una realidad legítima. Los prisioneros dejaron de verse como prisioneros para considerarse participantes del sistema. Los barrotes de aquella prisión eran enteramente financieros.[5] De una manera nunca antes alcanzada por ningún imperio en la historia, el funcionamiento del sistema financiero se había convertido en una palanca geopolítica casi perfecta. ¡El interior de la prisión parecía más seguro que el mundo exterior!
La infraestructura de la dominación
El papel del dólar como moneda de reserva mundial, la posición central de los mercados de capital estadounidenses, el sistema de banca corresponsal, las estructuras de endeudamiento y la arquitectura global de compensación en dólares otorgaron a Washington una capacidad extraordinaria para disciplinar a otros Estados sin necesidad de ocuparlos militarmente. Un país que se enfrentaba a Estados Unidos no tenía por qué verse inmediatamente confrontado con el uso de la fuerza. Con frecuencia, lo que encontraba era una forma de exclusión capaz de convertir la vida dentro de la prisión en una experiencia insoportable: quedar apartado de los sistemas de compensación, de los mercados financieros, de la liquidez, de la confianza de los inversores, de los seguros y de los mecanismos habituales del intercambio económico mundial. Sus bancos pasaban a ser tratados como si estuvieran contaminados. Los contratos comerciales comenzaban a fracasar. Su deuda se transformaba de un día para otro en un activo tóxico. Las empresas evitaban asumir riesgos. Las cadenas de suministro y de adquisición se desarticulaban, mientras el comercio exterior quedaba paralizado. No solo se restringía la libre circulación de mercancías, sino también la de las personas. Así se edificó un régimen de interdependencia completamente militarizado.[6]
Ese mundo no era, como afirmaban los evangelistas del liberalismo, un mercado plano, sin fricciones y políticamente neutral. Era un sistema profundamente centralizado, organizado alrededor de cuellos de botella estratégicos y de conexiones económicas y tecnológicas. Las finanzas globales se concentraban en torno al dólar, a los sistemas de compensación y a las redes internacionales de mensajería financiera. Las comunicaciones convergían alrededor de plataformas digitales e infraestructuras de información con sede en Estados Unidos. La producción mundial de semiconductores estaba geográficamente dispersa, pero la propiedad intelectual esencial y las herramientas clave de diseño permanecían en manos de un reducido número de empresas estadounidenses. Cada una de estas capas constituía un componente del amplio entramado de dominación estadounidense. En otras palabras, se había construido una Prisión Estadounidense: un sistema de relaciones institucionales y tecnológicas que se reforzaban mutuamente y que convertía la participación en la vida moderna en sinónimo de dependencia directa o indirecta de infraestructuras administradas por Estados Unidos.
Especialmente después del 11 de septiembre, Estados Unidos aprendió a transformar esa posición central en un mecanismo de disciplina. Lo que comenzó como un esfuerzo para rastrear la financiación del terrorismo evolucionó hacia un modelo de gobierno mucho más coercitivo e intrusivo. Las sanciones dejaron de dirigirse únicamente contra objetivos específicos y pasaron a abarcar sectores enteros e incluso países completos. Más tarde apareció un instrumento aún más devastador: el régimen de las sanciones secundarias. Internet dejó de ser simplemente un medio de comunicación para convertirse también en un espacio de vigilancia desde el cual las autoridades estadounidenses podían obtener información estratégica a través de plataformas y empresas sometidas a su jurisdicción.[7] Con la expansión global de los teléfonos inteligentes conectados a internet, el seguimiento individual adquirió una dimensión sin precedentes, convirtiéndose prácticamente en una forma de vigilancia electrónica permanente que alcanzaba a toda la humanidad. Además, este sistema penitenciario no afectaba únicamente a los Estados; también hacía que para los individuos resultara «casi imposible pasar un solo día sin Estados Unidos».[8] Los sistemas jurídicos, las fuerzas de seguridad y los tribunales se adaptaron rápidamente a esta nueva realidad. Paradójicamente, el período de mayor vigilancia, control y dominación de toda la historia de la humanidad fue presentado como la era más liberal.
El verdadero éxito de este nuevo régimen de supervisión consistió en transformar también a los actores del mercado en agentes de autocontrol, más allá de las propias instituciones estatales. Los bancos desarrollaban un exceso de cumplimiento normativo. Las empresas evitaban cualquier operación susceptible de desencadenar investigaciones. Los Estados ajustaban anticipadamente sus políticas. Las sanciones estadounidenses, las normas anticorrupción, los controles a las exportaciones, las reglas de transparencia y las regulaciones financieras extendieron su alcance mucho más allá del territorio de Estados Unidos. Incluso una operación plenamente legal conforme al derecho interno entre dos países podía terminar siendo sancionada si, de algún modo, utilizaba infraestructuras o sistemas financieros sometidos a la jurisdicción estadounidense.
Las viejas escenas de Hollywood, en las que un policía estadounidense veía terminar su autoridad al llegar a la frontera estatal o en las que un fugitivo recuperaba su libertad al cruzar hacia México, dejaron de tener sentido. La capacidad de imponer sanciones jurídicas pasó a perseguir personas, instituciones, capitales y datos más allá de las fronteras nacionales. Un sistema concebido inicialmente bajo el ideal de la transparencia fue transformado progresivamente en un instrumento de control absoluto. El objetivo ya no consistía únicamente en castigar a los «enemigos», sino también en demostrar a todos cuál era el coste de apartarse del orden establecido.
La seguridad constituía el muro exterior de esta prisión. El orden liderado por Estados Unidos no descansaba únicamente sobre el dinero y las normas, sino también sobre alianzas militares, bases, patrullas, redes de inteligencia, ventas de armamento y la promesa permanente de que Washington seguiría siendo el garante indispensable de la estabilidad internacional. Especialmente en Europa, en algunas regiones de Asia y en Oriente Medio, ese paraguas de seguridad terminó convirtiéndose en la única oferta de protección disponible para numerosos países. Con el paso del tiempo, protección y dependencia acabaron fusionándose hasta eliminar casi por completo cualquier capacidad de imaginación estratégica autónoma.
Esa dependencia terminó convirtiéndose en un verdadero condicionamiento estratégico. El marco estadounidense dejó de ser simplemente una referencia política para convertirse en la propia gramática del pensamiento estratégico. Las instituciones internacionales profundizaron aún más esa condición de dependencia. Aunque aparentaban ofrecer espacio de participación a todos sus miembros, en realidad funcionaban como instrumentos disciplinarios destinados a preservar los intereses de Estados Unidos y las prioridades ideológicas y estratégicas del bloque atlántico, reforzando así el funcionamiento del orden existente.[9]
Uno de los pabellones más privilegiados de la Prisión Estadounidense fue la OTAN, construida para el bloque occidental. Sin embargo, no todos sus habitantes permanecían en ese pabellón por las mismas razones. Al menos después de los años fundacionales y de la primera fase intensa de la Guerra Fría, las motivaciones comenzaron a cambiar. Mientras gran parte de Europa experimentó durante décadas a la OTAN principalmente como el paraguas de seguridad proporcionado por Estados Unidos, Turquía comprendió desde una etapa relativamente temprana que aquella relación nunca constituía una asociación de seguridad incondicional.
El embargo estadounidense impuesto tras la Operación de Chipre, junto con los sucesivos intentos de aplicar sanciones militares, políticas y tecnológicas en distintos momentos, demostró que la alianza podía convertirse, cuando fuera necesario, en un mecanismo de castigo incluso contra uno de sus miembros más estratégicos. A pesar de ello, Ankara nunca consideró a la OTAN únicamente como una institución productora de seguridad, sino como una puerta estratégica de acceso a las infraestructuras militares, económicas, tecnológicas y diplomáticas del sistema occidental. Permanecer fuera de ese marco resultaba, en la mayoría de los casos, más costoso que negociar desde dentro.
La arquitectura de seguridad, la estructura de mando, las cadenas de suministro de armamento, las redes de inteligencia y la cultura de las operaciones conjuntas imponían una gramática estratégica centrada en Washington. Precisamente por ello, el mayor éxito de la OTAN no residió tanto en su capacidad de disuasión militar como en haber confinado la percepción de la seguridad y del mundo de sus propios miembros dentro de los límites del orden estadounidense, reduciendo así el espacio para un juicio estratégico verdaderamente independiente.
En el caso de Turquía, el único miembro no occidental de la alianza, las consecuencias de esta situación se manifestaron en una forma particularmente visible. Durante largos años, el imaginario estratégico de sus élites militares contribuyó tanto a consolidar un pesado régimen de tutela como a proyectar esa lógica sobre el orden político y social interno del país, generando déficits democráticos y recurrentes crisis de política exterior.
Uno de los niveles más profundos de esta prisión residía también en su programación cultural y epistemológica. Gracias a ese software ideológico se moldeó, en gran medida, qué debía pensarse y cómo debía pensarse. En cierto sentido, ello hizo posible el denominado «momento del fin de la historia». Cuando la propia imaginación quedó colonizada y transformada en un manual de instrucciones, una crisis intelectual y una erosión de los valores se volvieron inevitables a escala mundial. Las tesis sobre el fin de las ideologías, de las religiones y de las alternativas comenzaron a proliferar y fueron consumidas sin dificultad por las élites, la academia, la política y los medios de comunicación. Como consecuencia, la crisis de los valores, de las ideologías y de la política terminó adquiriendo una dimensión global. El mundo se fue aplanando progresivamente en torno a una creciente ausencia de auténtica política.
Considerando todas estas dinámicas, la crisis geopolítica global que vivimos hoy no puede entenderse únicamente como un problema de redistribución o de realineamiento del poder. Se trata, sobre todo, de una profunda crisis de autoridad. Ello significa que las dificultades derivadas de «la imposibilidad de que nazca lo nuevo» serán, en la actualidad, no solo distintas, sino también mucho más dolorosas que las experimentadas en anteriores transiciones hegemónicas.
En el pasado, especialmente desde el siglo XVII y durante el período de maduración del capitalismo moderno, existía una imagen relativamente clara del modelo económico y político representado por la potencia emergente que desafiaba al poder establecido. Hoy, en cambio, aunque resulte evidente cuál es la potencia cuyo peso continúa aumentando, a esa misma potencia empezando por ella misma no se le concede la posibilidad de asumir el papel de actor fundador de un nuevo orden internacional ni de convertirse en un nuevo hegemón capaz de generar legitimidad a escala global.
El colapso de la autoridad: el hegemón que ha perdido su legitimidad
En el pasado, toda nueva potencia hegemónica que ascendía no solo disponía de capacidades militares y económicas, sino que también era portadora del «lenguaje de la legitimidad» o del software ideológico de su época. Desde la Antigüedad, la idea de orden que acompañó a la construcción de las ciudades fue dando lugar, con el tiempo, a modelos propios de organización política y civilizatoria. Durante los siglos XV y XVI, el Imperio otomano ascendió apoyándose en la idea del Nizam-ı Âlem (el «Orden del Mundo») y en un modelo imperial multicultural. En el siglo XVII, la nueva potencia hegemónica incorporaba elementos claramente identificables como el capitalismo mercantil, la ética del trabajo y el orden burgués. En los siglos XVIII y XIX surgieron, alrededor de las potencias emergentes encabezadas por Inglaterra y Francia, corrientes como la monarquía constitucional, el liberalismo comercial y posteriormente el liberalismo clásico, la transición del mercantilismo al libre comercio, el republicanismo revolucionario y el constitucionalismo parlamentario. En el siglo XX, Estados Unidos, convertido ya en potencia hegemónica, ofreció al mundo un nuevo software global articulado en torno a la democracia liberal, el capitalismo y, posteriormente, el institucionalismo liberal.
Uno de los factores que hoy convierten este período de transición en una crisis profunda es precisamente la ausencia de un marco ideológico, de un sistema de valores o de una perspectiva civilizatoria e incluso humanista capaz de otorgar legitimidad a la potencia emergente y de resultar convincente para el resto del mundo. Mientras el hegemón en declive adopta cada vez más el papel de un Estado «depredador»[10] y «forajido»[11], la China ascendente parece contemplar el mundo únicamente como un inmenso mercado destinado a recibir sus contenedores.
Llegados a este punto, esta situación tampoco resulta sorprendente. Durante los últimos ochenta años, el internacionalismo liberal funcionó menos como un proyecto verdaderamente universal que como un mecanismo hostil a la política, destinado a ocultar la jerarquía global existente. Dicho de otro modo, la globalización quizá no logró convertir el mundo en un espacio verdaderamente plano, pero sí consiguió estrechar el horizonte intelectual de la humanidad y deteriorar su capacidad de imaginar alternativas, hasta el punto de impedir que, tras el declive del hegemón, surgiera un nuevo eje de valores o una nueva apertura política, como había sucedido en anteriores transiciones históricas.
Si hoy ha de surgir algo verdaderamente «nuevo», el derrumbe de los muros de la Prisión Estadounidense significaría, en realidad, la desaparición de esa máscara. Lo verdaderamente llamativo no es ese eventual derrumbe, sino el pánico que manifiestan los propios prisioneros ante la posibilidad de que la prisión deje de existir. En realidad, tampoco hay nada sorprendente en ello. El debate sobre «lo nuevo» no señala todavía ni un sistema propio de valores ni una alternativa sistémica coherente. Es más, los prisioneros no solo temen la caída de los muros, sino incluso la mera crítica al propio sistema penitenciario. Temen mucho más el colapso del orden existente que los posibles «monstruos» anunciados por Gramsci. De hecho, la crítica más frecuente consiste en reprochar al propio constructor de la prisión que ya no defienda con suficiente firmeza la obra que él mismo levantó.
La ausencia de un nuevo orden, así como la incertidumbre que caracteriza al actual proceso de realineamiento y equilibrio del poder mundial, se explica, en primer lugar, porque la consolidación de las nuevas correlaciones de fuerza no ha surgido tras una gran guerra, como ocurrió en anteriores transformaciones históricas. En última instancia, Yalta fue posible porque las potencias exhaustas compartían la voluntad de evitar un nuevo conflicto mundial. En el pasado, la competencia geopolítica y la disputa por las esferas de influencia se desarrollaban, en términos generales, dentro de espacios cuyas fronteras eran aceptadas ya fuera jurídica o de facto por las propias partes implicadas. Hoy, en cambio, las esferas de influencia ya no generan equilibrio ni contribuyen a la estabilidad.
En épocas anteriores, la posición geográfica bastaba por sí sola para garantizar una presencia dominante dentro de un determinado espacio de influencia. Hoy, sin embargo, ni China, ni Estados Unidos, ni ninguna otra gran potencia pueden desvincularse de las alianzas, las bases militares situadas fuera de sus territorios nacionales, las redes comerciales y financieras muchas de ellas creadas por ellos mismos para concentrarse exclusivamente en sus respectivas áreas geográficas de influencia o convertirlas, por sí solas, en una fuente suficiente para maximizar su poder.[12]
Tan hipotética resulta la intención expresada en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de replegarse hacia el hemisferio occidental y declararlo como su esfera definitiva de influencia, como igualmente irrealizable sería que China u otras potencias limitaran sus ambiciones exclusivamente a sus respectivas regiones geográficas o pretendieran excluir de ellas a sus competidores.
Más allá del problema de las esferas de influencia, existe además un fenómeno específico que agrava la crisis del sistema: la propia situación interna de Estados Unidos. Detrás del terrorismo retórico de Donald Trump continúa creciendo una profunda crisis estructural estadounidense. El país que construyó y lideró el orden internacional posterior a 1945 atraviesa hoy una evidente inestabilidad política. Se trata de una evolución inesperada en un Estado que sigue disfrutando de una clara superioridad económica y militar respecto al resto del mundo. Sin embargo, la combinación anómala de inestabilidad política junto con fortaleza económica y militar está contribuyendo a convertir a Estados Unidos en un actor aún más destructivo durante este período de transición. Precisamente por ello, expresiones como «Estado forajido» o «Estado depredador» ya pueden encontrarse con relativa naturalidad incluso en sectores del periodismo y de la academia estadounidenses más convencionales.
En la etapa actual, la era de la interdependencia convertida en arma ha entrado en una nueva fase. Ya no solo Estados Unidos controla los cuellos de botella estratégicos; otros actores también disponen ahora de ellos. Hace apenas unas semanas quedó demostrado cómo Irán, un país que muchos creían que sería doblegado en cuestión de días, fue capaz de transformar el estrecho de Ormuz en una auténtica palanca geopolítica. Más allá de este ejemplo reciente, China llevaba años preparándose para reducir su vulnerabilidad frente a este tipo de estrangulamientos estratégicos. Ha desarrollado sus propios mecanismos de control de las exportaciones y no solo procura garantizar el acceso a tecnologías críticas, sino también dominar segmentos esenciales de las cadenas industriales y de la regulación del suministro. Los elementos de tierras raras constituyen el ejemplo más evidente. La importancia de esta evolución no reside en que Estados Unidos se haya debilitado, sino en que la capacidad de disciplinar al resto del mundo a través de la prisión ya no pertenece exclusivamente a un solo actor. El sistema que durante décadas proporcionó a Washington una ventaja estratégica excepcional se está transformando en un espacio disputado, donde su posición central ya no resulta incuestionable.
Las consecuencias de este proceso ya son visibles en la fragmentación de la economía mundial. Las estrategias estatales de reducción de riesgos están impulsando un creciente interés por los sistemas alternativos de pago. Los proyectos tecnológicos regionales adquieren un nuevo valor estratégico. Las cadenas de suministro ya no se diseñan únicamente en función de la eficiencia, sino también del grado de vulnerabilidad que generan. Incluso allí donde todavía no existen alternativas plenamente desarrolladas, aumenta el deseo de reducir la exposición a los mecanismos de coerción estadounidenses.
Para las potencias intermedias, esta situación reviste una importancia vital. Estos Estados no son simples observadores externos de la crisis; siguen siendo prisioneros que permanecen dentro de la cárcel mientras la autoridad estadounidense continúa erosionándose. Sus economías permanecen vinculadas a los circuitos del dólar. Sus élites siguen formándose, en gran medida, dentro de marcos epistemológicos occidentales. Sus instituciones de seguridad continúan estructurándose sobre supuestos y capacidades construidos durante décadas en torno a Estados Unidos. Experimentan directamente el «Problema Americano», pero carecen de las infraestructuras necesarias para abandonar el sistema, incluso de manera parcial.
Por ello, los llamamientos retóricos al mundo multipolar tienen, por el momento, un valor muy limitado para las potencias intermedias: sirven, sobre todo, como instrumento de negociación frente al «Problema Americano». Además, ese supuesto orden multipolar apenas significa, en la práctica, algo más que una relación con China, considerada el «segundo polo» del sistema. En última instancia, para gran parte del mundo no occidental, China todavía no representa una posición geopolítica que vaya mucho más allá de servir como elemento de presión y de fortalecimiento en las negociaciones con Washington. Si a este limbo geopolítico se añade la ausencia, por parte de China, de una auténtica visión imperial y de la voluntad de asumir responsabilidades propias de una potencia hegemónica, resulta más fácil comprender por qué el «nacimiento de lo nuevo» continúa siendo tan difícil.[13]
De la Prisión Estadounidense a la Prisión del G-2
Cuando Estados Unidos era una potencia en ascenso dentro del sistema internacional, su inclinación hacia el aislacionismo era evidente. Una vez convertido en la potencia hegemónica, adoptó una política marcadamente unilateral. Hoy, sin embargo, ha entrado en una nueva y peligrosa etapa, caracterizada por la combinación del aislacionismo con una renovada tendencia expansionista entendida como ampliación de sus esferas de influencia, hasta el punto de que cada vez con mayor frecuencia se le describe como un «Estado forajido». Al mismo tiempo, mantiene una confrontación abierta con la potencia emergente, China, una tensión cuyas consecuencias se hacen sentir en todo el mundo.
Todo ello indica que la geopolítica contemporánea no puede entenderse simplemente como una suma de crisis independientes, sino como un umbral de transición en el que el antiguo orden se está descomponiendo mientras el nuevo aún no ha logrado institucionalizarse. La incertidumbre global ya no constituye un problema coyuntural de carácter geopolítico, económico o de seguridad; es, por el contrario, el síntoma de un cambio estructural del régimen internacional que afecta simultáneamente a todas esas dimensiones. En el centro de esa transformación se encuentra el eje Estados Unidos–China, es decir, el mundo G-2 que ya comienza a configurarse de facto.
La cuestión fundamental del nuevo orden internacional ya no consiste en preguntarse si China logrará ascender o si Estados Unidos conseguirá conservar su posición dominante. China ya ha ascendido. Estados Unidos sigue siendo una gran potencia, pero una potencia cuyo liderazgo muestra claros signos de desgaste. La verdadera pregunta es si el resto del mundo terminará siendo encerrado dentro del orden de facto construido conjuntamente por Washington y Pekín.
Para el mundo, ello supondría una arquitectura de poder paradójica en la que tanto el enfrentamiento como el entendimiento entre Estados Unidos y China generarían costes. Una confrontación abierta entre ambas potencias amenaza con dividir la economía mundial en bloques a través de la tecnología, el comercio, los semiconductores, las cadenas de suministro, las finanzas, las sanciones, los aranceles y la seguridad comercial. Pero, por otro lado, una eventual reconciliación bilateral también podría superar el multilateralismo basado en normas y convertir al resto del mundo en simple objeto de negociación entre dos grandes potencias. En otras palabras, si los países ajenos a Estados Unidos no logran superar su temor al posible derrumbe de la Prisión Estadounidense y no desarrollan alternativas propias, podrían terminar encontrándose encerrados en una nueva Prisión del G-2.
Este orden G-2 no necesita manifestarse necesariamente como una alianza formal ni como un reparto explícitamente acordado del mundo. Es perfectamente posible que la comunidad internacional se enfrente a un duopolio hostil. Estados Unidos y China pueden competir entre sí, negociar, sancionarse mutuamente y, ocasionalmente, estabilizar sus relaciones. Lo que convierte al G-2 en un problema especialmente difícil de superar es que su lógica permanece intacta independientemente de que ambas potencias sean rivales o cooperen. Tanto si Washington y Pekín se enfrentan como si alcanzan acuerdos, el coste termina recayendo sobre el resto del mundo.
Estados Unidos mantiene bajo un control cada vez más coercitivo las finanzas globales, el sistema del dólar, el régimen de sanciones, las alianzas militares, las redes avanzadas de defensa y buena parte de la arquitectura institucional creada tras la Segunda Guerra Mundial. China, por su parte, domina de manera igualmente concentrada la capacidad manufacturera mundial, las cadenas críticas de suministro, el procesamiento de tierras raras, la financiación de infraestructuras, las economías de escala industriales y, de forma creciente, el ecosistema tecnológico del futuro. Una potencia convierte el dinero, los mercados, la protección militar y las sanciones en instrumentos de poder; la otra puede transformar la producción, los recursos minerales, las infraestructuras y la dependencia industrial en armas geopolíticas.
Uno de los desarrollos más preocupantes de los últimos años es que tanto Estados Unidos como China parecen haber descubierto que una competencia gestionable puede beneficiar simultáneamente a ambos. Ello implica que el resto del mundo ya no quedaría atrapado entre el bien y el mal, sino entre dos formas distintas de poder, ambas profundamente transaccionales y carentes de una auténtica visión global o de un eje de valores capaz de ofrecer legitimidad.
Esto, desde luego, no constituye un nuevo «fin de la historia». Conviene recordar que la interdependencia económica, la seguridad económica y la competencia geopolítica forman, en esencia, un «trilema imposible». Ninguna potencia, sea o no hegemónica, puede controlar simultáneamente los tres elementos sin asumir costes significativos. Con el regreso de la competencia geopolítica desaparecida solo temporalmente tras el final de la Guerra Fría, resulta imposible que Washington escape indemne de ese trilema. Del mismo modo, tampoco parece realista pensar que China pueda construir, junto con Estados Unidos y a costa del resto del mundo, un orden G-2 estable que le permita dominar simultáneamente esas dinámicas a escala global.
La historia demuestra que las grandes confrontaciones geopolíticas rara vez comienzan cuando todos son plenamente conscientes de ellas; suelen iniciarse cuando los actores todavía aparentan formar parte del mismo orden. James Burnham formuló una observación especialmente reveladora al comienzo de su obra The Struggle for the World (1947): «La Tercera Guerra Mundial comenzó en abril de 1944». Lo que Burnham quería expresar era que la Guerra Fría no empezó después de la Segunda Guerra Mundial, sino durante ella, oculta bajo la apariencia de una alianza, mientras soldados estadounidenses y soviéticos seguían combatiendo contra un enemigo común.
Siguiendo esa misma lógica, podría afirmarse que la Cuarta Guerra Mundial comenzó el 9 de noviembre de 1989, con los primeros golpes de martillo contra el Muro de Berlín. Mientras Occidente celebraba el supuesto fin de la historia, China iniciaba silenciosamente un ascenso paciente y prolongado. Aprendiendo las lecciones del colapso soviético, aprovechó los mercados abiertos, explotó al máximo las oportunidades ofrecidas por las instituciones multilaterales, transformó la erradicación de la pobreza interna en una fuente de fortaleza estratégica y convirtió discretamente la arquitectura de la globalización construida bajo el liderazgo estadounidense en el principal instrumento de su propio ascenso.
Hoy esa competencia ha entrado en su fase más decisiva. Las dos grandes potencias parecen condenadas a una rivalidad cuyo desenlace determinará el destino del siglo XXI. Mientras el mundo sigue preguntándose cuál será el futuro de la Prisión Estadounidense, observa con creciente inquietud cómo Washington y Pekín colocan conjuntamente los cimientos de una nueva Prisión del G-2.
A pesar de todo, la crisis que experimentamos hoy conserva todavía la posibilidad de ser un fenómeno cíclico más que una auténtica ola histórica. Desde el final de la Guerra Fría, los ritmos de los momentos de vulnerabilidad han seguido, hasta cierto punto, un patrón relativamente regular. Aún no se ha producido una ruptura radical con el orden que se ha ido configurando hasta nuestros días. Para comprender esta situación, resulta útil recordar el comportamiento histórico de las revoluciones y de las grandes olas de precios.[14] Las olas geopolíticas pueden desarrollarse con frecuencias y ritmos similares a los de los movimientos de precios y de los ciclos de la economía política. Para poder hablar de una auténtica gran ola geopolítica sería necesario identificar una secuencia comparable en la evolución de los precios relativos, así como dinámicas semejantes en los salarios, las rentas, los tipos de interés y, especialmente en sus fases finales, los mismos niveles de volatilidad extrema. Desde esta perspectiva, puede afirmarse que la crisis actual se encuentra todavía en una fase predominantemente cíclica, más que en una verdadera fase de ola histórica.
No debe olvidarse, sin embargo, que todas las grandes revoluciones de precios de la historia moderna comenzaron durante períodos de prosperidad y concluyeron con profundas crisis mundiales. Hoy todavía no puede afirmarse que nos encontremos ante una dinámica de esa magnitud. Del mismo modo que las revoluciones de precios siguen determinados ritmos y umbrales, las grandes rupturas geopolíticas maduran a medida que se erosionan los equilibrios de poder, se desintegran las arquitecturas de alianzas y se intensifica la competencia estratégica. Las guerras, en la mayoría de los casos, no constituyen la causa de ese proceso, sino la consecuencia de tensiones acumuladas durante largo tiempo.
Muchas de las grandes transformaciones geopolíticas de la historia no surgieron en períodos de pobreza o de colapso del sistema, sino precisamente cuando el orden internacional vigente alcanzaba su máximo grado de consolidación, mientras el crecimiento económico y la acumulación de poder avanzaban con rapidez. Por ello, la crisis que atravesamos no representa el derrumbe de un orden ya agotado, sino el inevitable ajuste histórico generado por un sistema que ha llegado a los límites de su propio éxito.
Si, llegado este punto, la humanidad no logra, como en otras épocas, preocuparse nuevamente por construir una alternativa capaz de responder a sus propios desafíos, podría llegar incluso a perder la capacidad de elegir entre una «Prisión Estadounidense» y una «Prisión del G-2», ambas desprovistas de una verdadera visión imperial o civilizatoria. La cuestión decisiva ya no consiste en determinar qué producirá el cambio del régimen global o cuál será la potencia que ascienda. La verdadera pregunta es si la humanidad será capaz de reconstruir un horizonte político auténtico, capaz de generar legitimidad, ejercer liderazgo y trascender la mera lógica de la dominación.
Porque el desafío al que hemos llegado ya no se limita a escoger entre distintos modelos de gobierno, diferentes formas de organización social o alternativas económicas. Se ha convertido, en última instancia, en una cuestión de dignidad humana.
Bibliografía
- La célebre frase escrita por Gramsci en 1930 ingresó al debate de la teoría política cuando Stuart Hall la utilizó como una importante herramienta conceptual en su crítica al thatcherismo durante la década de 1980. Posteriormente, Slavoj Žižek la popularizó en 2010 mediante una traducción libre como «la época de los monstruos», convirtiéndola en un eslogan de gran fuerza retórica. En 2016, Gilbert Achcar la eligió como título y epígrafe de uno de sus libros, otorgándole aún mayor visibilidad en el discurso académico y político. A partir de ese mismo año, y especialmente tras acontecimientos como la Primavera Árabe, el Brexit y la llegada de Donald Trump, la frase terminó convirtiéndose en una referencia viral utilizada para explicar toda clase de crisis, desligándose por completo de su contexto filológico original y transformándose en una metáfora itinerante. Hasta el propio Achcar se vio obligado, en 2021, a publicar un texto en el que cuestionaba esa interpretación popular. ↑
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- Drezner, Daniel; Farrell, Henry & Newman, Abraham (eds.). The Uses and Abuses of Weaponized Interdependence. Brookings Institution Press, 2021. ↑
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- Fischer, David Hackett. The Great Wave: Price Revolutions and the Rhythm of History. Oxford University Press, 1996. En esta obra, Fischer identifica tres grandes ciclos monetarios completos en la historia europea, cada uno caracterizado por una revolución de precios, una crisis bélica y el establecimiento de un nuevo equilibrio, y sostiene que la inflación persistente del siglo XX marca el inicio de una cuarta gran ola. ↑
Fuente:www.perspektifonline.com