La política en tiempos de emergencia
Del mismo modo que se declara un estado de emergencia cuando la existencia, la supervivencia o las funciones vitales de un país, una nación o un Estado se encuentran amenazadas, también se hace necesario transitar hacia una política de emergencia. Esta capacidad de reacción permite preservar la existencia de una nación, garantizar su continuidad histórica y ganar el tiempo indispensable para restablecer las condiciones de estabilidad.
Podemos establecer una analogía con los mecanismos de respuesta del organismo humano ante una amenaza directa contra sus funciones vitales. Si una persona sufre la amputación de un brazo o una lesión grave que provoca una hemorragia masiva, su organismo deja de prestar atención a dolencias secundarias, como el dolor lumbar, los acúfenos o la secreción nasal, y concentra todos sus recursos fisiológicos en detener la pérdida de sangre. Se trata de una respuesta de emergencia del organismo frente a una hemorragia aguda. Este mecanismo no depende de la voluntad consciente del individuo, sino de la activación automática de los sistemas de defensa y supervivencia del cuerpo.
La situación de los Estados, los países y las naciones no es sustancialmente diferente. Cuando un país se encuentra bajo ataque y libra una lucha por su propia existencia y supervivencia, no puede permitirse dispersar sus esfuerzos en problemas menores ni en controversias heredadas del pasado. Por el contrario, debe relegar temporalmente las demás cuestiones, reconocer la excepcionalidad de la amenaza y adoptar una política de emergencia orientada prioritariamente a neutralizarla.
¿QUÉ PAÍSES DEBERÍAN ADOPTAR UNA POLÍTICA DE EMERGENCIA?
En la actualidad, numerosos países del mundo, particularmente en Oriente Medio, la región en la que vivimos, se enfrentan a amenazas de considerable magnitud. Se trata de desafíos capaces de comprometer su seguridad nacional, su independencia y su porvenir.
Conviene examinar algunas de estas amenazas.
1. La amenaza israelí
Si Israel ha atacado hasta ahora a seis países, cabe inferir que podría emprender nuevas ofensivas contra otros Estados. Ello se debe a que Israel, más que actuar exclusivamente conforme a los principios de la realpolitik, orienta su comportamiento desde una lógica teopolítica, cuya principal motivación sería materializar el ideal de la denominada «Tierra Prometida» (Eretz Israel).
Este proyecto, lejos de permanecer oculto, constituiría ya uno de los fundamentos de su doctrina de política exterior y de su pensamiento estratégico-militar. Desde esta perspectiva, Israel aspiraría a ocupar territorios pertenecientes a otros países para hacer realidad dicho ideal.
Entre los territorios y Estados potencialmente afectados se encontrarían Siria, Jordania, Líbano, Palestina, Turquía, Arabia Saudita, Egipto e Irak.
Israel ya habría ocupado prácticamente la totalidad de Palestina y parte del territorio sirio. Si esta dinámica expansionista continúa, los demás países comprendidos en ese horizonte geográfico se enfrentarán a una amenaza existencial.
Cuando la propia supervivencia está en juego, resulta indispensable dejar de lado los problemas secundarios y las controversias tradicionales para concentrar todos los esfuerzos en la amenaza más inmediata y decisiva.
2. Un orden mundial sumido en el caos
El orden internacional se encuentra al borde de una profunda transformación. Las organizaciones internacionales concebidas para garantizar la estabilidad global, comenzando por las Naciones Unidas, están perdiendo progresivamente su capacidad de actuación, mientras emerge un escenario de creciente desorden e incertidumbre.
Los esquemas tradicionales de la política internacional, las alianzas estratégicas y los pactos interestatales se desmoronan o experimentan reconfiguraciones sustanciales.
En el seno de la alianza atlántica, difícilmente alguien habría imaginado que Estados Unidos y Europa llegarían a protagonizar enfrentamientos de semejante intensidad o a emprender medidas económicas hostiles entre sí. Sin embargo, esa posibilidad se ha convertido en una realidad.
En Eurasia, los países de la región parecen desconcertados ante el ascenso del poderío chino y encuentran crecientes dificultades para definir una estrategia coherente frente a su expansión.
Nadie puede prever con certeza dónde concluirá la guerra entre Rusia y Ucrania ni hasta qué punto se extenderán sus consecuencias devastadoras.
África, por su parte, atraviesa una profunda contradicción histórica: mientras procura emanciparse de las antiguas estructuras de dominación colonial, numerosos países se ven arrastrados hacia conflictos internos cuya resolución permanece incierta.
En Oriente Medio, como es bien sabido, resulta prácticamente imposible anticipar la magnitud de la espiral de inestabilidad regional que podría desencadenar el enfrentamiento entre Arabia Saudita y los hutíes.
En definitiva, los cimientos del orden mundial se han desplazado. Los ríos han desbordado sus cauces y los mares parecen agitados por mareas imprevisibles. Estas convulsiones provocan pérdidas humanas, alteraciones de las configuraciones geográficas y políticas, y una profunda desorganización del sistema internacional.
3. La expansión de la hegemonía digital
Es posible que las redes sociales y, posteriormente, la inteligencia artificial constituyan las invenciones más perjudiciales de la humanidad desde la aparición de la bomba atómica.
En efecto, las redes sociales están configurando actualmente el sustrato intelectual y psicológico sobre el que se desarrolla el creciente caos del orden mundial.
Tras erosionar los canales tradicionales de comunicación y establecer sus propios ecosistemas informativos, las grandes plataformas digitales han comenzado a utilizar su extraordinaria capacidad de influencia para consolidar un nuevo orden hegemónico.
Hoy, la arquitectura genética digital de prácticamente todos los usuarios de internet, de quienes participan en las redes sociales y de la inmensa mayoría de las empresas e instituciones públicas se encuentra, en gran medida, bajo el control de actores establecidos en otros países.
Las comunicaciones de naciones que hablan centenares de lenguas diferentes están condicionadas por un reducido número de corporaciones tecnológicas.
Gracias a semejante concentración de poder, amplios sectores de la población pueden ser orientados, manipulados e incluso inducidos al engaño conforme a intereses determinados.
Actualmente, casi todas las empresas de ciberseguridad que desempeñan una función comparable a la cerradura de nuestras viviendas son estadounidenses, israelíes o chinas.
Entre las consecuencias más graves de la expansión de las redes sociales destaca la progresiva erosión de la verdad como referencia compartida. Este fenómeno puede contribuir a desencadenar grandes enfrentamientos, situaciones de desorden e incluso conflictos bélicos.
La velocidad con la que circula la desinformación constituye un peligro de extraordinaria magnitud para la humanidad. Que una noticia falsa pueda propagarse diez veces más rápido que una información veraz, y que sus efectos resulten prácticamente irreversibles, representa una amenaza de primer orden.
Sin haber conseguido todavía controlar estos fenómenos, la humanidad se enfrenta ahora a los riesgos asociados con la inteligencia artificial.
Incluso algunos propietarios y dirigentes de las mayores empresas dedicadas al desarrollo de inteligencia artificial advierten que la humanidad podría encontrarse ante una amenaza para su propia existencia.
Determinados agentes de inteligencia artificial que han adquirido capacidades autónomas ya serían capaces de atacar por iniciativa propia las infraestructuras de empresas y países, e incluso de hacerse con su control.
En Turquía, algunas instituciones estratégicas han comenzado a prohibir el acceso a sus instalaciones de vehículos eléctricos y dispositivos equipados con inteligencia artificial.
Asimismo, se preparan para desarrollar sus propios sistemas de ciberseguridad y restringir la utilización de programas extranjeros en las instituciones estatales.
En Europa, entretanto, se intensifican los debates sobre la necesidad de establecer regulaciones rigurosas en materia de redes sociales, inteligencia artificial y ciberseguridad.
Todos estos fenómenos representan amenazas directas para la seguridad nacional de los Estados y para el futuro de los pueblos y las naciones.
Ante semejante panorama, ¿acaso no resulta necesario declarar un estado de emergencia?
4. La crisis económica
Todavía no hemos experimentado plenamente las consecuencias económicas derivadas del encarecimiento de la energía, provocado por la guerra entre Rusia y Ucrania y por las crisis que afectan a los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.
El incremento de los costes de producción y transporte, así como las presiones inflacionarias resultantes, deterioran directamente las condiciones de vida de cada individuo.
Aunque los gobiernos intentan, por el momento, amortiguar el impacto de estos aumentos mediante subsidios y mecanismos de intervención económica, se desconoce durante cuánto tiempo podrán sostener semejantes políticas.
No debería sorprendernos que, llegado cierto momento, algunos Estados se vieran obligados a declararse incapaces de atender sus obligaciones financieras, de manera semejante a las empresas que solicitan protección frente a sus acreedores.
Las crisis energéticas repercuten directamente en todos los sectores productivos, desde la fabricación de una simple aguja hasta la industria automotriz, sin que existan alternativas inmediatas capaces de neutralizar por completo sus efectos.
Sin embargo, la energía no constituye el único problema.
Los profundos desplazamientos de los centros mundiales de producción también han alterado los equilibrios económicos internacionales.
La extraordinaria capacidad manufacturera de China ha generado una situación en la que numerosos Estados dependen de ella de manera creciente y, en muchos casos, difícilmente reversible.
En Europa, las fábricas de automóviles, las instalaciones dedicadas a la producción de maquinaria industrial y numerosos otros centros manufactureros se ven obligados a reducir sus operaciones o cerrar ante la presión competitiva de la industria china.
A estas dificultades se suma la desigualdad en la distribución de la riqueza, que actúa como un factor multiplicador de las tensiones existentes.
La fortuna acumulada por unas pocas de las personas más ricas del planeta supera ya el producto interior bruto conjunto de decenas de países.
Esta brecha, difícilmente justificable desde una perspectiva de justicia económica y social, continúa ensanchándose de manera alarmante.
En síntesis, el mundo se encuentra a las puertas de una profunda crisis económica o, cuando menos, de un periodo de extraordinaria turbulencia.
En un escenario de semejante gravedad, numerosos Estados podrían verse incapacitados para preservar su existencia institucional y garantizar la continuidad de sus funciones esenciales.
Por esta razón, deberían prepararse para adoptar una política de emergencia.
5. El ascenso de las ideologías extremistas
Europa, América e Israel se encuentran ante la posibilidad de experimentar una profunda transformación política como consecuencia del ascenso de la extrema derecha.
Se prevé que, durante la próxima década, partidos de orientación ultraderechista, caracterizados por discursos xenófobos, racistas, islamófobos y aislacionistas, puedan acceder al poder en prácticamente todos los países europeos.
Paralelamente, se observa un incremento significativo de las manifestaciones callejeras, los episodios de violencia y las agresiones.
En una Europa donde residen aproximadamente treinta millones de musulmanes, las generaciones futuras podrían llegar a presenciar, lamentablemente, procesos de expulsión comparables a los que tuvieron lugar en Al-Ándalus.
En Israel, los partidos de extrema derecha desempeñan un papel decisivo tanto en el Gobierno como en la oposición.
En los países musulmanes, por su parte, la acumulación de problemas estructurales y la incapacidad de encontrar soluciones duraderas favorecen el desplazamiento de determinados sectores sociales hacia ideologías radicales, organizaciones extremistas y formaciones políticas partidarias de posiciones cada vez más intransigentes.
¿CÓMO DEBE ARTICULARSE UNA POLÍTICA DE EMERGENCIA?
Si consideramos conjuntamente todos los fenómenos expuestos, resulta evidente que cada Estado, cada país, cada nación e incluso cada individuo tiene motivos suficientes para preocuparse por su futuro y, en consecuencia, elaborar una nueva hoja de ruta.
A este enfoque lo denominamos «política de emergencia».
La primera regla para hacer frente a estos graves desafíos consiste en no dispersar las energías, las capacidades ni los recursos en cuestiones ajenas a su resolución.
No es este el momento de alimentar disputas sectarias, controversias ideológicas, desacuerdos históricos carentes de fundamento racional ni enfrentamientos estériles.
Incluso cuando existan discrepancias históricamente arraigadas con un Estado, una nación o una corriente ideológica, si estas no guardan relación directa con las crisis anteriormente señaladas, resulta imprescindible relegarlas a un segundo plano y posponer su resolución.
Permítanme expresarlo con mayor claridad. Consideren las crisis que acabamos de examinar y, a continuación, reflexionen sobre los siguientes conflictos:
Piensen en el enfrentamiento entre los hutíes y Arabia Saudita.
Piensen en las disputas entre Irán y los países del Golfo.
Piensen en las rivalidades entre Turquía e Irán.
Piensen en el conflicto entre Pakistán y Afganistán.
Piensen en las guerras civiles que asolan Somalia, Sudán y Etiopía.
A la luz de los desafíos críticos y las amenazas existenciales que afrontamos, ¿no les parecen también carentes de sentido todos estos enfrentamientos?
Precisamente por ello, sostengo que debemos superar estas crisis estériles, abandonar las confrontaciones que consumen nuestras capacidades colectivas y avanzar decididamente hacia una «política de emergencia».