La ONU Regresa A Damasco, Al Umbral De La Reconstrucción

Diecisiete años. Han transcurrido exactamente diecisiete años desde la última vez que un Secretario General de las Naciones Unidas pisó Damasco en ejercicio de su cargo. Cuando el avión de António Guterres aterrice en territorio sirio, no se tratará de una visita protocolaria ni de un gesto de cortesía diplomática. Este momento constituye el punto de partida de una nueva fase diplomática destinada a impulsar la transformación de la Siria posterior a Asad. Un Estado colapsado intenta ponerse nuevamente en pie gracias a una combinación de legitimidad auspiciada por la ONU, reformas constitucionales exigidas por los países del Golfo, soberanía fronteriza supervisada por Turquía y una discreta cooperación de inteligencia entre Siria y actores occidentales que ha contribuido a neutralizar los remanentes del Estado Islámico en el desierto de Badiya.

Sin embargo, detrás de toda esta coreografía diplomática persiste una realidad incómoda: este país de 23 millones de habitantes sigue sosteniéndose por un hilo, y cualquier sacudida en alguno de los pilares del apoyo exterior podría precipitarlo nuevamente al abismo.

Las cifras reflejan la magnitud de una devastación difícil de describir. Catorce años de guerra han desmantelado prácticamente las instituciones burocráticas sirias. La economía se ha contraído cerca de un 85 % desde 2011. El 90 % de la población vive actualmente por debajo del umbral de la pobreza. El coste de la reconstrucción se estima entre 216.000 y 400.000 millones de dólares, una cifra equivalente a aproximadamente veinte veces el producto interior bruto del país. Cerca de 5,5 millones de personas continúan desplazadas dentro de Siria y otros 15,6 millones siguen dependiendo de la ayuda humanitaria. No se trata de una transición; es un intento de reanimar a un paciente que lleva más de una década sin mostrar signos vitales.

La visita de Guterres simboliza un punto de inflexión fundamental en la evolución de Siria: de ser un Estado marginado dentro del sistema internacional a convertirse en un proyecto cuya reconstrucción intenta impulsar la comunidad internacional. El Consejo de Seguridad de la ONU ya ha levantado las sanciones impuestas a Hayat Tahrir al-Sham (HTS), organización anteriormente vinculada a Al Qaeda y que hoy ejerce de facto el control del país.

El Secretario General se dirigirá a la recién creada Asamblea Popular, otorgando así un reconocimiento simbólico de carácter estatal a un movimiento que ha pasado de la insurgencia al gobierno. Pero la legitimidad reconocida desde el exterior no equivale necesariamente a una legitimidad conquistada en el interior. El presidente Ahmed al-Sharaa ha confiado los principales mecanismos de decisión en materia económica y de seguridad casi exclusivamente a miembros de su familia y a figuras leales a HTS desde hace años. En un proceso que algunos describen como la “idlibización” de Damasco, antiguos comandantes insurgentes continúan ejerciendo un control efectivo sobre los servicios de inteligencia y las fuentes de ingresos. El resultado es una estructura estatal que concibe la política como la continuación de la guerra por otros medios y que sigue operando con la lógica de un movimiento insurgente.

El mecanismo de apoyo internacional que sostiene esta frágil estructura depende de un equilibrio tan complejo como delicado. La visita del presidente francés Emmanuel Macron en julio la primera realizada por un jefe de Estado de un país miembro de la Unión Europea desde la caída de Asad estuvo acompañada por altos directivos de TotalEnergies y CMA CGM. Con ello, Damasco comenzó a ser presentada como un centro estratégico de conexión entre el Mediterráneo y el Golfo. Pocos días después, Al-Sharaa se reunió con Donald Trump durante la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, obteniendo un respaldo explícito de Washington para aliviar las sanciones.

El oleoducto Kirkuk-Baniyas una infraestructura de 800 kilómetros, cuya rehabilitación podría costar entre 4.500 y 8.000 millones de dólares y cuya capacidad potencial alcanza los dos millones de barriles diarios se ha convertido en una arteria esencial del nuevo orden geopolítico.

Pero los oleoductos, por sí solos, no construyen naciones. Los Altos del Golán continúan siendo el principal foco de tensión geopolítica capaz de descarrilar todo el proceso. Tras la caída de Asad, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, declaró que el Acuerdo de Separación de Fuerzas de 1974 había “dejado de ser válido” y ordenó al ejército ocupar la zona de amortiguación. Desde entonces, las fuerzas israelíes han llevado a cabo repetidas operaciones transfronterizas en el sur de Siria. La prevista visita de Guterres a la misión de la Fuerza de las Naciones Unidas de Observación de la Separación (UNDOF) no constituye una mera oportunidad fotográfica, sino un intento diplomático desesperado por evitar que la tensión fronteriza desemboque en una guerra regional.

El marco constitucional diseñado para mantener cohesionada esta estructura política fragmentada es, al mismo tiempo, sofisticado y extremadamente frágil. El sistema propuesto de cuotas bicamerales reserva 50 de los 100 escaños del Senado para las minorías: quince para los alauíes, quince para los cristianos, doce para los drusos, cinco para los ismaelíes, cinco para los chiíes y tres para otras minorías étnicas.

Cualquier legislación relacionada con el estatuto personal, las fundaciones religiosas o los derechos culturales requerirá una mayoría de dos tercios en el Senado, además de la aprobación mayoritaria dentro de cada una de las comunidades directamente afectadas. Este modelo refleja un sistema consociacional de reparto del poder elevado a la categoría de garantía constitucional, cuyo objetivo es impedir que políticas islamistas rígidas excedan sus límites de autoridad.

Sin embargo, estas garantías no nacieron desde el interior. Los países del Golfo las han impuesto como condición previa para financiar la reconstrucción. En otras palabras, la soberanía está siendo redefinida bajo condiciones externas, mientras que el contrato social interno depende del respaldo financiero de los fondos soberanos de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

La pregunta inevitable es: si cesan los ingresos derivados del oleoducto, ¿colapsará también este orden constitucional?

Diversos observadores advierten que el nuevo liderazgo sirio ya ha comenzado a adoptar los hábitos del antiguo régimen, que el Estado posterior a Asad sigue siendo extraordinariamente vulnerable y que aún no existe una hoja de ruta coherente para la transición política. Esto no es una transición; es un estado permanente de tutela transicional.

Siria enfrenta tres escenarios posibles. En el más optimista, el oleoducto continúa operando, los canales de inteligencia permanecen activos y el mecanismo de veto concedido a las minorías satisface las expectativas de los países del Golfo. En ese contexto, Siria podría convertirse en un centro estratégico de tránsito y en uno de los pilares fundamentales de la estabilidad regional.

La segunda posibilidad es la perpetuación del statu quo. En este escenario, Siria seguiría existiendo como una combinación de zonas relativamente estables y otras dominadas por la violencia: ni se derrumbaría por completo ni lograría recuperarse plenamente. El escenario más pesimista contempla que las garantías constitucionales permanezcan únicamente sobre el papel, que resurjan los conflictos sectarios o que un error de cálculo en los Altos del Golán desencadene una guerra de gran escala capaz de arrastrar a toda la región.

La llegada de Guterres a Damasco representa una poderosa expresión de la fe de la diplomacia internacional en el futuro. Las Naciones Unidas creen que la ampliación de la legitimidad internacional contribuirá a crear, dentro del país, las condiciones de pluralismo y seguridad necesarias para justificarla. Pero la legitimidad no es un privilegio concedido de una vez y para siempre; es una cualidad que debe protegerse y reproducirse constantemente.

El Estado sirio no es, en el sentido clásico, un Estado plenamente soberano. Su soberanía descansa en los vínculos que ha establecido con el capital del Golfo, el poder de veto de Turquía, las redes de inteligencia occidentales y el reconocimiento de las Naciones Unidas. En otras palabras, se trata de un modelo de soberanía sostenido por apoyos externos; pero las estructuras de apoyo nunca sustituyen a unos cimientos sólidos.

La verdadera pregunta que enfrenta Damasco este mes de julio no es si Siria logrará completar su transformación. La cuestión central es si la comunidad internacional posee la paciencia, los recursos y la visión estratégica necesarios para mantener este frágil mecanismo de apoyo durante el tiempo suficiente como para permitir que el país se reconstruya desde dentro.

Diecisiete años de ausencia diplomática no pueden compensarse con una sola visita. Sin embargo, esa visita puede marcar el comienzo de una nueva etapa.

Y, para Siria, un comienzo lo significa todo.

Fuente:https://www.middleeastmonitor.com/20260726-the-un-returns-to-damascus-at-the-edge-of-reconstruction/