La Nueva Guerra Fría Económica

Cómo se prepara la administración estadounidense para la nueva Guerra Fría económica

Durante décadas, Estados Unidos actuó bajo una ilusión peligrosa: que el libre comercio con China liberalizaría su sistema político y que el mercado global era un terreno de juego neutral. Fue un error profundo.

En el año 2000, EE. UU. controlaba el 37 % de la producción mundial de semiconductores. Hoy esa cifra ha caído a menos del 12 %, mientras que China avanza hacia el 40 % para 2030. Mientras Washington jugaba según las reglas de Adam Smith, Pekín lo hacía según las de Sun Tzu.

Ahora nos encontramos en medio de una guerra económica silenciosa y asimétrica. En China no existe un sector privado en el sentido estadounidense. Bajo la estrategia de fusión civil-militar, cada algoritmo de ByteDance y cada tonelada de litio refinado constituyen activos de doble uso del Partido Comunista Chino. En contraste, EE. UU. priorizó durante años las ganancias de corto plazo mediante la deslocalización hacia China, fomentando el deterioro de su propia base industrial en lugar de asegurar su futuro económico y de seguridad nacional. Occidente creó así, con sus propias manos, una vulnerabilidad estratégica irracional: hoy Pekín controla el 80 % de las tierras raras refinadas y más del 60 % de los imanes utilizados en los sistemas de actuación del F-35.

La administración Trump aceptó que la seguridad económica es seguridad nacional y, en consecuencia, formó un verdadero gabinete de guerra económica. Aunque incluía a los secretarios del Tesoro y de Comercio, el giro más claro se produjo en el Departamento de Defensa. Allí, un líder procedente del capital privado y con experiencia en conflictos dejó su firma para trasladar sus capacidades al frente económico, activando una nueva estrategia ofensiva que combina el dinamismo del sector privado con las prioridades del Estado.

El núcleo de esta estrategia es la nueva Unidad de Defensa Económica.

Dependiente directamente del subsecretario de Defensa y dirigida por otro ejecutivo de capital privado especializado en consolidación industrial, esta unidad no es un regulador convencional. Funciona como un banco comercial interno, diseñado para eludir los lentos ciclos de adquisición del Pentágono. Sustituye la burocracia basada en el cumplimiento por financiación orientada a objetivos comerciales. Su misión es utilizar el balance del gobierno para generar señales de demanda invertibles que reduzcan el riesgo del capital privado en la base industrial de defensa.

En lugar de promesas vagas, la Unidad de Defensa Económica emplea ahora compromisos de mercado predefinidos: contratos vinculantes para la compra de tecnologías críticas como motores de cohetes de combustible sólido o drones autónomos antes incluso de que se construyan las fábricas. Esto convierte los contratos estatales en activos que las empresas pueden usar como colateral para obtener crédito privado. Además, la unidad ha reestructurado la gestión de adquisiciones, reemplazando a gestores de programas de alcance limitado por gestores de carteras con capacidad para reasignar capital rápidamente entre distintos conjuntos de capacidades, al estilo de socios gestores de capital privado.

A esto se suma la reconfiguración de la Oficina de Capital Estratégico. Antes meramente consultiva, esta entidad se transformó, con la Ley de Autorización de Defensa Nacional del año fiscal 2026, en un organismo con capacidad directa de asignación de capital. Ya no actúa solo en software: ahora interviene agresivamente en la manufactura pesada, superando el “valle de la muerte” mediante créditos directos y garantías, especialmente para la financiación de equipos. Así permite que las empresas estadounidenses adquieran la maquinaria intensiva en capital necesaria para producir semiconductores y baterías dentro del país.

Esta arquitectura supone una ruptura total con el statu quo. Se pasa de un sistema que controla costos a otro que financia resultados. La iniciativa paralela de otorgar rangos militares directos a ingenieros de Silicon Valley refuerza este cambio cultural, derribando el muro entre el Pentágono y Palo Alto.

El mensaje al sector privado estadounidense es inequívoco: la era de la neutralidad ha terminado. Si China controla los cimientos de todas las grandes industrias, no quedará ningún mercado libre que ganar. Wall Street y Silicon Valley deben cooperar con el gobierno no por filantropía, sino por necesidad.

La administración ha construido la infraestructura financiera y política necesaria para la soberanía económica. El capital estadounidense se enfrenta ahora a una decisión histórica, quizá la más simple de su historia: invertir aquí y ser dueño del siglo XXI, o invertir en otro lugar y convertirse en su inquilino.

* Paul Hayden Miller, exdirector general de Cerberus Capital Management.

Fuente:https://thehill.com/opinion/national-security/5682848-wall-street-and-the-new-economic-cold-war/