La Máquina y El Edificio Escolar: Anthropic y La Guerra Contra Irán
En Minab, una ciudad del sur de Irán donde el calor se eleva desde el suelo en ondas brillantes y donde la realidad del imperialismo se percibe en cada puerto e instalación militar, un misil impactó una escuela el 28 de febrero de 2026. En el ataque murieron 156 personas, entre ellas 120 escolares. El gobierno iraní calificó inmediatamente el hecho como un «crimen evidente», mientras que las Naciones Unidas lo describieron como una «grave violación del derecho internacional humanitario». Sin embargo, los nombres de los niños asesinados no resonaron en los centros globales de poder con la misma fuerza que los nombres de generales, sistemas de armas o plataformas tecnológicas. Los iraníes fallecidos, según se ha revelado posteriormente, continúan siendo en gran medida anónimos para quienes debaten sobre el futuro de la inteligencia artificial (IA) utilizada por Estados Unidos en este ataque.
La muerte de estos niños ha hecho aún más visible una de las preguntas fundamentales de nuestra era: cuando una máquina entra en la cadena de la violencia, ¿quién es responsable? El papel exacto que desempeñó la inteligencia artificial en este proceso sigue siendo incierto. Según informaciones publicadas por la prensa, el Sistema Inteligente Maven del ejército estadounidense, que incorpora herramientas de IA, incluido el modelo Claude de Anthropic, fue utilizado en operaciones militares contra Irán. Los investigadores continúan examinando si los sistemas respaldados por inteligencia artificial contribuyeron de alguna manera al proceso de selección de objetivos. Hasta el momento, las pruebas disponibles siguen siendo insuficientes.
Lo más llamativo es que los líderes de la industria de la inteligencia artificial ya no se encuentran al margen de la maquinaria de guerra. Ahora forman parte de ella. Cuando se le preguntó sobre el ataque, el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, afirmó que no sabía «exactamente» cómo se había utilizado Claude en esa operación y calificó los hechos como «errores realmente, realmente terribles». Sin embargo, también insistió en que el ataque contra la escuela «ni siquiera violaba nuestras líneas rojas». Según Amodei, la razón es que la decisión final de atacar la escuela fue tomada por un ser humano. Su respuesta merece ser examinada con detenimiento.
Durante décadas, los arquitectos del poder tecnológico han desarrollado un lenguaje que distribuye la responsabilidad de manera tan amplia que finalmente esta desaparece. El ingeniero diseña la herramienta, el contratista integra el sistema, el analista militar interpreta los resultados, el oficial autoriza el ataque y el político aprueba la guerra. El resultado es una cadena en la que todos participan, pero nadie parece ser responsable. El discurso del «Humano en el Bucle» (Human in the Loop) forma parte de esta misma tradición. Es cierto que las decisiones finales las toman los seres humanos. También fueron seres humanos quienes tomaron las decisiones finales durante las guerras coloniales occidentales que devastaron Asia y África. Fueron seres humanos quienes autorizaron el bombardeo de aldeas en Vietnam. Y también fueron seres humanos quienes decidieron la invasión ilegal de Irak. La existencia de una firma humana al final del proceso dice poco sobre la estructura de poder que produjo el resultado.
La cuestión más importante es otra: ¿qué papel desempeña la inteligencia artificial en la configuración del espacio de decisión disponible para esos seres humanos? Los sistemas militares modernos no son simples calculadoras. Organizan la información, priorizan probabilidades, identifican patrones, generan recomendaciones y dirigen la atención. Influyen en lo que los comandantes ven y en lo que dejan de ver. Incluso si un ser humano conserva la autoridad formal para decidir, la arquitectura de la percepción puede haber sido construida previamente por máquinas. Por eso el debate no puede terminar con la afirmación de que «la decisión final la tomó un ser humano».
El crimen de Minab ocurrió en una época en la que las empresas tecnológicas se presentan cada vez más como guardianas de los límites éticos. Anthropic, en particular, ha cultivado una imagen de prudencia y cautela, algo visible en la propia Constitución de Claude. La empresa ha hablado de seguridad, alineamiento y límites, diferenciándose de enfoques más agresivos sobre el uso de la tecnología. Sin embargo, toda institución se define no por los principios que proclama, sino por la forma en que actúa cuando esos principios son puestos a prueba. La muerte de niños en una escuela representa precisamente una prueba de esa naturaleza.
Si una empresa no puede determinar cómo se utiliza su tecnología en una operación militar, ¿qué significa realmente la supervisión? Si los directivos no poseen una visibilidad suficiente sobre el uso de sus sistemas, resulta difícil evaluar la credibilidad de sus afirmaciones sobre seguridad. Y si una tecnología contribuye a procesos militares cuyos resultados incluyen pérdidas masivas de civiles, ¿puede la responsabilidad limitarse únicamente al actor humano que toma la decisión final?
Estas preguntas no conciernen solamente a Anthropic. Se dirigen al conjunto de la alianza emergente entre Silicon Valley y el aparato de seguridad nacional de Estados Unidos. A lo largo de la historia, los periodos de transformación tecnológica han dado lugar a nuevas asociaciones entre el capital y el poder militar. Los ferrocarriles, el telégrafo, la aviación, la física nuclear y las redes digitales siguieron ese mismo camino. La inteligencia artificial avanza ahora por una senda similar. Sus defensores prometen mayor precisión, eficiencia y menos errores. Sin embargo, cada generación ha escuchado promesas parecidas.
El siglo XX estuvo lleno de afirmaciones según las cuales las nuevas tecnologías harían la guerra más limpia, más racional y más humana. El registro histórico ofrece muy poco respaldo a semejante optimismo. Aunque la tecnología promete contener la violencia, con frecuencia termina ampliando su escala y acelerando su velocidad. Los niños de Minab no se encontraron con la inteligencia artificial como un debate filosófico. Se encontraron con ella como parte de un sistema militar cuyos resultados se manifestaron en forma de fuerza explosiva. Todavía no se ha determinado si Claude desempeñó un papel decisivo, secundario o ninguno en el proceso de selección de objetivos. Los investigadores deben esclarecer los hechos, los periodistas deben seguir formulando preguntas incómodas y los ciudadanos deben exigir transparencia. Sin embargo, incluso antes de que toda la verdad salga a la luz, este episodio revela una realidad fundamental de nuestra época política. La cuestión ya no es si la inteligencia artificial será integrada en la guerra. Esa integración ya ha comenzado. La verdadera pregunta es si las sociedades están dispuestas a permitir que las decisiones sobre la vida y la muerte sean moldeadas cada vez más por sistemas que incluso sus propios creadores tienen dificultades para supervisar, explicar o controlar.
El edificio escolar de Minab no constituye únicamente una advertencia sobre un solo ataque, una sola empresa o una sola guerra. Representa una señal de alerta mucho más amplia. Ese edificio escolar advierte sobre un futuro en el que el poder tecnológico avanza más rápido que la rendición de cuentas pública. Y en ese futuro, a medida que la inteligencia artificial y los drones reducen cada vez más la distancia entre el ingeniero y el campo de batalla, también será cada vez más difícil identificar dónde reside la responsabilidad entre quienes envían máquinas a matar en su nombre.
Este artículo fue elaborado por Globetrotter y No Cold War.
Vijay Prashad es director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. Su libro más reciente, escrito junto con Grieve Chelwa, se titula Cómo el Fondo Monetario Internacional asfixia a África (How the International Monetary Fund Is Suffocating Africa), publicado por Inkani Books.