La Maniobra De Trump En Venezuela: Competencia Entre complejos Industriales

¿Quién Ganará?

La rivalidad entre Estados Unidos y China ha sido leída durante mucho tiempo a través de la capacidad militar, las guerras comerciales y las maniobras geopolíticas. Sin embargo, un número creciente de científicos sociales y analistas tiende a interpretar esta tensión desde el marco de la competencia entre complejos industriales. Según este enfoque, tanto en Estados Unidos como en China se libra una dura pugna entre complejos industriales consolidados y emergentes por la distribución tanto del “pastel” nacional como del excedente global. Estos complejos, que concentran enormes recursos financieros y acumulación de capital, buscan maximizar sus intereses moldeando al Estado y su política exterior conforme a sus propias prioridades.

En el caso estadounidense, junto al clásico complejo de la industria de defensa y el sector petrolero, hoy destaca con fuerza un nuevo bloque en expansión: el complejo industrial de alta tecnología, articulado en torno a la inteligencia artificial, la ciberseguridad y las tecnologías de semiconductores. Desde los centros de datos y las infraestructuras de nube hasta las redes 5G y las capacidades cibernéticas y espaciales de uso militar, este ámbito está construyendo una capa estratégica que no solo definirá la economía del futuro, sino también la arquitectura global de seguridad. En consecuencia, en Washington es posible hablar de una lucha de influencia cada vez más visible entre el complejo petrolero tradicional y este nuevo complejo de inteligencia artificial–ciberseguridad–chips por la orientación de la política exterior.

Los Procesos De Decisión En Política Exterior y El Ascenso De Los Complejos Industriales

Uno de los debates más antiguos de la disciplina de las relaciones internacionales gira en torno a cómo se forman las decisiones de política exterior de los Estados. ¿Quién toma estas decisiones, con qué información y bajo qué presiones institucionales y sociales? ¿Es el Estado un actor unitario y racional, o el resultado de la interacción entre estructuras burocráticas, grupos de interés y orientaciones ideológicas?

Una amplia literatura en el análisis de política exterior sostiene que esta no puede pensarse de forma independiente de la política interna, de los grupos de interés y de las coaliciones de presión. Según esta perspectiva, distintas fracciones del capital, lobbies sectoriales, sindicatos, think tanks y redes mediáticas tratan de influir en la política exterior del Estado para maximizar sus propios intereses y, cuando es posible, imponer sus agendas particulares como si fueran el “interés nacional”.

Con la industrialización, los grandes grupos industriales se convirtieron en los actores más aventajados de esta ecuación. Gracias a su poder financiero, su capacidad de empleo, su peso fiscal y su influencia en la financiación de campañas políticas, estos grupos adquirieron una influencia desproporcionada en los procesos de formulación de la política exterior. Cada revolución industrial hace emerger un nuevo “complejo industrial” como grupo de interés dominante, y dicho complejo gana poder en la medida en que logra traducir las prioridades de su sector al discurso de la seguridad y a la doctrina de política exterior.

La Sombra Centenaria Del Petróleo: De Standard Oil a Oriente Medio

La transformación de la política exterior estadounidense a comienzos del siglo XX ofrece un ejemplo ilustrativo de este fenómeno. El ascenso de la industria petrolera, cristalizada en torno a Standard Oil, influyó de manera decisiva en los procesos de toma de decisiones en Washington. El complejo industrial petrolero desempeñó un papel importante en el alejamiento de la orientación aislacionista heredada de la Doctrina Monroe de 1823. No solo influyó en los procesos decisorios, sino que también moldeó la mentalidad estratégica de la época y la propia literatura de las relaciones internacionales.

La teoría del dominio marítimo y la geopolítica naval desarrollada por el almirante Alfred Thayer Mahan, formulada inicialmente en torno al comercio global y el poder naval, se convirtió con el auge de la “era del petróleo” en uno de los fundamentos teóricos de la geopolítica energética, centrada en el control de vías marítimas críticas, estrechos y pasos estratégicos. El control de los mares ya no significaba únicamente dominar el comercio, sino asegurar el flujo de petróleo, la savia vital de la sociedad industrial. De este modo, la industria petrolera se convirtió en aliada natural y actor orientador de la estrategia marítima global de Estados Unidos.

El creciente interés estadounidense por Oriente Medio tras la Primera Guerra Mundial cobra mayor sentido leído desde esta perspectiva. La relación especial con Arabia Saudí en el Golfo, el golpe de Estado de 1953 en Irán, la red de bases militares que integró el Mediterráneo Oriental y el Golfo Pérsico en la arquitectura de seguridad estadounidense, y finalmente la Doctrina Carter, pueden interpretarse no solo como una estrategia de “contención” frente a la expansión soviética, sino también como la traducción a la política exterior de las demandas del complejo petrolero estadounidense en materia de seguridad del suministro, estabilidad de precios y protección de inversiones. La presencia estadounidense en Oriente Medio se configuró así en la intersección entre preocupaciones de seguridad clásicas y los intereses a largo plazo del complejo industrial petrolero.

El Nuevo Competidor: El Complejo De La Inteligencia Artificial, Los Chips y La Industria 4.0

Hoy, sin embargo, emerge un nuevo complejo industrial competidor: el ecosistema de la Industria 4.0, articulado en torno a la inteligencia artificial, la ciberseguridad, el big data, la computación en la nube y las tecnologías de semiconductores. Los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, los fabricantes de semiconductores, las plataformas digitales y las tecnologías cibernéticas y espaciales de uso militar convergen en un horizonte común de intereses. La transformación de los datos, los algoritmos y los chips en nuevos “recursos estratégicos” impulsa en la política exterior estadounidense la centralidad de las cadenas de suministro tecnológico, los regímenes de propiedad intelectual, las infraestructuras digitales y la soberanía cibernética.

Durante la presidencia de Donald Trump, la posición de figuras simbólicas del capital tecnológico emergente como Elon Musk y Mark Zuckerberg en el entorno de la Casa Blanca y su participación ocasional en procesos de decisión pueden interpretarse como reflejos políticos de esta transformación. Estas figuras no solo representaban intereses empresariales, sino también las prioridades de política exterior del nuevo complejo industrial organizado en torno a la inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales y las cadenas de suministro de semiconductores. Ignorar la competencia y las alianzas tácticas ocasionales entre el complejo petrolero, con su agenda de geopolítica energética, y el complejo de alta tecnología, centrado en datos, chips e infraestructuras digitales, supondría una grave carencia analítica a la hora de comprender las orientaciones actuales de la política exterior estadounidense.

En el caso de Ucrania, el peso de los intereses industriales vinculados a tierras raras, producción avanzada de chips y cadenas de transición verde alimentó una línea orientada a la estabilidad, la previsibilidad y la seguridad de las cadenas de suministro. Este enfoque, aunque articulado con la cuestión energética, priorizaba no tanto el petróleo como la protección de minerales críticos y redes avanzadas de producción tecnológica.

Reacción Social: Ganadores y Perdedores De La Industria 4.0

No obstante, el aumento de la productividad y de las ganancias generado por este nuevo complejo tecnológico conlleva un elevado coste social. La automatización y la inteligencia artificial han profundizado el desempleo, la precariedad y la pérdida de ingresos reales, especialmente entre los trabajadores manuales, las clases medias-bajas y los sectores más vulnerables del empleo en servicios. Esta estructura, gestionada por una élite reducida y excluyente, ha llevado a que la transformación impulsada desde Silicon Valley sea percibida como un proceso en el que “una minoría se enriquece mientras la mayoría es expulsada del sistema productivo”.

Esta percepción ha generado una erosión del apoyo a Trump incluso dentro de la base republicana. Uno de los ámbitos donde esta reacción social se materializó fue el electoral. La victoria de Mamdani en las elecciones municipales de Nueva York y la derrota del candidato respaldado por Trump pueden interpretarse como una traducción electoral del conflicto entre complejos industriales. El electorado reaccionó contra el desempleo, la pérdida de ingresos y la sensación de exclusión impuesta por el complejo de la Industria 4.0, tomando distancia tanto de la línea de Trump como de las nuevas élites tecnológicas que la respaldaban. Para los estrategas republicanos, este resultado constituyó una clara advertencia: un discurso de desarrollo y política exterior centrado exclusivamente en la Industria 4.0 no garantiza victorias electorales.

La Maniobra De Trump En Venezuela: “Renovar Votos” y Consolidar La Base

La cercanía de Trump al complejo de la Industria 4.0 al inicio de su mandato reforzó la influencia de este bloque tecnológico en los procesos de decisión en Washington. Sin embargo, la acumulación de descontento social y la erosión reflejada en los resultados electorales hicieron visible el coste político de esta preferencia. En este contexto, la administración Trump comenzó a tomar distancia controlada del complejo de la Industria 4.0 y a “renovar votos” con su antiguo aliado: el complejo industrial petrolero.

Uno de los indicios más visibles de este reencuentro en política exterior es el expediente venezolano. La reciente maniobra sobre Venezuela constituye un ejemplo claro de hasta qué punto el complejo petrolero sigue siendo influyente en la política exterior y de seguridad estadounidense. El rediseño de la presión sobre Venezuela, combinando sanciones y acercamientos con el objetivo de diversificar el suministro de petróleo, controlar los precios globales y crear nuevas oportunidades de inversión, revela la persistencia del peso del complejo petrolero en los procesos decisorios.

En el discurso de Trump, las referencias a tierras raras, cadenas de suministro de chips y superioridad tecnológica han sido progresivamente reemplazadas por énfasis en el suministro petrolero, los precios de la energía y la protección de las inversiones en combustibles fósiles. Este giro demuestra que la influencia clásica del petróleo en la política exterior no solo persiste, sino que se ha reforzado.

Desde esta perspectiva, la maniobra venezolana debe leerse tanto como una jugada política destinada a asegurar un segundo mandato como un intento de recomponer una base republicana erosionada. La promesa de controlar los precios de la energía, generar nuevas oportunidades de perforación e inversión y devolver al petróleo un lugar central en el proyecto de poder nacional ofrece a los votantes preocupados por la economía una perspectiva tangible de “empleo e ingresos”. Al traducir de forma tan directa las demandas del complejo petrolero a la política exterior, la administración Trump convierte la maniobra venezolana en un instrumento estratégico de consolidación interna, más allá de una mera opción de política exterior.

¿Quién Ganará En La Competencia Entre Complejos Industriales?

No es posible comprender los cambios recientes en la política exterior estadounidense sin situarlos en el marco de la competencia entre complejos industriales. Por un lado, existe una creciente reacción social contra el complejo de la Industria 4.0, que reduce el empleo y amplía la desigualdad, erosionando la base republicana; por otro, el complejo industrial petrolero, que aún puede ofrecer a amplias capas sociales una promesa concreta de “empleo e ingresos” y articular la proyección geopolítica con la política interna.

En el corto plazo, el expediente venezolano sugiere que el complejo petrolero ha tomado ventaja. Sin embargo, a medio y largo plazo, dada la importancia estratégica de los datos, los chips y la inteligencia artificial, resulta evidente que el complejo de la Industria 4.0 no tiene intención de retirarse. Por ello, más que preguntar “¿quién ganará definitivamente?”, parece más acertado plantear “en qué coyuntura histórica y qué complejo industrial logrará traducir con mayor fuerza su agenda a la política exterior”. Para leer el presente y el futuro de la política exterior estadounidense, colocar esta profunda competencia estructural en el centro del análisis resulta, desde un punto de vista analítico, ineludible.

[1] Prof. Asociado Dr., Jefe del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Universidad Artuklu de Mardin.
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