La inteligencia artificial me arrebató mi trabajo

Hacia un futuro en el que la fuerza de trabajo pierde su razón de ser

Como editor sénior de una revista de ciencias médicas, mi labor consistía en mejorar la legibilidad de los artículos, establecer una comunicación fluida y constructiva con los autores, resolver problemas relacionados con los contenidos y coordinarme con el equipo de producción para garantizar la publicación de cada número mensual. Se trataba de una profesión perteneciente a lo que Francis Fukuyama ha denominado «trabajo administrativo de cuello blanco basado en la manipulación simbólica». Sin embargo, también requería capacidades profundamente humanas, como la comunicación interpersonal, el dominio de la lengua materna, la resolución creativa de problemas y aquello que Samuel Johnson describió como «la honestidad del entendimiento y la sutileza del discernimiento».

Durante mis veinte años en el puesto, el director administrativo y yo trabajamos para elevar los estándares de producción de la revista, tomando como referente al New England Journal of Medicine. Nuestros esfuerzos tardaron algún tiempo en dar frutos, pero finalmente alcanzamos nuestro propósito. La publicación creció en extensión, tirada, prestigio y relevancia para los profesionales sanitarios. Ofrecer una revista de elevada calidad a un público lector que sabía apreciarla me proporcionaba una profunda sensación de realización profesional. También encontraba una satisfacción particular en ganarme la vida mediante una actividad socialmente útil, especialmente al contribuir a trasladar los avances más recientes de las ciencias musculoesqueléticas a la práctica clínica.

Sin embargo, en 2021, el Consejo de Administración de la revista contrató a un nuevo director administrativo, particularmente entusiasta de las innovaciones tecnológicas. En una de nuestras primeras reuniones, nos pidió que solicitáramos una propuesta a Straive, una plataforma editorial con sede en Singapur que empleaba tecnologías de inteligencia artificial. En aquel momento, la petición no despertó ninguna sospecha en mí, pues, cuando se incorporó el nuevo director, el Consejo nos había asegurado que no tenía intención de externalizar la capacidad de producción que habíamos desarrollado durante quince años y que había desempeñado un papel decisivo en el crecimiento de la revista.

No obstante, apenas dos semanas después de recibir la propuesta, y tan solo un día después de haber concluido el número de marzo de 2022, todos los integrantes del equipo de producción fuimos convocados a una reunión por Zoom, en la que se nos comunicó que nuestros servicios ya no serían necesarios. Yo llevaba veinte años en la institución; el director de producción, quince; el corrector de estilo, diez; y el responsable de maquetación y diseño gráfico, cinco. A cada uno se nos ofreció una indemnización irrisoria de 1.000 dólares, condicionada a la firma de un acuerdo de confidencialidad y a que permaneciéramos un mes más en nuestros puestos para colaborar en el entrenamiento de la inteligencia artificial. Todos renunciamos a aquellos 1.000 dólares, nos negamos a suscribir el acuerdo de confidencialidad y rechazamos participar en la formación del sistema que habría de sustituirnos.

La justificación del Consejo de Administración para despedirnos era inequívoca: las máquinas resultaban más baratas que los seres humanos y requerían menos tiempo. Al marcharnos, mis compañeros y yo recibimos las consabidas frases hechas, tan gastadas como vacías, según las cuales aquella decisión obedecía exclusivamente a razones económicas y no guardaba relación alguna con nuestro desempeño profesional. Más adelante descubrimos que el factor determinante había sido un sistema de bonificaciones incluido en el contrato del nuevo director ejecutivo, basado en la reducción de costes y concebido de tal manera que incentivaba sacrificar la calidad en aras de un menor gasto.

Mis antiguos compañeros se esforzaron desesperadamente por encontrar empleo en otras editoriales académicas. El único que consiguió mejorar su situación profesional fue el corrector de estilo, contratado como editor sénior de una revista de psiquiatría. El diseñador gráfico, en lugar de poder concentrarse en aquello que mejor sabía hacer, aceptó un puesto peor remunerado en una editorial de manuales universitarios, donde, según sus propias palabras, tenía que «hacer un poco de todo». El director de producción encontró un trabajo que «no le gustaba» y, finalmente, volvió a ser despedido. Desde entonces, ha subsistido mediante empleos temporales y contratos de duración limitada.

Por mi parte, nunca regresé al mundo de la edición académica. Había dedicado veinticinco años de mi vida a aquel sector y había llegado el momento de abandonarlo. Opté por jubilarme anticipadamente y adoptar una existencia sencilla y austera: escribir entre cuatro y seis horas al día, trabajar en el jardín, pasear por mi pequeña ciudad y conversar con sus habitantes, realizar reparaciones domésticas, compartir tiempo con mi esposa y mi hijo, leer y dedicarme a otras actividades semejantes. Por idílica que pueda parecer esta descripción, mi decisión constituía, en realidad, una forma de rechazo hacia la industria editorial y hacia quienes nos habían arrojado, a mis colegas y a mí, a una maquinaria de trituración profesional. Era mi manera de negarme a trabajar para cualquier organización capaz de menospreciar tanto mi persona como el legado de mi trabajo.

En la actualidad, la revista cuenta únicamente con dos empleados: un director administrativo y un responsable de publicidad. La asistente administrativa permaneció algún tiempo más, pero también terminó marchándose cuando el vacío de las oficinas y la sobrecarga laboral se volvieron insoportables. Sospecho que los despidos propiciados por la inteligencia artificial dejarán numerosos lugares de trabajo sumidos en una desolación semejante, mientras que los empleados supervivientes tendrán que afrontar, prácticamente solos, una multitud de tareas que únicamente los seres humanos pueden desempeñar con verdadera competencia.

A comienzos de la década de 1990, durante una etapa de recesión económica marcada por despidos masivos en el ámbito empresarial, trabajé como empleado temporal y recorrí numerosas oficinas que habían sido reestructuradas y sometidas a drásticas reducciones de plantilla. El ambiente solía estar profundamente enrarecido por la desconfianza, el resentimiento y la desmoralización. Puedo imaginar que los espacios laborales reorganizados mediante inteligencia artificial ofrecerán un panorama similar: unos pocos empleados sobrecargados de trabajo, acompañados por trabajadores temporales dominados por el miedo y la indignación, todos ellos refugiados con desdicha en algún rincón de una planta de oficinas casi desierta.

Quienes, tras ser despedidos, no consigan encontrar rápidamente un empleo estable probablemente terminarán atrapados en las economías del trabajo temporal y autónomo. Privados de estabilidad financiera, seguro médico, bajas remuneradas por enfermedad y protección jurídica —por no hablar de la confianza en sí mismos y de la autoestima—, muchos acabarán sumidos en una forma de pobreza revestida de aparente respetabilidad.

Dos años después de que la inteligencia artificial nos sustituyera a mis compañeros y a mí, la revista dejó de publicarse en papel. Durante mi etapa en la institución, las encuestas a los lectores habían revelado que más de un tercio de los suscriptores prefería la edición impresa. Esta constituía nuestro producto principal, el centro de nuestros esfuerzos y el modelo de referencia para la versión digital.

La publicación en papel ofrecía a los lectores el privilegio de sostener entre las manos un volumen cuidadosamente diseñado e impreso, leer sin prisas, reflexionar sobre los textos sin distracciones y detenerse para volver sobre determinados pasajes. No creo que la supresión de la impresión y de los envíos postales respondiera a una insuficiencia de la demanda, que siempre se había mantenido notablemente estable. ¡Fue, más bien, una maniobra destinada a engrosar un poco más los bolsillos de los directivos!

Hace poco conversé con el antiguo director de producción, quien me comentó que el sitio web de la revista, convertido en el principal canal comercial y de distribución de contenidos, se encontraba «en un estado francamente lamentable». Al examinar superficialmente algunos artículos, descubrí numerosos errores de uso lingüístico y ambigüedades que cualquier editor humano habría detectado con facilidad, además de una profusión de lugares comunes, juegos de palabras forzados e incorrecciones gramaticales que menoscababan el valor de los contenidos.

Las figuras y los gráficos, que durante mi gestión habrían sido reelaborados por nuestro diseñador para integrarlos armoniosamente en la composición general y contrastados con los datos originales para garantizar su exactitud, aparecían ahora copiados y pegados directamente de los manuscritos de los autores. ¿Quién podía asegurar hasta qué punto representaban fielmente los resultados expuestos en los artículos?

En definitiva, aquella revista no era ya más que una sombra de lo que había sido cuando la voluntad, el criterio y el cuidado humanos garantizaban su calidad, su integridad científica y su relevancia para los lectores.

Según la información disponible en el sitio web de la publicación, el número de suscriptores había disminuido un 25 % con respecto al período en que el equipo humano seguía a cargo de la producción. El índice de contenidos incluía ahora apenas la mitad de los artículos que publicábamos anteriormente.

Las declaraciones fiscales de la revista correspondientes al período 2020-2024, presentadas ante el Servicio de Impuestos Internos de Estados Unidos mediante el formulario 990 (Return of Organization Exempt from Income Tax, declaración informativa de organizaciones exentas del impuesto sobre la renta), muestran que sus ingresos brutos descendieron de 1,7 millones a 1,5 millones de dólares, mientras que su beneficio neto aumentó de 28.000 a 328.000 dólares.

A primera vista, semejante incremento del beneficio neto podría interpretarse como un resultado favorable. Sin embargo, no era más que la consecuencia de recortes presupuestarios tan profundos que superaban incluso la caída de los ingresos brutos. La revista había logrado ahorrar una cantidad equivalente al coste de mantener un equipo humano de producción, pero lo había hecho a expensas de la calidad editorial, los ingresos por suscripciones y la tirada.

Lo más grave era que ese beneficio neto —que no debería constituir una prioridad fundamental para una organización sin ánimo de lucro— se había obtenido sacrificando la misión esencial de la revista: difundir los hallazgos de la investigación científica entre el mayor número posible de profesionales sanitarios y contribuir, de ese modo, a mejorar la práctica clínica y los resultados de salud de los pacientes.

Desde luego, no soy la única persona que ha perdido su empleo a causa de la inteligencia artificial ni la única que ha presenciado cómo la misión humanista de la organización para la que trabajaba ha sido desplazada por la búsqueda del beneficio neto.

Considero que la mayoría de las empresas que sustituyen el trabajo humano por sistemas de inteligencia artificial terminarán experimentando un deterioro en la calidad, la relevancia y la accesibilidad de sus productos y servicios. Aquellas organizaciones que operan con plantillas reducidas al mínimo, impulsadas por la aspiración de alcanzar mayores márgenes de beneficio y disminuir sus costes operativos, acabarán constatando una pérdida progresiva de cuota de mercado.

Entretanto, innumerables contables, estadísticos, analistas, ingenieros, programadores, diseñadores, gestores de proyectos y profesionales administrativos quienes constituyen la columna vertebral de la clase media del país se verán privados de sus ingresos, de la estabilidad laboral, de la cobertura sanitaria y de la seguridad económica, todo ello sacrificado en aras de unos beneficios marginales e inmediatos, cuya exigua magnitud contrasta profundamente con las consecuencias sociales y humanas que acarrean.

A estos trabajadores despedidos les llevará tiempo superar la ira y la desesperación que provoca la pérdida de control sobre sus propias vidas. Durante un año entero estuve consumido por la rabia: gritaba contra las paredes y ansiaba vengarme de algo sobre lo que no tenía el menor poder.

Mi período de catarsis colérica llegó a su fin cuando encontré algo que había escrito en un cuaderno poco antes de perder mi empleo: una breve lista de actividades que, a mi juicio, conformarían un día ideal. Durante mis últimos y desdichados días en la revista, había imaginado una jornada capaz de satisfacer mis necesidades fundamentales y permitirme llevar una vida saludable y dotada de sentido. Una jornada que pudiera repetirse y realizarse con los recursos de los que ya disponía.

Al releer aquellas notas, comprendí que, desde mi despido, ya estaba viviendo precisamente ese día ideal. A partir de aquel instante, la gratitud por la vida que llevaba comenzó a pesar más que mi resentimiento.

Todavía sueño que sigo trabajando en la revista. En esos sueños, golpeo frenéticamente las teclas de un teclado sin pantalla, sin comprender en absoluto qué está sucediendo. Cada vez que despierto, me reconforta descubrir que me encuentro, en realidad, donde estoy ahora.

Me consuela saber que, a pesar del pacto fáustico que representa la inteligencia artificial y de las penurias que muchos de nosotros habremos de padecer como consecuencia de él, todavía es posible llevar una vida verdaderamente significativa.

Jan DiVincenzo es escritor independiente y reside en el norte de California.

Fuente:https://www.persuasion.community/p/i-lost-my-job-to-ai