La Historia Oculta Detrás De La Crisis Migratoria De Ceuta
Las imágenes que dieron la vuelta al mundo desencadenaron debates, memes y campañas de desinformación. Miles, e incluso decenas de miles de jóvenes, se dirigieron hacia Ceuta, la ciudad española situada en la costa africana de Marruecos. El episodio fue presentado o debatido como una historia de migración descontrolada y, sin duda, lo sucedido en Ceuta forma parte de esa narrativa. Sin embargo, la historia es mucho más compleja.
Ceuta y la otra ciudad española situada en la costa africana, Melilla, no son «territorios ocupados» según el derecho internacional ni conforme a las Naciones Unidas. Estas ciudades nunca han formado parte de los debates sobre la descolonización y el Reino de Marruecos, aunque lo haya hecho con evidente reticencia, las ha reconocido histórica y jurídicamente como territorio español.
Ambas ciudades constituyen vestigios históricos de una realidad política, religiosa y demográfica que perduró durante siglos. Hubo un tiempo en que existía una unidad tanto política como religiosa entre las costas norte y sur del Mediterráneo. Dicha unidad emanaba primero del Imperio romano y, posteriormente, de la Iglesia católica.
Las conquistas islámicas del siglo VIII pusieron fin a esa unidad. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, decenas de miles de católicos de origen latino, españoles, italianos, franceses y malteses continuaron viviendo pacíficamente en las costas del norte de África, en ciudades como Orán, Argel, Túnez, diversas regiones de Libia y Alejandría, en Egipto. Todas estas comunidades desaparecieron durante el siglo XX. Algunas huyeron, como ocurrió en Argelia; otras fueron expulsadas por gobiernos nacionalistas, como sucedió en Túnez, Libia y Egipto. Solo Ceuta y Melilla, bajo administración española, han permanecido como ciudades de mayoría católica.
En todo el norte de África aún pueden encontrarse vestigios físicos de aquellas antiguas comunidades católicas, con frecuencia en forma de iglesias transformadas en mezquitas. Otras fueron convertidas en escuelas o comisarías de policía, mientras que algunas quedaron abandonadas hasta deteriorarse por completo.
En Túnez, la majestuosa Catedral de San Luis de Cartago, consagrada en 1884, fue transformada en una sala de conciertos. En Port Said, Egipto, la Catedral Latina terminó siendo transferida a la Iglesia Ortodoxa Copta autóctona. Solo unos pocos edificios continúan utilizándose para el culto católico.
En el antiguo barrio italiano de La Goulette, en Túnez donde creció la actriz Claudia Cardinale, la iglesia encalada de San Agustín y San Fidel, que data de 1838, sigue celebrando la misa católica en francés, inglés y español. La inmensa mayoría de su pequeña comunidad está formada por africanos subsaharianos que residen temporalmente en Túnez mientras intentan llegar a Europa.
La población católica española de Ceuta y Melilla cada una de las cuales cuenta con alrededor de 80.000 habitantes y donde, aunque en descenso, los católicos siguen siendo mayoría supera actualmente el número total de católicos que viven en Marruecos, Argelia, Túnez y Libia juntos.
La oleada migratoria que alcanzó Ceuta a finales de julio obligó a cancelar las celebraciones de agosto, que tradicionalmente se prolongan durante una semana y están dedicadas a la patrona de la ciudad, Nuestra Señora de África. La imagen gótica de la Virgen, datada en el siglo XIV, fue llevada a la ciudad en 1421 por el príncipe portugués Enrique el Navegante. Aunque las festividades fueron suspendidas, todavía se espera que la imagen recorra las calles de la ciudad en procesión el 5 de agosto, día de su festividad.
La otra historia oculta de la crisis migratoria de Ceuta no es tanto un secreto como una dimensión inquietante y perturbadora relacionada con la desinformación. En torno a los acontecimientos se desarrollaron intensas campañas en línea, no en una sola dirección, sino en múltiples frentes.
En primer lugar, existió una coordinación a través de WhatsApp y Facebook que animó a miles de jóvenes marroquíes a dirigirse hacia la ciudad. Aún no está del todo claro si esta movilización fue organizada por el Gobierno marroquí, por redes de tráfico de personas, por grupos islamistas opositores al Gobierno de Marruecos o por una combinación de estos actores. España responsabilizó oficialmente a las mafias dedicadas al tráfico de migrantes; algunos señalaron al Gobierno marroquí, mientras que otros atribuyeron la situación a las políticas migratorias, consideradas excesivamente permisivas, del Gobierno de izquierdas en España.
La segunda campaña en línea vinculada a los acontecimientos de Ceuta fue impulsada por sectores de la extrema izquierda, determinados grupos nativistas de extrema derecha y simpatizantes de Irán y de otros movimientos islamistas. Su objetivo consistía en responsabilizar no solo a Marruecos, sino también a Israel y a Estados Unidos. Según esta teoría conspirativa, estos tres países se oponían a las políticas «pro palestinas» o «antiimperialistas» del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y pretendían desestabilizar y derribar su Ejecutivo movilizando grandes flujos migratorios. Tanto el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, como el comentarista estadounidense de extrema izquierda Hasan Piker difundieron esta narrativa; el primero de forma más cautelosa y el segundo de manera abierta. En un contexto marcado por el aumento del antisemitismo a escala global, interpretar casi cualquier acontecimiento a través de un prisma antisemita parece haberse convertido en una práctica cada vez más habitual.
Si bien es cierto que algunos israelíes muy activos en internet y ciertos judíos residentes en Occidente manifestaron satisfacción ante las dificultades que atravesaba España, el Gobierno israelí, en términos generales, no adoptó esa posición. Aun así, Israel tuvo que afrontar una situación poco edificante cuando su embajador en Madrid se vio obligado a corregir las declaraciones desproporcionadas del representante permanente del país ante las Naciones Unidas. Además, conviene recordar que la llegada masiva de migrantes a Ceuta no constituye un fenómeno nuevo. Ya en 2021 más de 10.000 personas cruzaron la frontera en apenas veinticuatro horas. La España gobernada por los socialistas ha mostrado, en términos generales, un compromiso limitado con la protección de sus fronteras, lo que ha consolidado su reputación de ser el «eslabón débil» en los esfuerzos europeos por controlar los flujos migratorios.
Asimismo, los problemas derivados de la porosidad de las fronteras españolas no se limitan a Marruecos. En los últimos dieciocho meses, más de 11.000 migrantes han llegado en pequeñas embarcaciones desde Argelia hasta las Islas Baleares. A ello se suma la llegada de miles de personas a las Islas Canarias, la mayoría procedentes de países del África subsahariana como Senegal y Malí. El Gobierno español aloja inicialmente a estos migrantes en hoteles turísticos y, posteriormente, los traslada a la península.
Las recientes visitas del Papa a España y a Lampedusa han puesto de relieve el profundo interés de la Iglesia por la situación de los migrantes y por el trato que reciben. Sin embargo, el caso de Ceuta demuestra también que los flujos migratorios pueden ser instrumentalizados y, de hecho, lo son no solo por los Estados que facilitan su tránsito, sino también por los países receptores, por políticos cínicos y por actores estatales y no estatales malintencionados interesados en sembrar el caos y en debilitar o derrocar a sus adversarios por todos los medios posibles.
Alberto M. Fernández es un exdiplomático estadounidense y colaborador de EWTN News.
Fuente:https://www.ncregister.com/commentaries/fernandez-ceuta-crisis