La Grieta Del G20
La cumbre de Miami en 2026 marca el fin del consenso global
Durante décadas, el G20 fue considerado el principal termómetro de la estabilidad global. Funcionó como un espacio compartido en el que las potencias consolidadas de Occidente y los motores emergentes del Sur Global gestionaban conjuntamente la economía mundial. Este foro se construyó sobre la premisa de que la interdependencia económica podía neutralizar las fricciones ideológicas.
Sin embargo, al entrar en 2026, esta premisa ha dado paso a una realidad mucho más frágil y turbulenta. La decisión de Estados Unidos de excluir a Sudáfrica de la próxima cumbre de Miami, orientándose de facto hacia un “Nuevo G20”, no constituye únicamente un acto de exclusión diplomática. Representa una ruptura estructural con el orden posterior a la Guerra Fría y señala la sustitución de la era de las alianzas múltiples por un sistema basado en pruebas ideológicas de lealtad.
A finales de 2025, esta fractura alcanzó un punto de inflexión. Tras un año de escalada de tensiones, la Casa Blanca anunció que Sudáfrica no sería invitada a la Cumbre de Líderes prevista para diciembre de 2026. La justificación presentada por el Departamento de Estado resultó tan perturbadora como la propia decisión. En lugar de apelar a indicadores económicos tradicionales, las autoridades estadounidenses señalaron las políticas internas de Sudáfrica y su política exterior independiente, argumentando que ya no podía considerarse un “socio valioso”. La incorporación formal de Polonia al grupo, en sustitución de Sudáfrica, completó este giro simbólico. Washington ya no busca un comité de representación global; persigue una coalición de países ideológicamente afines.
Este acontecimiento coronó un año en el que la narrativa del supuesto “genocidio blanco”, antes confinada a los márgenes de la extrema derecha, pasó a convertirse en uno de los pilares de la política estadounidense hacia África. A lo largo de 2025, el poder ejecutivo de Estados Unidos acusó repetidamente a Pretoria de ejercer violencia respaldada por el Estado contra la minoría afrikaner y lanzó un programa especial de refugiados exclusivamente para sudafricanos blancos. Pese a las objeciones constantes del gobierno sudafricano y de observadores internacionales que analizaron los hechos no desde una óptica racial, sino en el contexto más amplio de las estadísticas criminales, esta narrativa sirvió de base moral para una serie de medidas punitivas. La suspensión de la ayuda y la amenaza de excluir a Sudáfrica de la Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (AGOA) transformaron una asociación comercial en un escenario de agravios culturales.
Para Sudáfrica, la exclusión del G20 constituye un desafío directo a una misión nacional definida por su identidad como puente entre mundos. Bajo el liderazgo del presidente Cyril Ramaphosa, Pretoria ha intentado mantener un delicado equilibrio: preservar sus profundos vínculos económicos con Occidente mientras afirma su liderazgo moral a través de su postura ante la Corte Internacional de Justicia y su papel creciente dentro de los BRICS. La cumbre del G20 celebrada en Johannesburgo en 2025 fue considerada por muchos miembros un éxito, especialmente por su enfoque en el alivio de la deuda y en los intereses de los países en desarrollo.
Desde la perspectiva de Washington, sin embargo, este tipo de autonomía fue interpretado como una forma de sabotaje. El desacuerdo surgido durante el traspaso de la presidencia del G20 en diciembre de 2025 que Estados Unidos calificó de “maniobra fraudulenta” se convirtió en el pretexto directo para la retirada de la invitación.
Las implicaciones más amplias para la gobernanza global son profundas. El G20 fue creado precisamente porque el G7 resultaba insuficiente para abordar los problemas globales. Ahora, al intentar “depurar” al grupo de un miembro fundador y de una de las principales voces del continente africano, Estados Unidos debilita el principio de multilateralismo que durante años defendió. La lógica del “Nuevo G20” es utilitarista y excluyente. Sugiere que la pertenencia a este club de élites globales depende de una alineación total con las prioridades de política interna y externa de Washington, desde el rechazo de ciertos objetivos de transición energética hasta la adopción de posturas específicas sobre la regulación de la inteligencia artificial.
Es muy probable que esta estrategia produzca el efecto contrario al buscado. Lejos de aislar a Sudáfrica, la presión ejercida por Estados Unidos acelera el proceso de “BRICSización” del Sur Global. Pretoria ya ha profundizado sus asociaciones con China y Rusia y, en un contexto en el que el orden centrado en Occidente se percibe cada vez más arbitrario e inconsistente, considera el marco BRICS+ como una alternativa más fiable. Cuando a una potencia media como Sudáfrica se le dice que no “merece” un lugar en la mesa por su postura sobre Gaza o por sus debates internos sobre la reforma agraria, otros países del Sudeste Asiático, América Latina y Oriente Medio toman nota. Perciben un mundo en el que ya no se permiten alianzas múltiples, lo que los empuja a elegir bandos de una manera que durante años intentaron evitar.
Además, la exclusión de Sudáfrica crea un vacío significativo en términos de representación. La retirada del único miembro africano permanente del G20 deja al continente de 1.400 millones de personas sin su principal voz económica en este foro, a pesar de que la Unión Africana haya obtenido recientemente estatus de miembro permanente. La incorporación de Polonia, justificada por su notable crecimiento económico, refuerza la percepción de que el G20 se está transformando en un “club atlántico” más que en una estructura verdaderamente global. Esto implica que el precio de la membresía no es solo el peso económico, sino también la proximidad cultural y estratégica a Estados Unidos.
La actual tensión revela asimismo una profunda incomprensión de la política interna sudafricana. El gobierno liderado por el Congreso Nacional Africano gestiona una compleja coalición con la Alianza Democrática, un partido de liderazgo mayoritariamente blanco que ha expresado abiertamente su preocupación por ciertas retóricas oficiales. Evaluar al gobierno sudafricano exclusivamente a través del prisma de una “agenda política radical” ignora las sólidas garantías institucionales y la vibrante cultura de debate democrático que caracterizan al país. Las medidas comerciales punitivas y la exclusión diplomática no fortalecen a los reformistas; por el contrario, alimentan a los sectores populistas y nacionalistas que sostienen que la asociación con Occidente es una trampa diseñada para socavar la soberanía.
En 2026, el G20 se enfrentará a una crisis existencial. Si el país anfitrión de una cumbre puede decidir unilateralmente quién es “digno” de pertenecer al grupo basándose únicamente en la compatibilidad ideológica, el foro deja de ser un espacio de coordinación global para convertirse en otro instrumento de la rivalidad entre grandes potencias. El “Nuevo G20” puede parecer más cohesionado, pero será mucho menos relevante. Una plataforma que excluye a las principales voces del Sur Global ha renunciado a la esperanza de abordar desafíos globales como la crisis climática, la preparación ante pandemias o la deuda soberana.
En un mundo polarizado, el liderazgo auténtico no reside en la capacidad de ignorar los desacuerdos, sino en la habilidad para gestionarlos. Al transformar el G20 en un “club de amigos”, Estados Unidos no preserva el orden internacional; abre el camino para que el resto del mundo construya el suyo propio. La exclusión de Sudáfrica puede ser una victoria a corto plazo para la política del agravio, pero a largo plazo quedará registrada como el día en que el G20 perdió su pretensión de representar al mundo tal como es.
- Imran Khalid es analista geoestratégico y columnista especializado en relaciones internacionales. Sus trabajos han sido ampliamente publicados en prestigiosos medios y plataformas internacionales.