La Doctrina Nixon Regresa A Oriente Medio

El Acuerdo de Islamabad demuestra que el orden en Oriente Medio ya no depende únicamente de Estados Unidos, sino de una coalición de grandes potencias regionales.

La noticia de que, la semana pasada, Estados Unidos e Irán firmaron un Memorando de Entendimiento (MoU) que puso fin a quince semanas de guerra fue recibida con alivio y sorpresa. El acuerdo, alcanzado con la mediación de Pakistán y Catar, permitió reabrir el estrecho de Ormuz a la navegación y estableció un calendario de sesenta días para negociar el futuro del programa nuclear iraní y el alivio de las sanciones.

Sin embargo, las implicaciones más profundas no se limitan al fin de una guerra, sino que también afectan a la futura arquitectura estratégica de la región. La cuestión central ahora es si este acuerdo —también conocido como el Acuerdo de Islamabad— marca el inicio de una nueva era «nixoniana» para Oriente Medio.

La Doctrina Nixon, formulada en 1969, se basaba en una estrategia de equilibrio extraterritorial (offshore balancing). Consciente de que Estados Unidos no podía actuar como el policía del mundo, el presidente Richard Nixon buscó transferir la responsabilidad principal de la seguridad regional a sus aliados locales. En el Golfo Pérsico, esta estrategia se materializó en la política de los «Dos Pilares», que confiaba en Arabia Saudí e Irán como garantes de los intereses estadounidenses y de la estabilidad regional. Estados Unidos proporcionaría apoyo, pero la responsabilidad de preservar el orden recaería sobre las propias potencias regionales.

El Acuerdo de Islamabad y el cambio diplomático y discursivo que representa sugieren que podría estar produciéndose una transformación conceptual similar. Sin embargo, este nuevo orden ya no parece basarse en una única potencia dependiente ni en un sistema de dos pilares, sino en una coalición de Estados regionales.

El acuerdo no constituye un pacto bilateral tradicional entre Estados Unidos e Irán. Es el resultado de una diplomacia multilateral facilitada por Pakistán y Catar, con el respaldo activo de Arabia Saudí, Turquía, Egipto y Omán. El cambio fundamental radica en que Estados Unidos ya no actúa como el único árbitro de la seguridad regional, sino como un socio dentro de una coalición de Estados de la región.

El papel desempeñado por Pakistán resulta especialmente significativo. Islamabad ha logrado consolidarse como un mediador fiable entre Washington y Teherán. Esto representa mucho más que un éxito diplomático: supone asumir una responsabilidad estratégica que durante décadas estuvo reservada casi exclusivamente a Estados Unidos. El anuncio de este importante avance por parte del primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, fue una clara señal de que la era de la Pax Americana está dando paso a un sistema de influencia mucho más distribuido.

Mientras Estados Unidos espera que sus socios asuman mayores responsabilidades en materia de seguridad regional, también es consciente de las amenazas que podrían debilitar su capacidad para hacerlo. En el caso de Pakistán, esto implica ayudar al país a hacer frente a organizaciones terroristas como el Tehreek-e Taliban Pakistan (TTP) y el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA). Este último ha intensificado recientemente sus ataques contra proyectos de infraestructura y activos estratégicos en Baluchistán, provocando una escalada de violencia que ha causado miles de víctimas.

En un marco inspirado en la Doctrina Nixon, respaldar a los socios regionales no implica necesariamente el despliegue de fuerzas de combate estadounidenses. También puede incluir cooperación diplomática y de inteligencia, así como la utilización de instituciones internacionales, como las Naciones Unidas, para imponer sanciones a los actores que recurren a la violencia.

Un enfoque de este tipo situaría a Estados Unidos y China en una misma línea de intereses, ya que ambos tienen interés en la estabilidad regional, un resultado que también sería coherente con la visión estratégica de Richard Nixon.

La participación de Arabia Saudí en esta coalición resulta igualmente significativa, dado que fue uno de los «Dos Pilares» de la estrategia original. Que Riad forme parte de un marco orientado a la estabilidad regional y a la integración económica de Irán representa una ruptura profunda con la lógica de rivalidad de suma cero que ha caracterizado a Oriente Medio durante décadas.

La participación de Turquía apunta en la misma dirección. Como importante potencia militar y miembro de la OTAN con una política exterior cada vez más independiente, Ankara aporta tanto peso estratégico como flexibilidad diplomática. Junto con Pakistán y Arabia Saudí, Turquía reúne muchas de las características necesarias para una coalición regional eficaz: capacidad diplomática, poder militar, influencia económica y relaciones con bloques rivales.

Este nuevo esquema difiere de la Doctrina Nixon original en un aspecto fundamental. El orden regional concebido por Nixon descansaba sobre un número limitado de pilares alineados con Estados Unidos. En cambio, el modelo emergente parece ser menos jerárquico y más plural. En lugar de actuar mediante Estados subordinados, Washington podría cooperar cada vez más con potencias regionales autónomas cuyos intereses coincidan con los de Estados Unidos, aunque no estén plenamente alineados con ellos.

Quizá la prueba más evidente de este cambio se refleje en el tono adoptado por Washington hacia Israel tras el anuncio del acuerdo. Los sectores de extrema derecha israelíes reaccionaron con indignación, calificándolo de concesión a Teherán. Sin embargo, lejos de modificar su postura ante las críticas de su aliado, la administración Trump defendió públicamente el acuerdo y reafirmó su compromiso con la desescalada.

El vicepresidente JD Vance, quien desempeñó un papel clave en las negociaciones, lanzó además un mensaje inusualmente directo sobre los fundamentos de la relación entre Estados Unidos e Israel. Dirigiéndose a los dirigentes israelíes, declaró:

«Si yo formara parte del gabinete del Gobierno de Israel, no estaría atacando al único aliado poderoso que me queda en todo el mundo.»

Asimismo, recordó a Israel que «dos tercios de las armas defensivas con las que protege su país son fabricadas por manos estadounidenses y financiadas con el dinero de los contribuyentes estadounidenses».

El mensaje era sumamente claro: los objetivos estratégicos más amplios de Estados Unidos no quedarían subordinados a las preferencias de sus socios regionales.

La propia Doctrina Nixon surgió del reconocimiento de que la administración militar directa de regiones lejanas imponía a Estados Unidos unos costes imposibles de sostener indefinidamente. El Acuerdo de Islamabad podría reflejar una toma de conciencia similar. Tras un conflicto con Irán que resultó extremadamente costoso y que, según esta interpretación, fue en gran medida autoinfligido, Washington parece mostrar un interés creciente por un orden regional más sostenible y menos dependiente de una intervención estadounidense permanente.

Aún no está claro si el acuerdo tendrá un carácter duradero. Es posible que termine siendo poco más que un alto el fuego temporal, en lugar de convertirse en el fundamento de una nueva arquitectura geopolítica. Sin embargo, ya pone de manifiesto una tendencia significativa. Estados Unidos parece estar retomando su papel tradicional de equilibrador extrarregional, alentando a las potencias regionales a asumir una mayor responsabilidad en el mantenimiento del orden mientras proporciona apoyo diplomático, económico y militar desde la distancia.

Si esta tendencia continúa, es posible que algún día los historiadores consideren el Acuerdo de Islamabad como mucho más que un pacto destinado a poner fin a una guerra. Podrían verlo como el momento en que Oriente Medio comenzó a pasar de una era de predominio estadounidense a otra basada en una coalición de potencias regionales. Los nombres han cambiado y el número de actores es mayor que en la época de Nixon. Sin embargo, la lógica fundamental un equilibrio estable sostenido principalmente por los Estados de la región, en lugar de una gestión directa por parte de Estados Unidos resultaría inmediatamente familiar para los arquitectos de la Doctrina Nixon.

  • Eldar Mamedov es un experto en política exterior con sede en Bruselas. Desde 2009 trabaja como asesor político del Grupo de los Socialistas y Demócratas en la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, donde es responsable de las relaciones interparlamentarias con Irán, Irak y la Península Arábiga. Anteriormente trabajó en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Letonia y fue diplomático en las embajadas letonas en Washington y Madrid. Es licenciado por la Universidad de Letonia y por la Escuela Diplomática de Madrid.

Fuente:https://nationalinterest.org/blog/middle-east-watch/the-nixon-doctrine-returns-to-the-middle-east