La Cuestión Kurda y La Cuestión Nacional: ¿Estado-Nación o Estado De Ciudadanía?

Entre El Nacionalismo y La Ciudadanía: Una Visión De Izquierda Para Alternativas De Emancipación

Rezgar Akrawi (izquierdista kurdo del Kurdistán iraquí)

Entre el nacionalismo y la ciudadanía: una visión de izquierda para alternativas de emancipación
Rezgar Akrawi (izquierdista kurdo del Kurdistán iraquí)

1. Introducción

Durante décadas, Oriente Medio ha sido escenario de sangrientos conflictos nacionalistas que han dejado millones de víctimas y desplazados, provocando una destrucción inmensa en distintos niveles. La cuestión kurda representa uno de los conflictos nacionales más complejos de la región, ya que los kurdos se encuentran repartidos en cuatro países principales —Türkiye, Irán, Irak y Siria— y las condiciones políticas, económicas y culturales difieren en cada uno de ellos.
La pregunta central es la siguiente: ¿cuál es hoy una solución realista para la cuestión kurda y, en general, para el problema nacional en la región? ¿La creación de Estados-nación separados o la lucha por un Estado de ciudadanía con igualdad de derechos?

Es innegable que, en la mayoría de los países de la región, ha existido —y sigue existiendo— una opresión nacional abierta y evidente contra los kurdos. Este es un hecho histórico incuestionable. Sin un reconocimiento claro de esta realidad —que incluye la negación forzada de la identidad, la prohibición de la lengua, los desplazamientos forzados e incluso el genocidio por parte de Estados autoritarios, ya sean nacionalistas o religiosos— resulta imposible abordar seriamente la cuestión nacional y la cuestión kurda. Existen ejemplos sangrientos y bien documentados de ello:

  • En Irak, la brutalidad alcanzó su punto máximo bajo el régimen de Saddam Hussein con las campañas genocidas de Anfal, que dejaron decenas de miles de personas en fosas comunes, y con el crimen del bombardeo químico de Halabja, que exterminó a miles de civiles en cuestión de minutos, todo ello acompañado de políticas de “arabización” y cambio demográfico forzado.
  • En Siria, los regímenes de Hafez y Bashar al-Assad impusieron un cerco nacional a las regiones kurdas mediante el llamado “Cinturón Árabe” y aplicaron el injusto censo de 1962, que privó a cientos de miles de personas de la ciudadanía y de sus derechos civiles, junto con una prohibición total de la lengua, la cultura y la actividad política kurda. Hoy, en enero de 2026, esta política se renueva con la ofensiva militar del ejército sirio y sus milicias aliadas contra las zonas controladas por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), prolongando la lógica de represión y militarización y convirtiendo nuevamente a la población civil en víctima de luchas de poder y soberanía, lejos de cualquier solución democrática justa.
  • En Türkiye, el Estado aplicó durante décadas políticas destinadas a borrar la existencia nacional kurda, clasificando a los kurdos bajo la denominación humillante de “turcos de las montañas”, lanzando campañas militares que destruyeron miles de aldeas y desplazaron a millones de personas, y criminalizando todo lo relacionado con la identidad kurda.
  • En Irán, los kurdos sufren una opresión compuesta bajo un régimen religioso-teocrático autoritario, que combina represión nacional con ejecuciones políticas y de campo, militarización total de las ciudades kurdas y marginación económica de las regiones fronterizas para empujar a sus habitantes a la pobreza y la sumisión.

Estos hechos forman parte esencial de la historia moderna de la región y no pueden ser ignorados por ningún enfoque serio de izquierda. Sin embargo, representan solo una faceta de una política autoritaria integral, ya que estos regímenes no reprimieron únicamente a los kurdos, sino que dirigieron su maquinaria represiva contra todos los ciudadanos, de todas las nacionalidades. La dictadura que aplasta la identidad kurda es la misma que silencia a la mayoría de la población, encarcela a opositores sin distinción de nación, religión o creencia, confisca libertades y pisotea la dignidad humana. Por ello, la lucha contra la opresión nacional es inseparable de la lucha general contra el autoritarismo de clase y político.

Reconocer la legitimidad de la causa kurda y el derecho de los kurdos a la igualdad y la dignidad no implica aceptar todos los proyectos nacionalistas propuestos en su nombre. Afrontar la opresión nacional real no pasa por sustituir la dominación de una nación por otra, sino por desmantelar las bases mismas del Estado-nación excluyente y construir un Estado democrático basado en la ciudadanía igualitaria, que garantice plenos derechos nacionales, culturales y lingüísticos para todos sus componentes y ponga fin de manera duradera a los ciclos de injusticia nacional recíproca.

2. Del “Nacionalismo Oprimido” A La Experiencia Del Poder Autoritario

Como vemos en la Región del Kurdistán de Irak, el “nacionalismo oprimido” se ha transformado en una autoridad gobernante que configura un cuasi-Estado y que enfrenta acusaciones de prácticas represivas y corrupción financiera organizada. Los dos partidos principales el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) contribuyeron a establecer un sistema de poder familiar-tribal, repartiendo autoridad, riqueza e influencia. Entre 1994 y 1998 estalló una sangrienta guerra civil kurda entre ambos partidos, que costó la vida a miles de kurdos, motivada por la lucha por el control de recursos y poder, no por la liberación nacional. Incluso tras el fin de la guerra, el conflicto continuó bajo otras formas, cristalizando en un modelo claro de gobierno familiar hereditario y autoritario.

Según informes de organizaciones internacionales de derechos humanos, las autoridades regionales han cometido violaciones generalizadas de los derechos humanos. La corrupción financiera es endémica y muchos empleados públicos pasan meses sin cobrar sus salarios. La región ha sido escenario de amplias protestas populares contra el desempleo, la corrupción, el autoritarismo y los recortes salariales, que en numerosos casos fueron reprimidas, mientras los partidos gobernantes siguen reforzando los aparatos de seguridad y militares para monopolizar la riqueza regional y proteger sus intereses estrechos.

En Siria, desde 2015, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), que gobiernan amplias zonas del norte y este del país con apoyo estadounidense, se han convertido en una autoridad que concentra las decisiones políticas y militares, adoptando políticas claramente centralizadas con un margen limitado de pluralismo político e intelectual. A pesar de aplicar algunas reformas progresistas en ámbitos sociales y administrativos, así como de ampliar la participación de las mujeres, estas reformas han quedado limitadas por un techo de clase y político, sin cuestionar la esencia de una estructura de poder basada en el monopolio político y el control de un aparato partidario cerrado. Informes internacionales documentan violaciones generalizadas de derechos humanos, incluida la continuación del reclutamiento de menores y políticas de seguridad estrictas que implican detenciones, represión y tortura de opositores.

Estas experiencias muestran con claridad que el conflicto presentado como lucha de liberación nacional se ha transformado en la práctica en una pugna por poder, influencia y riqueza entre fuerzas políticas nacionalistas de carácter burgués. El discurso nacionalista ha dejado de ser un instrumento de emancipación para convertirse en una cobertura ideológica que justifica el autoritarismo y reprime a la oposición, reproduciendo las mismas relaciones de dominación contra las que las masas se rebelaron bajo regímenes nacionalistas opresivos, aunque ahora con un rostro local.

El sufrimiento histórico nacional, por profundo que sea, no otorga licencia para ejercer represión y tiranía. La transformación del “nacionalismo oprimido” en un “instrumento de opresión y autoritarismo” representa una gran derrota moral del proyecto de liberación y demuestra que el problema no reside solo en las élites gobernantes, sino en la propia estructura del Estado-nación excluyente.

3. La Marginación De La Lucha De Clases y El Peligro De Las Guerras Civiles Nacionales

Los conflictos nacionales en la región conllevan el grave peligro de empujar a las sociedades hacia el fanatismo nacional y guerras civiles sangrientas, en las que las masas trabajadoras se convierten en combustible de conflictos que no sirven a sus intereses. El discurso nacionalista excluyente no solo alimenta el odio y la división, sino que cumple una función política clara: transformar el conflicto social de clase entre las masas trabajadoras y las clases dominantes en un falso conflicto nacional o identitario.

De este modo, los conflictos nacionales se convierten en una herramienta eficaz para debilitar la lucha de clases, fragmentar la conciencia social y desviar a las masas de sus problemas cotidianos relacionados con derechos, empleo, salarios, servicios y justicia social. Bajo el pretexto de “defender la nación o la identidad”, se justifica la explotación, se exime a las autoridades de cualquier rendición de cuentas y se empuja a las masas a alinearse detrás de élites nacionalistas que, en esencia, no difieren de otras clases dominantes de la región.

Por ello, la tarea de las fuerzas de izquierda y emancipadoras es adoptar una identidad humana e internacionalista y solidarizarse con el sufrimiento de todas las víctimas civiles de dictaduras, guerras y conflictos armados, sin distinción de raza, religión, secta u orientación política. La solidaridad selectiva que se limita a una identidad específica y guarda silencio ante los crímenes cometidos contra otros es una forma falsa y deshumanizadora de pensamiento que refuerza el fanatismo nacional y religioso, profundiza las divisiones sociales y debilita cualquier proyecto real de emancipación basado en la justicia social y la igualdad.

4. ¿Es Posible Hoy El Estado-Nación?

Las condiciones objetivas no son favorables para un proyecto de Estado-nación kurdo. Las regiones de mayoría kurda están rodeadas de potencias regionales hostiles (Türkiye, Irán y Estados árabes), y los movimientos nacionalistas kurdos carecen de un apoyo internacional serio y estable. El respaldo estadounidense o occidental es condicional y dependiente de intereses coyunturales.

Incluso si se lograra establecer un Estado kurdo, ¿qué garantizaría su supervivencia frente al cerco de varios Estados autoritarios? ¿Qué impediría que se transformara en un nuevo modelo de dictadura? Las experiencias del Kurdistán iraquí y de Siria con gobierno tribal-partidario, autoritarismo, corrupción financiera y violaciones de derechos humanos están a la vista.

Además, muchas de las regiones donde se proponen proyectos nacionales no cuentan con una mayoría nacional única. ¿Cómo construir un nuevo proyecto nacional sobre territorios con poblaciones diversas sin generar nuevas injusticias nacionales y políticas de “arabización”, “kurificación” o “turquificación”? En regiones multinacionales, la creación de Estados o cuasi-Estados basados en criterios nacionales difícilmente puede evitar la reproducción de nuevas formas de opresión.

5. Apostar Por Las Grandes Potencias, Especialmente Estados Unidos

Algunos de los movimientos nacionalistas kurdos existentes en la región han construido y continúan construyendo gran parte de sus proyectos, en determinadas etapas, sobre el apoyo estadounidense y el de sus aliados. Estados Unidos, la mayor potencia capitalista del mundo, respalda a muchos de los regímenes más reaccionarios y racistas, y nunca ha estado verdaderamente del lado de los pueblos oprimidos ni de los valores humanos y libertarios. La presencia estadounidense en la región tiene como objetivo principal garantizar sus intereses estratégicos y reforzar su hegemonía.

Creo que la alianza de Estados Unidos con las fuerzas kurdas en Siria e Irak surge, ante todo, para llenar el vacío dejado por la ausencia de grandes fuerzas terrestres estadounidenses, ya sea en forma de tropas regulares o a través de compañías de seguridad privada. Por ello, Washington ha confiado y sigue confiando en la fuerza militar humana kurda para aplicar su agenda y consolidar su influencia.

Recientemente, esta alianza en Siria ha experimentado un giro claro hacia Ahmed al-Sharaa y el gobierno central. La paradoja es que Estados Unidos ha optado por aliarse con una figura que no ha sido elegida democráticamente y que, hasta hace poco, figuraba en la lista mundial de terrorismo. Esto revela de manera evidente que a Estados Unidos solo le importan sus intereses estratégicos, y no la democracia ni los valores humanitarios que proclama. Esta alianza recuerda mucho a la de ciertos partidos de la oposición iraquí con Estados Unidos antes de la caída del régimen baasista. En mi opinión, se trata de una alianza temporal y frágil, guiada por los intereses estadounidenses, que otorga legitimidad a la intervención y a las políticas de Washington. Sus repercusiones son claramente visibles hoy en Siria, y es muy poco probable que el mismo escenario se repita en la Región del Kurdistán de Irak de la misma manera, dado el reajuste de las prioridades y los intereses estadounidenses.

La historia demuestra que la política estadounidense no se basa en un compromiso moral con los pueblos, sino en cálculos estratégicos, como lo evidencian numerosas experiencias en la región. Estados Unidos es conocido por abandonar a sus aliados cuando su papel termina o cuando entran en conflicto con su agenda de intereses. Existen múltiples ejemplos de ello, entre ellos lo ocurrido a los kurdos en Irak en 1975 y a los afganos tras la retirada soviética. Los intereses estratégicos y las relaciones de Estados Unidos con Turquía, los Estados árabes y otros países de la región constituyen su prioridad fundamental. Apostar por las grandes potencias capitalistas, en particular por Estados Unidos, es apostar por un “espejismo político”. Estas potencias no consideran a los movimientos nacionalistas como aliados, sino como simples “peones” que pueden ser comprados y vendidos en acuerdos entre bastidores cuando así lo exigen los intereses corporativos y petroleros en el tablero geopolítico.

6. El Estado De Ciudadanía y Derechos Con Identidad Humana

Debe establecerse una distinción clara entre la reivindicación de derechos culturales, lingüísticos y administrativos para los kurdos y otras minorías nacionales, y la demanda de un Estado-nación separado. Estos derechos que van desde el reconocimiento constitucional del pluralismo hasta la descentralización administrativa constituyen demandas legítimas y justas que deberían ser respaldadas por todas las fuerzas de izquierda y progresistas. Sin embargo, bajo los actuales equilibrios geopolíticos, la lucha por dichos derechos resulta más adecuada dentro del marco de un Estado de ciudadanía igualitaria entre naciones y religiones, y no a través de proyectos de secesión.

La alternativa viable hoy no reside en la creación de nuevos Estados-nación que reproduzcan las mismas divisiones, sino en la construcción de un Estado de ciudadanía que neutralice la nación y la religión como fundamentos del poder, y que limite la formación de partidos sobre bases nacionales o confesionales. De este modo, el eje de la lucha deja de ser la movilización de las masas trabajadoras en conflictos nacionales o religiosos que solo sirven a los intereses de las burguesías, para centrarse en el Estado de derecho, la igualdad y la justicia social.

Esta transición no supone un salto al vacío, sino un proceso gradual que requiere mecanismos constitucionales claros para impedir el retorno de una centralización autoritaria y excluyente. En este marco, el federalismo geográfico (administrativo) emerge como una alternativa racional al federalismo nacional, al otorgar amplias competencias a las regiones en materia de desarrollo y prestación de servicios. Ello descarga el conflicto de su dimensión étnica y lo transforma en una competencia orientada al bienestar. Este modelo debe ir acompañado de una “constitucionalización integral de las identidades”, que garantice los derechos culturales de todos los componentes como derechos inalienables, así como de la construcción de instituciones de control y de un poder judicial independiente. Todo ello abre el camino al surgimiento de corrientes políticas que compitan en torno a programas sociales, económicos, políticos y ambientales, y no sobre identidades excluyentes.

Las experiencias internacionales, pese a sus diferentes contextos, demuestran la viabilidad de este modelo. Suiza ha logrado albergar cuatro lenguas oficiales mediante la descentralización; Sudáfrica optó por la ciudadanía en lugar de la venganza; y en países como India, Bolivia y España encontramos intentos serios de gestionar la diversidad mediante el reconocimiento del pluralismo y el autogobierno, sin desintegrar el Estado. Estos ejemplos no son perfectos, pero confirman que la alternativa al Estado-nación excluyente no es una utopía irrealizable, sino un proyecto posible, alcanzable mediante voluntad política y una lucha popular sostenida que sitúe la dignidad humana y los derechos por encima de cualquier estrechez nacional o sectaria.

Puede plantearse la objeción de que el Estado de ciudadanía es solo un sueño utópico, dadas las realidades actuales de la región, marcadas por un autoritarismo profundamente arraigado y por divisiones nacionales agudas. Sin embargo, esta objeción pasa por alto una verdad fundamental: el proyecto de un Estado-nación separado es, en las condiciones actuales, la opción más utópica de todas. Hablar de la creación de un Estado kurdo independiente y estable en regiones multinacionales, rodeado de Estados hostiles y sin un respaldo internacional real, se asemeja a un sueño lejano. En cambio, el Estado de ciudadanía constituye un proyecto realista y gradual que comienza con pasos concretos: la constitucionalización de los derechos nacionales, la construcción de instituciones democráticas, la aplicación de la descentralización administrativa y el fortalecimiento del Estado de derecho. No se trata de un salto hacia lo desconocido, sino de un proceso alcanzable mediante una lucha popular continua. La historia reciente demuestra que la transformación democrática es posible incluso en las condiciones más adversas. La cuestión no radica en el carácter “utópico” del proyecto, sino en la voluntad política y la lucha organizada necesarias para materializarlo.

Esto no implica minimizar la importancia de la identidad nacional ni oponerse a los derechos nacionales legítimos. Tampoco es un llamado a eliminar la identidad nacional o negar su especificidad, sino a no convertirla en el fundamento del poder y de la construcción del Estado, ni en un instrumento de discriminación y exclusión. La identidad nacional es un derecho cultural, lingüístico y humano que debe ser protegido; pero el Estado debe construirse sobre la base de la ciudadanía igualitaria, no de la pertenencia étnica. El problema es el uso de la identidad nacional como cobertura para justificar el autoritarismo o para transformar el conflicto social en un enfrentamiento nacional al servicio de los intereses de las élites gobernantes. La esencia de los derechos nacionales debe defenderse garantizándolos constitucional e institucionalmente para todos los componentes, en lugar de vincularlos a proyectos de Estados-nación excluyentes que reproducen la injusticia. La identidad nacional kurda, como cualquier otra, debe ser respetada y protegida, pero no utilizada como instrumento para la construcción de una autoridad nacional.

7. Autodeterminación y Racionalidad Realista

Si bien apoyo plenamente el derecho completo y legítimo del pueblo kurdo y de todos los pueblos a la autodeterminación, incluida la secesión, no considero que las condiciones globales y regionales actuales sean favorables para la separación, la independencia ni la proclamación de nuevos Estados-nación. Debemos rechazar toda forma de unidad impuesta por la fuerza y defender la convivencia y la unión voluntaria sobre la base de la ciudadanía igualitaria. Al mismo tiempo, debemos respaldar y reconocer el derecho a la autodeterminación incluida la secesión siempre que ello conduzca a mayores derechos, igualdad, mejores condiciones de vida, mayor seguridad y a una reducción de los conflictos en la región.

Esta postura no implica hostilidad hacia la liberación nacional kurda ni una negación de la justicia histórica de su causa. Por el contrario, constituye una defensa de la esencia misma de la liberación frente a la distorsión que le han impuesto los proyectos nacionalistas burgueses, cuando transforman las luchas de emancipación en instrumentos de poder, autoritarismo y corrupción. En las condiciones actuales, creo que las masas trabajadoras están siendo arrastradas a guerras y conflictos nacionales, y expuestas a crisis económicas y políticas cada vez más profundas en nombre de entidades nacionales que, incluso si llegaran a crearse hoy, enfrentarían a la luz de las condiciones existentes y de las experiencias previas un alto riesgo de convertirse en nuevos modelos autoritarios, sin producir cambios reales en la vida de la población.

Debemos guiarnos por un realismo riguroso y una racionalidad científica, examinando de manera integral las condiciones locales, regionales e internacionales; los equilibrios de fuerza entre las clases; nuestras capacidades reales y las de nuestros “adversarios”; así como la viabilidad concreta de las soluciones, políticas y mecanismos que proponemos. Es fundamental evitar participar, directa o indirectamente, en la conducción de las masas hacia guerras nacionales destructivas y sin perspectivas, así como abstenernos de promoverlas o apoyarlas. Tales conflictos no generan más que tragedias masivas, especialmente para la población civil y para los trabajadores manuales e intelectuales, y provocan enormes pérdidas humanas, económicas, políticas y militares para todas las partes involucradas.

Confiar en la racionalidad y el realismo es una necesidad imperiosa, no en las narrativas de “heroísmo nacional”, “orgullo nacional” o “enfrentamiento con el enemigo nacional por cualquier medio y hasta la última bala”. Este tipo de discurso no conduce a la victoria en las guerras militares o políticas; por el contrario, arrastra a las masas a ciclos aún más profundos de guerra y destrucción.

8. Las Tareas De La Izquierda y La Construcción De La Alternativa

Hoy, en los países atravesados por problemas nacionales, nuestra tarea como fuerzas de izquierda es trazar una línea clara de separación respecto a todas las partes del conflicto nacional y luchar por un Estado basado no en criterios nacionales o confesionales, sino en la ciudadanía, la igualdad de derechos, la justicia social y el respeto a los derechos humanos. El camino es largo y difícil, pero es el único capaz de conducir a una solución real y sostenible de la cuestión nacional, lejos de las guerras y conflictos que no producen para las masas más que tragedias y destrucción.

La izquierda puede organizarse de manera práctica dentro del proyecto del Estado de ciudadanía, independientemente de naciones y confesiones, mediante la construcción de organizaciones políticas, sindicales y de masas, sobre la base de los intereses materiales comunes de los trabajadores manuales e intelectuales. Ello implica vincular la lucha por los derechos nacionales con la lucha social contra la explotación, la corrupción y el autoritarismo, y con la realización de una alternativa socialista. Este camino exige una independencia política y organizativa plena de la izquierda respecto de todas las formas de las fuerzas burguesas y de su discurso nacionalista, así como un trabajo cotidiano en la sociedad para unificar a las masas trabajadoras en torno a un programa concreto de igualdad, el máximo grado posible de justicia social, descentralización democrática y libertades. Ese trabajo cotidiano constituye el punto de partida realista para la construcción de esta alternativa.

Los pueblos de nuestra región no están condenados por naturaleza al conflicto ni han nacido con un destino regido por el odio y la división. Por el contrario, son víctimas de operaciones organizadas de movilización y encuadramiento nacionalista que empujan a las masas trabajadoras de distintas nacionalidades hacia conflictos nacionales sangrientos, transformando los sacrificios populares en combustible para afianzar el poder de tiranías burguesas que utilizan el discurso nacionalista como cobertura para proteger sus intereses de clase. Nuestra guerra principal no consiste en cambiar símbolos nacionales ni el color de la bandera ni la lengua del gobernante, sino en desmantelar desde sus raíces las cadenas del autoritarismo, la explotación y el fanatismo, y en construir un espacio democrático, socialista y humanista que incluya a todos.

El camino hacia los derechos y la libertad del pueblo kurdo pasa necesariamente por los derechos y las libertades de sus vecinos árabes, turcos, asirios e iraníes, bajo un Estado que no pregunte al ciudadano por su origen, que garantice su pan y su libertad, y que respete plenamente su dignidad humana.