Islam y La Paz – 1

Esta pregunta inquieta la mente de muchas personas preocupadas por la religión de una u otra manera. Para los críticos de la religión, la respuesta suele ser afirmativa, y resulta fácil citar ejemplos de la historia. Desde la interpretación de René Girard sobre los sacrificios rituales como manifestaciones de una inclinación violenta inherente a la religión¹, hasta las pretensiones exclusivistas de diversas tradiciones de fe, se puede concluir con facilidad que las religiones producen violencia tanto en el plano social como en el teológico.

Como suele hacerse, se pueden tomar las Cruzadas o la Inquisición en la Europa medieval, o los movimientos de yihad en la historia islámica, y describir las respectivas trayectorias históricas de estas tradiciones como poco más que una historia de guerras, conflictos, violencia, cismas y persecuciones. La conclusión preconcebida es inequívoca: cuanto más religiosas son las personas, más violentas tienden a ser. La solución, por tanto, residiría en la desacralización del mundo. Las religiones y algunas de ellas en particular deberían secularizarse y modernizarse para liberarse de su esencia y de su legado violento².

En el extremo opuesto del espectro se encuentra el creyente que considera la violencia religiosa como un oxímoron, en el mejor de los casos, y como una mutilación de su fe religiosa en el peor. Las religiones, sostiene esta postura, no llaman a la violencia. Sus enseñanzas son pacíficas en su fundamento y están destinadas a restablecer la armonía primordial entre el cielo y la tierra, entre el Creador y lo creado. Sin embargo, determinadas enseñanzas y sentimientos religiosos son manipulados para incitar a la violencia con fines políticos. La violencia se comete en nombre de la religión, pero no es aprobada por ella.

La única crítica válida que el secularismo podría dirigir contra la religión sería que las religiones no han desarrollado mecanismos suficientemente eficaces para protegerse de tales manipulaciones y abusos. Como ha mostrado Mark Juergensmeyer en su amplio estudio sobre la violencia religiosa en la época moderna, la violencia no reconoce fronteras religiosas ni culturales y puede encontrar fácilmente un hogar incluso en las enseñanzas más sublimes e inocuas de las religiones del mundo. En cualquier caso, las religiones se vuelven vulnerables cuando no logran impedir que la fuerza sea utilizada en su nombre. Esta vulnerabilidad se vuelve especialmente aguda cuando fallan en inculcar una conciencia de paz y no violencia en las mentes y los corazones de sus seguidores. En síntesis, las religiones en sí mismas no pueden considerarse una fuente de violencia; únicamente algunos de sus malos practicantes pueden ser responsabilizados.

Ambas posturas presentan argumentos sólidos y señalan cuestiones importantes sobre la relación entre religión y violencia. Sin embargo, ambas incurren en un error similar al recurrir a una definición fija de religión. Además, ambas reducen la inmensa variedad de prácticas religiosas a una tradición concreta y, dentro de ella, a una facción o a un momento histórico determinado.

Cuando se habla de Islam y violencia o de hinduismo y guerra, el método habitual consiste en examinar las escrituras sagradas y compararlas con las realidades históricas derivadas de su práctica o de la ausencia de ella. Se destacan aquellos momentos en los que existen discrepancias entre el texto y la historia como puntos de ruptura en la trayectoria de una religión; es decir, como momentos en los que la comunidad no ha estado a la altura de los estándares religiosos exigidos por el texto.

Aunque este enfoque puede aportar ciertos beneficios, no logra percibir de qué modo los textos religiosos son interpretados e incorporados a la experiencia cotidiana de las comunidades creyentes. En lugar de examinar cómo los textos vinculantes desde el punto de vista religioso son leídos, revelados y enriquecidos dentro de las experiencias concretas de la comunidad, se separa el texto de la historia y se presupone, de alguna manera, una inmunidad histórica para el texto o una base textual para toda la historia.

Esto no significa negar la centralidad de la Escritura. En el caso del Islam, el Corán, junto con la Sunna del Profeta, es y sigue siendo la fuente principal de la cosmovisión islámica (Weltanschauung). Después de todo, las múltiples interpretaciones de las que podemos hablar son interpretaciones del Corán, el texto único que ha sido objeto de lecturas diversas, desde los sufíes y los hanbalíes hasta los wahabíes y los modernistas.

El hecho de que la sunna profética forme parte integral de la cosmovisión islámica y de la vida religiosa sin la cual no podemos comprender una parte significativa del Corán confirma la importancia de leer la Escritura dentro de las experiencias concretas de la comunidad musulmana. De hecho, así fue como los primeros musulmanes, quienes se convirtieron en ejemplos espirituales y morales para las generaciones posteriores, aprendieron el Corán bajo la guía y la enseñanza del propio Profeta.

En este sentido, la historia islámica no es ajena a la idea de interpretar los textos religiosos vinculantes dentro del contexto de una tradición viva y en evolución. Por esta razón, la Sunna formó parte del derecho islámico desde sus comienzos, y así surgió la tradición de las ciencias transmitidas (al-ʿulūm al-naqliyya), que se ocupan principalmente de las ciencias religiosas: analizando cómo las generaciones anteriores de musulmanes comprendieron el Corán y el hadiz.

Fuera de este contexto, los versículos coránicos se vuelven abstrusos e impenetrables para el no musulmán o para cualquiera que sea indiferente a esta tradición y pueden inducir a pensar erróneamente que buena parte de la historia islámica se produjo a pesar del Corán y no a causa de él.

He considerado necesario introducir estas breves advertencias metodológicas por las siguientes razones. Gran parte del debate actual sobre Islam y violencia está afectado por los mismos problemas que encontramos en las lecturas secularistas y apologéticas de las fuentes escriturarias del Islam.

Quienes consideran al Islam una religión que esencialmente legitima la violencia por sus creencias teológicas y objetivos políticos seleccionan ciertos versículos del Corán, los vinculan con episodios de violencia política o comunitaria en la historia islámica y concluyen que las enseñanzas coránicas justifican el uso injusto de la violencia.

Aunque este mismo procedimiento podría aplicarse prácticamente a cualquier religión, el Islam ha recibido mucha más atención mediática que otras religiones durante aproximadamente el último milenio. El apologeta comete un error similar, aunque en dirección contraria, cuando rechaza toda la historia como desviación, sin reconocer que el Corán al igual que la Biblia o los Vedas puede ser interpretado de formas que legitimen tanto la violencia como la paz en los conflictos intra- e interreligiosos.

Es aquí donde la hermenéutica del texto en el sentido tanto de tafsir como de ta’wil se vuelve absolutamente necesaria: no es que el texto en sí mismo sea violento, sino que se presta a múltiples lecturas, algunas inevitablemente pacíficas y otras potencialmente violentas.

Un segundo problema es la atención casi exclusiva que la literatura actual presta a los aspectos jurídicos y legales de la paz y la violencia en el Islam. El uso de la violencia, la conducción de la guerra, el tratamiento de combatientes y prisioneros, o el derecho internacional se analizan casi siempre dentro de un marco estrictamente legal, recurriendo a la literatura clásica islámica para encontrar respuestas.

Aunque este ejercicio es importante y útil, resulta insuficiente para abordar las cuestiones filosóficas y espirituales más profundas que deben formar parte de cualquier discusión sobre religión y paz. Esto es especialmente cierto en el caso del Islam por dos razones principales.

En primer lugar, las opiniones jurídicas sobre la paz y la violencia en el período clásico fueron formuladas y aplicadas a la luz de los objetivos generales de la ley islámica (maqāṣid al-sharīʿa). Estos objetivos proporcionaban un contexto en el cual la legalidad estricta de la ley se combinaba con las necesidades y realidades de la vida comunitaria.

En segundo lugar, las enseñanzas espirituales y éticas del Corán y la Sunna sustentan todo lo islámico en principio, y esto se aplica también a la cuestión de la paz y la violencia. Las disposiciones legales (aḥkām) del Corán relativas a la guerra y la paz forman parte de un conjunto más amplio de principios espirituales y morales.

El objetivo último del Islam es crear una sociedad moral y justa en la que los individuos puedan desarrollar una vida espiritual y en la que los costos de la vida colectiva desde la explotación económica y el abuso del poder político hasta la opresión de otros puedan mantenerse bajo control en la medida de lo posible dentro de cualquier sociedad humana.

Sin tener en cuenta este panorama más amplio, no podremos comprender cómo el Islam promueve un concepto positivo de paz, en contraste con una concepción meramente negativa definida como la simple ausencia de guerra o conflicto.

Con estas consideraciones en mente, este estudio persigue dos objetivos interrelacionados. El primero es analizar de qué modo la tradición islámica puede decirse que promueve un concepto positivo de paz. Este será contrastado con la noción de “paz negativa”, definida convencionalmente como la ausencia de guerra y conflicto.

El segundo objetivo consiste en argumentar que un análisis adecuado de la paz y la guerra en la tradición islámica exige algo más que fijar las opiniones de algunos juristas musulmanes de los siglos IX y X como si fueran la posición definitiva del “Islam ortodoxo”, reduciendo así el modo islámico de relacionarse con los no musulmanes a un simple concepto de “guerra santa”.

Por ello, propongo examinar el concepto de paz en la tradición islámica en cuatro contextos interrelacionados:

  1. El contexto metafísico-espiritual, en el que la paz (salām), como uno de los nombres de Dios, se concibe como una dimensión esencial de la creación divina.
  2. El contexto filosófico-teológico, en el que el problema del mal (sharr) se aborda como un problema cósmico, ético y social.
  3. El contexto político-jurídico, que constituye el ámbito propio de las discusiones clásicas sobre guerra, rebelión y orden político.
  4. El contexto socio-cultural, que revela los parámetros de la experiencia musulmana de la diversidad religiosa y cultural.

Como se mostrará en las páginas siguientes, todos estos niveles son interdependientes y requieren un marco más amplio dentro del cual las cuestiones de paz y violencia han sido articuladas y negociadas por juristas, filósofos, místicos, líderes políticos y diversas comunidades musulmanas.

La tradición islámica ofrece abundante material para que las sociedades musulmanas contemporáneas afronten los desafíos de la paz, la diversidad religiosa y la justicia social, cuestiones que, como es evidente, requieren hoy una atención urgente. Además, el desafío actual de las sociedades musulmanas no consiste únicamente en abordar estos problemas como asuntos internos, sino también en contribuir a la construcción de una cultura global de paz y coexistencia.

Antes de adentrarnos en la tradición islámica, sin embargo, es necesario ofrecer algunas precisiones conceptuales sobre el significado de paz positiva.

Referencias

  • TDV İslam Araştırmaları Merkezi, Estambul; College of the Holy Cross, Worcester, EE. UU. René Girard, La violencia y lo sagrado, trad. Patrick Gregory (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1979).
  • Este es, en esencia, el núcleo de las críticas dirigidas por Bernard Lewis contra el llamado “fundamentalismo islámico” en varios ensayos ampliamente difundidos, entre ellos “The Roots of Muslim Rage”, The Atlantic Monthly (septiembre de 1990), pp. 47–60, y “Islam and Liberal Democracy”, The Atlantic Monthly (febrero de 1993). Lewis considera que el “fundamentalismo islámico”, que en ocasiones equipara con el terrorismo, surge de las tradiciones abiertamente religiosas e intolerantes del Islam. He examinado críticamente los argumentos de Lewis en mi ensayo “Roots of Misconception: Euro-American Perceptions of Islam Before and After 9/11”, en Islam, Fundamentalism and the Betrayal of Tradition, ed. Joseph Lumbard (Bloomington, IN: World Wisdom, 2004), pp. 143–187.
  • Una de las pocas excepciones a esta tendencia es el ensayo de Richard Martin, titulado “The Religious Foundations of War, Peace, and Statecraft in Islam”, incluido en Just War and Jihad: Historical and Theoretical Perspectives on War and Peace in Western and Islamic Traditions, eds. John Kelsay y James Turner Johnson (Nueva York: Greenwood Press, 1991), pp. 91–117.