Impresiones De Siria – 3

El 12 de febrero de 2008, Damasco, una ciudad que desde hacía tiempo observaba en un tenso silencio las convulsiones de Oriente Medio, fue sacudida por el asesinato de Imad Mughniyeh, quien figuraba en la lista de los más buscados por el FBI y murió como consecuencia de un atentado con coche bomba.

Según los servicios de inteligencia de Estados Unidos y de varios países europeos, Mughniyeh era uno de los responsables del atentado perpetrado en Beirut en 1983, en el que murieron 241 soldados estadounidenses y 58 militares franceses. Resulta llamativo que Mughniyeh, que entonces tenía apenas veintiún años, fuera señalado como el principal responsable. Más significativo aún fue que, tras aquella explosión de 1983, las fuerzas internacionales de mantenimiento de la paz desplegadas en la zona terminaran retirándose. Aquella decisión tendría profundas repercusiones tanto para la política expansionista de Israel en la región como para la evolución de la resistencia palestina.

Aproximadamente siete meses después del asesinato de Mughniyeh, en septiembre de 2008, Damasco volvió a estremecerse por otro atentado con coche bomba. En esta ocasión, el objetivo del ataque nunca quedó claramente establecido y, como respuesta, los servicios de inteligencia y seguridad sirios detuvieron a centenares de estudiantes extranjeros, entre ellos numerosos ciudadanos turcos.

Estos atentados pueden considerarse un punto de inflexión para Bashar al-Asad, quien desde 2004 había comenzado a plantear una serie de reformas políticas. Aunque el inicio de la guerra civil siria suele situarse en los acontecimientos de 2011, las fracturas internas del país ya habían sido profundamente condicionadas por una sucesión de acontecimientos regionales e internacionales: los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, los ataques contra las sinagogas de Estambul en 2003, la invasión de Irak y la política israelí de asesinatos selectivos que, en aquellos años, parecía no reconocer límites.

En noviembre de 2003 se produjeron en Estambul atentados contra dos sinagogas, la sede del banco HSBC y el Consulado General del Reino Unido. Los autores de los ataques eran ciudadanos turcos. Poco después, alrededor de veinte estudiantes turcos que cursaban estudios en Siria fueron detenidos. Para el gobierno sirio resultaba irrelevante si aquellos estudiantes mantenían o no vínculos con Al Qaeda. De hecho, tras la explosión ocurrida en 2008, centenares de estudiantes, seleccionados aparentemente de manera arbitraria, fueron expulsados del país.

La actuación del gobierno sirio tras los atentados contra las sinagogas también puede interpretarse como parte de una nueva orientación política encaminada a abrir canales de diálogo con Israel. En efecto, después del año 2000, y especialmente durante el período de mayor cercanía en las relaciones entre Türkiye y Siria, se dieron algunos pasos indirectos hacia una normalización con Israel mediante la mediación de Türkiye. Aunque el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AK Parti) se sustentaba simbólicamente en una identidad religiosa heredera de la tradición del Visión Nacional, históricamente crítica con Israel, desde sus primeros años aceptó de facto la existencia del Estado israelí como un elemento de la política regional e incluso promovió, de forma directa o indirecta, iniciativas destinadas a facilitar su aceptación por parte de los países vecinos.

De hecho, pese a la realidad de Oriente Medio y a la continuidad de la ocupación y de las operaciones militares israelíes en los territorios palestinos, Recep Tayyip Erdoğan ha sido uno de los dirigentes que con mayor insistencia ha defendido la solución de los dos Estados como salida al conflicto.

Poco después de que Bashar al-Asad asumiera la presidencia, el AK Parti llegó también al poder en Türkiye. A partir de entonces, un número cada vez mayor de jóvenes turcos especialmente mujeres con velo y estudiantes graduados de las escuelas Imam Hatip comenzó a elegir Siria como destino para cursar estudios. Las medidas de apertura y normalización impulsadas desde 2004 hicieron que muchas familias turcas interesadas en que sus hijos aprendieran árabe y estudiaran ciencias islámicas trasladaran su horizonte educativo hacia Damasco.

Además de quienes emigraban para establecerse durante largos períodos, decenas de miles de personas viajaban cada verano a Siria con el único propósito de recibir formación intensiva en lengua árabe. Esta dinámica se convirtió en una importante fuente de ingresos para Siria y, al mismo tiempo, contribuyó a sentar las bases del nuevo proyecto estatal y social impulsado en Turquía.

Mientras los principios fundacionales de la República habían orientado históricamente al país hacia Occidente, las nuevas élites gobernantes aspiraban, como resultado tanto de sus referencias culturales como del auge internacional del conservadurismo político, a reorientar simbólica y estratégicamente a Türkiye hacia Oriente. Sin embargo, una cuestión fundamental apenas fue planteada en los intensos debates de aquellos años: ¿ese «Oriente» hacía referencia al espacio cultural e histórico del islam tradicional o, por el contrario, designaba una nueva geografía política concebida dentro de los paradigmas estratégicos de un orden internacional contemporáneo? A la luz de los acontecimientos posteriores, esta pregunta merece ser reconsiderada.

Asimismo, tampoco debería pasarse por alto otra cuestión estructural: la relación existente entre los acontecimientos que comenzaron a desarrollarse en Siria a partir de 2011 y las nuevas rutas de migración educativa que se abrieron posteriormente hacia países como Türkiye, Malasia, diversos Estados europeos o Rusia.

Sin embargo, antes de todo ello, es necesario señalar que el período en el que Bashar al-Asad llegó al poder coincidió con una etapa de profundas transformaciones en el mundo árabe. Después de 1952, e incluso podría decirse que por primera vez en siglos, la “confianza árabe en sí misma”, articulada en torno al carisma de Gamal Abdel Nasser, sufrió un golpe devastador con la derrota de 1967. Aun así, la ideología del Baaz representó para los árabes uno de los mayores legados de aquella época.

Al llegar el año 2000, uno de los dos grandes líderes baazistas, Hafez al-Asad, había fallecido y solo permanecía en el poder Saddam Hussein, en Irak. La era de los dictadores surgidos de golpes militares estaba llegando a su fin y daba paso a una nueva etapa caracterizada por dirigentes autoritarios legitimados mediante procesos electorales.

Bashar al-Asad era un médico formado con hábitos occidentales y casado con una ciudadana británica. En cierto sentido, representaba el perfil de un dirigente con potencial para adaptarse a las exigencias del nuevo orden neoliberal. Al mismo tiempo, la incapacidad del mundo árabe para producir un liderazgo carismático comparable al de Gamal Abdel Nasser contribuyó a profundizar las crisis de la región.

Tras la derrota árabe de 1967, Israel primero firmó la paz con Egipto y posteriormente, con la mediación de Estados Unidos, inició negociaciones con Siria. Lejos de resolver los conflictos de Oriente Medio especialmente la cuestión palestina, estos procesos terminaron por hacerlos aún más complejos. Después de la ocupación israelí de los Altos del Golán, la invasión del Líbano modificó también la naturaleza de los debates entre los intelectuales árabes.

Según Albert Hourani, la debilidad militar, la aparición de intereses divergentes y el aumento de la dependencia económica provocaron la desintegración del frente común árabe que había perdurado, con distintas intensidades, hasta la guerra de 1973:

«La línea divisoria que surgió con la desintegración del frente terminó separando a quienes se inclinaban hacia Estados Unidos, la reconciliación política con Israel y una economía capitalista de libre mercado, de aquellos que seguían defendiendo una política de no alineamiento. Este segundo bloque estaba integrado por Argelia, Libia, Siria, Irak y Yemen del Sur, junto con la OLP, reconocida oficialmente por los Estados árabes como representante legítima del pueblo palestino.»[1]

Aquella fractura no permaneció únicamente en el plano político. Con el tiempo, el pensamiento religioso y la estructura cultural construida en torno a él componentes fundamentales del tejido social también quedaron atravesados por esa polarización.

En sus primeros años, el baazismo había articulado una línea de resistencia de inspiración socialista. Sin embargo, con el paso del tiempo, los regímenes dictatoriales terminaron convirtiéndose en Estados empobrecidos gobernados por élites que situaban su propia identidad étnica y confesional en el centro del poder. En Siria, el hecho de que prácticamente todos los altos funcionarios civiles y la cúpula militar pertenecieran a la comunidad alauí puede interpretarse como una manifestación del instinto de autopreservación del régimen.

Aunque durante los primeros años de su presidencia Bashar al-Asad mantuvo en gran medida la estructura heredada de su padre, se sabe que posteriormente intentó introducir algunos cambios. Si bien nunca fueron oficialmente registrados, la detención de varios altos mandos militares poco antes de 2010 podría haber sido consecuencia de informaciones de inteligencia relacionadas con el proceso que desembocaría en los acontecimientos de 2011. Aún no lo sabemos con certeza.

Lo que sí parece evidente es que la agitación que vivía Oriente Medio mantenía una relación orgánica con la ola de movilizaciones sociales que, por aquellos mismos años, recorría distintas partes del mundo.

En 2011 tuvieron lugar la Revolución del 25 de Enero en Egipto, el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos, el movimiento de los Indignados en España y numerosas protestas en distintos países. Aunque compartían determinados parámetros estructurales, diferían considerablemente tanto en sus motivaciones como en su capacidad para movilizar y convencer a la ciudadanía.

En países como Siria, Egipto e Irak, el miedo generado por los regímenes constituía un eje organizador de la vida jurídica, sociológica y económica. En ese contexto, participar en una protesta significaba también desafiar la propia razón de ser del Estado.

Desde esta perspectiva, el proceso iniciado con la Primavera Árabe puede entenderse no solo como una rebelión popular, sino también como una nueva forma de configuración de las relaciones entre el Estado, el capital y la sociedad.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el modelo socioeconómico dominante había situado al Estado en el centro de la organización social. Ese paradigma, que podría resumirse en la fórmula «gran Estado, gran economía», dio lugar en Oriente Medio a sistemas políticos donde presidentes de origen militar moldeaban la vida social y política alrededor de la ambición de poder y del culto a la fuerza.

Sin embargo, después del año 2000, tanto el desarrollo tecnológico como las nuevas formas de vida comenzaron a desplazar el centro de gravedad desde los Estados hacia los individuos. Las grandes empresas dedicadas a la producción de armamento, que durante décadas habían encabezado la economía mundial, fueron cediendo ese lugar a compañías tecnológicas que vendían ordenadores y, posteriormente, teléfonos móviles directamente a millones de personas.

Ese nuevo contexto explica también por qué el proceso de la Primavera Árabe fue descrito con frecuencia como la «Revolución de Facebook». Gracias a las redes sociales, los individuos podían proyectar desde el ámbito privado de sus hogares un discurso de libertad dirigido al mundo entero, sin necesidad de recurrir a los grandes relatos ideológicos tradicionales.

En consecuencia, para el régimen sirio también habían comenzado a sonar las campanas de alarma. Sin embargo, como ocurre con casi toda forma de organización armada, la evolución del conflicto sirio despertó rápidamente el interés de las grandes potencias internacionales, que no tardaron en convertir aquel escenario en un espacio privilegiado de competencia geopolítica.

Otra dimensión de estas transformaciones socioeconómicas, tanto a escala mundial como en Oriente Medio, fue lo que Olivier Roy denominó la «islamización del radicalismo». Desde la década de 1950, los movimientos de izquierda que se oponían al imperialismo y al capitalismo adoptaron un discurso cada vez más radical y situaron en el centro de sus reivindicaciones las condiciones de vida de las poblaciones rurales empobrecidas. Sin embargo, a partir de los años ochenta, el incremento de la migración desde las regiones más pobres del mundo hacia las grandes ciudades europeas, junto con los procesos de formación de guetos urbanos, transformó también el lenguaje de la protesta contra el capitalismo.

En particular, las poblaciones musulmanas que, pese a habitar algunas de las regiones más fértiles del planeta, sufrían profundas condiciones de pobreza como consecuencia de la expansión del colonialismo desde el siglo XIX, comenzaron a desarrollar, a partir de la década de 1980, formas de organización cada vez más visibles en los espacios urbanos. Como resultado, la protesta de los sectores populares urbanos empezó a expresarse cada vez más a través de una identidad definida en términos islámicos.

Este contexto favoreció que determinadas corrientes radicales recurrieran a algunas interpretaciones presentes en la historia del islam para justificar la adopción de la lucha armada. Tras la guerra árabe-israelí de 1967, el discurso salafista particularmente el desarrollado en el seno del islam suní egipcio comenzó a encontrar eco en distintas partes del mundo. Aunque surgieron diversas corrientes radicales suníes procedentes de la región del Golfo, Afganistán, Pakistán o varios países africanos, puede afirmarse que Egipto, también bajo la influencia ideológica de la Hermandad Musulmana, constituyó uno de los principales centros de irradiación de esta orientación.

En este escenario, Siria adquirió una importancia estratégica para el desarrollo de estas organizaciones radicales. La pertenencia de la familia Al-Asad a la comunidad alauí, así como el respaldo decisivo de Irán y Rusia al régimen sirio, fueron factores que llevaron a numerosos grupos salafistas y yihadistas a considerar Siria como un dār al-ḥarb («territorio de guerra»), transformando progresivamente la lucha por la libertad de amplios sectores de la sociedad siria en un espacio de actuación para estas organizaciones.

Desde esta perspectiva ideológica, Irán era considerado un enemigo histórico por su carácter chií, mientras que Rusia simbolizaba el comunismo y representaba, dentro del imaginario heredado de la Guerra Fría, uno de los adversarios tradicionales del orden geopolítico impulsado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos contribuyeron, de manera directa o indirecta, al surgimiento de grupos salafistas de orientación separatista en diversos escenarios donde existían movimientos de resistencia, tanto dentro como fuera de la esfera de influencia del poder estadounidense. En particular, a partir de 2012 comenzaron a llegar a Siria, de forma organizada, individuos salafistas procedentes de los Balcanes que durante la Guerra Fría habían desarrollado trayectorias relativamente independientes.

Esta dinámica terminó restringiendo, más que debilitando exclusivamente al régimen de Al-Asad, el espacio político y militar de los sectores de la sociedad siria que luchaban por su independencia, contribuyendo a que la guerra civil evolucionara hacia un conflicto cada vez más enquistado y de difícil resolución.

[1] Hourani, A. (2014). Historia de los pueblos árabes. Trad. Yavuz Alogan. Iletisim Yayınları.