Guetos De La Miseria: Los Cristianos Desechables Del Sur De Asia

La destrucción sistemática de las comunidades cristianas en el sur de Asia no es un accidente, sino una política. Millones de cristianos atrapados en los barrios marginales de Lahore, Karachi y Daca son víctimas de una exclusión deliberada. No se trata simplemente de zonas pobres. Son guetos de una subclase permanente. En los asentamientos precarios de Pakistán y en las barriadas marginales de Bangladés, el acceso al agua potable, la electricidad, los servicios básicos de saneamiento y la seguridad son privilegios reservados a quienes pertenecen a la religión mayoritaria. Quienes viven allí están, literalmente, condenados a convivir con las aguas residuales.

En Pakistán, esta exclusión se ha institucionalizado a través de una versión moderna del sistema de castas. Aproximadamente el 80 % de los trabajadores de saneamiento del país son cristianos, una cifra estremecedora que revela hasta qué punto la sociedad clasifica a sus ciudadanos según su fe religiosa. No se trata de una coincidencia. Es una característica estructural de un Estado que empuja a los cristianos hacia los trabajos más peligrosos y degradantes, obligándolos a desempeñar labores consideradas “sucias” por el resto de la sociedad. Toda una comunidad ha sido confinada a los alcantarillados y a los barrios marginales. Es indispensable para el funcionamiento de la ciudad, pero no se le permite formar parte de ella.

En Bangladés se observa la misma patología, aunque allí la situación ha evolucionado de una marginación silenciosa a un auténtico asedio. Tras las turbulencias políticas de los dos últimos años, la seguridad de la minoría cristiana se encuentra constantemente amenazada. Desde los barrios marginales de Daca hasta los asentamientos rurales, asistimos a una campaña coordinada de apropiación de tierras e intimidación. En medio del caos del período de transición, multitudes radicalizadas han atacado escuelas y viviendas cristianas, percibiendo a esta comunidad como un elemento ajeno que debe ser expulsado.

Quizás el aspecto más inquietante de esta crisis sea la absoluta indiferencia de la comunidad internacional. Desde Bruselas escuchamos interminables discursos sobre derechos humanos y solidaridad global; sin embargo, cuando se trata de esta destrucción sistemática, el silencio es absoluto. Existe una extraña parálisis autoimpuesta en la diplomacia occidental, que evita abordar las dificultades de los cristianos en el extranjero, precisamente cuando el Occidente cristiano debería ser el primero en acudir en su ayuda.

Esta negligencia tiene consecuencias potencialmente mortales. En Islamabad, miles de cristianos que viven en asentamientos como la colonia Rimsha H-9 se enfrentan actualmente a órdenes de desalojo masivo sin que se les ofrezca ninguna alternativa habitacional. En Lahore, los barrios de mayoría cristiana han sido abandonados al deterioro: las aguas residuales inundan las calles y las carreteras permanecen inutilizables desde hace años. A ojos de los burócratas, estas personas son invisibles. A ojos de los radicales, son prescindibles.

La política exterior debe dejar de dar la espalda a estas víctimas incómodas. Si Europa afirma defender valores universales, entonces esos valores también deben aplicarse a una madre que vive en un barrio marginal de Lahore o a un trabajador que sobrevive en un asentamiento precario de Daca. Los acuerdos comerciales y la ayuda al desarrollo no deberían concederse de manera incondicional a regímenes que tratan a ciertos sectores de su propia población como si fueran desechables. La solidaridad que constituye uno de los fundamentos de las sociedades liberales no es una virtud selectiva. Es un compromiso con la dignidad humana, independientemente de la forma en que las personas recen.

Los barrios marginales cristianos del sur de Asia no representan únicamente una crisis humanitaria. Son también un espejo de nuestra profunda hipocresía y de nuestra bancarrota moral. Al permitir que estas comunidades sigan sufriendo, Occidente demuestra que su compromiso con los derechos humanos es arbitrario y depende de cálculos de conveniencia política. La marginación de las minorías promovida o tolerada por los Estados debe tener consecuencias diplomáticas reales, y los derechos de las comunidades cristianas en los países islámicos deben ser protegidos. Cualquier cosa inferior a ello constituye una traición a los principios más fundamentales de nuestra cultura y de nuestra identidad.

Fuente:https://brusselssignal.eu/2026/05/sanitary-ghettos-south-asias-disposable-christians/