Geopolítica En La Era De La Inteligencia Artificial

Estrategia y Poder En Un Futuro Incierto De La Inteligencia Artificial

Las personas tampoco coinciden sobre cuán fácil será copiar los grandes descubrimientos revolucionarios. Algunos sostienen que los rivales los imitarán rápidamente, mientras que otros creen que alcanzar tecnológicamente al líder será cada vez más lento y costoso, otorgando una ventaja duradera a quienes se adelanten. Muchos están convencidos de que China está decidida a superar a Estados Unidos en tecnología avanzada; otros, en cambio, argumentan que Pekín se centra en utilizar la tecnología existente y en destilar y reproducir las innovaciones más avanzadas estadounidenses cuando estas surgen.

Cada argumento político ambicioso se basa en supuestos implícitos acerca de cuál de estas narrativas es correcta. Quienes priorizan la innovación tecnológica más avanzada suponen que los grandes avances se acumularán y serán difíciles de copiar; quienes se enfocan en difundir los sistemas estadounidenses en el exterior suelen asumir lo contrario. Si estos supuestos son erróneos, las estrategias basadas en ellos podrían desperdiciar recursos y hacer que Estados Unidos pierda su liderazgo.

Apostarlo todo a un solo escenario resulta tentador, pero peligroso. Washington no necesita una nueva predicción sobre la era de la inteligencia artificial; necesita un enfoque que le permita tomar decisiones bajo incertidumbre, asegurar ventajas en múltiples futuros posibles y adaptarse a medida que se revele la forma de la era de la IA.

Ocho Mundos

Cualquiera que sea el rumbo de la IA, la estrategia estadounidense debe comenzar definiendo claramente qué significa el éxito. Washington debe emplear la IA para fortalecer la seguridad nacional, el bienestar generalizado y los valores democráticos tanto dentro del país como entre sus aliados. Cuando se utilice para el bien público, la IA puede impulsar el progreso científico y tecnológico, mejorar vidas, ayudar a abordar desafíos globales como la salud pública, el desarrollo y el cambio climático, y mantener y ampliar las ventajas militares, económicas, tecnológicas y diplomáticas de Estados Unidos frente a China, todo ello gestionando responsablemente los riesgos reales que la IA conlleva.

El desafío es cómo llegar allí. Para explicitar los supuestos ocultos y probar estrategias frente a distintos futuros, quienes reflexionan sobre la estrategia de IA deberían considerar un marco sencillo basado en tres preguntas:

  1. ¿La IA avanzará hacia la superinteligencia o permanecerá limitada durante mucho tiempo?
  2. ¿Los grandes descubrimientos serán fáciles de copiar o difícil y costoso cerrar la brecha?
  3. ¿China realmente compite por la tecnología avanzada o prioriza adoptar y comercializar más tarde?

Cada pregunta tiene dos respuestas posibles. Considerar todas las combinaciones produce ocho mundos posibles: una matriz tridimensional 2×2×2.

El primer eje es la naturaleza del progreso de la IA. En un extremo está la superinteligencia: sistemas mucho más rápidos que los humanos, capaces de mejorarse continuamente. En el otro, una inteligencia limitada e irregular: con aplicaciones científicas, económicas y militares impresionantes, pero sin una ruptura total con la historia. Si surge la superinteligencia, incluso una pequeña ventaja puede decidir la carrera, justificando enormes inversiones; si el progreso es limitado, dedicar recursos ilimitados a metas extremas resulta menos atractivo que priorizar la adopción y difusión.

El segundo eje es la facilidad de alcanzar al líder. Por un lado, copiar puede ser fácil: espionaje, filtración de parámetros, innovación sobre hardware antiguo o destilación de modelos. Por otro, cerrar la brecha puede ser difícil debido al hardware propietario, la experiencia institucional, los grandes conjuntos de datos, el talento humano y factores estructurales impredecibles. En este eje la cuestión no es si la IA se difundirá, sino cuán rápido, hacia quién y en qué condiciones.

El tercer eje es la estrategia de China. En un extremo, Pekín compite agresivamente financiando grandes programas y laboratorios; en el otro, prioriza la adopción y difusión, señalando progreso ocasionalmente. Aunque China no tenga un plan perfectamente coherente, su comportamiento tenderá hacia competir o no competir.

La realidad es más compleja que cualquier diagrama. Cada eje puede entenderse como un espectro y las decisiones deben considerar probabilidades y escenarios intermedios. Además, las decisiones políticas influyen en el futuro: controles de exportación más estrictos pueden dificultar cerrar la brecha; las percepciones de Pekín también condicionarán su estrategia. Incorporar la incertidumbre obliga a planificar múltiples futuros en lugar de uno solo.

Las Fuentes Del Poder De La IA

Antes de planificar, conviene preguntarse: ¿quién define realmente la estrategia estadounidense de IA? ¿Y qué herramientas tiene Washington para moldear su rumbo? El gobierno no posee los principales laboratorios ni decide qué construyen, pero sus políticas influyen significativamente en el ecosistema.

Muchas políticas estadounidenses actúan como subsidios implícitos a la industria de IA: controles de exportación e inversión han limitado el acceso chino a chips avanzados y capital, fortaleciendo a las empresas estadounidenses. Las expectativas también importan: cuando líderes definen la IA como prioridad nacional, empresas e inversores anticipan regulaciones favorables y mayor coordinación estatal.

El apoyo directo incentivos fiscales de I+D, infraestructura, subvenciones, políticas migratorias, adquisiciones federales— influye en dónde y cómo crece la capacidad de IA. Si la difusión es tan estratégica como la innovación, Washington deberá usar más herramientas para ofrecer a socios una alternativa fiable a Pekín y financiar aplicaciones en el exterior. También deberá decidir entre modelos cerrados o abiertos.

Sin embargo, el sector privado sigue siendo el motor, y sus incentivos no siempre coinciden con los intereses nacionales. Muchos laboratorios priorizan la superinteligencia sobre la seguridad o la difusión, e incluso pueden trasladar infraestructura al exterior por energía más barata o regulación más laxa. Gestionar esta tensión será uno de los mayores desafíos de Washington.

La fortaleza estadounidense nunca ha sido la planificación centralizada, sino la capacidad de orientar un sistema descentralizado hacia objetivos comunes mediante incentivos, expectativas y capital. Mantener el liderazgo dependerá de cómo se usen estas herramientas en distintos futuros.

La capacidad computacional es la base del poder de la IA. Chips, centros de datos y energía determinan quién puede entrenar sistemas avanzados. La robótica y la manufactura avanzada trasladan la inteligencia digital al mundo físico. Pero todo ello requiere una sólida base científico-industrial, talento global, capacidad productiva y energía suficiente; sin electricidad adecuada, el progreso puede estancarse.

La gestión de riesgos, lejos de ser solo una restricción, puede aportar estabilidad y legitimidad. Se trata de evitar colapsos por accidentes, uso malicioso o pérdida de control. También es clave que la seguridad y el apoyo político avancen al ritmo de las capacidades tecnológicas.

Por último, está la difusión global. Los sistemas que arraiguen definirán qué valores y modelos de gobernanza dominarán el orden digital. Pekín ya exporta gobernanza de IA mediante sistemas y estándares; Washington declara compromiso, pero aún debe demostrarlo en la práctica.

Los aliados y socios son la pieza final. Coordinarse con socios fiables multiplica la capacidad estadounidense y aumenta la probabilidad de que la era de la IA sea moldeada por sistemas democráticos y no autoritarios.

Primer Mundo Posible

Superinteligencia frente a inteligencia limitada e irregular, dificultad frente a facilidad para alcanzar al líder y una China que compite agresivamente frente a una que no compite: tres ejes generan ocho mundos posibles. La tarea de los responsables políticos es llenar cada celda de esta matriz con opciones políticas razonables.

Comencemos con un mundo en el que la superinteligencia es alcanzable, copiar la tecnología es difícil y China compite a toda velocidad. Este mundo se asemejaría a una mezcla entre una carrera armamentística y una carrera espacial: la competencia se centraría en alcanzar primero la tecnología más avanzada y asegurarla. En tal escenario, los riesgos serían extremadamente altos. Quien desarrollara y controlara los sistemas más avanzados obtendría ventajas tecnológicas, económicas y militares duraderas. Algunos sostienen que, en el extremo, si comienza una auto-mejora recursiva, el liderazgo podría volverse auto-reforzado y cerrar la brecha sería prácticamente imposible.

Estados Unidos podría verse obligado a considerar un “Proyecto Manhattan 2.0”, movilizando recursos públicos, coordinación extraordinaria entre gobierno e industria y niveles de secreto propios de programas militares. Bajo estas condiciones, Washington endurecería al máximo los controles de exportación, reforzaría la protección de datos, modelos y centros de datos, y coordinaría estrechamente con aliados. También surgiría la gestión conjunta de riesgos con China para evitar la pérdida de control humano sobre la superinteligencia, aunque acuerdos de moderación mutua serían frágiles por la desconfianza.

Si cerrar la brecha es difícil, Estados Unidos podría tener una ventana estrecha para alcanzar primero la superinteligencia, debiendo decidir si impedir que otros la alcancen o prepararse para mitigar daños si China llega primero. Si ambas potencias cruzan el umbral, deberán reducir riesgos mediante comunicación, contención y prevención de proliferación hacia actores no estatales.

Segundo Mundo Posible

En otro mundo, la superinteligencia sigue siendo posible y cerrar la brecha sigue siendo difícil, pero China no compite activamente. Estados Unidos viviría un momento unipolar de IA. La dificultad de alcanzar al líder casi garantizaría que EE. UU. permanezca en la cima tecnológica y tenga la oportunidad de definir el orden futuro. La cuestión ya no sería cómo ganar la carrera, sino cómo gobernar el liderazgo.

El progreso podría seguir un ritmo más moderado; no sería necesaria una movilización tipo Manhattan, aunque el gasto en I+D seguiría alto. Washington debería proteger capacidades clave y, al mismo tiempo, mantener un ecosistema innovador dinámico. También debería impedir que China adquiera propiedad intelectual de empresas de IA en dificultades.

Estados Unidos intentaría construir un orden de IA democrático basado en confianza. La difusión sería selectiva: acceso seguro para aliados, evitando proliferación incontrolada. Internamente, el país podría centrarse en un nuevo contrato social, transformando ganancias de productividad en bienestar amplio y resiliencia social.

Sin embargo, este momento unipolar no sería permanente: si EE. UU. alcanza la superinteligencia, China podría entrar rápidamente en modo carrera. Washington tendría que decidir cómo usar su ventaja para moldear la difusión tecnológica.

Tercer Mundo Posible

Un tercer escenario sería un mundo de plena difusión: superinteligencia alcanzable, fácil cerrar la brecha y China liderando. Los avances se acumulan rápido, pero también se copian rápidamente. En este mundo, la prioridad de EE. UU. sería la resiliencia, no la contención: fortalecer ciberseguridad, bioseguridad, infraestructura y defensa frente a amenazas potenciadas por IA.

La carrera o el seguimiento rápido se volverían decisiones estratégicas. Si las ventajas tecnológicas son efímeras, permitir que otros lleguen primero podría abrir vulnerabilidades críticas. La mejor estrategia sería competir defensivamente, manteniendo inversión en I+D y capacidades avanzadas, combinadas con nuevas capas de seguridad.

El ecosistema de innovación sufriría presión: si todo se copia rápidamente, muchas empresas líderes podrían desaparecer al perder rentabilidad. La gestión de riesgos se volvería central, incluyendo cooperación global —incluso con China— para limitar acceso de actores irresponsables. Los controles de exportación podrían seguir siendo útiles, pero su eficacia dependería de por qué es fácil cerrar la brecha.

Cuarto Mundo Posible

Si la superinteligencia es alcanzable, la brecha fácil de cerrar y China no compite, Estados Unidos tendría una breve ventana unipolar. Podría alcanzar primero la superinteligencia, pero otros cerrarían la brecha rápidamente. Si China no compite, podría ser racional ralentizar la carrera para evitar un escenario de difusión total, aunque seguiría siendo arriesgado.

Si EE. UU. continúa compitiendo, deberá decidir cómo usar su ventaja: impedir que otros alcancen la tecnología o fortalecer defensas y seguridad frente a pérdida de control y proliferación.

China, al no competir directamente, podría optar por comercializar innovaciones estadounidenses, expandir sistemas de IA de bajo costo globalmente y conectar IA con el mundo físico mediante robótica. Esto convertiría la difusión en el principal campo de competencia. Estados Unidos debería invertir en robótica y manufactura avanzada para transformar avances digitales en poder industrial, y expandir sistemas seguros y democráticos antes de que China llene el vacío.

Quinto Mundo Posible

En el siguiente conjunto de mundos posibles, la superinteligencia ya no está sobre la mesa. En uno de estos escenarios, alcanzar las tecnologías disruptivas es difícil y China compite hacia la frontera tecnológica. Estados Unidos y China entrarían en una carrera de innovación desgastante. Aunque los riesgos serían altos, no alcanzarían el nivel de los escenarios con superinteligencia. Seguiría siendo importante invertir en I+D —aunque no en modo de emergencia— y complementar ese esfuerzo con políticas industriales a largo plazo que desarrollen capacidades en robótica y manufactura avanzada.

Los responsables políticos deben ser conscientes de que los mercados suelen evaluar mal los puntos de inflexión: los inversores pueden declarar prematuramente una “burbuja” antes de que la IA alcance su potencial, o continuar invirtiendo mucho después de que la tecnología haya madurado. La gestión de riesgos debería centrarse menos en la pérdida de control y más en el uso indebido en ámbitos biológicos, cibernéticos o militares.

La difusión y adopción adquieren mayor relevancia. Estados Unidos debería promover la adopción agresiva de la IA tanto en la industria como en las fuerzas armadas, y acelerar la expansión internacional de sistemas estadounidenses y aliados. Como demuestran experiencias previas de Pekín, modelos no necesariamente de vanguardia, pero bien integrados, asequibles o respaldados por infraestructura sólida, pueden capturar grandes cuotas de mercado.

Aunque la seguridad de modelos y centros de datos sigue siendo importante pues cerrar la brecha no es fácil la prioridad estratégica sería desplegar rápidamente sistemas capaces antes de que alternativas chinas se consoliden, generando familiaridad y dependencia. Los controles de exportación mantienen valor para frenar el avance chino, pero Washington debe evitar que obstaculicen su propia difusión internacional.

Sexto Mundo Posible

En un mundo sin superinteligencia, donde cerrar la brecha es difícil y China no compite, Estados Unidos disfrutaría de un liderazgo cómodo y una ventana significativa para consolidar su ventaja. Podría usar la IA para desarrollar nuevos medicamentos, ampliar la educación y revitalizar industrias rezagadas. China no abandonaría la IA, pero limitaría su inversión en la frontera tecnológica, quedando fuera de la competencia por la vanguardia. En su lugar, se centraría en aplicaciones y en comercializar innovaciones estadounidenses.

Washington podría entonces concentrarse en seguridad, rendición de cuentas y en garantizar que los beneficios de la IA se traduzcan en prosperidad amplia.

En el ámbito internacional, EE. UU. tendría margen para articular una visión positiva de un mundo moldeado por la IA, invitando a socios a su ecosistema, ofreciendo acceso a modelos, datos e infraestructura, pero manteniendo elementos críticos bajo control nacional. El objetivo no sería una expansión indiscriminada, sino asegurar que los sistemas difundidos sean seguros y coherentes con valores democráticos.

Séptimo Mundo Posible

En este escenario, la IA es limitada e irregular, cerrar la brecha es fácil y China compite activamente. Estados Unidos y China entrarían en una carrera de difusión. Dado que los avances se copian con rapidez, ninguna potencia podría monopolizar la inteligencia por mucho tiempo; la ventaja dependería de desarrollar y comercializar más rápido que el rival.

Movilizar capital privado sería más difícil: si la tecnología se copia fácilmente, los inversores pueden percibir rendimientos indefendibles. Aun así, EE. UU. debe competir; los sistemas que se difundan primero darán forma al entorno global y deberían reflejar valores estadounidenses.

La difusión se convertiría en un pilar central de la política exterior. China ya impulsa su tecnología en mercados extranjeros, a menudo junto con financiamiento y grandes proyectos de desarrollo. Washington debería situar la difusión de IA en el centro de la acción gubernamental, ampliar el mandato y capital de instituciones como la Corporación Financiera para el Desarrollo Internacional y ayudar a empresas estadounidenses y aliadas a establecer centros de datos, redes y sistemas adaptados regionalmente.

En un mundo donde copiar es fácil y la difusión inevitable, el secretismo aporta pocos beneficios. Podría ser más estratégico liberar versiones seguras en código abierto o bajo licencias amplias, asegurando que funcionen en plataformas estadounidenses o aliadas. En este escenario, los controles de exportación pierden eficacia e incluso podrían debilitar la carrera de difusión.

Octavo Mundo Posible

En el último mundo posible, la IA se asemeja a muchas tecnologías anteriores. Estados Unidos lidera en innovación, pero los avances se copian fácilmente. Este “free riding” dificulta movilizar inversión privada para grandes avances, y como China no compite agresivamente, la justificación de gasto público por seguridad nacional es menos apremiante. La inversión se guía por los retornos esperados de la difusión. Los modelos de código abierto probablemente dominen.

La competencia por el liderazgo sería esencialmente una carrera de difusión, similar a la competencia por el 5G. La tarea de Washington sería asegurar que sistemas estadounidenses y aliados confiables se conviertan en la infraestructura global predominante, dejando menos espacio a alternativas chinas de bajo costo.

De Los Escenarios A La Estrategia

La estrategia en la era de la IA no consiste en predecir un único resultado, sino en pensar en términos de probabilidades. Los responsables políticos deberían comenzar seleccionando un escenario base —el que consideran más probable— y probar cada política importante contra él: ¿tiene sentido en este mundo? También deben prepararse para escenarios de alto riesgo, como el Primer Mundo, desarrollando salvaguardias que funcionen incluso en los entornos más difíciles.

Esto implica identificar políticas que funcionen en múltiples mundos, cuáles pueden revertirse si cambian las condiciones y cuáles serían perjudiciales si el escenario base resulta equivocado.

El Consejo de Seguridad Nacional debería usar esta matriz para someter la política estadounidense a pruebas de estrés frente a futuros alternativos. La comunidad de inteligencia debe monitorear señales en los tres ejes —velocidad de progreso en la frontera tecnológica, facilidad de copia, cambios en la inversión china— y actualizar probabilidades.

El objetivo no es acertar perfectamente el futuro, sino equilibrar riesgo y beneficio, ajustar prioridades y redibujar la matriz cuando sea necesario.

Este marco también ayuda al debate público. Muchas discusiones sobre IA y geopolítica se cruzan sin aclarar supuestos. Preguntar qué futuro se asume ¿avance rápido o estancamiento? ¿difusión rápida o difícil? ¿China compite o no?— permite entender si el desacuerdo es sobre políticas o sobre escenarios implícitos.

El propósito no es predecir el mundo final, sino disciplinar la estrategia bajo incertidumbre. La matriz puede evolucionar a medida que surjan nuevas dimensiones: si la superinteligencia se vuelve claramente alcanzable, podrían evaluarse nuevos ejes como superinteligencia beneficiosa versus peligrosa. Otros actores además de China podrían ganar relevancia.

La geopolítica en la era de la IA no será simple. Sin pensamiento disciplinado, la estrategia colapsa bajo supuestos ocultos. Este marco ofrece una manera de ver a través de la niebla, mapeando mundos posibles y las decisiones que implican.

La tarea para los responsables políticos es clara: tratar la IA no como una única historia, sino como un paisaje cambiante. Si los líderes estadounidenses aprenden a pensar así, podrán dar forma a la era de la IA. De lo contrario, otros lo harán.

Jake Sullivan es profesor Kissinger en el Programa de Práctica de Gobierno y Orden Mundial de la Escuela Kennedy de Harvard. Se desempeñó como Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos entre 2021 y 2025.

Tal Feldman es candidato a doctor en Derecho en la Facultad de Derecho de Yale y anteriormente desarrolló sistemas de inteligencia artificial dentro del gobierno de Estados Unidos.