Falsa Garantía: La Factura Que Paga El Golfo y Las Lecciones
El 28 de febrero de 2026 por la mañana, cuando comenzó la “Operación Epic Fury (Furia Épica)”, una extraña sensación de optimismo dominaba las capitales del Golfo. La confianza en la arquitectura de seguridad construida con miles de millones de dólares pagados a Estados Unidos era total. La base de Al Udeid estaba en Catar, la Quinta Flota en Baréin y Camp Arifjan en Kuwait. Los misiles Patriot estaban desplegados y se habían adquirido armas por miles de millones de dólares. Estados Unidos estaba allí y todo parecía estar en orden.
Sin embargo, el colapso que emergió no fue ni repentino ni imprevisible. Había un problema mucho más profundo que una simple falla de inteligencia. La arquitectura de seguridad del Golfo asumía la disuasión como un resultado automático. Pero la disuasión no depende únicamente de la presencia militar, sino de una voluntad creíble sobre en qué condiciones y en qué medida se utilizará esa fuerza. Esa voluntad nunca se estableció de manera clara y vinculante.
En cuestión de horas, esa confianza se hizo añicos. Irán atacó a todos los países que albergaban bases estadounidenses. El número de misiles, drones y cohetes lanzados por Irán hacia el Golfo e Israel se acercó a los 7.000, de los cuales el 83 % tuvo como objetivo a los países del Golfo. El estrecho de Ormuz se cerró, el tránsito diario de buques cayó de 135 a 10, el precio del petróleo subió a 110 dólares y el suministro del 70 % de los alimentos importados por la región se vio interrumpido. Aun así, es evidente que la magnitud real del impacto supera con creces estas cifras. Ante este panorama, ¿lo primero que debe hacerse es exhibir la condición de víctima? No. Los países del Golfo no son solo víctimas de esta guerra; consciente o inconscientemente, también son parte de su arquitectura.
La Seguridad Vendida No Era Un Compromiso
Gran parte de lo que se dice sobre la arquitectura de seguridad del Golfo encubre la realidad. La verdad es la siguiente: Estados Unidos ha vendido seguridad a la región durante décadas, pero no ha ofrecido un compromiso de seguridad. La diferencia puede parecer menor, pero es decisiva. Quien vende seguridad también define sus límites; quien asume un compromiso está obligado a rendir cuentas por él. El Golfo creyó haber obtenido lo segundo cuando en realidad trataba con lo primero.
El comprador de seguridad no es plenamente determinante sobre su alcance ni sobre las condiciones de su uso. La decisión final suele depender de la voluntad política del proveedor. El comprador no puede decidir completamente cuándo, dónde y en función de qué intereses se utilizará esa seguridad. Por ello, atribuir toda la responsabilidad a Washington oculta esta realidad. Mientras no se cuestione esta forma de relación, el mismo modelo de dependencia se reproducirá tras cada crisis.
Arabia Saudí es el mayor cliente del programa de Ventas Militares al Extranjero (FMS) de Estados Unidos. Catar ocupa el segundo lugar. Emiratos Árabes Unidos posee el estatus de “Socio Mayor de Defensa”, que solo comparte con India. Arabia Saudí, Catar, Kuwait y Baréin tienen el estatus de “Aliado Principal No OTAN”. Sobre el papel, estos estatus parecen casi perfectos. Sin embargo, en la práctica, se traducen principalmente en un acceso más rápido a armamento avanzado estadounidense.
La dimensión técnica de esta arquitectura también suele malinterpretarse. Los sistemas de defensa aérea como Patriot pueden ser altamente eficaces frente a un número limitado de misiles balísticos. Pero en escenarios de ataques masivos, con cientos de misiles y drones lanzados simultáneamente, su eficacia disminuye rápidamente. En otras palabras, estos sistemas no ofrecen una “protección total”, sino una “reducción parcial”. Es decir, aunque funcionaron, no fueron suficientes.
Los países del Golfo ignoraron esta diferencia a nivel estratégico. Además, se trata de una trampa de costes: derribar drones que cuestan unos pocos miles de dólares con misiles Patriot de millones de dólares vuelve la defensa económicamente insostenible. Más aún, la presencia militar estadounidense no solo produce disuasión, sino también genera objetivos. Desde la perspectiva de Irán, los países que albergan bases estadounidenses no son actores neutrales, sino puestos avanzados del conflicto. Esto, lejos de aumentar su seguridad, los convierte en los primeros objetivos.
Nunca se firmó entre Estados Unidos y Arabia Saudí un acuerdo de defensa formal y aprobado que incluya una cláusula similar al Artículo 5 de la OTAN es decir, que considere un ataque contra uno como un ataque contra todos. Que Trump firmara en septiembre de 2025 una orden ejecutiva declarando que un ataque armado contra Catar sería considerado una amenaza a la seguridad de Estados Unidos, mientras Arabia Saudí ni siquiera obtuvo una garantía de ese nivel y tuvo que conformarse con un Acuerdo de Defensa Estratégica, muestra claramente la naturaleza de la negociación. Una orden ejecutiva no equivale a un compromiso de la OTAN ni a un tratado aprobado por el Congreso. Trump podría revocarla mañana mismo. De hecho, el propio Trump dijo que estaban “sorprendidos”. ¿No lo sabían los países del Golfo? Sí, lo sabían. Y aun así, eligieron construir y mantener esta arquitectura.
¿Por qué Colapsó La Arquitectura De Seguridad Del Golfo?
¿Por qué esta arquitectura se derrumbó tan rápidamente en su primera gran prueba? La respuesta no radica en la insuficiencia de las armas, sino en el hecho de que la propia arquitectura estaba construida sobre una premisa contradictoria. La presencia estadounidense, además de disuadir, también genera objetivos. Desde la perspectiva de Irán, Catar que alberga la base de Al Udeid y Baréin no eran Estados neutrales, sino puestos avanzados de la guerra. Los sistemas Patriot, por su parte, no proporcionaban la protección integral que se publicitaba, sino una reducción parcial del impacto de posibles ataques. En escenarios de ataques intensivos, con cientos de misiles y drones utilizados simultáneamente, la eficacia de estos sistemas disminuye rápidamente. No es posible afirmar que los países del Golfo desconocieran esto. Sin embargo, es evidente que esta realidad no se reflejó en sus cálculos estratégicos.
La presencia de Estados Unidos en la región no constituye una garantía absoluta de defensa, sino un posicionamiento militar basado en intereses. Washington no asume riesgos ilimitados en una guerra regional a menos que su propio territorio esté directamente amenazado. Esta realidad ha sido encubierta en el discurso por la retórica de la “asociación”, pero nunca ha desaparecido. En lugar de integrar su seguridad dentro de una estructura colectiva, los países del Golfo optaron por construir sistemas dependientes de Estados Unidos de forma individual. Al no establecer una red común de alerta temprana, defensa aérea y mando y control, cada país tuvo que responder por sí solo a los ataques.
Aquí es necesario ser claros. Las monarquías del Golfo no construyeron este orden de seguridad como actores pasivos, sino mediante decisiones conscientes. Catar invirtió 1.800 millones de dólares en la base aérea de Al Udeid. Arabia Saudí transfirió cientos de miles de millones de dólares a sistemas de armas estadounidenses durante décadas. Baréin, al albergar la Quinta Flota, cedió funcionalmente una parte de su soberanía. La presencia estadounidense funcionaba como un escudo disuasorio frente a amenazas internas y externas que podían poner en riesgo la estabilidad de los regímenes.
Cuando Irak invadió Kuwait en 1990, fue la coalición liderada por Estados Unidos la que liberó el país. Ese hecho permaneció siempre en el trasfondo. Sin embargo, estos mismos países nunca cuestionaron contra qué amenazas y en qué medida operaba esa disuasión, o prefirieron no hacerlo. ¿No fue una señal de advertencia el silencio de Estados Unidos ante el ataque con drones de los hutíes contra las instalaciones de Abqaiq de Saudi Aramco en 2019? En septiembre de 2025, durante el ataque en Doha en el que Israel atacó a líderes de Hamás, Estados Unidos ni siquiera proporcionó una advertencia suficiente a su aliado. Uno provenía de Irán, el otro de Israel, pero ambos apuntaban a la misma realidad: esta arquitectura no estaba diseñada para proteger al Golfo, sino para servir a los intereses de otros. Los límites de la disuasión producida por un Washington que decía “estamos sorprendidos” ya eran visibles. Las capitales del Golfo vieron estas señales, pero no las tradujeron en decisiones políticas.
Esta elección dificulta describirlos únicamente como víctimas y los convierte en actores corresponsables del proceso. Además, una política exterior centrada en la victimización debilita la capacidad de exigir responsabilidades. Y una arquitectura que no puede ser cuestionada tampoco puede renovarse. El inventario de armas creció, pero no se desarrolló una doctrina capaz de utilizarlo de forma independiente e integrada. Se importó seguridad, pero la amenaza siguió siendo local y permanente.
Una Pregunta Realista: ¿Y La Alternativa?
Antes de pasar a la alternativa, conviene abordar una objeción legítima: ¿no habría sido peor la situación sin la presencia estadounidense? Probablemente sí. Sin embargo, esto no significa que el modelo actual sea exitoso. Lo que debe discutirse no es la presencia de Estados Unidos en sí, sino cómo ha sido mal interpretada y convertida en una confianza excesiva. Y también es necesario plantear una pregunta clave: ¿qué puede sustituir a esta arquitectura de seguridad?
China ha incrementado su peso económico en la región en los últimos años y medió en el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí en 2023. Sin embargo, China no ofrece ni de facto ni de iure un compromiso de seguridad para el Golfo. Rusia, por su parte, como demuestra la experiencia en Siria, es más hábil en producir un caos controlado que en generar estabilidad. El pacto de defensa firmado con Pakistán abre una nueva perspectiva, pero, considerando los propios problemas de seguridad de Pakistán en su frontera con Afganistán y las señales de alineamiento de los talibanes con Irán, el alcance real de este acuerdo sigue siendo discutible.
La idea de construir una estructura similar a la OTAN dentro del Consejo de Cooperación del Golfo es ambiciosa, pero todavía carece de contenido concreto. Los sistemas de defensa de los países del Golfo no están integrados entre sí, sino principalmente con la infraestructura estadounidense. Superar esta dependencia requiere una transformación mucho más profunda que la simple adquisición de nuevos sistemas de armas. La arquitectura actual ha dejado de ser funcional, y aún no existe una alternativa clara que la sustituya. Esta contradicción revela la verdadera profundidad de la crisis.