Europa Se Rearma Sin Calcular Plenamente Sus Consecuencias Políticas
La decisión reciente de la administración estadounidense de retirar 5.000 soldados de Alemania, junto con el creciente malestar de Washington respecto a las actividades de Estados Unidos en Irán, ha incrementado aún más la necesidad de que Europa alcance una mayor autonomía estratégica. La Casa Blanca anunció este plan de retirada después de que el canciller alemán, Friedrich Merz, criticara las políticas intervencionistas de Donald Trump en Oriente Medio.
El proceso de rearme europeo ya está en marcha. Los gobiernos deben cumplir sus compromisos de aumentar los presupuestos de defensa en consonancia con el nuevo objetivo de la OTAN de destinar el 5 % del PIB a gastos militares. En 2025, los países europeos miembros de la OTAN y Canadá gastaron 574.000 millones de dólares (422.000 millones de libras esterlinas) en defensa, lo que representa un aumento de aproximadamente el 20 % con respecto al año anterior. Fue el incremento anual más pronunciado de los últimos 70 años.
El debate sobre la seguridad debe entrar ahora en una nueva fase, una que obligue a los gobiernos europeos a comprender las complejas consecuencias políticas del rearme. Estas consecuencias son cada vez más visibles. Entre ellas figuran la necesidad de establecer un equilibrio más difícil entre el gasto en defensa y los programas sociales, así como la posibilidad de que Alemania adquiera una posición dominante tanto en el ámbito militar como en el económico.
También existe el riesgo de que partidos populistas de derecha accedan al poder respaldados por arsenales militares considerablemente ampliados. Estas fuerzas políticas ya encabezan las encuestas en Francia, Alemania, el Reino Unido y otros países, y sus agendas no coinciden plenamente con la visión tradicional de cooperación en materia de seguridad que ha caracterizado a Europa durante décadas.
La militarización de Europa contribuye además a intensificar la carrera armamentística mundial y aumenta el riesgo de conflictos a gran escala. El rearme tiene asimismo consecuencias perjudiciales para el medio ambiente, mientras que la amenaza de una militarización excesiva podría desviar la atención de Europa de su enfoque tradicional de seguridad no militar, basado en el desarrollo social y la prevención de conflictos.
Estos desafíos indican que el rearme representa una transformación fundamental del orden europeo. Integrar este aumento de capacidades militares en unas estructuras de la Unión Europea y de la OTAN que aún no han sido reformadas podría generar nuevos desequilibrios.
Si la Unión Europea se transforma en una unión de seguridad sin alcanzar previamente un acuerdo político más equilibrado e inclusivo, corre el riesgo de perder su esencia como proyecto de paz.
El balance de las consecuencias
En algunos países europeos están creciendo las preocupaciones acerca de la necesidad de limitar y supervisar el posible poder militar alemán dentro de una estructura de la Unión Europea más profundamente integrada. Han reaparecido los llamamientos a la creación de un “ejército europeo”, una idea recientemente respaldada por el gobierno español, aunque todavía carece de una definición política concreta.
El aumento del gasto en defensa no se está produciendo únicamente a nivel nacional, sino también a través de instrumentos comunitarios que requieren una concepción más profunda de la seguridad colectiva. Muchos gobiernos europeos avanzan hacia un modelo de seguridad integral inspirado en los países nórdicos, donde se movilizan conjuntamente recursos militares y civiles. La Estrategia de Preparación de la Unión Europea, que entró en vigor en 2025, persigue precisamente este objetivo.
Estas consideraciones demuestran que una Europa más centrada en la seguridad debe ir acompañada de mecanismos continentales de debate político y rendición de cuentas. Si se pide a los ciudadanos que participen en un esfuerzo integral de defensa, también debe otorgárseles una mayor capacidad de influencia en las decisiones de seguridad. La opinión pública debe tener un papel más relevante tanto en los sacrificios que implicará el aumento del gasto militar como en cuestiones como la creciente superioridad militar de Alemania.
Sin embargo, el proceso de rearme se está desarrollando actualmente de una manera que refuerza las características opacas y orientadas a la gestión de crisis del proceso de toma de decisiones de la Unión Europea, precisamente aquellos elementos que alimentan a los partidos populistas intolerantes. Europa tendrá dificultades para legitimar su transformación centrada en la seguridad si no revitaliza simultáneamente su sistema político colectivo mediante una participación social más sólida y efectiva.
Las potencias europeas intentan actualmente actuar con mayor determinación para defender sus intereses geopolíticos a corto plazo. Al mismo tiempo, no han abandonado por completo los principios de cooperación basada en reglas y apertura que caracterizan al orden liberal.
Sin embargo, tienen dificultades para dotar esta estrategia de un contenido claro y coherente. Los gobiernos europeos aún no han alcanzado una posición común sobre hasta qué punto el rearme debe utilizarse únicamente para disuadir agresiones contra territorio europeo o también para proyectar poder de forma más contundente en el exterior.
La presencia europea en operaciones de seguridad y prevención de conflictos en otras regiones del mundo ha disminuido durante los últimos años. La retirada de las fuerzas de la Unión Europea de la región africana del Sahel constituye uno de los ejemplos más evidentes. No está claro si la actual orientación de seguridad pretende revertir esta tendencia o continuar por la misma senda.
El rearme también plantea interrogantes sobre la arquitectura institucional del orden europeo. Las nuevas dinámicas de seguridad están modificando los equilibrios de poder y las relaciones entre las instituciones regionales. Por ejemplo, están reincorporando al Reino Unido al centro de los asuntos europeos y fomentando debates sobre nuevas formas de alianzas flexibles en todo el continente.
Dentro de la OTAN ya existe un retraso considerable en la mejora del reparto de cargas y la coordinación entre los países europeos. Sin embargo, es poco probable que la Alianza sea suficiente como marco estructural y normativo para una futura autonomía estratégica europea en la era posterior a Trump. Serán necesarios formatos más flexibles, tanto desde el punto de vista temático como geográfico.
En la cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada el 4 de mayo en Armenia, los asuntos de defensa y seguridad ocuparon un lugar central. En ella participaron no solo los miembros de la Unión Europea, sino también el Reino Unido y otras potencias europeas ajenas al bloque comunitario. Las recientes coaliciones europeas creadas en torno a la seguridad de Ucrania y a la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz podrían anticipar una tendencia hacia agrupaciones estatales más funcionales y cambiantes.
Los debates sobre seguridad no coinciden plenamente con el ámbito económico y regulatorio de la Unión Europea, lo que hace necesario reflexionar sobre formatos innovadores. El gobierno británico, que ha quedado excluido de algunos planes de seguridad de la UE, deberá aportar propuestas proactivas para una reestructuración más profunda que vaya mucho más allá de las actuales negociaciones de reinicio de las relaciones entre Londres y Bruselas.
Mientras la Unión Europea define su nueva estrategia de seguridad y el Reino Unido pone en marcha la revisión de su estrategia de defensa, los gobiernos europeos deberán afrontar las consecuencias políticas del rearme. Estas implican desafíos estructurales mucho más complejos que el simple aumento de los presupuestos militares, aunque por el momento los gobiernos parecen preferir posponer este debate.
Mientras estas cuestiones permanezcan sin resolver, el rearme europeo se asentará sobre bases frágiles y generará numerosos problemas en el futuro.
Richard Youngs es profesor de Política Internacional y Europea en la Universidad de Warwick.