«Estamos En Un Buen Momento»: La Peligrosa Ilusión De La OTAN, Europa y La Seguridad Nuclear
«Creo que, en lo que respecta al ámbito nuclear, estamos en un muy buen momento». Con estas palabras describió el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, el estado de la estrategia nuclear de la Alianza durante la rueda de prensa previa a la Cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, la capital de Türkiye, el 6 de julio de 2026. La intención de esta declaración era transmitir un mensaje de estabilidad, confianza y seguridad. Sin embargo, para cualquiera que conozca la historia de la era nuclear, estas palabras revelan algo mucho más inquietante: la peligrosa normalización de la idea de que más armas nucleares, más despliegues y una confrontación de mayor envergadura pueden producir, de algún modo, una mayor seguridad.
Aquí reside precisamente la mayor paradoja de la política de seguridad europea contemporánea —si es que puede hablarse de una política de seguridad europea coherente—. Un continente devastado por dos guerras mundiales, que construyó sus instituciones de posguerra precisamente para superar el ciclo de la competencia militar, vuelve a adoptar una lógica en la que el poder militar, la disuasión y la confrontación estratégica se convierten en los pilares del orden político. Lo más preocupante es que la dimensión nuclear de esta transformación apenas se ha convertido en objeto de un debate verdaderamente significativo.
Europa se está transformando progresivamente en un espacio donde las potencias nucleares se encuentran más próximas entre sí que nunca. La adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN ha modificado de manera sustancial la geografía estratégica del norte de Europa. Finlandia, que durante décadas basó su política de seguridad en la neutralidad militar y en un cuidadoso equilibrio frente a la Unión Soviética, modificó su marco jurídico tras ingresar en la Alianza para permitir el eventual despliegue de capacidades nucleares en su territorio. Al mismo tiempo, la región del Báltico se está convirtiendo en una de las zonas más militarizadas de Europa.
En el centro de esta nueva inquietud geopolítica se encuentra Kaliningrado, el enclave ruso situado entre Polonia y Lituania y rodeado por Estados miembros de la OTAN. Para Moscú constituye una fortaleza estratégica de importancia vital; para la OTAN, en cambio, suele describirse como un posible punto de partida para una agresión rusa. Precisamente por su aislamiento geográfico y su importancia militar, Kaliningrado se ha convertido en el símbolo de la zona de confrontación más peligrosa de Europa. Un error de cálculo, un accidente o una provocación deliberada podrían desencadenar allí una crisis de consecuencias imprevisibles.
En los días previos a la Cumbre de Ankara circularon numerosas evaluaciones políticas, informes de inteligencia y especulaciones mediáticas que reflejaban precisamente este clima de miedo y desconfianza mutua. Según una de esas especulaciones, Rusia podría llevar a cabo una operación limitada en la región del Báltico o cerca de Polonia con el objetivo de «poner a prueba» la voluntad política de la OTAN de activar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte.
Al mismo tiempo surgieron especulaciones de signo contrario: que la creciente tensión en torno a Kaliningrado pudiera servir de pretexto para operaciones de falsa bandera, es decir, incidentes cuyo verdadero origen permaneciera deliberadamente ambiguo, pero que generaran presión política para una mayor escalada. En un escenario de ese tipo, el temor a una agresión rusa podría utilizarse para justificar una ampliación de la presencia militar y nuclear de Estados Unidos en toda Europa.
Este tipo de escenarios puede estar muy alejado de la realidad. Sin embargo, el simple hecho de que circulen en el espacio público demuestra hasta qué punto la lógica de la confrontación ha alcanzado niveles peligrosos. En la era de la guerra híbrida, las operaciones cibernéticas, las campañas de desinformación y la guerra informativa, la frontera entre las amenazas objetivas y las percepciones de inseguridad construidas socialmente se vuelve cada vez más difusa. Ello facilita la manipulación política del miedo y crea un terreno propicio para generar consenso en favor de una militarización aún mayor.
Examinada con detenimiento, esta situación pone de manifiesto las deficiencias fundamentales de la propia disuasión nuclear. La disuasión presupone la existencia de dirigentes racionales, información perfecta y la capacidad de controlar las crisis. Sin embargo, la historia de la Guerra Fría demuestra exactamente lo contrario. La humanidad evitó una catástrofe nuclear no porque el sistema nuclear fuera intrínsecamente seguro, sino porque, en varios momentos críticos, determinados responsables de la toma de decisiones se negaron a actuar siguiendo la lógica del peor escenario posible. La paz nuclear nunca ha sido el resultado de un control perfecto. Ha consistido, más bien, en evitar una y otra vez una catástrofe que siempre ha permanecido al borde de hacerse realidad.
Lo que resulta aún más preocupante es que esta lógica ya no se limita a Europa. Aunque no exista oficialmente como una estructura institucional, lo que podría describirse como una «OTAN global» continúa expandiéndose mediante fórmulas de cooperación y de supuesto intercambio nuclear con países como Japón y Corea del Sur. Al igual que en Europa, en el Indo-Pacífico aumentan los presupuestos militares, se crean nuevos mecanismos estratégicos y se abre cada vez más espacio para la creciente presencia militar estadounidense, incluida su dimensión nuclear. Japón, el único país que ha sufrido bombardeos atómicos contra población civil, avanza de manera constante hacia la normalización del poder militar. Corea del Sur debate cada vez con mayor intensidad si debe desarrollar su propia capacidad nuclear o depender aún más del paraguas nuclear estadounidense. Australia, por su parte, se ha convertido en un componente esencial de una estrategia más amplia destinada a contener a China mediante nuevos acuerdos de seguridad. De este modo, la lógica orwelliana de la «paz mediante la fuerza» se reproduce desde el mar Báltico hasta el océano Pacífico.
Las guerras libradas contra Irán entre 2025 y 2026 también han producido otra consecuencia peligrosa que muy pocos en Occidente parecen dispuestos a reconocer. Las operaciones militares fueron justificadas como una medida necesaria para impedir que Irán adquiriera armas nucleares. Sin embargo, su efecto político podría ser exactamente el contrario. Para numerosos actores internacionales, la lección resulta evidente: los Estados que no poseen armas nucleares son vulnerables a las intervenciones militares externas, mientras que aquellos que disponen de un arsenal nuclear gozan de un grado considerable de inmunidad frente a ataques directos. Esta lógica puede ser dura, pero resulta comprensible: si Irán ya hubiera sido una potencia nuclear, la probabilidad de una operación militar de esa naturaleza habría sido, con casi total certeza, mucho menor. En lugar de fortalecer el régimen de no proliferación y promover, en última instancia, la eliminación total de las armas nucleares, esta guerra podría incentivar a los Estados no nucleares a concluir que la única garantía real de supervivencia consiste en disponer de armas nucleares, incluso si ello implica permanecer bajo el paraguas de otra potencia.
Todo ello nos conduce a una pregunta fundamental: ¿se vuelve el mundo más seguro porque existan más focos de tensión nuclear? ¿O, por el contrario, se vuelve más vulnerable porque un mayor número de actores, de sistemas de armas y de líneas de confrontación incrementa inevitablemente las probabilidades de errores de cálculo? Las respuestas parecen evidentes.
Bajo las banderas de la disuasión y la protección, el pilar europeo de la OTAN corre el riesgo de quedar atrapado en un estado permanente de confrontación. En lugar de desarrollar una arquitectura de seguridad europea autónoma basada en la cooperación, la diplomacia, el control de armamentos y la reducción de riesgos, Europa se está convirtiendo progresivamente en un escenario donde las grandes potencias ponen constantemente a prueba la determinación de sus rivales.
Por ello, la verdadera pregunta tras la Cumbre de Ankara no es si Europa se encuentra «en un buen momento». La cuestión esencial es si Europa es realmente hoy un lugar más seguro o si simplemente está mejor armada para afrontar un futuro en el que nadie estará verdaderamente seguro. La ilusión más peligrosa de la era nuclear consiste en creer que, porque la catástrofe no se ha producido durante mucho tiempo, puede mantenerse indefinidamente bajo control. La verdadera seguridad comienza precisamente allí donde termina la dependencia de una preparación permanente para la guerra.
Biljana Vankovska es una politóloga de los Balcanes (Macedonia) que busca dar voz a quienes permanecen en los márgenes, demostrar que la periferia también puede pensar, cuestionar y resistir los discursos dominantes de Occidente y la producción imperial del conocimiento. Su trabajo está orientado a comprender, interpretar y transformar el mundo.