Estados Malévolos: Hacia Una Nueva Gramática De Las Relaciones Internacionales
Los conceptos empleados en las relaciones internacionales suelen ocultar la violencia y la impunidad de los más poderosos. Para sacar a la luz el daño que provocan más allá de sus fronteras, necesitamos nuevos conceptos.
La injusticia no se ejerce únicamente sobre las personas y los Estados; alcanza también a las palabras y a los conceptos. Quizá en ningún ámbito resulte esto tan evidente como en las relaciones internacionales, donde el poder se impone con demasiada frecuencia a la sabiduría y a la sensatez. Quienes controlan el dinero, el comercio, la tecnología y los recursos también intentan controlar los conceptos mediante los cuales se interpreta el mundo. Nombrar y encuadrar permite definir enemigos, desacreditar adversarios, fabricar justificaciones para la guerra y la agresión, ennoblecer la propia imagen y promover determinados intereses políticos. En suma, los conceptos producen una imagen de la realidad.
El gigantesco aparato estadounidense de producción conceptual ha generado toda una serie de términos cargados de connotaciones y profundamente desiguales, mientras que el poder de Estados Unidos ha contribuido posteriormente a imponerlos en el resto del mundo. Naturalmente, existe una enorme asimetría entre la capacidad de los Estados poderosos para producir y poner en circulación esta clase de conceptos y la posibilidad de que los Estados más débiles hagan lo mismo. Con el propósito de introducir una mayor justicia en este terreno desigual de las ideas, este ensayo propone una categoría diferente: el Estado malévolo.
Todo Estado, por supuesto, puede causar daño. Pero cuando la propia estructura histórica de un Estado se encuentra edificada sobre la producción de daño, la malevolencia deja de ser una respuesta ocasional dictada por la necesidad y se transforma en una forma de existencia persistente. Por esta razón, el Estado malévolo suele ser gigantesco e imperial: sus brazos se extienden por todos los rincones del mundo.
La malevolencia y la invención de un concepto en las relaciones internacionales
Las relaciones internacionales nunca han constituido un ámbito de diplomacia amable. Siempre han sido caóticas, violentas, orientadas por el poder y teñidas de sangre. La historia de la humanidad está marcada por ocupaciones, pérdidas masivas de vidas humanas y conflictos devastadores impulsados por potencias situadas a miles de kilómetros de los lugares donde se producía la destrucción. Sin embargo, más insidiosos incluso que la violencia física son los conceptos concebidos por los poderosos para absolver y legitimar su propia conducta, al tiempo que culpabilizan y estigmatizan a las víctimas de su malevolencia.
El vocabulario político y académico de matriz occidental ha producido numerosas categorías destinadas a clasificar y estigmatizar a los Estados, mientras que términos como «Estado canalla» (rogue state) han adquirido un lugar especialmente destacado en el discurso de la política exterior estadounidense. Irónicamente, estos términos producidos en Occidente son tan defectuosos desde el punto de vista teórico como agresivos desde el punto de vista político.
Vivimos ahora en un mundo de «posverdad», donde la verdad ha quedado subordinada al ruido de las narrativas. En este escenario, el objetivo no consiste tanto en reflejar la realidad como en asegurar la hegemonía global. Este esfuerzo se ve alimentado por think tanks de orientación derechista que producen un vocabulario cargado y despectivo, convertido en arma al servicio de la supremacía geopolítica.
Estos conceptos presentan a los Estados más débiles como males existenciales que Occidente tendría la responsabilidad moral de contener, ocultando así un llamativo punto ciego: la violencia estructural de las superpotencias que pueden parecer ordenadas dentro de sus propias fronteras mientras provocan devastación fuera de ellas. Si las categorías existentes dirigen el escrutinio hacia los Estados más débiles y, al mismo tiempo, pasan por alto los daños ocasionados por los más poderosos, entonces necesitamos un concepto analítico diferente: el Estado malévolo.
Este término merece ocupar un lugar en el campo de las relaciones internacionales. Un Estado malévolo no se limita a infringir las reglas del orden global; reescribe esas reglas con el propósito de institucionalizar su propia impunidad. Más importante aún, la capacidad de ejercer la malevolencia aumenta con la capacidad material del Estado. Mientras el discurso dominante presenta con frecuencia a los Estados frágiles y más débiles como principales fuentes de inestabilidad mundial, la capacidad de producir daño a escala internacional no puede separarse del poder general de un Estado. Cuanto mayor sea ese poder, mayor será también su capacidad potencial de causar daño; por ello, las superpotencias pueden infligir perjuicios a una escala que queda fuera del alcance de los Estados más pequeños.
Anatomía del poder malévolo
El poder malévolo rara vez descansa únicamente sobre invasiones brutales o impulsivas. Opera, más bien, a través de una red más silenciosa de mecanismos económicos, culturales, jurídicos y militares que consumen a las sociedades extranjeras al tiempo que permiten eludir la rendición de cuentas.
En el plano económico, el Estado malévolo contempla el mercado mundial como un motor de explotación. Mediante acuerdos comerciales asimétricos y prácticas crediticias depredadoras puede paralizar las economías en desarrollo, dejándolas estructuralmente dependientes e incapaces de construir industrias nacionales soberanas. Este proceso suele hacerse posible gracias a los estrechos vínculos existentes entre el poder estatal y los grandes conglomerados empresariales transnacionales.
Para ocultar esta depredación económica, el poder malévolo pone en funcionamiento su aparato cultural. Inventa «mitos civilizadores» y presenta sus intervenciones bajo el noble lenguaje de la democracia, el desarrollo o los derechos humanos. Bajo esta apariencia, las culturas locales quedan marginadas, mientras que los pueblos extranjeros son representados como inherentemente atrasados o peligrosos. Un poderoso aparato mediático contribuye, a su vez, a presentar la hegemonía de la superpotencia como algo simultáneamente natural y benevolente.
En el terreno jurídico, el Estado malévolo se muestra como un ferviente defensor del «orden internacional basado en reglas», siempre que sea él mismo quien redacte esas reglas y pueda quedar exento de ellas. Las superpotencias malévolas pueden aprovechar vacíos jurídicos para eludir responsabilidades y ocultar injusticias sistémicas bajo una apariencia de legalidad. Pueden negarse a ratificar tratados como el Estatuto de Roma, obstaculizar investigaciones internacionales independientes y delegar sus actividades desestabilizadoras en actores locales corruptos que operan como intermediarios.
Cuando el poder blando alcanza sus límites, los Estados malévolos recurren a formas menos visibles de violencia. En lugar de asumir los costes políticos de una ocupación militar abierta, pueden organizar golpes de Estado encubiertos, financiar insurgencias o recurrir a formas de castigo colectivo. Mediante amplias sanciones unilaterales y embargos, pueden restringir el acceso a medicamentos y alimentos con el objetivo de empujar a las poblaciones civiles hacia la capitulación política. La guerra abierta y la ocupación directa nunca desaparecen por completo: permanecen como la opción última dentro de un amplio repertorio de mecanismos coercitivos.
Este esquema operativo no es enteramente nuevo. Las estrategias desplegadas por las superpotencias contemporáneas —en particular por Estados Unidos— pueden entenderse como prolongaciones modernizadas y digitalizadas del imperialismo europeo clásico.
La Gran Bretaña colonial perfeccionó la explotación mediante la fragmentación institucional. A través de monopolios corporativos como la Compañía de las Indias Orientales, extrajo enormes cantidades de riqueza del subcontinente indio, al tiempo que devastaba industrias locales, entre ellas el sector textil. Paralelamente, Londres convirtió las divisiones religiosas y étnicas en instrumentos de poder mediante estrategias de «divide y vencerás», dejando tras de sí fronteras profundamente fragmentadas y legados políticos como los asociados a la partición de la India que continúan alimentando tensiones geopolíticas hasta nuestros días.
La Francia colonial siguió una política de agresivo borrado cultural y apartheid jurídico. Bajo la denominada «misión civilizadora», el Estado francés reprimió sistemáticamente las lenguas y religiones autóctonas. Mediante el Código del Indigenato, privó a las poblaciones indígenas de derechos fundamentales y las sometió a trabajos forzados y detenciones arbitrarias, al tiempo que protegía los privilegios de los colonos franceses. Incluso durante el periodo poscolonial, París conservó una considerable capacidad de influencia financiera en determinadas regiones de África a través de mecanismos monetarios como el franco CFA.
El Estados Unidos contemporáneo pone de manifiesto hasta qué punto ha evolucionado el imperialismo europeo clásico. Aunque ha abandonado en gran medida las colonias territoriales formales, mantiene una extensa red de bases militares por todo el mundo y ejerce un notable control sobre las principales arterias de las finanzas globales. El discurso y las prácticas políticas estadounidenses de los últimos tiempos han contribuido a intensificar formas de malevolencia en las relaciones internacionales, no solo frente a sus adversarios, sino incluso en sus vínculos con sus propios aliados.
Gracias a su posición dominante en las redes bancarias internacionales, Washington puede ejercer una enorme presión sobre las economías extranjeras. Sus sanciones unilaterales pueden funcionar como instrumentos de castigo colectivo capaces de deteriorar los sistemas sanitarios y empobrecer a las poblaciones de aquellos Estados que se niegan a someterse a las exigencias estadounidenses. Estados Unidos practica, además, una forma de excepcionalismo jurisdiccional: exige a otros que respeten las normas internacionales mientras se niega a ser parte del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (CPI).
El concepto de Estado malévolo pretende corregir un desequilibrio presente en el discurso de las relaciones internacionales, especialmente en la manera en que este evalúa políticas exteriores ideológicas e imprevisibles, incluidas aquellas asociadas, en la historia reciente de Estados Unidos, a liderazgos caracterizados como profundamente dogmáticos y mediocres. Durante demasiado tiempo, el discurso de matriz occidental se ha concentrado en las debilidades estructurales del Sur Global, al tiempo que ha pasado por alto la violencia institucionalizada y la malevolencia deliberada de las superpotencias mundiales.
Por ello, los Estados no deberían ser evaluados primordialmente por la vitalidad de sus procesos electorales internos ni por la nobleza de su retórica, sino por las consecuencias concretas de su política exterior sobre la vida de las personas más allá de sus propias fronteras. Ya se trate de las trampas jurídicas de la Francia colonial, de las fracturas geopolíticas legadas por Gran Bretaña o de las prácticas contemporáneas de asfixia financiera y ostentación militar de Estados Unidos, opera una misma lógica: la usurpación de la soberanía humana oculta tras la máscara de la superioridad moral.
La malevolencia: el rostro oscuro del poder
El Estado malévolo todavía no constituye una categoría formal dentro de la teoría dominante de las relaciones internacionales. Sin embargo, la cuestión más amplia permanece abierta: ¿qué significa que un Estado sea fundamentalmente perjudicial para el sistema internacional?
Es innegable que numerosos Estados del Sur Global pueden ejercer formas de tiranía o malevolencia dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, los Estados poderosos, guiados por doctrinas de excepcionalismo y respaldados por fuerzas armadas capaces de proyectar poder a escala mundial, pueden ejercer formas de coerción internacional de dimensiones civilizatorias. Pueden socavar la estabilidad regional financiando insurgencias, facilitando el tráfico de armas y respaldando a grupos armados que actúan como fuerzas interpuestas. Pueden mostrarse indiferentes ante el derecho internacional, asumir simultáneamente los papeles de juez, jurado y verdugo, y movilizar un gigantesco sistema militar-industrial optimizado para la acumulación de poder y beneficios a costa de la paz mundial.
Si los conceptos son instrumentos de poder, no deberíamos examinar únicamente las etiquetas impuestas a los Estados más débiles, sino también las estructuras perjudiciales creadas por los poderosos. La cuestión no consiste solamente en determinar qué Estados vulneran el orden internacional. Consiste también en preguntarnos qué Estados poseen el poder necesario para moldear ese orden, eludir sus restricciones y convertir su propia impunidad en parte integrante del diseño mismo del sistema.
Esta es, precisamente, la pregunta que el concepto de Estado malévolo pretende obligarnos a formular.
*El profesor Ibrahim Arafat es investigador sénior del Instituto de Investigación Estratégica Global (GISR) de la Universidad Hamad Bin Khalifa.