¿Es Türkiye El Próximo Irán Para Israel?
El 17 de febrero, durante la Conferencia de Presidentes de las Principales Organizaciones Judías Estadounidenses celebrada en Jerusalén, el ex primer ministro Naftali Bennett pronunció una frase que desde entonces se ha convertido en una síntesis del cambio en el pensamiento estratégico de Israel: “Türkiye es el nuevo Irán”. Bennett acusó a Recep Tayyip Erdoğan de intentar “cercar a Israel”. También acusó a Ankara y Doha de alimentar un eje de los Hermanos Musulmanes inspirado en la red de apoderados de Irán; esta vez, con el respaldo de “un eje suní hostil que incluye al Pakistán con armas nucleares”. Estas declaraciones, procedentes de una figura que aspira a regresar a la política mediante las elecciones de este otoño, podrían haberse interpretado como teatro de campaña. Sin embargo, no son afirmaciones aisladas.
El encuadre de Bennett refleja un documento que muy pocos fuera del aparato de defensa israelí han leído en detalle. En enero de 2025, el Comité Nagel, un panel encargado por el Gobierno de diseñar una estrategia de defensa a largo plazo, concluyó que una Siria aliada con Türkiye podría constituir una amenaza capaz de convertirse en “algo incluso más peligroso que la amenaza iraní”. Desde entonces, esta evaluación ha desbordado los límites de la planificación secreta, se ha trasladado al discurso político abierto y ha otorgado peso institucional a un enfoque que, de otro modo, podría haberse visto como una exageración retórica de un político. El exministro de Defensa Yoav Gallant añadió el 27 de febrero su propia advertencia, al llamar a los Estados occidentales a reconsiderar la venta de armas a Ankara, pese a que Turquía posee el segundo ejército más grande de la OTAN.
El primer ministro Benjamin Netanyahu tampoco ha permanecido al margen de este debate. Tras el alto el fuego alcanzado con Irán mediante la mediación de Estados Unidos, y ante la caída de sus índices de apoyo interno, Netanyahu anunció una red regional de cooperación en forma de “hexágono”, que incluye a Grecia y Chipre. Esta iniciativa fue diseñada explícitamente para contrarrestar lo que Netanyahu describió como un “eje suní radical emergente”. Tanto Grecia como Chipre mantienen desde hace tiempo disputas con Ankara por las jurisdicciones marítimas y por la división de Chipre. Esto configura una alianza basada en intereses que, sin responder a la pregunta de si Türkiye constituye realmente una amenaza comparable a Irán, dota a la nueva doctrina de un armazón institucional.
“¿Ha negado alguna vez el liderazgo de Türkiye el derecho de Israel a existir o ha amenazado con borrarlo del mapa? No. Eso es una tontería”.
— Alon Pinkas, exembajador israelí.
La postura de Türkiye, por su parte, ha sido hasta ahora un ejemplo de contención calculada. Al ser preguntado por el papel de Ankara en la caída de Bashar al Assad, el ministro de Exteriores Hakan Fidan afirmó que presentar el proceso de transición en Siria como una toma de control por parte de Türkiye sería “un grave error”, y subrayó que las relaciones deben construirse sobre la base de la cooperación, no de la dominación. Esta contención refleja, como también señaló el enviado especial estadounidense Tom Barrack, una conciencia de que la percepción de cerco existe en ambas direcciones: los israelíes creen que Ankara se aproxima hacia ellos a través de Siria y Gaza. En cambio, los funcionarios turcos interpretan la expansión israelí en el Golán y el Mediterráneo oriental como una maniobra de cerco.
Ni siquiera dentro de los propios círculos de seguridad israelíes todos están convencidos de que la amenaza esté siendo evaluada de manera honesta. El exembajador Alon Pinkas ha ofrecido un diagnóstico más directo: según él, los políticos israelíes “dependen de una amenaza permanente de guerra… No importa de quién venga. Siempre tiene que existir una amenaza”. Su principal énfasis se dirige a la comparación misma; porque, a diferencia de Irán, Türkiye nunca ha exigido la destrucción de Israel, y la relación entre ambos países, aunque debilitada, sigue conservando un carácter diplomático formal más que de enemistad abierta.
Al mismo tiempo, la red de centros de pensamiento de Washington continúa reforzando esta narrativa. Michael Rubin, investigador del American Enterprise Institute, ha sostenido abiertamente que, dentro de una década, Ankara se parecerá al Teherán actual. Por su parte, Bradley Martin, del Near East South Asia Center, vinculado al Pentágono, argumentó en un artículo publicado en The Wall Street Journal que la OTAN debería reconsiderar por completo la pertenencia de Türkiye a la Alianza. En cambio, críticos como Sumantra Maitra sostienen que todo esto constituye una “fabricación de narrativa”: un esfuerzo coordinado para presentar a Erdoğan como la mayor amenaza a la que se enfrenta la región desde los tiempos de los sultanes otomanos, independientemente de que los hechos respalden o no esa afirmación.
¿Cuál es, entonces, la probabilidad real de una escalada? En el plano retórico es elevada, pero por ahora sigue siendo menor en términos de un enfrentamiento directo. No obstante, los puntos de fricción son reales: las bases militares y los sistemas de misiles turcos en Siria, las reclamaciones superpuestas en el Mediterráneo oriental y el apoyo continuado de Ankara a Hamás generan tensiones que Israel no puede ignorar.
Sin embargo, ninguna de las partes desea un enfrentamiento directo entre un miembro de la OTAN e Israel, una potencia con capacidad nuclear. Además, la cautela mostrada por Erdoğan respecto a Siria indica que Ankara es consciente del costo que supondría llevar la situación demasiado lejos.
Lo que sí resulta evidente es que el marco interpretativo según el cual “Türkiye es el próximo Irán” surgido en parte de cálculos electorales y en parte de preocupaciones estratégicas reales ha dejado de ser una interpretación marginal. Independientemente de que Ankara merezca o no esta comparación, dicha visión se está consolidando rápidamente como uno de los supuestos fundamentales de la doctrina regional de Israel en la era posterior a Irán.