¿Es Robinson Crusoe Una Novela Del “Individuo”? – 3

Edward Said, en Cultura e imperialismo, señala que Robinson Crusoe narra la historia de “un europeo que se crea un hogar en una isla lejana, fuera de Europa”. Interpreta, en este sentido, la aparición o el “ascenso” de la novela en Inglaterra dentro de este marco:

“En Inglaterra, la novela comienza con Robinson Crusoe, cuyo protagonista, reivindicando derechos en nombre del cristianismo y de Inglaterra, funda bajo su propia autoridad un nuevo mundo” (pp. 12 y 110).

Sin embargo, la novela como género tenderá, con el tiempo, a borrar como si hubiera sido pasada por un tamiz precisamente ese elemento en el que su héroe reivindica derechos en nombre del cristianismo y de Inglaterra. Esta operación de borrado comienza con la afirmación de que, con Robinson Crusoe, empieza a imponerse progresivamente un tipo de narrativa “realista”.

Uno de los ejemplos más extremos de este proceso lo ofrece Akşit Göktürk, quien, en su obra Ada, de gran valor enciclopédico sobre la trayectoria del motivo de la isla en la literatura inglesa, si bien incluye entre las fuentes de Robinson Crusoe los relatos marítimos y de aventuras, y reconoce que

Robinson Crusoe lleva las huellas de la cosmovisión puritana de la época de Defoe, del modo de vida de la clase media, de su principal actividad el comercio, así como de los movimientos sociales y políticos; Defoe es, en efecto, un hombre de la clase media que, en los siglos XVII y XVIII, logró imponerse mediante revoluciones tanto en Inglaterra como en otros países europeos, se convirtió en protagonista de la vida social, instauró su propio sistema de valores en todos los ámbitos y dejó su impronta en el gobierno de los países”,

no puede evitar encuadrar a Robinson dentro de la figura de un “hombre occidental total” propia de la sensibilidad republicana moderna. Así lo expresa:

“En particular, en las interpretaciones de carácter económico, la creatividad de Defoe y su personalidad artística han quedado siempre relegadas. Robinson Crusoe se ha convertido en una parte indivisible de la literatura europea, en uno de los mitos fundamentales de la mentalidad y la civilización europeas, pero su significado ha sido limitado al ser interpretado como ‘un mito que expresa los ideales del burgués exitoso, del empresario puritano materialista’. Tal vez sea cierto que Robinson Crusoe es un mito, pero es el mito del hombre que lucha por sobrevivir en un universo despiadado, que se enfrenta a situaciones sin salida y que explora todas las posibilidades de su propia fuerza” (pp. 87-88).

En otras palabras, Göktürk considera insuficiente tanto la presentación de Robinson como individuo económico como su reducción a un mito filtrado desde la civilización europea. Para él, Robinson es el “mito del hombre que intenta sobrevivir en un universo implacable, que se enfrenta a situaciones límite y que explora todas las posibilidades de su propia capacidad”, y en ese sentido, es universal.

Más aún, resulta particularmente interesante la oscilación de Göktürk entre el “principio calvinista” y el “hombre universal”. Aunque admite como posibilidad que la novela se apoye en una tradición calvinista y que refleje la mentalidad puritana, el modo de vida de la clase media, el comercio y los movimientos sociopolíticos de la época de Defoe, teme que este tipo de interpretaciones, así como aquellas que reducen la obra a la aventura de un “capitalista individualista desenfrenado”, conviertan Robinson Crusoe en “un mero documento histórico seco” y vacíen de sentido el “gran interés” y el “afecto” que suscita en cualquier tipo de sociedad contemporánea.

Según Göktürk, el esfuerzo de Robinson no se orienta únicamente a la acumulación de bienes, sino también a la creación de valores. En consecuencia, tanto la riqueza como la propiedad carecen de verdad última, y Robinson se convierte en una figura universal que, “gracias a la fuerza esclarecedora del trabajo, intenta realizar y manifestar los valores humanos latentes en su interior”; una figura que “no se conforma con la posesión material y que encuentra la felicidad en el trabajo incesante”. Robinson Crusoe sería, así, “una exaltación de la civilización y del ser humano que aspira siempre a ir más allá” (pp. 89-90). En este sentido, el Robinson de Göktürk aparece desarraigado, sin patria.

Pero cabe preguntarse: ¿es realmente apátrida Robinson? ¿Lo es como pirata, como europeo implicado en proyectos coloniales en nombre del cristianismo y de Inglaterra, como figura “robinsoniana” y, sobre todo, como sujeto puritano? ¿Puede afirmarse que un Robinson Crusoe que condensa todas estas dimensiones carece de lugar, de hogar, de patria?

La imagen de Robinson trazada por Ian Watt en El ascenso de la novela se apoya en una premisa relativamente simple: considera a Robinson como la encarnación del homo economicus. “Es casi indiscutible afirma que Robinson Crusoe representa la encarnación del individualismo económico” (p. 71). No obstante, en Mitos del individualismo moderno, Watt matiza esta afirmación y reconoce que Crusoe no debe ser considerado un tipo ideal de homo economicus. En esta obra posterior, advierte aspectos que antes no había percibido: en la isla, Crusoe no solo trabaja como un agente económico, sino que también inventa pequeños entretenimientos, juega con su loro y convive con gatos. Así, el nuevo Robinson se sitúa “en algún punto intermedio entre el homo economicus y el hombre común” (p. 199).

Entonces, ¿qué significa realmente que Crusoe sea un homo economicus?

En realidad, la imagen de Robinson en Watt está profundamente influida por Max Weber. Aunque Watt haga ocasionales referencias a John Locke o a Karl Marx, su marco interpretativo se inspira en la ética protestante weberiana, surgida de un impulso puritano pero que, según Weber, se autonomiza posteriormente. Sin embargo, ¿no se percibe en este tipo de lecturas una tendencia a considerar el protestantismo no tanto como una religión que, al tiempo que se opone al catolicismo y a la autoridad papal, desarrolla una concepción política propia de la soberanía, sino más bien como una forma de ética (económica) y de cultura (económica), dentro de la cual la literatura constituye un ámbito relativamente autónomo, preocupado por cuestiones estilísticas?

La relevancia de esta cuestión se hace evidente si consideramos las tres tesis principales de Watt, aunque no agoten completamente el problema del “individualismo económico”: en primer lugar, el hecho de que incluso el “pecado original” de Robinson conduzca a la obtención de ganancias; en segundo lugar, su tendencia a la xenofobia en ausencia de virtudes económicas, frente a su elogio de los extranjeros cuando dichas virtudes están presentes; y, en tercer lugar, que, a pesar de sus preocupaciones religiosas, estas no ocupan un lugar prioritario en su sistema de valores.

El primer aspecto estrechamente vinculado con el tercero es interpretado por Ian Watt como una manifestación del impulso que lleva a Robinson no solo a abandonar su hogar, sino también su patria. Este impulso, especialmente visible cuando cae en la “isla desierta”, se articula en su autoexamen a través de sus “pasiones indomables” y de su insatisfacción con la posición que “Dios y la naturaleza le habían asignado”. Según Watt, el “pecado original” de Robinson no consiste ni en su desobediencia al consejo paterno de no abandonar la vida de “término medio”, ni en su irresponsabilidad hacia su familia, ni en sus carencias religiosas, sino en haber calculado si le convenía más, desde el punto de vista material, marcharse o quedarse. En este sentido, Robinson “gana gracias a su ‘pecado original’ y llega a ser más rico que su padre” (p. 74). En suma, para Watt, el “pecado original” adopta la forma de abandonar el hogar y la casa paterna en busca de beneficio. Sin embargo, tal interpretación supone, en realidad, no haber leído Robinson Crusoe o, en caso de haberlo hecho, haber silenciado su sentido.

En la novela, la cuestión del “pecado” aparece por primera vez en el diario que Robinson comienza a escribir tras su llegada a la isla. Habiendo sobrevivido al naufragio y enfrentado diversas dificultades, se ha esforzado por superarlas; no obstante, reconoce que, debido a su vida entre marineros, los conocimientos religiosos adquiridos durante su educación se han desvanecido, por lo que afirma no poseer “ningún conocimiento de las obras de Dios”. Y, sin embargo, sí tiene alguna comprensión de ellas:

“Si dijera que, en todas las desgracias que he relatado hasta ahora, nunca pensé que eran mandato de Dios, consecuencia de mis pecados, castigo por haberme rebelado contra los deseos de mi padre, por mis numerosos pecados presentes o por el rumbo equivocado de toda mi vida, sería más fácil comprender mi irreverencia ante Dios” (pp. 108-109).

Esta irreverencia llega a ser tan dominante que sus pecados se le presentan como una carga insoportable, y suplica a Dios que lo libere de ellos y de la terrible situación en la que se encuentra. Incluso su soledad le pesa menos que sus pecados. En su aislamiento, se confiesa a sí mismo, instituye el aniversario de su llegada a la isla como día religioso y guarda ayuno:

“Consideré este día como una festividad solemne distinta de los demás días sagrados; me humillé de todo corazón, postrándome ante Dios, confesé abiertamente mis pecados, reconocí la justicia de sus juicios sobre mí y le rogué que me perdonara por medio de Jesucristo. No llevé nada a la boca durante doce horas hasta la puesta del sol; luego comí un poco de pan seco y un racimo de uvas, y terminé el día como lo había comenzado, acostándome” (p. 123).

Comienza también a leer la Biblia tres veces al día y a practicar la bibliomancia como forma de adivinación (p. 134). [Cabe señalar, entre paréntesis, que las decisiones traductológicas de Akşit Göktürk tienden a neutralizar estos elementos, en consonancia con su interpretación de Robinson como mito universal. Por ejemplo, traduce el ayuno (“I kept this Day as a Solemn Fast”) como “día de fiesta religiosa”, y convierte todos los sábados (Sabbath) en “domingo”, produciendo frases difíciles de comprender para el lector turco. Sin embargo, para Robinson, desde su llegada a la isla, el sábado es el día del Sabbat, aunque hasta entonces no lo hubiera observado.]

En el cuarto aniversario de su llegada a la isla, Robinson declara contemplar el mundo como si lo hiciera desde “el más allá” y afirma no albergar ya ningún deseo respecto a él:

“Ahora veía el mundo como algo lejano, del que nada esperaba y con el que ya no tenía trato alguno; no albergaba ningún deseo relacionado con los asuntos mundanos. En suma, no tenía nada que hacer con él ni deseaba nada suyo; me parecía, quizá como se vería desde el otro mundo, un lugar en el que había vivido en otro tiempo y del que ahora me había separado”.

Mira el mundo, en efecto, como en la Primera Epístola de Juan (2:16): “Ante todo, estaba libre de todas las vanidades del mundo: no sentía deseo de la carne ni deseo de los ojos, ni motivo alguno para enorgullecerme de mi modo de vida” (p. 149). Sin embargo, añade algo que puede resultar extraño si no se atiende a sus referencias protestantes:

“No había nada que pudiera desear, pues poseía todo lo que podía hacerme feliz en mi situación. Tenía un vasto dominio; si hubiera querido, podría haberme considerado rey o emperador de todas aquellas tierras; no había nadie que pudiera rivalizar conmigo, ni oponerse a mí, ni entrometerse en mi soberanía o en mis mandatos. Podía producir cargamentos enteros de bienes, pero como no tenía dónde utilizarlos, producía únicamente lo necesario para mí” (pp. 149-159).

De este modo, a pesar de su condición de pecador, comienza a sentirse elegido por Dios, beneficiario de su generosidad y perdonado por sus faltas. Observa incluso que el día de su nacimiento y el de su llegada a la isla coinciden (30 de septiembre), interpretándolo como una señal de que su vida de pecado y su vida de arrepentimiento en la soledad comienzan en la misma fecha (p. 154). A continuación, introduce la cuestión del “pecado original”.

En un pasaje que pudo tener un efecto de sermón en los lectores de su tiempo, pero que al lector moderno puede parecer excesivamente reiterativo, Robinson reflexiona nuevamente sobre su vida:

“Con todas estas circunstancias, soy un ejemplo digno de ser considerado por aquellos que padecen una enfermedad que es causa de la mitad de los sufrimientos de la humanidad; con esta enfermedad me refiero a la incapacidad de contentarse con la condición que Dios y la Naturaleza han asignado al hombre. Porque mi desprecio por mi estado inicial, mi desobediencia a los sabios consejos de mi padre y mi rebelión contra ellos constituyeron mi principal pecado; y, al sumarse otros pecados semejantes, caí en esta miserable situación. Dios me había establecido en Brasil como un agricultor próspero, me había concedido todo lo que deseaba; si me hubiera contentado con progresar poco a poco, hoy o más bien durante el tiempo que pasé en la isla habría sido uno de los principales plantadores de Brasil. Considerando mis avances y las ganancias que habría obtenido, podría haber llegado a poseer cien mil monedas de oro. ¿Qué necesidad tenía de abandonar un sistema establecido, una plantación bien organizada y en pleno desarrollo, para embarcarme como responsable de carga hacia Guinea con el fin de traer esclavos? Con tiempo y paciencia, nuestras ganancias habrían aumentado y podríamos haber comprado esclavos en nuestra propia puerta, aunque fuera a mayor precio; pero el beneficio que esperaba obtener por el otro camino no justificaba los riesgos que asumí” (pp. 216-217).

En primer lugar, conviene recordar que algunos de los términos subrayados requieren una precisión semántica fundamental: la palabra “hastalık” no corresponde simplemente a “enfermedad”, sino a “plaga” (plague), un término que, para Robinson, posee resonancias mucho más profundas y espirituales que una dolencia ordinaria; el término traducido como “agricultor” no designa a un campesino que trabaja su tierra de forma modesta, sino a un planter, es decir, a un propietario colonial de plantación; del mismo modo, la palabra vertida como “granja” corresponde en realidad a plantation, con todas sus connotaciones coloniales y esclavistas; y, asimismo, el término traducido (de manera racializada) como “árabe” remite en el original a “negro” (Negro).

No obstante, el término “başlıca günah” (pecado principal), considerado junto con esta última elección léxica, revela una preferencia traductológica que también da cuenta del tipo de cultura humanista que se ha intentado implantar en Turquía. En realidad, el término en cuestión es “ORIGINAL SIN”, es decir, el “pecado original”, uno de los dogmas fundacionales del cristianismo, destacado además en la edición inglesa de Robinson Crusoe mediante el uso de mayúsculas. En este pasaje, Robinson expresa su “renacimiento” a través de una reflexión sobre sus pecados y, en particular, sobre el pecado original; y este significado resulta perfectamente evidente tanto para los lectores de la época de Daniel Defoe como para los lectores modernos. Lo es también, desde luego, para intérpretes como Akşit Göktürk y Ian Watt, aun cuando ambos tienden a descontextualizarlo, como si cada lector accediera a un texto distinto.

Watt, sin embargo, no está solo en este tipo de interpretación. También los editores de la edición de Oxford World’s Classics, Thomas Keymer y James Kelly, al comentar el término, no solo eliminan su contexto doctrinal, sino que universalizan su significado, “generalizándolo” en términos de “todos”:

“PECADO ORIGINAL: literalmente, una condición de corrupción y pecaminosidad innata a todos los seres humanos como resultado de la expulsión del Paraíso; pero un término que Defoe aplica con frecuencia a errores individuales específicos” (p. 295).

Desde esta perspectiva, el principal problema en la reducción que hace Watt del pecado original de Robinson al individualismo económico radica en que no toma en consideración cómo la reinterpretación por así decir, libre de una doctrina cristiana específica transforma dicha doctrina, ni si esa transformación es de carácter “individual” o “social”. Si tal concepción del pecado original fuera exclusiva de Robinson, Watt tendría razón; pero si, por el contrario, forma parte de la doctrina de una religión determinada el protestantismo, que no se concibe a sí mismo meramente como una secta, sino como una religión con múltiples ramificaciones, entonces Watt nos conduce a una lectura equívoca, encubriendo bajo una apariencia económica, cultural o literaria una concepción religiosa cristiana específica. [Para quien tenga interés: la interpretación de Watt sobre el “pecado original” ha sido criticada desde otra perspectiva por Maximillian E. Novak en su artículo “Robinson Crusoe’s ‘Original Sin’”, publicado en Studies in English Literature.]

El segundo aspecto señalado por Watt la supuesta xenofobia de Robinson en ausencia de “virtudes económicas” y su elogio de los extranjeros cuando dichas virtudes están presentes debe entenderse, en realidad, no tanto como una cuestión de moral económica, sino como un problema de soberanía encubierto bajo la actividad económica. Sin embargo, Watt lo formula en términos de ética económica:

“Crusoe es esencialmente xenófobo en ausencia de virtudes económicas… pero cuando existen razones económicas como en sus relaciones con el gobernador español, el sacerdote católico francés o el comerciante portugués devoto, su elogio es desbordante. Por otra parte, reprende a muchos ingleses, como los colonos que llegan a la isla, por su pereza. Se tiene la impresión de que su apego emocional a su país no es mayor que el que siente hacia su familia. No tiene nada en contra de quienes, sea cual sea su nacionalidad, pueden hacer buenos negocios… Piensa, en suma, que ‘donde hay dinero, allí está el hogar’” (p. 75).

No obstante, los ingleses que llegan a la isla no son, como sostiene Watt, “colonos”, sino amotinados que se han rebelado contra el capitán del barco que, finalmente, rescatará a Robinson, abandonando a este y a otros marineros leales en la isla para que mueran. Durante el tiempo que permanecen en la isla, Robinson, tras rescatar al capitán y recuperar el control del navío, decide dejarlos allí bajo condiciones estrictas: deberán reconocer su soberanía, obedecer las leyes que él ha establecido y aceptar que, en caso de conflicto, incluso en su ausencia, serán castigados conforme a sus propios criterios. Los abandona en la isla también porque, de ser llevados a Inglaterra, serían ejecutados por su motín (pp. 275-302). En estas escenas, Robinson se autodenomina “rey”, “príncipe” e incluso “comandante del ejército”, mientras que el capitán y los demás ingleses se refieren a él como “gobernador”.

Además, contrariamente a lo que afirma Watt, el vínculo de Robinson con su familia y su patria es mucho más que meramente emocional. Puede establecer relaciones cordiales aunque con cierta reserva y desgana con españoles o portugueses, como sucede en Brasil; pero no duda en condenar enérgicamente las políticas coloniales de España o Portugal, no porque él no sea colonialista, sino porque dichas potencias encarnan formas distintas de colonialismo.

Lo más relevante, sin embargo, es la forma en que Robinson trata a los caníbales con los que se encuentra en su isla. En un primer momento desea castigarlos por la atrocidad de sus actos; pero posteriormente, al preguntarse con qué autoridad podría oponerse a la voluntad de la Providencia divina si esta ha dispuesto que sean así, decide dejarlos en su estado natural y comienza a considerar las costas de su isla —frecuentadas por los “salvajes” para sus prácticas antropófagas como una suerte de “zona libre” situada fuera de su soberanía.

En efecto, castigarlos por su canibalismo equivaldría, según Robinson, a justificar las masacres perpetradas por los españoles en América:

“Sería dar la razón a los españoles, que han matado bárbaramente a millones de indígenas considerados idólatras, bárbaros, con religiones y costumbres sangrientas como el sacrificio humano que, sin embargo, eran un pueblo inocente en comparación con los propios españoles. La matanza emprendida por estos para expulsarlos de sus tierras fue considerada por todas las naciones cristianas de Europa como una atrocidad espantosa, incompatible tanto con la humanidad como con el temor de Dios; los españoles comenzaron a ser conocidos como los más crueles de los hombres, y el reino de España adquirió la reputación de un país que engendraba individuos sin compasión ni sentido de la justicia” (pp. 193-194).

Estas líneas, que evocan figuras como Francisco de Vitoria, pueden interpretarse también como una forma de “excepcionalismo español”, en la medida en que convierten a España en la excepción de una práctica que, en realidad, compromete a toda Europa más aún si se considera la afirmación de que los indígenas del Perú “no sabían aprovechar sus propios recursos antes de la llegada de los españoles” (p. 217).

No obstante, la actitud de Robinson cambia abruptamente cuando, dejando de lado toda precaución, decide revelar su presencia en la isla al advertir que entre los cautivos llevados por los salvajes para ser devorados se encuentra un europeo y cristiano. Cuando Viernes le informa de que entre los prisioneros hay “uno de los hombres blancos y barbados” que había naufragado y se había refugiado entre su tribu, Robinson se estremece, se llena de furia y decide intervenir: rescata al europeo cristiano que posteriormente resultará ser español— y, de manera fortuita, salva también al padre de Viernes (pp. 253-261).

A partir de este momento, la población de la isla aumenta y se produce un giro decisivo en la narración:

“Ahora mi población había crecido; me sentía rico en súbditos, y uno de los pensamientos que más me complacían era imaginarme como un rey. En primer lugar, todo aquello era de mi propiedad absoluta, y tenía un derecho indiscutible de dominio sobre esas tierras. En segundo lugar, mis súbditos eran completamente dóciles: yo era el amo absoluto, yo establecía las leyes; todos me debían la vida y estaban dispuestos a morir por mí. Resultaba curioso que mis tres súbditos profesaran religiones distintas: Viernes era protestante, su padre un caníbal idólatra y el español católico. Sin embargo, en mi país (country) había reconocido la libertad de conciencia” (p. 265).

Cuando el español rescatado le informa de que en una isla cercana hay otros dieciséis compañeros, Robinson acepta rescatarlos bajo una condición: antes de hacerlo, declara que teme que puedan traicionarlo, ya que “la gratitud no es una virtud innata e inmutable del ser humano, y que las acciones de los hombres no suelen estar guiadas por la deuda moral hacia quien les ha hecho un bien, sino por sus propios intereses”. De este modo, moraliza su soberanía. Acto seguido, desde esta posición de autoridad moral, dirige una crítica contundente a España:

“Después de haber contribuido a su liberación, me resultaría intolerable que me redujeran a la esclavitud en Nueva España; pues cualquier inglés que pisara aquellas tierras, cualquiera que fuera el motivo de su llegada, podía ser eliminado sin más. Preferiría ser despedazado vivo por los salvajes antes que caer en las despiadadas garras de los sacerdotes y sufrir en la Inquisición”.

Los españoles, entonces, aceptan reconocer su autoridad, obedecer sus órdenes y jurar sobre la Biblia que cumplirán sus mandatos hasta que lleguen sanos y salvos a un país cristiano (pp. 268-269). En suma, aunque Robinson pueda relacionarse no sin cierta incomodidad con españoles o portugueses en el plano personal, su problema con España, Portugal o la Nueva España es de naturaleza política y teológica.

[Como nota adicional: en su segundo viaje, Robinson desprecia abiertamente a chinos y japoneses con quienes comercia, mientras que, pese a tolerar el canibalismo de los “salvajes” bajo la lógica de la Providencia, destruye violentamente un ídolo “tártaro” durante una caravana entre Pekín y Moscú, en un gesto más radical incluso que el de Don Quijote contra los molinos de viento. Este episodio, aunque pueda parecer cómico, revela un fuerte impulso iconoclasta inseparable de su sistema de creencias. Como señala Katherine Clark, Defoe buscaba defender un orden escatológico basado en la revelación y la salvación, destruyendo “falsos ídolos” y reconstruyendo la cultura de la isla (p. 113). Robinson extiende incluso su juicio a la Iglesia Ortodoxa rusa, cuya forma de cristianismo considera extraña y deficiente.]

A la luz de todo ello, la tesis de Watt según la cual Robinson actúa como un homo economicus, xenófobo en ausencia de virtudes económicas y elogioso cuando estas están presentes, requiere una revisión profunda. Robinson no actúa simplemente como un agente económico, sino como un sujeto que se comporta del mismo modo en que lo haría su propio país: ejerciendo una forma de soberanía.

(Continuará)