¿Es La Historia Solo Un Instrumento Para Legitimar La Modernidad?

El ser humano es un nudo ontológico que adquiere existencia en el vientre del tiempo y permanece erguido dentro de la historia. Nuestra travesía individual, moldeada en ese estrecho umbral entre el nacimiento y la muerte, no es sino un reflejo microcósmico de la inmensa marcha de la humanidad como totalidad. El ser humano no solo existe en la historia; es también quien la produce, quien le otorga sentido y quien, inevitablemente, intenta reconstruirla y reconfigurarla conforme a sus deseos, sus miedos y su voluntad de poder. En este punto, el fenómeno que llamamos “historia” deja de ser un archivo polvoriento donde se amontonan acontecimientos muertos y concluidos, para convertirse en un campo de batalla activo donde se disputa la legitimidad del presente.

El ser humano no es una entidad que viva fuera de la historia. No nace en un vacío atemporal, sino en el interior de una época determinada, de una lengua concreta, de una memoria específica y de un mundo singular. En el mismo instante de su nacimiento, no solo pasa a formar parte de una familia o de una sociedad, sino también de un pasado. Por ello, la relación que el hombre establece con el mundo es siempre una relación histórica. Incluso cuando piensa, cree, habla, ama, odia o imagina el futuro, permanece dentro de la historia. Porque el ser humano no es únicamente un ente que “es”, sino una realidad histórica que se construye a sí misma a partir de aquello que ya ha sucedido.

Sin embargo, aquello que llamamos historia no es tan transparente como parece a primera vista. ¿Qué es realmente la historia? ¿La suma de los acontecimientos ocurridos en el pasado? ¿La memoria de la humanidad? ¿La narración del ascenso y la caída de las civilizaciones? ¿O el gran relato que el ser humano construye retrospectivamente para comprenderse a sí mismo? Estas preguntas van más allá de simples cuestiones metodológicas; son interrogantes ontológicos que determinan cómo el hombre se concibe a sí mismo. Por ello, la cuestión de cómo leer la historia no constituye únicamente un problema académico, sino también epistemológico, ético y político. Pues la historia nunca trata solamente del pasado. Toda lectura histórica implica también una toma de posición respecto al presente. Cuando el hombre lee el pasado, no pregunta únicamente “¿qué ocurrió?”, sino que, muchas veces sin advertirlo, busca responder también a “¿quién soy?”, “¿quiénes somos?” y “¿en qué tipo de mundo vivimos?”. Precisamente por eso, la historia no es solo una fuerza explicativa, sino también una fuerza creadora de sentido.

No obstante, considero que ofrecer respuestas significativas a todas estas cuestiones exige enfrentarse previamente a dos grandes problemas. ¿Dónde se encuentra el comienzo (mebde) de la historia? ¿Desde dónde iniciaremos la historia de la humanidad? ¿Desde la invención de la escritura, la revolución agrícola, la revelación divina o la modernidad? ¿La historia avanza hacia el bien o hacia el mal? El mero hecho de formular estas preguntas ya indica que la historia no puede examinarse desde una mirada neutral. Porque elegir un comienzo significa también elegir un sentido. Y según ese sentido elegido, se determina igualmente la dirección hacia la cual se encamina el desenlace (mead). El comienzo no es un simple punto cronológico, sino una elección ontológica y ética que define el centro de toda la narración. Quien inicia la historia desde la revelación divina y quien la inicia desde la Revolución Industrial no solo cuentan historias distintas; construyen también diferentes concepciones de la humanidad y del futuro.

De igual manera, la periodización histórica tampoco es inocente ni neutral. Divisiones como “Edad Antigua”, “Edad Media” o “Edad Moderna”, y especialmente expresiones como “oscura Edad Media” o “luminosa Edad Moderna”, no pueden presentarse como verdades universales. Tahsin Görgün, en el capítulo titulado “La cuestión de la civilización en el marco de las relaciones Islam-Occidente” de su obra La cuestión de la civilización en el marco de las relaciones Islam-Occidente, menciona una historia universal de 62 volúmenes comenzada en Inglaterra en la década de 1730. En aquella obra, la historia mundial se dividía entre “Antigua” y “Moderna”, y el periodo moderno comenzaba con la proclamación del islam por parte del Profeta Muhammad. De los 62 volúmenes, 44 estaban dedicados a esta etapa, y de ellos 20 trataban directamente sobre los musulmanes, mientras que los otros 24 los abordaban de forma directa o indirecta. Hoy, semejante periodización nos parecería extraña, ¿verdad? Porque la ley de Hegel continúa operando: “Aquellos que hoy no son eficaces ni poderosos tampoco tienen derecho a existir en el pasado; cuánto lugar ocuparán en la historia lo deciden quienes poseen el poder en el presente”. Del mismo modo, la pregunta misma que plantea Jacques Le Goff en ¿Es necesario dividir la historia en períodos? resulta extraordinariamente significativa. En los últimos años, el desafío más radical y profundo a estas categorías ha sido, sin duda, el ensayo de İbrahim Halil Üçer titulado “Una propuesta de periodización para la historia del pensamiento islámico”. Gracias a ese texto, categorías como “estancamiento”, “decadencia” o “colapso” en la historia intelectual islámica están siendo reemplazadas por conceptos mucho más significativos para los sujetos musulmanes, tales como “Periodo Clásico”, “Periodo de Renovación”, “Periodo de Balance” y “Periodo de Búsquedas”.

Todo ello no es más que la universalización de la experiencia histórica particular de una determinada civilización. En esta narrativa, las rupturas históricas de Europa son presentadas como si fueran las rupturas de toda la humanidad. Así, la historia queda sometida a la hegemonía de una perspectiva que aparenta ser universal, pero que en realidad es profundamente local. Esto demuestra que la historiografía, más que transmitir conocimiento, produce poder.

En efecto, conceptos como “progreso”, “decadencia”, “Ilustración”, “Edad Oscura”, “revolución” o “colapso” tampoco poseen un significado evidente y transparente. ¿Puede acaso la cuestión de qué constituye un progreso reducirse a una pregunta puramente técnica? ¿Fue la Revolución Industrial un progreso? ¿La tecnología ha liberado realmente a la humanidad? ¿La modernización ha convertido al hombre en un ser más humano, más virtuoso y más desarrollado? Las respuestas a estas preguntas no dependen de hechos “objetivos” indiscutibles, sino de los criterios de valor que se adopten.

Ömer Mahir Alper lo expresa de forma contundente en su libro Una aproximación ética y política al problema del propósito en la historia y la historiografía: “La historiografía moderna ‘otredadiza’ el pasado, presentando los mundos y modos de vida pretéritos como etapas ‘primitivas’ o ‘atrasadas’ de la humanidad, para enterrar ese pasado y reconciliar a la humanidad con el mundo actual”. El problema que Alper identifica con gran lucidez la forma en que la historiografía moderna marginaliza y sepulta el pasado constituye el núcleo mismo de esta ilusión teleológica. Cuanto más se codifica el pasado como irracional, oscuro y despótico, más se santifica el presente como racional, libre y luminoso. Clasificar las formas de vida pretéritas como “atrasadas” equivale, en realidad, a consagrar el orden capitalista, individualista y tecnocrático contemporáneo como la cima suprema y definitiva de la humanidad.

En este contexto, la historia deja de ser el relato del pasado para convertirse en la legitimación de las jerarquías del presente. Declarar que una sociedad es “atrasada” no significa describir sus dinámicas internas, sino aceptar el modelo civilizatorio occidental/moderno como una norma universal, casi como una medida divina. Por ello, la historia no es solo narración del pasado, sino también legitimación de valores. Y precisamente aquí se vuelve visible la relación entre historia y poder.

Cada época necesita producir su propia legitimidad. Ningún orden político, ninguna ideología ni ninguna civilización puede sostenerse únicamente mediante la fuerza; todos necesitan fabricar y difundir relatos que los justifiquen históricamente. Por eso, la historia se convierte a menudo en uno de los instrumentos más poderosos para legitimar el presente. La modernidad se legitimó a sí misma a través de una “historia del progreso”. Los Estados-nación se edificaron sobre relatos históricos de origen. Los imperios transformaron la gloria del pasado en autoridad presente. Incluso las revoluciones derivaron su legitimidad de antiguas injusticias o grandes rupturas históricas.

Sin embargo, aquí emerge un peligro crucial. Con frecuencia, la historia deja de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en un mecanismo destinado a confirmar el orden existente. En tales circunstancias, el pasado deja de ser un ámbito que se intenta comprender y se transforma en una materia prima reconstruida según las necesidades ideológicas del presente. Se seleccionan ciertos acontecimientos, se fabrican memorias específicas, algunas experiencias son condenadas al olvido, determinadas figuras son heroizadas mientras otras son silenciadas e invisibilizadas. Así, la historia produce un relato que no explica el pasado, sino que fortalece el presente.

Pero esto no significa que la historia sea enteramente una construcción ideológica. El pasado, pese a todo, resiste. Los documentos, los recuerdos, los silencios y las contradicciones impiden que la historia pueda reescribirse de manera completamente arbitraria. Por ello, la historia no puede entenderse ni como objetividad absoluta ni como interpretación ilimitada. Surge, más bien, en la tensión entre la resistencia del pasado y la interpretación del presente.

Esa tensión constituye precisamente el núcleo de la relación del ser humano con la historia. Leer el pasado exclusivamente a través de los criterios del presente conduce al anacronismo; pero pretender leerlo completamente al margen del presente también es imposible. El hombre piensa siempre desde el interior de su propia época. Nuestro lenguaje, nuestros conceptos, nuestros miedos y nuestras esperanzas son productos del mundo histórico en el que vivimos. Por eso, cuando contemplamos el pasado, también nos contemplamos a nosotros mismos. La historia no es solo una ventana abierta al pasado, sino un espejo dirigido al presente.

Por ello, la tarea fundamental del pensamiento histórico no consiste en reducir el pasado al presente, sino en permitir que el pasado interrogue al presente. La verdadera conciencia histórica no consiste en juzgar el pasado con los valores de nuestra época, sino en historicizar también los valores de nuestro tiempo. Porque la historia no solo nos dice quiénes somos; también nos muestra que podríamos ser de otro modo.

Desgarrar ese inmenso cerco epistemológico mediante el cual la historia legitima la modernidad y la economía burguesa legitima el capitalismo solo es posible formulando preguntas nuevas y perturbadoras. Las preguntas originales que deberían nutrir la literatura del pensamiento son las siguientes: si la “escasez” no es un dato ontológico de la naturaleza, sino una ficción política inventada por el capitalismo para reproducirse a sí mismo, ¿podrían los conceptos de “desarrollo” y “crecimiento” dejar de ser ideales de la humanidad y redefinirse como patologías que pavimentan el camino hacia la corrupción del mundo?

Si la concepción del progreso histórico encierra el tiempo en una línea recta y liquida la sabiduría vital del pasado la armonía ecológica, la sobriedad, la solidaridad comunitaria calificándola de “atrasada” o “primitiva”, ¿no es acaso la modernidad una época no de “acumulación de conocimiento”, sino de una inédita “gran amnesia”? ¿Podrían las épocas que la historiografía secular codificó como “oscuras” haber sido, en realidad, los verdaderos periodos luminosos en los que el ser humano vivía en paz con la naturaleza y con lo trascendente, mientras que el periodo llamado “Ilustración” podría representar una nueva oscuridad ontológica, marcada por la adoración ciega de la humanidad a su propia racionalidad? Si la “riqueza” de una sociedad no se midiera por la abundancia de mercancías, sino por el “tiempo libre” es decir, por el espacio de libertad de sus individuos y por la relación no dominadora que establece con la naturaleza, ¿no quedarían registrados los países hoy considerados “desarrollados” como las sociedades más pobres y esclavizadas de la historia humana?

En suma, la historia jamás es un relato inocente del tiempo pasado. Es el mayor centro de producción de consentimiento que nuestra época utiliza para encubrir sus crímenes, su explotación y la crisis de sentido que ella misma ha generado. La historiografía secular y la economía burguesa estándar han trazado conjuntamente ante el ser humano una única dirección: más producción, más consumo y la ilusión de un progreso lineal. Sin embargo, las grietas abiertas por pensadores como Marshall Sahlins nos muestran que el pasado no es un cementerio que la modernidad haya marginado y enterrado, sino un arsenal revolucionario donde se ocultan formas alternativas de vida y libertades olvidadas capaces de demoler la soberbia y el supuesto esplendor del presente.

La verdadera tarea y responsabilidad del ser humano consiste en releer el pasado de tal manera que ilumine las oscuridades del presente y, frente a la arrogancia de una modernidad que ha proclamado el fin de la historia, construir una narrativa humana inconclusa, abierta a otras formas posibles de vivir. No olvidemos que sin relatos no hay sentido; y cuando la vida pierde su sentido, se convierte en un espectro que ya no merece ser vivido.

Superar la actual crisis de narrativa, tiempo, historia y memoria comienza por quebrar ese mecanismo hegemónico la razón moderna/secular que decide qué debe considerarse “progreso” y qué “retroceso” en la historia. El verdadero progreso no consiste en la aceleración tecnológica ni en la mecanización del ser humano, sino en la profundización del vínculo ontológico del hombre con la trascendencia, la compasión y la sabiduría. La historia no debe leerse para legitimarnos, sino para sacudirnos, recordarnos nuestros límites y hacer reverdecer nuevamente las raíces de nuestra alma. Solo un “presente” armado con esta profunda sabiduría del pasado puede rescatarnos del abismo del sinsentido y abrir las puertas de un “futuro” significativo y verdaderamente humano.