En Europa Ya No Queda Nada

El giro de la Unión Europea hacia posiciones más conservadoras en materia migratoria podría dejar a los liberales estadounidenses políticamente aislados.

Salvo los socialistas que gobiernan España, Irlanda y el Partido Demócrata de los Estados Unidos, cada vez más sectores progresistas están dispuestos a admitir que, si no elaboran una política capaz de reformar la inmigración irregular, estarán preparando su propia desaparición política. Si fracasan en ese empeño, podrían darse las condiciones propicias para el surgimiento de una nueva ola de populismo nacional que golpee a Europa del mismo modo que ya ha afectado a Estados Unidos.

A medida que se desvanecen los recuerdos vivos de la Primera Guerra Mundial, las instituciones creadas tras aquella devastación continental se encuentran cada vez más en situación precaria. La estabilidad de la Unión Europea sigue basándose en la premisa de que los partidos centristas, tanto de derecha como de izquierda, continuarán promoviendo las políticas defendidas por los últimos cientos de suscriptores de The Economist.

Bajo esa premisa, se encomendó a los Estados-nación como Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y España la tarea de depurar cualquier posible elemento populista que pudiera surgir tanto en sus propios territorios como en los países más pequeños de la coalición europea.

Sin embargo, desde el Brexit esa premisa se ha ido debilitando progresivamente. Cada vez que los centristas europeos creen haber contenido la insurgencia populista, esta regresa con mayor fuerza. La verdadera incógnita ya no es si el populismo nacional seguirá creciendo, sino si finalmente logrará superar ese último dique de contención.

Aunque el proceso dista mucho de ser lineal, es evidente que los movimientos nacional-populistas han avanzado en todos estos países. Tras el Brexit, Boris Johnson y el Partido Conservador inundaron el Reino Unido con una ola migratoria sin precedentes procedente del Tercer Mundo, lo que allanó el camino para la aplastante victoria del Partido Laborista en 2024. Sin embargo, pese a aquella contundente derrota, los populistas se reagruparon en torno al partido Reform UK de Nigel Farage, que logró imponerse en varias elecciones parciales y conquistar más de 2.000 escaños en gobiernos locales de todo el país.

Al otro lado del canal de la Mancha, en Francia, Marine Le Pen perdió las elecciones presidenciales de 2022 para el Palacio del Elíseo y posteriormente fue condenada por malversación de fondos de la Unión Europea. No obstante, su heredero político, Jordan Bardella, convirtió a la Agrupación Nacional (Rassemblement National) en la mayor fuerza individual de la Asamblea Nacional francesa, mientras que Le Pen continúa encabezando las encuestas de intención de voto para las elecciones presidenciales francesas de 2027.

En Alemania, Alternativa para Alemania (AfD) fue expulsada de la coalición europea de partidos nacionalistas por ser considerada excesivamente radical, al tiempo que destacados dirigentes centristas alemanes llegaron incluso a plantear abiertamente su ilegalización. Sin embargo, tras resistir durante años una tormenta política que parecía imposible de superar, la afiliación de AfD casi se duplicó entre 2024 y 2025, y el partido lidera actualmente con claridad las encuestas de cara a las próximas elecciones regionales y federales.

Italia constituye otro caso paradigmático. Giorgia Meloni se convirtió en la primera dirigente nacionalista elegida primera ministra de un país de Europa Occidental, aunque la Unión Europea movilizó todos sus recursos para moderar su agenda política. A pesar de ello, Meloni no solo consiguió proporcionar a Italia una estabilidad desconocida desde hacía una generación, sino que además se consolidó como una dirigente extraordinariamente hábil, capaz de marcar el rumbo de la política continental sobre inmigración irregular. De hecho, su principal desafío político interno ya no procede de los socialistas, sino de una formación aún más nacionalista, Futuro Nacional (National Future), encabezada por el general retirado del ejército italiano Roberto Vannacci.

Ni siquiera el regreso del presidente Trump, convertido nuevamente en el «americano feo» que prometía reprender a Europa por décadas de dependencia y oportunismo estratégico, ha bastado para infundir el temor suficiente como para que los ciudadanos vuelvan a respaldar la insípida oferta política centrista que los dirigentes de la Unión Europea les han presentado durante las últimas décadas.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, convocó elecciones apenas unas semanas después de que Trump reclamara la anexión de Groenlandia territorio del Reino de Dinamarca. Sin embargo, el resultado fue la pérdida de la mayoría de los Socialdemócratas, mientras que el Partido Popular Danés, de orientación nacional-populista, resurgió como una fuerza política relevante tras casi un lustro de marginación política.

Incluso cuando los centristas europeos logran imponerse como ocurrió con la derrota de Viktor Orbán y su partido Fidesz en Hungría, el desenlace suele consistir simplemente en la transferencia del poder a un dirigente que critica a Orbán por considerar que su política migratoria es demasiado liberal.

No obstante, la mayor derrota de los centristas neoliberales europeos no se produjo en las urnas. Más bien, fue consecuencia de la creciente reticencia de la derecha tradicional a resistirse al ascenso del nacionalismo surgido desde el interior de su propia coalición política.

¿El fin del establishment de la Unión Europea?

El Parlamento de la Unión Europea está compuesto por ocho coaliciones políticas. El centroderechista Partido Popular Europeo (PPE), el grupo centrista Renovar Europa (Renew Europe) y la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D), de centroizquierda, concentran la mayoría de los escaños. Durante las últimas dos décadas, estas tres fuerzas han controlado el Parlamento Europeo, bloqueando sistemáticamente cualquier intento, tanto de la izquierda radical como de la derecha nacionalista, de introducir cambios que reflejaran con mayor fidelidad las preferencias de sus respectivos electorados.

Aunque el bloque centrista conserva el control de la cámara legislativa, su peso relativo se ha ido erosionando. Mientras que las tres coaliciones de la derecha nacionalista han incrementado su representación del 15 % en 2014 al 27 % en la actualidad, los sondeos indican que podrían superar el 31 % en las próximas elecciones europeas de 2029. Este crecimiento no ha pasado desapercibido para el Partido Popular Europeo, uno de los pilares del establishment comunitario.

El año pasado, por primera vez en la historia del Parlamento Europeo, el Partido Popular Europeo tendió una rama de olivo a las coaliciones nacionalistas que hasta entonces habían sido excluidas, solicitando su apoyo para oponerse a las políticas del Green New Deal (Pacto Verde Europeo), consideradas perjudiciales para la economía europea. Aunque desde el punto de vista programático el movimiento pudiera parecer relativamente limitado, constituyó un punto de inflexión de enorme relevancia: el supuesto centroderecha europeo dejó claro que ya no estaba dispuesto a rechazar de manera automática cualquier cooperación con la derecha nacionalista. Durante más de una década, el PPE había visto reducirse progresivamente su base electoral, a medida que un número creciente de votantes abandonaba a los partidos que sacrificaban sus propias posiciones para preservar un centro político cada vez más frágil y optaba por formaciones de orientación más nacionalista.

A comienzos de este año, el PPE volvió a recurrir al apoyo de los nacionalistas para aprobar una legislación en contra de la voluntad de los Socialistas y Demócratas. En esta ocasión, el desafío a las normas políticas tradicionales resultó aún más significativo, ya que no se trataba de una cuestión económica susceptible de generar consensos entre sectores moderados. Por el contrario, el debate giraba en torno al mayor triunfo político de los partidos nacionalistas: la inmigración.

Diversos países europeos han intentado acelerar la expulsión de delincuentes y solicitantes de asilo cuyas peticiones han sido rechazadas, pero con frecuencia se han visto obstaculizados por la Comisión Europea de Derechos Humanos y por otras disposiciones normativas de la Unión Europea. Dado que el derecho europeo establece que ningún inmigrante puede ser devuelto a un país considerado inseguro, dirigentes conservadores como Giorgia Meloni y el ex primer ministro británico Rishi Sunak promovieron fórmulas inspiradas en la política estadounidense de Remain in Mexico, proponiendo trasladar a los inmigrantes a «terceros países seguros situados fuera de las fronteras de la Unión Europea».

Sin embargo, los Socialistas jamás habrían aceptado esa propuesta, como tampoco las pequeñas coaliciones de la izquierda radical. Además, el número de eurodiputados centristas del PPE y de Renovar Europa no era suficiente para garantizar su aprobación. La única alternativa consistía en atraer a los nacionalistas de otras coaliciones y endurecer la política migratoria.

La versión finalmente aprobada, gracias al respaldo de la derecha nacionalista, establece que los solicitantes de asilo rechazados que no puedan ser repatriados a sus países de origen podrán ser trasladados a «centros de retorno» (return hubs) situados fuera del ámbito de aplicación del ordenamiento jurídico y regulatorio de la Unión Europea. La aprobación de esta política representó una victoria de gran magnitud para Giorgia Meloni y sus aliados.

En esencia, el centro político europeo ya no puede mantener a la derecha nacionalista al margen de las decisiones de gobierno. La prueba definitiva llegará con las próximas elecciones nacionales en Alemania y Austria, donde se espera que los partidos nacionalistas obtengan el mayor número de votos, aunque previsiblemente seguirán necesitando socios de coalición para formar gobierno.

Los partidos de centroderecha de la Unión Europea comienzan a asumir que la única manera de sacar adelante políticas conservadoras pasa por unir fuerzas con los nacionalistas a los que durante décadas consideraron intocables, abandonando así el consenso generacional que había consistido en aislar a la derecha radical en toda circunstancia.

El frente interno

Por desgracia, los partidos políticos de los países europeos aún no han aprendido esta lección.

Europa Occidental se ha convertido en una región caracterizada por una creciente inestabilidad política. Francia ha tenido siete primeros ministros en los últimos seis años; el Reino Unido está a punto de nombrar a su quinto jefe de Gobierno; y la única forma en que la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el antiguo partido de Angela Merkel, podrá mantener a los nacionalistas alejados del poder tras las próximas elecciones alemanas será formando una coalición con diversos partidos de izquierda y de extrema izquierda. Todos estos países atraviesan un período de caos político precisamente porque se niegan a colaborar con los nacionalistas. Italia constituye la única excepción: su primera ministra nacionalista está a punto de completar cuatro años consecutivos en el cargo.

La centroizquierda también ha comenzado a retroceder parcialmente en materia migratoria. Mientras gobierna el Reino Unido, el laborista Keir Starmer ha reducido de manera significativa la inmigración legal heredada de la ola registrada durante la etapa de Boris Johnson; Dinamarca mantiene una política de medidas punitivas contra la inmigración ilegal; e incluso el nuevo primer ministro húngaro, contrario a Viktor Orbán, planea reducir la inmigración legal procedente de los países del sur de Asia.

En toda Europa Occidental, quienes siguen creyendo en las promesas de la Europa de la posguerra continúan defendiendo hasta el final el modelo de inmigración masiva, pero pierden terreno con cada año que pasa. Al otro lado del Atlántico, podríamos estar asistiendo al preludio de una nueva ola nacionalista.

Los nacionalistas y populistas europeos no siempre coincidirán con sus homólogos estadounidenses. En el ámbito de la inteligencia artificial, por ejemplo, mientras la administración Trump defiende decididamente esta tecnología, dirigentes europeos como Giorgia Meloni comparan las promesas de los líderes tecnológicos con las que hicieron los políticos que, durante la década de 1990, aseguraban que el libre comercio con China no tendría ninguna consecuencia negativa.

Aun así, la cuestión migratoria compartida, unida a la percepción de la amenaza china y al creciente peso de China en el Sur Global, podría convertir a una coalición nacionalista-populista de alcance occidental en una fuerza política de gran influencia. La presencia simultánea de gobiernos nacionalistas en Estados Unidos y en las principales potencias europeas podría proporcionar una legitimidad compartida para que cada país controle sus fronteras, expulse a los inmigrantes en situación irregular, adopte políticas energéticas consideradas racionales y preserve su propia identidad nacional.

Durante la década transcurrida desde la primera llegada de Donald Trump a la presidencia, los progresistas estadounidenses ensalzaron a Europa como un brillante faro de la democracia que jamás aceptaría sus políticas de control fronterizo y restricción de la inmigración. Sin embargo, si todos los países occidentales terminan adoptando la misma estrategia, a la izquierda institucionalista no le quedará ningún lugar al que mirar, salvo Canadá, y eso resulta bastante desolador.

¿Podríamos vivir, en 2028, en un mundo donde Marine Le Pen y Giorgia Meloni lideren las dos mayores potencias de Europa Occidental, mientras Reform UK y Alternativa para Alemania (AfD) continúan ascendiendo de cara a sus respectivas elecciones y JD Vance sea el candidato presidencial del Partido Republicano?

Esa posibilidad ya no puede considerarse descartada.

Fuente:https://www.commonplace.org/p/ryan-james-girdusky-nothing-left