Elecciones de mitad de mandato de 2026: ¿Qué significan para los republicanos, los demócratas, Estados Unidos y el mundo?

Hoy, millones de estadounidenses acudirán a las urnas para elegir a sus representantes en los ámbitos federal, estatal y local. Mientras se prevé ampliamente que los demócratas conquistarán la Cámara de Representantes e incluso, quizá, el Senado, el profesor Peter Trubowitz, director del Centro Phelan para Estados Unidos, ofrece en este artículo en formato de preguntas y respuestas una visión general de los posibles resultados y de sus implicaciones para el país, así como para los aliados y adversarios de Estados Unidos.

¿Cómo describiría el estado de la contienda mientras los estadounidenses acuden hoy a las urnas para las elecciones de mitad de mandato de 2026? ¿Qué resultado espera?

Este verano, Donald Trump comenzó a instar a los estadounidenses a votar en noviembre como si él mismo figurara en la papeleta electoral. Hoy parece que los ciudadanos han hecho suyo ese planteamiento, aunque quizá no con el resultado que Trump pretendía. Todos los indicadores habituales que utilizan los analistas políticos para anticipar quién se impondrá apuntan en azul, el color de los demócratas: desde los pésimos índices de aprobación de Trump hasta la sólida y sostenida ventaja demócrata en la votación genérica al Congreso, pasando por una confianza de los consumidores que se encuentra en mínimos históricos.

El único indicador que favorece a los republicanos es la financiación de las campañas. Por supuesto, el dinero importa. Pero aquí reside la cuestión fundamental: ante el fuerte viento político que sopla a favor de los demócratas, Trump, los republicanos y Elon Musk, el gran financiador del partido, se ven obligados a destinar esos recursos a candidatos que compiten en estados y distritos electorales que Trump ganó por márgenes de dos dígitos en 2024.

Salvo que se produzca una alteración grave o una interferencia de gran magnitud en el proceso electoral, existen razones de sobra para pensar que Trump y los republicanos vivirán hoy una jornada electoral adversa. Es prácticamente seguro que la Cámara de Representantes pasará a manos demócratas; el Senado también podría hacerlo.

La gran incógnita es si el resultado será lo suficientemente contundente como para quebrar el férreo control que Trump ejerce sobre el Partido Republicano y, al mismo tiempo, permitir a los demócratas articular una agenda coherente y políticamente viable de cara a 2028. De la respuesta a esta pregunta dependen muchas cosas que mantienen en vilo tanto a Estados Unidos como al resto del mundo.

¿Qué cree que significará este resultado para los republicanos, los demócratas y el país?

Mucho dependerá de la magnitud de una eventual victoria demócrata. Si los demócratas obtienen una victoria amplia, esta probablemente desplazará al partido hacia el centro político, al impedir que los sectores progresistas se hagan con el control de su agenda legislativa.

En la práctica, los demócratas tendrán dificultades para aprobar leyes, dada la facultad presidencial de veto de Trump y la necesidad de contar con una mayoría de dos tercios en ambas cámaras para superar un veto presidencial. Sin embargo, podrán obligar a los republicanos a adoptar posiciones defensivas en cuestiones populares, como la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible (Obamacare), la vivienda y la regulación de la inteligencia artificial.

Si los demócratas obtienen un resultado inferior a sus expectativas, la dirección del partido se concentrará en aquellas iniciativas en torno a las cuales existe actualmente un amplio consenso interno: iniciar un proceso de destitución contra el secretario de Defensa, Pete Hegseth; investigar las finanzas de Trump y sus proyectos faraónicos como el salón de baile de la Casa Blanca, y reabrir los expedientes de Epstein.

La historia será muy distinta en el bando republicano. Si las elecciones se interpretan ampliamente como una gran derrota para Trump, se abrirá el espacio político dentro del partido, saldrán a la superficie divisiones hasta ahora latentes —como la tensión entre MAGA y las grandes empresas tecnológicas y se acelerarán considerablemente las maniobras internas en torno a la candidatura presidencial de 2028.

Los republicanos vinculados al movimiento MAGA seguirán siendo una fuerza dentro del Partido Republicano, pero necesitarán aliados. Es poco probable que se alineen con el vicepresidente JD Vance, considerado el sucesor natural de Trump, porque muchos integrantes del movimiento MAGA lo perciben como el candidato de las grandes empresas tecnológicas.

Si el Congreso presiona al poder ejecutivo para mantener la financiación o el intercambio de inteligencia con Ucrania en el marco de una solución negociada que incluya concesiones territoriales, ¿cómo podría responder?

La clave parece residir en quién controle la Cámara de Representantes. En el Senado ya existe un respaldo suficiente para superar un veto presidencial y garantizar la asistencia financiera y de inteligencia a Kiev.

Incluso una victoria demócrata moderada en la Cámara de Representantes podría proporcionar los votos necesarios para superar el veto de Trump, puesto que hay numerosos republicanos descontentos con su disposición a intercambiar territorios ucranianos por combustible diésel ruso.

Sin embargo, otra cuestión es si todo esto bastará para impedir que Trump siga intentando alcanzar una solución negociada, incluso a pesar de las objeciones de Kiev. No lo creo.

De hecho, cuanto mayor sea el margen de la victoria demócrata, más probable será que Trump dedique tiempo y energía a tratar de alcanzar un acuerdo negociado. En parte, lo hará para demostrar, tras su revés político interno, que sigue siendo una figura relevante; en parte, porque Putin podría considerar que tiene más posibilidades de conseguir un acuerdo favorable con Trump que con su sucesor o con los europeos; y, en parte, porque Trump buscará maneras de embellecer su legado histórico.

Millones de estadounidenses votan hoy. Si pudiera identificar un único indicador decisivo en los datos de esta noche, ¿cuál sería el que buscarían los aliados y adversarios internacionales de Estados Unidos?

Tanto para los aliados como para los adversarios de Estados Unidos, el principal indicador será el resultado electoral en sí mismo.

Si se produce una elección de ola y los demócratas obtienen el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado, creo que los aliados de Estados Unidos harán lo mismo que hicieron en 2018, cuando los demócratas conquistaron 41 escaños en la Cámara de Representantes: harán todo lo posible por resistir y sobrellevar la presidencia de Trump, con la expectativa de que, cuando este sea sustituido en 2029, las cosas solo podrán mejorar, independientemente de que su sucesor sea demócrata o republicano.

¿Y qué ocurrirá con los adversarios? En este caso, es más probable que la situación varíe en función de quién sea el adversario, qué pretenda conseguir y, lo que es más importante, qué esté dispuesto a ofrecer a Trump y a su familia a cambio.

Creo que, desde la perspectiva de Pekín y Moscú, la conclusión será que sus oportunidades de reforzar sus posiciones estratégicas disminuirán una vez que Trump abandone la presidencia. Por ello, no deberíamos sorprendernos si Xi Jinping y Vladímir Putin intentan alcanzar cuanto antes acuerdos sobre las cuestiones que más les importan: Taiwán, en el caso de Xi, y Ucrania, en el de Putin.

Estas elecciones se celebran en un entorno profundamente condicionado por la desinformación generada mediante inteligencia artificial generativa, los deepfakes y una profunda desconfianza institucional. ¿Hasta qué punto son resilientes nuestras infraestructuras cívicas y electorales? Si nos enfrentamos a resultados disputados durante días o a márgenes extremadamente estrechos, ¿cuál podría ser el coste psicológico para la confianza pública dentro del país?

Creo que la última década ha demostrado que nuestras infraestructuras cívicas y electorales son sólidas, aunque haya cambios que nos gustaría introducir en el sistema, como la adopción de la representación proporcional o del voto preferencial.

Como hemos visto durante los últimos meses, los tribunales han logrado oponerse con bastante eficacia a los intentos de Trump de imponer una supervisión federal e interferir en el proceso electoral, una materia que la Constitución reserva a los estados.

Esto no significa que Trump no vaya a intentar hoy alterar el resultado electoral, ni que renuncie a sus esfuerzos por ralentizar u obstaculizar el proceso de certificación a escala estatal o el que tendrá lugar el 3 de enero. Ese día, el secretario de la Cámara de Representantes reúne las certificaciones emitidas por los estados en una lista oficial de los miembros electos del Congreso.

Cuanto mayor sea la victoria demócrata, más difícil resultará mantener en marcha este tipo de maniobras electorales.

A mi juicio, el problema más profundo que han puesto de manifiesto los años de Trump tiene que ver con la separación de poderes, un principio mucho más vulnerable también frente a la política partidista de lo que nos hicieron creer en las clases de educación cívica de noveno grado.

Trump es el beneficiario de una campaña de varias décadas emprendida por los conservadores para hacer realidad la denominada «teoría del poder ejecutivo unitario». Esta teoría, formulada durante la presidencia de Ronald Reagan, sostiene que el alcance de las facultades presidenciales es amplio, especialmente en materia de política exterior.

Durante la era Reagan, las posibilidades de llevar esta teoría a la práctica eran limitadas. La razón era que Estados Unidos todavía no estaba suficientemente polarizado en torno a las líneas partidistas. Si Reagan hubiera adoptado la concepción expansiva de Trump sobre las prerrogativas presidenciales, los republicanos moderados del Congreso se habrían opuesto a la usurpación de sus propias competencias.

En la política actual, marcada por un espíritu tribal tan intenso que los legisladores republicanos temen más que un candidato respaldado por Trump los desafíe en las primarias que enfrentarse a un rival demócrata en las elecciones generales, quedan muy pocos republicanos moderados dispuestos a plantar cara.

Este artículo se basa en las intervenciones del profesor Trubowitz durante el encuentro «A Transatlantic Perspective on the Eve of the Midterms», celebrado el 2 de noviembre de 2026 por la London School of Economics (LSE) y la Universidad de Georgetown, en el que participó junto con Larry Kramer, presidente y rector de la LSE.

Nota: Este artículo refleja las opiniones de su autor y no necesariamente las de USAPP – American Politics and Policy ni las de la London School of Economics.

Fuente:https://blogs.lse.ac.uk/usappblog/2026/11/03/midterms-republicans-democrats-america-world/ (CC BY 4.0)