El Tabú Que Se Resquebraja En Occidente: El Auge De Las Políticas Críticas Con Israel

Las declaraciones formuladas por el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, el 15 de septiembre de 2026 durante el All-In Summit de Los Ángeles pueden interpretarse como la señal de un punto de inflexión que trasciende con mucho los límites de una declaración diplomática convencional. «No podemos permitir que nuestra política exterior en Oriente Medio esté subordinada al Estado de Israel», afirmó Vance, fundamentando su posición mediante una analogía con la OTAN: «Del mismo modo que nuestra política europea no está subordinada a Bruselas, nuestra política en Oriente Medio tampoco puede estar subordinada a Tel Aviv». El criterio empleado por Vance al describir a Trump como «el presidente más fuerte de los últimos cuarenta años» permite comprender mejor este planteamiento: sería, según él, el dirigente que mayor disposición ha mostrado a «separarse de Netanyahu» cuando los intereses de ambas partes entran en conflicto.

Estas palabras sugieren que el lugar ocupado por Israel dentro de la jerarquía de prioridades estratégicas de Washington ha comenzado a ser objeto de debate y, más aún, que ese cuestionamiento ya no se produce exclusivamente a puerta cerrada, sino también ante la opinión pública. Anteriormente, Vance ya había provocado una amplia controversia al acusar al lobby israelí de tratar de empujar a la opinión pública estadounidense hacia la prolongación de la guerra y de obstaculizar un acuerdo de paz, culminando sus declaraciones con una expresión inequívocamente hostil: «váyanse al infierno».

Resulta particularmente significativo que el discurso de Vance se produjera poco después de que doce países occidentales, con el Reino Unido a la cabeza, anunciaran de manera coordinada medidas contra los asentamientos israelíes ilegales en la Cisjordania ocupada. El hecho de que doce Estados actuaran simultáneamente, unido a las declaraciones de Vance, parece revelar no tanto una serie de decisiones aisladas adoptadas por gobiernos individuales como la cristalización de una posición diplomática común que llevaba tiempo madurando.

Si se consideran conjuntamente el momento elegido para estas medidas a pocas semanas de las elecciones israelíes del 27 de octubre y las declaraciones de Vance, se observa que en distintas capitales occidentales comienza a cuestionarse cada vez con mayor intensidad la legitimidad política del gobierno de Netanyahu.

Una de las principales razones de este cambio reside en la reciente transformación electoral experimentada en Occidente y en una presión de la opinión pública que está obligando a los sistemas políticos a adoptar una posición más distante respecto de Israel. El respaldo a Israel se ha erosionado con especial rapidez entre los votantes jóvenes, elevando para los políticos el coste electoral de mantener las tradicionales políticas de apoyo al Estado israelí. En los distritos electorales competitivos, los denominados swing districts, y en aquellas circunscripciones con una elevada presencia de población joven, el crecimiento de un electorado especialmente sensible a la cuestión israelo-palestina ha comenzado a influir directamente en las estrategias de los partidos.

En este sentido, las medidas adoptadas por los gobiernos occidentales no pueden entenderse únicamente como decisiones diplomáticas: aparecen también como la manifestación en política exterior de nuevas dinámicas internas y de una creciente presión electoral.

La transformación de la opinión pública: lo que dicen las cifras

Detrás de las recientes decisiones adoptadas en las capitales occidentales se encuentra una profunda transformación de la opinión pública. En el contexto del genocidio iniciado por Israel en Gaza y de la posterior evolución del conflicto hacia la guerra con Irán, la percepción de Israel en las sociedades democráticas occidentales ha descendido muy por debajo de sus promedios históricos.

Los datos correspondientes al periodo 2025-2026 muestran una erosión considerable de las actitudes favorables hacia Israel en diferentes sociedades occidentales. Esta tendencia resulta todavía más pronunciada entre los electores jóvenes: las generaciones Z y milénial muestran niveles de apoyo a las políticas israelíes sensiblemente inferiores a los de las generaciones de sus padres.

En Estados Unidos, las encuestas recientes muestran igualmente que esta transformación avanza de forma más gradual que en algunos países europeos, pero resulta ya claramente perceptible. La opinión pública estadounidense sobre Israel se ha deteriorado de manera significativa respecto de los años anteriores. Esta tendencia adquiere una dimensión particularmente acusada entre los adultos jóvenes, entre quienes la valoración del Gobierno israelí se encuentra en niveles notablemente inferiores a los registrados entre los grupos de mayor edad.

Los estudios del Pew Research Center dibujan un panorama semejante. La distancia entre las actitudes de demócratas y republicanos respecto de Israel se ha ampliado, mientras que entre los jóvenes y particularmente entre los jóvenes demócratas las opiniones favorables hacia los palestinos superan ampliamente las registradas hacia los israelíes. Esta tendencia demuestra que las posiciones críticas con Israel en Estados Unidos ya no se encuentran confinadas a sectores marginales, sino que han pasado a formar parte de corrientes relevantes de la opinión pública.

Esta fractura demográfica plantea primero un riesgo y, posteriormente, una ventana de oportunidad para los políticos occidentales. Mantener una postura tradicionalmente favorable a Israel entraña el riesgo de alejar a una base electoral joven cada vez más numerosa; adoptar una mayor distancia respecto de la política israelí, en cambio, puede resultar funcional tanto para atraer a esos votantes como para proyectar una imagen de autonomía diplomática.

El papel desempeñado por el Gobierno laborista británico en las medidas contra los asentamientos puede interpretarse como uno de los ejemplos más visibles de esta transformación. Keir Starmer, cuya posición respecto de Israel antes de llegar al poder era considerablemente más favorable, ha pasado a formar parte de un gobierno situado entre los principales impulsores europeos de medidas restrictivas contra los asentamientos. Este desplazamiento puede entenderse no solo como una evolución de posiciones políticas, sino también como un reposicionamiento ante las cambiantes demandas del electorado.

Transformación electoral y presión estructural

Para comprender esta dinámica en las democracias occidentales es necesario examinar los mecanismos de la transformación electoral. A medida que cambia la composición demográfica del electorado, también se modifica el mapa de prioridades de los partidos políticos.

En países como el Reino Unido, Francia, los Países Bajos y Bélgica, donde determinadas comunidades musulmanas poseen un peso electoral significativo, la política hacia Israel se ha convertido en una variable cada vez más relevante dentro de los cálculos electorales nacionales y locales. En circunscripciones altamente competitivas, el peso de los votantes sensibles a la cuestión israelo-palestina puede adquirir una importancia decisiva. Esta aritmética está modificando el lenguaje político: la fórmula del «derecho de Israel a la seguridad» deja de resultar suficiente por sí sola, mientras que conceptos como la «rendición de cuentas» y el «respeto del derecho internacional» pasan a formar parte del lenguaje compartido por coaliciones electorales más amplias.

En Estados Unidos, el panorama es más complejo, aunque la dirección general presenta ciertas similitudes. El creciente distanciamiento respecto de Israel entre los votantes jóvenes y pertenecientes a minorías dentro de la base del Partido Demócrata ha influido de manera visible en las posiciones de algunos miembros del Congreso desde 2024.

En el campo republicano, por su parte, la ideología de «America First» ha introducido una profunda reformulación del debate. Al privilegiar la reducción de los compromisos internacionales de Estados Unidos, esta corriente también ha abierto a la discusión el principio de un apoyo incondicional a Israel.

Las declaraciones de Vance se inscriben claramente en este contexto ideológico. Que el vicepresidente de Estados Unidos, perteneciente al partido que históricamente ha constituido uno de los pilares más sólidos del respaldo estadounidense a Israel, formule públicamente una posición de esta naturaleza revela hasta qué punto el debate ha adquirido ya una dimensión estructural.

El tabú roto y la nueva normalidad

Durante décadas existió un poderoso tabú en la escena política occidental: dado que las críticas a Israel podían abrir la puerta a acusaciones de antisemitismo, los políticos de las principales corrientes procuraban mantenerse, en la medida de lo posible, alejados de este terreno. Sin embargo, ese tabú comenzó a erosionarse sistemáticamente a raíz del proceso desencadenado tras el 7 de octubre. La emisión por parte de la Corte Penal Internacional de órdenes de arresto contra Netanyahu y el exministro de Defensa Yoav Gallant, las sucesivas resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas críticas con Israel y la creciente implicación de los mecanismos europeos de derechos humanos han contribuido, en conjunto, a situar estas críticas dentro de un marco legítimo de derecho internacional. Los políticos pueden ahora fundamentar sus cuestionamientos a Israel no en un terreno susceptible de ser asociado al antisemitismo, sino en las exigencias derivadas del derecho internacional. Este cambio de marco funciona, en sí mismo, como una poderosa palanca política.

Existen sólidos indicios de que este panorama podría acentuarse aún más durante los próximos años. De cara a las elecciones que se celebrarán en Europa Occidental en los próximos dos años, cabe prever que las presiones demográficas y la transformación de la opinión pública empujen las posiciones políticas hacia posturas cada vez más críticas. Cada nuevo ciclo electoral podría generar un debate sobre la política hacia Israel más intenso que el anterior; y cada debate, a su vez, contribuirá a crear un clima en el que los políticos de las principales corrientes puedan expresar con mayor naturalidad posiciones que hasta hace poco resultaban difíciles de formular públicamente. Lo que Vance dice hoy habría sido, hace apenas cinco años, una afirmación difícilmente imaginable en boca de un vicepresidente republicano de Estados Unidos. Dentro de otros cinco años, es muy posible que posiciones que hoy todavía resultan difíciles de expresar se hayan convertido en posturas políticas ordinarias.

El verdadero motor de esta transformación en Occidente reside en el profundo y persistente cambio que se está produciendo en el seno de la sociedad civil. Los discursos y las decisiones adoptadas recientemente por las élites políticas son, en buena medida, consecuencia de una erosión de las actitudes tradicionales en la opinión pública que, particularmente entre las generaciones más jóvenes, ha comenzado a ejercer una presión creciente sobre el sistema político. Los ciclos electorales ya no pueden permitirse ignorar esta presión social. A medida que se aproximan las elecciones, los dirigentes políticos se ven cada vez más obligados a adaptar sus posiciones a las demandas de sus respectivas bases electorales. Este proceso debe entenderse, por tanto, no tanto como el resultado de súbitos cambios de opinión entre determinados líderes, sino como la consecuencia de una transformación estructural.

Una de las consecuencias más significativas del genocidio perpetrado por Israel en Gaza ha sido la considerable reducción del coste político asociado a criticar al Estado israelí. Durante décadas, numerosas críticas fueron contenidas o silenciadas bajo la amenaza de ser calificadas de antisemitas; sin embargo, la magnitud de los acontecimientos ha contribuido a otorgarles una legitimidad cada vez mayor dentro del debate público. La activación de los mecanismos del derecho internacional y la creciente concienciación de la opinión pública han hecho que cuestionar las políticas israelíes deje progresivamente de considerarse una posición políticamente «arriesgada».

Esta nueva realidad facilita que los dirigentes occidentales adopten medidas que anteriormente difícilmente se habrían atrevido a plantear. En consecuencia, la transformación que atraviesa la sociedad civil, al determinar tanto el ritmo como la dirección del proceso, está convirtiendo el cambio político en una dinámica cada vez más difícil de evitar.

[1] Profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Mardin Artuklu. [email protected]