El Socialismo En Cuba Se Ha Convertido En Una Estafa

En una sofocante tarde en La Habana, la fila frente a la panadería estatal se extiende a lo largo de toda la calle. Dentro, los estantes están casi vacíos. Un hombre con una gorra de béisbol descolorida me dice que lleva dos horas esperando un pan que quizá nunca llegue.

Al otro lado de la avenida, frente a un hotel reservado principalmente para extranjeros, espera un SUV negro brillante con los vidrios polarizados. En el lobby del hotel hay whisky importado y el aire acondicionado está regulado a una temperatura glacial.

En la Cuba actual, este tipo de contraste ya no resulta extraño.

Camino por el centro de La Habana junto a Antonio Rodríguez, un profesor universitario de historia de 60 años que complementa sus ingresos trabajando como guía turístico. Su salario estatal ronda los 9.000 pesos cubanos al mes (aproximadamente 17 dólares estadounidenses al tipo de cambio informal), una suma que vale muy poco en una economía cada vez más orientada al dólar.

Antonio me dice con total naturalidad: “Trabajo en dos empleos y como una vez al día”. Pasamos junto a tiendas con las persianas cerradas y bloques de apartamentos sumidos en la oscuridad uno de los frecuentes apagones eléctricos antes de girar hacia el bulevar San Rafael. “Aquí hay muchas prostitutas”, comenta señalando la calle. En algunas zonas de La Habana las luces están apagadas, pero la economía informal sigue funcionando con enorme vitalidad.

En el pasado, los defensores del gobierno cubano solían citar la libreta, el sistema mensual de racionamiento mediante el cual los cubanos recibían productos básicos, como prueba de que la población tenía lo suficiente para sobrevivir. Sin embargo, desde que Raúl Castro sustituyó a Fidel en 2008, ese sistema ha sido reducido constantemente. Hoy, incluso administrándolo cuidadosamente, apenas proporciona alimentos para unos diez días. Productos cotidianos como pasta dental y champú fueron eliminados por completo.

En su lugar llegó el mercado despiadado: un tubo de pasta dental puede costar hasta 600 pesos (menos de 1,5 dólares al tipo de cambio informal), lo que equivale aproximadamente al 15 % de un salario mensual promedio. Sería como gastar unos 800 dólares en un solo tubo de pasta dental.

Hace unos días caminaba por La Habana con un amigo. Cada vez que pasábamos frente a los escaparates de las grandes tiendas, me detenía y miraba los productos expuestos con incredulidad. Trabaja como camarero y, en una buena noche, gana unos 200 pesos cubanos; es decir, menos de cincuenta centavos de dólar al tipo de cambio informal. Si quisiera comprar un kilo de arroz, tendría que pagar entre 250 y 350 pesos, el equivalente a un día y medio de trabajo.

Cuando visité Cuba por primera vez, en la década de 2010, un dólar equivalía a unos 24 pesos cubanos. Este año, el tipo de cambio informal llegó hasta 545. Y ni siquiera hay garantía de poder acceder al dinero. Muchos cajeros automáticos de La Habana no funcionan, y los que sí funcionan se quedan sin efectivo rápidamente. Mientras tanto, los productos permanecen detrás de vitrinas. Pero la mayoría de la gente no puede alcanzarlos.

Durante décadas, Cuba se presentó a sí misma ante sus ciudadanos y ante el mundo como una alternativa socialista frente a las desigualdades del capitalismo global. Esa narrativa todavía tiene defensores en el extranjero. Pero basta pasar algo de tiempo en la isla para ver claramente que ha sido reemplazada por otra cosa: no un socialismo significativo, sino un sistema posideológico gobernado por una élite militar-comercial que continúa hablando el lenguaje de la revolución aunque la revolución misma se haya extinguido hace tiempo.

Aunque algunos de sus persistentes admiradores extranjeros sigan ignorándolo, en La Habana el socialismo ya colapsó hace mucho tiempo. El hecho de que el severo aparato estatal siga agitando banderas rojas ya no cambia nada.

La magnitud del colapso económico de la isla ayuda a explicar por qué el viejo marco ideológico se siente tan vacío. Desde 2019, el PIB cubano se ha reducido aproximadamente un 23 %, un derrumbe que se refleja en la vida cotidiana a través de la escasez, los apagones y la migración constante de personas en edad laboral. Los dos trabajos de Antonio uno en la economía formal y otro relacionado con el turismo se han convertido cada vez más en la norma.

Hoy, el actor económico más poderoso de Cuba no es una cooperativa obrera ni un ministerio responsable ante la población. Ese papel lo desempeña el conglomerado militar-empresarial conocido como Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA). A través de su red de filiales, GAESA controla gran parte del sector turístico de la isla, así como importantes segmentos del comercio minorista, el mercado inmobiliario y el intercambio de divisas. Si uno se hospeda en un hotel, alquila un automóvil o compra productos importados en Cuba, es muy probable que el dinero termine directa o indirectamente en las cuentas de este grupo.

Lo que hace excepcional a GAESA incluso para los estándares del capitalismo estatal opaco no es solo su tamaño, sino el grado en que parece estar aislado del propio Estado. Opera en gran medida fuera del presupuesto oficial, prácticamente no paga impuestos y, según datos financieros filtrados, tampoco transfiere dividendos al tesoro público. Se estima que sus ingresos superan en más de tres veces los ingresos estatales de Cuba. Y aun así, hay muy pocas señales de que esos recursos se destinen a la deteriorada infraestructura del país o a sus exhaustos servicios públicos.

Más impactante aún es la manera en que se generan y utilizan esos ingresos. Según un análisis del Real Instituto Elcano, entre 2024 y 2025 aproximadamente el 60 % del petróleo enviado desde Venezuela a Cuba nunca permaneció en la isla. En cambio, fue exportado a mercados asiáticos a través de Cuba Metales, una entidad vinculada a GAESA. Los ingresos obtenidos, según diversos informes, terminaron acumulándose en cuentas offshore asociadas a la misma red militar-comercial, en lugar de destinarse a la red eléctrica colapsada o a la infraestructura devastada del país.

Entonces, ¿por qué se mantiene un sistema así? El propio Fidel Castro reconoció en 2010 que el modelo económico cubano no funcionaba. Aun así, las reformas significativas siguen sin producirse. Una explicación es que las instituciones que dominan actualmente la economía están controladas por una reducida élite con intereses directos en preservarlas. Desmantelar esta estructura no implicaría solo un ajuste económico, sino también la pérdida de privilegios para esa élite.

Hoy Cuba lucha contra apagones constantes, escasez de combustible y un sistema de transporte prácticamente disfuncional. La decisión de la administración Trump de restringir los envíos de petróleo a la isla agravó aún más la crisis, paralizando partes de la vida cotidiana e incluso obstaculizando la distribución de ayuda humanitaria. Francisco Pichón, coordinador residente de la ONU en Cuba, señaló que 170 contenedores de ayuda básica permanecían sin distribuir debido a la falta de combustible.

Mientras camino por las calles oscuras junto a Antonio, resulta difícil reconciliar la narrativa oficial sobre la escasez con un sistema que parece haberse vuelto, al menos en parte, sinónimo de ella.

La misma lógica se refleja en las prioridades de gasto estatal. El sistema de salud, durante mucho tiempo presentado como uno de los mayores logros de la revolución, recibe hoy una parte sorprendentemente pequeña de la inversión pública. En cambio, más del 30 % del gasto se destina a infraestructura turística, pese a que el número de visitantes sigue disminuyendo. Como resultado, la isla se llena de hoteles nuevos o semivacíos mientras los hospitales carecen de suministros básicos y los pacientes dependen de sus familiares para conseguir medicamentos.

El panorama resultante muestra una economía dividida de facto en dos. Por un lado, existen zonas dolarizadas cerradas compuestas por hoteles, complejos turísticos y tiendas bien abastecidas dirigidas a turistas y a una pequeña élite cubana con acceso a divisas. Por otro, continúa el prolongado deterioro de la economía del peso, marcada por la escasez, la inflación y la erosión constante del nivel de vida.

Cuando uno conversa con cubanos comunes, lo que emerge no es un espíritu revolucionario combativo, sino un profundo agotamiento. Muchos intentan abandonar el país; quienes permanecen luchan por sobrevivir en un entorno dominado por la escasez y las soluciones informales. El lenguaje del socialismo sigue apareciendo en carteles y discursos oficiales, pero parece completamente desconectado de la realidad que pretende describir.

Recientemente, varias misiones humanitarias y flotillas de “solidaridad” organizadas por sectores de la izquierda occidental llegaron a Cuba para entregar ayuda. Algunos de sus participantes, instalados en hoteles alimentados por generadores eléctricos, atribuyen toda la crisis económica de la isla exclusivamente al imperialismo estadounidense. Esa visión solo es posible si se ignora que los cubanos no solo han sido empobrecidos, sino también sometidos por su propio Estado.

En La Habana, cuando hablas con la gente lejos de los funcionarios oficiales, emerge un panorama mucho más complejo. Un joven de 33 años me dijo, medio en broma, que si Donald Trump enviara al ejército estadounidense “todo el mundo saldría a las calles” (aunque rápidamente añadió que Trump estaba “loco”). Otros se muestran más cautelosos respecto a cualquier intervención extranjera, y probablemente tienen buenas razones para ello. Sin embargo, el simple hecho de que este tipo de sentimientos se expresen ya resulta revelador. El nivel de frustración es tan alto que algunas personas están dispuestas a considerar casi cualquier opción que pueda traer un cambio. Como bromeó alguna vez el escritor disidente cubano Guillermo Cabrera Infante sobre la posibilidad de abrir un McDonald’s en La Habana: comer plástico es mejor que no comer nada.

Lo que más me impactó en Cuba no fue una sola perspectiva, sino la diversidad de perspectivas. La gente suele comenzar diciendo que “no es política”, pero cuando siente que la conversación es segura, habla durante largo tiempo. Estas conversaciones normalmente comienzan en voz baja y se vuelven más abiertas en espacios privados. La narrativa oficial continúa expresándose a gritos; la oposición, en cambio, se susurra.

La hostilidad estadounidense le ha proporcionado durante mucho tiempo al Estado cubano una excusa conveniente para explicar sus fracasos; una explicación que no es completamente falsa, pero que está muy lejos de ser completa. Incluso con acceso limitado a la información, muchos cubanos comprenden esta doble realidad. Si se les da la oportunidad, te cuentan cómo son realmente las cosas. Por eso resulta llamativo que muchos occidentales, que disfrutan de mucha más libertad para leer, hablar y organizarse, a menudo prefieran no escuchar.

Especialmente para los observadores fuera de Cuba, resulta tentador interpretar la isla a través del lente de la Guerra Fría: socialismo contra capitalismo, resistencia contra imperialismo. Pero ese marco oculta más de lo que aclara. El sistema que existe hoy en Cuba no es significativamente igualitario ni avanza hacia un mayor control democrático sobre la vida económica.

En ese sentido, la Revolución Cubana ya terminó hace mucho tiempo. Lo que queda es una élite militar oportunista que continúa invocando la tradición revolucionaria mientras se aferra firmemente a sus propios privilegios. “Socialismo o muerte” fue alguna vez el lema oficial. Hoy, ese lema parece haberse transformado en algo más parecido a “privilegio o hambre”.

Fuente:https://www.persuasion.community/p/socialism-has-already-fallen-in-cuba