El Régimen Canalla De Trump Deja Al Descubierto A Los Miserables Vasallos Europeos

Strategic Culture Foundation

Con una amarga ironía, la arrogancia temeraria de Trump debería ser acogida con satisfacción. Occidente se ha despojado de la máscara de hipocresía y falsedad; y ello, al menos, permite ver con claridad lo que el sistema occidental es en realidad. Lo que contemplamos es un panorama bárbaro y grotesco, inquietantemente similar al fascismo de épocas pasadas.

El orden internacional está siendo arrojado al basurero de la historia ante los ojos de todo el mundo. Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, se ha transformado abiertamente en un Estado canalla plenamente desarrollado, que actúa según el principio de que “la fuerza hace el derecho”. Este ha sido desde hace tiempo el método preferido de la hegemonía estadounidense; pero con Trump dicho método ha sido acelerado como con un turbocargador, adquiriendo un carácter aún más brutal.

Toda pretensión de un orden basado en normas ha sido abandonada. Trump proclama con ostentación que el derecho internacional no existe y que no hay límites alguno al uso unilateral de la fuerza por parte de Estados Unidos.

En el transcurso de una sola semana, el régimen de Trump hizo lo siguiente: lanzó un ataque letal contra Venezuela, secuestró a su presidente y se apoderó de la inmensa riqueza petrolera del país; confiscó buques de carga rusos y chinos en violación del derecho marítimo; amenazó con acciones militares a numerosos Estados soberanos, incluidos México, Colombia y Cuba; amenazó con anexionarse por la fuerza la región ártica de Groenlandia, territorio que pertenece legalmente a Dinamarca; intensificó el bombardeo de Somalia, el séptimo país atacado durante el primer año del segundo mandato de Trump; inventó descaradas mentiras para justificar la ejecución extrajudicial de un ciudadano estadounidense inocente por agentes federales; y además amenazó con una acción militar contra Irán si su gobierno reprimía protestas callejeras que, según se cree ampliamente, fueron instigadas por los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel.

Entre todas estas conductas propias de un Estado canalla, quizá la más grave sea la comisión de múltiples crímenes de guerra durante el ataque contra Venezuela, que causó la muerte de cerca de cien personas. El supuesto espectáculo de lucha contra el “narcoterrorismo” fue abandonado sin pudor alguno. En su lugar, se celebra ahora la apropiación de la riqueza petrolera venezolana en beneficio de las grandes corporaciones petroleras estadounidenses.

Esta barbarie constituye un imperialismo explícito, unido a una arrogancia de carácter fascista. Trump ha devuelto al mundo a los albores del siglo XX, a la época en que la diplomacia de las cañoneras se practicaba abiertamente bajo un cínico eufemismo. A comienzos del siglo pasado, presidentes estadounidenses sucesivos invadían de forma rutinaria países latinoamericanos, masacraban poblaciones, instalaban dictadores sanguinarios y se apoderaban de recursos naturales con una violencia desenfrenada. Trump, invocando sin pudor la Doctrina Monroe de 1823 como si fuera su ámbito legítimo de autoridad, ordena a Venezuela y a otros países de América Latina romper todos sus vínculos con China y Rusia.

China y Rusia han condenado enérgicamente a Estados Unidos por su agresión contra Venezuela. Ambos países advierten que el mundo avanza hacia un caos global.

No ocurre lo mismo con los Estados europeos, que han respondido con un silencio dócil o con excusas cínicas frente a las acciones criminales de Trump. Desde luego, Europa se encuentra en una posición debilitada, pues durante años ha respaldado la agresión estadounidense: intentó desacreditar al presidente venezolano Nicolás Maduro, se negó a reconocer los resultados electorales y promovió figuras provocadoras apoyadas por Occidente, como la laureada con el Nobel María Corina Machado.

El reconocido académico estadounidense en relaciones internacionales Jeffrey Sachs afirmó esta semana, en su intervención ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que la cuestión central no son las acusaciones formuladas por Washington y sus aliados europeos contra el gobierno venezolano, sino el respeto al derecho internacional basado en la primacía de la Carta de la ONU y en la inviolabilidad de la soberanía nacional.

El régimen de Trump ha perpetrado actos de agresión y ha violado la Carta de las Naciones Unidas con absoluto desprecio. Los Estados europeos, mediante su silencio y su aprobación tácita, se convierten en cómplices de esta barbarie propia de un Estado canalla.

La ironía alcanza tintes grotescos cuando las potencias occidentales se presentan a sí mismas como baluartes de la democracia internacional, del derecho, del orden y de la autoridad moral. Mientras acusan a Rusia, China y a otros de abusos y malas intenciones, la realidad evidente es que quienes han convertido el orden internacional en una farsa son los Estados occidentales liderados por la hegemonía estadounidense. Son hipócritas y farsantes que empujan al mundo hacia la crisis y un conflicto devastador.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y la adopción de la Carta de la ONU en 1945, las potencias occidentales han jugado un juego sutil marcado por la hipocresía y el engaño. Mientras fingían respetar el derecho y el orden, siempre se reservaron implícitamente el supuesto derecho a desestabilizar naciones extranjeras mediante agresiones y guerras ilegales, bajo pretextos como la Guerra Fría o la defensa de la “democracia” y del “mundo libre”. Los Estados occidentales han sido, en realidad, regímenes canallas que ocultaron crímenes de cambio de régimen, agresión y conquista bajo un manto de virtud.

Estos Estados supuestamente democráticos siempre han sido imperialistas sin escrúpulos. Lo que ha permitido y sigue permitiendo tales disfraces es el sistema de propaganda de los medios occidentales.

La función propagandística de los medios occidentales quedó plenamente expuesta durante la agresión contra Venezuela. Ningún gran medio de comunicación en Estados Unidos o Europa se atrevió a condenar los crímenes de guerra estadounidenses. Por el contrario, algunos de los principales referentes mediáticos de Estados Unidos como The New York Times, The Washington Post y The Wall Street Journal legitimaron la agresión de Trump, a pesar de que, según el estándar de Núremberg, equivalía al más alto grado de criminalidad.

Entre todas estas vergüenzas hoy visibles, la más destacada es la abierta condición de vasallos de los Estados europeos. Incluso cuando el régimen de Trump amenazó con anexionarse por la fuerza Groenlandia territorio nominalmente europeo, apenas se escucharon críticas u oposición. Los Estados europeos Dinamarca, Gran Bretaña, Alemania, Francia y otros resultan patéticos en su sumisión al amo estadounidense.

Con una amarga ironía, la arrogancia temeraria de Trump debería ser bienvenida. Pues, sin proponérselo, ha revelado lo que realmente es el sistema occidental: un régimen imperial criminal, sin el más mínimo respeto por el derecho internacional, la vida humana o la convivencia pacífica. Occidente ha dejado caer la máscara de la hipocresía y la falsedad; y ello, al menos, permite comprender con claridad qué es en realidad el sistema occidental. Lo que vemos es un panorama bárbaro y repulsivo, semejante al fascismo de otros tiempos. Los europeos han quedado expuestos tal como son: simples vasallos. Y esto los vuelve peligrosos, pues en su servilismo refuerzan la impunidad de la violencia imperialista.

Fuente:https://strategic-culture.su/news/2026/01/09/trump-turbo-charged-rogue-regime-exposes-pathetic-european-vassals/