El Puerto Seguro De Los Kurdos
En las últimas semanas he tenido la oportunidad de conversar con un número considerable de personas, pertenecientes a distintos sectores políticos, sobre la recepción social del proyecto «Una Türkiye sin terrorismo», un proceso que continúa en marcha. Quisiera compartir con ustedes, estimados amigos, algunas de las observaciones que he obtenido.
Antes de comenzar, conviene advertir contra las lecturas simplistas que, a la luz de las afirmaciones sobre los enormes cambios generacionales en la sociedad kurda o sobre una supuesta secularización radical y reactiva de esta comunidad, pretenden extraer conclusiones apresuradas. Como ocurre con cualquier afirmación u observación sociológica, también estas hipótesis deben abordarse con prudencia.
Conversamos con un hombre de mediana edad, aunque extraordinariamente dinámico, emigrado desde Dersim a Europa y que durante años vivió dentro de las redes sociales de la organización. Mientras recorremos la carretera que une Elazığ con Dersim una vía de doble calzada, impecablemente asfaltada y flanqueada por pintorescos pueblos, mi amigo conduce un potente automóvil con matrícula austríaca a una velocidad que parece hacer llorar el asfalto. Mantiene una actitud crítica, pero procura mostrarse sereno y cortés por el respeto que existe entre nosotros.
En el coche suena una conocida canción tradicional en kurdo, familiar para cualquiera. La versión, remezclada mediante inteligencia artificial, resulta casi perfecta y, con su ritmo vertiginoso, transforma el profundo dolor que transmite en una explosión emocional casi primitiva. Sus manos, sus pies, prácticamente todo su cuerpo, siguen el compás hasta el punto de reflejarse incluso en la forma en que conduce.
En un momento dado se detiene, señala el puente de Singeç que aparece frente a nosotros y dice:
Hermano, ¿sabes una cosa? Ahora mismo me gustaría lanzar este coche a toda velocidad por el precipicio desde ese puente. La idea revolucionaria del sueño de un Kurdistán sigue ardiendo dentro de mí como una montaña, pero siento que ese sueño se está derritiendo lentamente entre mis manos como un trozo de hielo. Es como si alguien me hubiera robado el sentido de la vida.
Intento tranquilizarlo. Con cierta cautela le digo que muchos kurdos que viven en Europa parecen seguir viviendo emocionalmente en la Türkiye de los años ochenta. Él, sorprendentemente, acepta esa observación.
Sí responde. En 1999, con motivo del aniversario de la captura del Serok, un amigo mío se prendió fuego junto con otros tres compañeros. Toda mi vida admiré su memoria, su sacrificio y su valentía. ¿Sabes una cosa? Ni siquiera los nuestros dieron cobertura a aquella acción. Ahora, sin embargo, siento que quizá estábamos entregados a una causa inútil.
Fue una conversación profundamente dramática. Confieso que me dejó un nudo en el corazón, porque sé que decenas de miles de jóvenes kurdos fueron abandonados en las montañas, en barricadas y trincheras, sin siquiera una lápida que recordara su nombre y sin la posibilidad de despedirse dignamente de sus familias.
Con un amigo funcionario, a pocos meses de jubilarse, estamos sentados en pequeños taburetes en una casa de té situada junto al cementerio Zeynel Abidin, en Nusaybin. Mientras bebemos té, esperamos que el calor dé un poco de tregua. Los taburetes de mimbre no son precisamente cómodos, aunque, inmersos en la conversación, esos detalles apenas llaman la atención. Aun así, no dejé de bromear con el dueño del local por seguir utilizando aquel mobiliario tradicional en lugar de mesas de plástico.
Tras un breve intercambio de cortesías, saco el tema.
Mi amigo ha conseguido que sus tres hijos estudien, tengan profesión y empleo, y ya ha casado a dos de ellos. Habla con la tranquilidad de quien siente que ha cumplido con sus responsabilidades.
Hermano dice, gracias a Dios protegió a nuestros hijos. En 1992 terminé la universidad y regresé a mi tierra. Era un militante apasionado; si me hubieras visto entonces, habría parecido un tizón encendido: bastaba tocarme para quemarse. Mientras estudiaba en Konya compraba todos los días un ejemplar de Özgür Gündem y lo leía línea por línea. Incluso las noticias deportivas las leía con enorme atención, porque hasta su lenguaje era ideológico. Si contemplabas el mundo desde las páginas de aquel periódico, acababas creyendo que todo Kurdistán, ciudad por ciudad y pueblo por pueblo, estaba siendo incendiado y que todo era un mar de sangre. Además, durante los largos viajes en autobús, los controles, registros y actuaciones de soldados y policías bajo el pretexto de la seguridad reforzaban todavía más esa sensación.
»Pero luego llegaba a casa, visitaba a familiares y amigos, veía que la vida seguía su curso normal, que todo el mundo continuaba con su trabajo y sus campos, y aquello me sorprendía. Entonces comprendí que ciertos sectores dentro del Estado y también los nuestros parecían darse la mano para amargarle la vida a la gente. Durante años hicimos huelgas, manifestaciones, pagamos contribuciones… todo lo que nos pidieron. ¿Y qué conseguimos al final? Gracias a Dios, el Estado empezó a actuar con más sensatez y los nuestros comprendieron que tanto derramamiento de sangre no beneficiaba a nadie. ¿Viste, hermano? El otro día Duran Kalkan hizo un magnífico análisis deportivo sobre la selección nacional. Las declaraciones de Öcalan y de Bahçeli devolvieron un poco de esperanza al corazón de la gente.
La conversación puede escucharse desde las mesas vecinas. Un anciano, con un imponente gorro de lana adornado con motivos tejidos en verde y negro, asiente con entusiasmo y confirma las palabras de mi amigo.
Como estos dos episodios, tengo anotadas decenas de anécdotas más: personas procedentes de contextos culturales distintos, con posiciones políticas diferentes y que abordan esta cuestión desde perspectivas centradas en la religión, el nacionalismo, la izquierda, el secularismo, entre otros enfoques. Sin embargo, si tenemos en cuenta la velocidad con la que hoy cambian y circulan la información y las opiniones, sería pretencioso afirmar que este material puede servir de alivio para las heridas de alguien. Por ello, me limitaré a estos ejemplos.
A partir de estas observaciones, y pidiendo de antemano el perdón de los maestros de la sociología, quisiera formular algunas afirmaciones categóricas. El comportamiento colectivo, casi siempre, termina produciendo resultados muy distintos e incluso opuestos a los objetivos que originalmente perseguía. Cuando una parte importante de los kurdos optó por recorrer el doloroso camino abierto por el PKK, sin duda aspiraba a un destino diferente. Sin embargo, con el paso del tiempo, la orilla a la que la historia ha terminado conduciendo a los kurdos se encuentra bastante lejos de aquella que muchos imaginaron.
No sé si algún día será posible elaborar un inventario completo de la devastación material y espiritual que ese camino, marcado por el radicalismo, la destrucción y las aspiraciones maximalistas, provocó en la sociedad kurda. Lo que sí parece evidente es que, bajo el peso del inmenso sufrimiento y de las pérdidas padecidas por el país, tanto por turcos como por kurdos, todos los discursos maximalistas han terminado por derrumbarse. Lo que permanece es un resentimiento amargo que oprime la garganta, una sensación de inutilidad y un sentimiento difícil de expresar abiertamente, algo parecido a un resignado «al menos demos gracias por esto».
A partir de estas observaciones, quizá pueda hacerse la siguiente clasificación. Dentro del nacionalismo kurdo, las generaciones mayores que se politizaron pueden dividirse, en términos generales, en dos grupos.
El primero está formado por quienes hicieron sacrificios, se entregaron por completo a la lucha, combatieron y conocen perfectamente el rastro de sangre y destrucción que quedó tras de sí. Llevan dentro un profundo resentimiento y buscan la manera de convivir con un sentimiento de haber sido engañados que ni siquiera ellos logran explicar con claridad.
El segundo grupo está compuesto por quienes optaron por el equilibrio y el cálculo. Midieron cuidadosamente sus pasos, evitaron asumir riesgos que consideraban imprudentes y hoy intentan reconciliarse con un cierto sentimiento de traición interior convencidos de que, al menos, lograron proteger a sus familias y conducir su propia embarcación hasta un puerto seguro.
De forma muy general, podría decirse que las generaciones consideradas como la antigua «élite» de la sociedad kurda personas que hoy superan los cincuenta años pueden agruparse dentro de estos dos estados de ánimo.
Y detrás de estas dos actitudes políticas se encuentra una inmensa mayoría popular. Esa población siguió a esas élites, cargó con ellas sobre sus hombros y terminó pagando un precio muy alto bajo las fuertes presiones ejercidas por ambas partes del conflicto. Al final del camino, considera que merece, por fin, alcanzar un puerto seguro.
En ambos casos, estas generaciones, que crecieron en el duro y doloroso clima del nacionalismo kurdo, disfrutaron de condiciones de vida relativamente mejores y de una existencia más urbana que la de las generaciones anteriores, aunque continuaron marcadas por los traumas producidos por la violencia.
Hoy, cuando escuchan las conocidas canciones kurdas reinterpretadas mediante inteligencia artificial, puede observarse una diferencia reveladora entre ambos grupos: los pertenecientes al primero aprietan el puño con una mezcla de resentimiento y un arrepentimiento apenas perceptible; los del segundo experimentan una sensación de alivio y satisfacción que, sin embargo, va acompañada por un amargo sentimiento de traición que sigue oprimiéndoles la garganta.
Estos dos estados emocionales y de conciencia encuentran hoy su expresión política, en la clasificación más general, en la línea representada por el partido DEM.
Tras una larga trayectoria en la que intentó desarrollar una acción política bajo la intensa presión del PKK, la línea del DEM parece haber llegado, al igual que buena parte de su electorado, a un punto caracterizado por una profunda sensación de vacío, acompañada al mismo tiempo por la percepción de haber alcanzado una especie de puerto seguro.
Los esfuerzos del presidente de la Organización Nacional de Inteligencia (MİT), İbrahim Kalın, en torno al proceso; la firme postura del presidente Recep Tayyip Erdoğan, del líder del MHP, Devlet Bahçeli, y, por supuesto, del líder del PKK, Abdullah Öcalan una actitud poco habitual en el resbaladizo terreno de la política han permitido que la razón de Estado y la sociedad kurda encuentren un punto de convergencia. Es posible que esta convergencia no satisfaga a quienes continúan moviéndose dentro de una sensibilidad política maximalista e inquieta; sin embargo, todo indica que la mayoría del pueblo kurdo, de una forma u otra, ha llegado a convencerse de la realidad de ese puerto seguro.
Hace años publiqué un artículo titulado «El miedo de los kurdos a separarse de Türkiye». Todo el proceso desarrollado bajo el peso de los acontecimientos vividos ha terminado, en cierto modo, por confirmar la realidad de ese temor. A pesar de todos los esfuerzos y de la determinación de quienes integraban el primer grupo aquellos que nunca rehuyeron la confrontación, la sociedad kurda ha terminado aceptando una antigua convicción: que el verdadero puerto seguro solo puede alcanzarse de la mano de la moderación, de las posibilidades reales y de la propia realidad.
En este contexto, puede preverse que la política kurda representada por la línea del DEM abandone gradualmente el lenguaje radical y maximalista y desarrolle una estrategia política más acorde con la actitud que hoy predomina en la sociedad kurda.