El Presidente Xi Viajó a Washington
Una nueva realidad
La sexta visita del presidente chino Xi Jinping a Estados Unidos ha llegado a su fin. Desde el principio, eran escasas las expectativas de que se produjeran avances significativos en cuestiones que llevan largo tiempo ocupando un lugar central en la agenda bilateral, como el estatus de Taiwán, los derechos humanos, el mar de China Meridional y, sobre todo, los aranceles aduaneros.
La visita estuvo marcada, ante todo, por la pompa ceremonial, algo que Trump se encargó de ofrecer en abundancia. Es probable que Xi no se sintiera particularmente impresionado. A juzgar por sus declaraciones en Washington, lo que parecía interesarle era aprovechar la ocasión para subrayar el nuevo estatus reconocido a China, una realidad que el propio Trump habría aceptado: China y Estados Unidos, siempre que «se relacionen adecuadamente», habrían alcanzado una situación de «estabilidad estratégica constructiva» (建设性战略稳定关系).
Esta formulación describe un cambio estructural en las relaciones: Estados Unidos reconoce a China un estatus de igualdad respecto de sí mismo y acepta que ambas partes han alcanzado un entendimiento en torno a la necesidad de mantener una relación estable. Las divergencias deberán gestionarse mejor y habrá que evitar una confrontación directa.
Según Xi, ambos países coinciden en la necesidad de «mantener la línea de la no confrontación y del no enfrentamiento». Lo que Xi parece querer transmitir es que cualquier progreso real en las relaciones dependerá de la eficacia con la que puedan administrarse esas diferencias. Hasta qué punto ese mecanismo funcionará satisfactoriamente dista, sin embargo, de estar claro.
Conviene recordar que, para la Administración Trump, aceptar unas relaciones estables con China representa un cambio extraordinario. Durante el primer mandato de Trump y buena parte del segundo, las guerras arancelarias ocuparon un lugar central en la agenda hacia China como uno de los principales instrumentos de una política de confrontación que llevaba aún más lejos la política comercial de Joe Biden.
Durante algún tiempo, Trump intentó jugar la carta del triángulo estratégico: procuró utilizar su política conciliadora hacia Rusia para contener tanto la agresiva política comercial china como el apoyo de Pekín a Moscú en la guerra de Ucrania. Ninguno de estos intentos dio resultado. Rusia reforzó sus vínculos con China y Pekín no cedió en la guerra arancelaria.
Los sectores más duros frente a China dentro de la Administración Trump, representados por figuras como Peter Navarro, han perdido influencia. La política estadounidense parece orientarse ahora hacia una concepción basada en «esferas de influencia»: mientras Estados Unidos concentra su atención en el hemisferio occidental y en unos problemas internos cada vez más profundos, Europa quedaría en la órbita de Rusia y Asia en la de China.
Al comenzar China su XV Plan Quinquenal, Xi también necesita concentrarse en la economía. Sin embargo, percibe asimismo oportunidades en la impopularidad de Trump, tanto dentro como fuera de Estados Unidos, y en las dificultades económicas que este afronta.
Y está aprovechándolas; como dirían los chinos, está «sacando partido de las dificultades ajenas». Desde la perspectiva china, la política de «America First» supone una retirada de la competencia global que, en consecuencia, deja mayor espacio de actuación a Pekín.
Este oportunismo ha adoptado diversas formas: diversificar sus socios comerciales reduciendo el comercio con Estados Unidos y reorientándolo hacia América Latina, el Sudeste Asiático y Oriente Medio; granjearse el apoyo del Sur Global mediante la venta de vehículos eléctricos de bajo coste y el suministro de tecnología para parques eólicos y paneles solares en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta; tratar de aumentar su autosuficiencia en tecnologías avanzadas, como los semiconductores y la inteligencia artificial, en respuesta a los controles estadounidenses sobre las exportaciones, mientras China aplica sus propias restricciones en ámbitos como las tierras raras; y, además, concentrarse en alcanzar nuevos acuerdos comerciales con Europa y Canadá, cuyos vínculos con Estados Unidos se han debilitado.
Pocos acuerdos
Xi llegó, por tanto, en una posición considerablemente más sólida que Trump. Mientras Xi aspiraba, en particular, a una reducción de los aranceles estadounidenses sobre las tecnologías avanzadas, Trump necesitaba demostrar que su guerra arancelaria podía proteger el empleo manufacturero y hacer innecesario un acuerdo en materia de inteligencia artificial.
Sin embargo, lo único que pudo obtener fue un acuerdo para prolongar durante dos meses más la denominada «tregua comercial». Xi no hizo concesiones respecto de la apertura del acceso estadounidense a las tierras raras chinas, mientras que Estados Unidos tampoco cedió en lo relativo a la exportación de sus tecnologías avanzadas a China.
En cuanto a la inteligencia artificial, Trump ha dejado claro que considera su regulación una «farsa». No está dispuesto a regular la IA y mucho menos a hacerlo mediante un acuerdo internacional. En este terreno, Trump ha quedado aislado. Xi, por el contrario, propuso durante sus declaraciones en Washington un diálogo entre Estados Unidos y China sobre inteligencia artificial, reiteró el compromiso que había asumido ante Joe Biden de mantener bajo control humano las cuestiones relacionadas con las armas nucleares y pidió que la IA estuviera al servicio de las necesidades humanas.
Al parecer, otras cuestiones críticas de las relaciones entre Estados Unidos y China ni siquiera fueron abordadas. Todo indica que Trump no exigió la liberación de los ciudadanos estadounidenses detenidos en China ni la del editor y activista hongkonés de derechos humanos Jimmy Lai.
Tampoco aparecieron en las declaraciones públicas de ambas partes cuestiones como la estrecha relación de China con Corea del Norte en un momento en que Pyongyang amplía sus programas nuclear y de misiles; la ayuda china a Rusia en la guerra de Ucrania; o las exportaciones de componentes electrónicos a Irán, susceptibles de ser utilizados en sus programas de drones y misiles. No obstante, el embajador estadounidense en China insistió posteriormente en que Trump había presionado a Xi para que pusiera fin a la asistencia de carácter militar destinada a Irán.
Xi invitó a 100.000 estudiantes estadounidenses a visitar China durante los próximos cinco años, aunque semejante iniciativa dependerá, sin duda, de que Estados Unidos no continúe negando visados a un elevado número de estudiantes e investigadores chinos. Xi reclamó asimismo un «trato justo» para las empresas chinas en Estados Unidos, quizá sugiriendo con ello que ambos países deberían reconsiderar las denominadas «listas de entidades», que impiden a determinadas compañías desarrollar ciertas actividades comerciales.
Taiwán sigue siendo la cuestión crucial
Xi reiteró la posición china sobre lo que para Pekín constituye la cuestión más importante: impedir que Taiwán avance hacia la independencia. No se hizo público mucho más al respecto.
La única gran «carta de negociación» de la que dispone Trump, según sus propias palabras, es un paquete de venta de armas a Taiwán por valor de 14.000 millones de dólares que permanece sobre su mesa pendiente de aprobación desde mayo.
Xi calificó esta cuestión de línea roja para las relaciones bilaterales. ¿Utilizó Trump esa carta? Habrá que verlo. Hasta ahora, sin embargo, su historial de apoyo a Taiwán ha sido, en el mejor de los casos, inconsistente. En ocasiones ha acusado a Taiwán de haber arrebatado a Estados Unidos la producción de chips semiconductores, de no invertir lo suficiente en territorio estadounidense y de no incrementar adecuadamente su presupuesto militar. En otras, en cambio, ha respaldado importantes ventas de armamento a Taiwán y el mantenimiento de los vínculos políticos y de defensa mediante instructores militares y visitas oficiales.
Trump es, sin duda, consciente también de que, pese a los elevados aranceles, Taiwán había superado a China en julio para convertirse en el tercer mayor proveedor de importaciones de Estados Unidos. Sin embargo, tratándose de un presidente que concibe las relaciones internacionales a través de una lógica transaccional de concesiones y contraprestaciones, Trump bien podría sacrificar a Taiwán en beneficio propio si recibiera de China una oferta que considerase suficientemente atractiva.
Resulta quizá significativo que, el día en que Xi visitó la Casa Blanca, ninguna de las principales cadenas de televisión estadounidenses cubriera la visita debido al veto impuesto por Trump a CNN, Politico y MS-Now. Dicho veto había sido revocado por un juez federal, aunque durante un breve período la resolución judicial no fue acatada.
Puede que los medios de comunicación no se hayan perdido gran cosa. Sin embargo, el hecho de que los propios estadounidenses recurran a una forma de censura de prensa semejante a aquella que critican constantemente en China probablemente esté proporcionando a los chinos algún motivo para la satisfacción y la jactancia.
*Mel Gurtov, cuyos artículos son distribuidos a través de PeaceVoice, es profesor emérito de Ciencias Políticas en la Portland State University.
Fuente:https://znetwork.org/znetarticle/chairman-xi-goes-to-washington/