El Plan De Paz De Trump Para Oriente Medio: El Modelo De “Paz Dura”
La política de Estados Unidos en Oriente Medio durante la era de Donald Trump señala una ruptura estructural que cuestiona los pilares fundamentales del intervencionismo estadounidense posterior a la Guerra Fría. Esta ruptura no se limita únicamente a una redistribución de los instrumentos militares, sino que implica también una redefinición de la concepción estadounidense de la paz, la guerra y el uso del poder. Mientras la administración Trump enfatizaba el discurso de “salir de las guerras interminables” y “traer a los soldados estadounidenses de vuelta a casa”, simultáneamente desarrolló en Oriente Medio una práctica de uso de la fuerza que no abandonaba la disuasión, sino que la ejercía de manera más intensa pero menos visible. Esta estructura dual, que en apariencia puede parecer contradictoria, al ser analizada en profundidad produce un modelo estratégico coherente: el Modelo de Paz Dura.
El Modelo de Paz Dura no define la paz como un estado normativo de reconciliación ni como un orden construido sobre el consentimiento mutuo, sino como una situación de equilibrio en la que la asimetría de poder obliga a la otra parte a modificar su comportamiento. Este enfoque se distancia de manera clara de los planteamientos liberales de construcción de la paz. Para la administración Trump, la paz no es el resultado natural de procesos diplomáticos, sino una forma de “aceptación forzada” que emerge cuando los costos militares y económicos se incrementan unilateralmente. Por ello, en lugar de ocupaciones prolongadas basadas en fuerzas terrestres, se adoptó una lógica de coerción continua pero limitada, destinada a mantener bajo presión constante los cálculos estratégicos de los actores objetivo.
El Modelo de Paz Dura no corresponde a una teoría consolidada y previamente definida en la literatura con esta denominación. Por el contrario, se trata de una conceptualización original desarrollada para explicar las prácticas políticas específicas del periodo Trump. Sin embargo, el modelo no está desconectado del corpus teórico existente. Constituye una síntesis conceptual que integra elementos analíticos provenientes de la diplomacia coercitiva, el uso remoto de la fuerza (over-the-horizon / remote warfare) y el neorrealismo neoclásico.
En la literatura existente, la política exterior de Trump suele explicarse mediante conceptos como transactional foreign policy, America First realism o Jacksonian nationalism. No obstante, estos enfoques tienden a abordar las prácticas militares de la administración Trump en Oriente Medio desde un plano ideológico o técnico, sin lograr explicar de forma integral la simultaneidad entre el discurso de paz y el uso de la fuerza dura, la evitación sistemática del empleo de fuerzas terrestres y la racionalidad económica e interna que sustenta dicha preferencia. El Modelo de Paz Dura pretende precisamente llenar este vacío analítico, contribuyendo a una comprensión más clara de la política estadounidense en Oriente Medio y a una mejor proyección de sus implicaciones a largo plazo.
La originalidad de esta conceptualización radica en su capacidad para reinterpretar aportes teóricos existentes en el contexto específico de Trump y reunirlos bajo un único marco analítico. El Modelo de Paz Dura toma de la literatura sobre diplomacia coercitiva la lógica del cambio de comportamiento; de la literatura sobre el uso remoto de la fuerza, la evitación del despliegue terrestre y la capacidad operativa sin contacto directo; y del neorrealismo neoclásico, las restricciones internas y los cálculos de costo–beneficio. No obstante, integra estos elementos en un marco original que redefine la paz como un estado de equilibrio cuyo resultado final es la ausencia de conflicto abierto.
En este sentido, el Modelo de Paz Dura no se presenta como una alternativa a la literatura existente, sino como una contribución analítica que reencuadra explicaciones dispersas bajo una lógica coherente y específica del periodo Trump. Su principal valor reside en resolver el dilema entre dureza y retirada en la política estadounidense hacia Oriente Medio y en conceptualizar la paz no como un objetivo normativo, sino como el producto de un equilibrio de poder basado en cálculos de costo y beneficio.
Equilibrio Estratégico
Al analizar las actividades de Estados Unidos en Oriente Medio, resulta inevitable hablar de una transformación estratégica. En el centro de esta transformación se encuentra la relegación deliberada de las fuerzas terrestres. El uso de fuerzas terrestres implica no solo eficacia militar, sino también responsabilidad política, control territorial y compromiso a largo plazo. Los casos de Irak y Afganistán demostraron claramente que las fuerzas terrestres generan no solo costos militares, sino también responsabilidades administrativas y sociales, convirtiendo a Estados Unidos en parte directa del conflicto. A partir de estas experiencias, la administración Trump asumió que las ventajas tácticas del despliegue terrestre no compensaban los costos estratégicos y económicos que este producía.
Desde una perspectiva económica, las intervenciones basadas en fuerzas terrestres generan una carga creciente y de largo plazo sobre el presupuesto estadounidense. Las operaciones terrestres no se limitan a los gastos de combate activo, sino que incluyen salarios del personal militar, seguridad de las líneas logísticas, mantenimiento de bases, y reparación y renovación de vehículos blindados. A ello se suman los costos posteriores al conflicto, como la atención sanitaria y psicológica de los veteranos, que continúan presionando el presupuesto incluso después del fin de las hostilidades. En este contexto, la administración Trump consideró las guerras terrestres como una forma de uso del poder económicamente irracional.
En contraste, el Modelo de Paz Dura, basado en el poder aéreo, naval y de inteligencia, no elimina los costos, pero los distribuye en el tiempo y reduce su visibilidad. Aunque los sistemas no tripulados, las municiones de precisión y las operaciones remotas requieren inversiones tecnológicas elevadas, su reutilización y el bajo riesgo de bajas humanas generan, a largo plazo, un perfil de costos más previsible. Además, la capacidad de desplegar rápidamente fuerzas aéreas y navales reduce la necesidad de compromisos permanentes, otorgando a Estados Unidos mayor flexibilidad estratégica. En este sentido, el Modelo de Paz Dura puede interpretarse como un intento de equilibrar eficiencia económica y disuasión militar.
Esta racionalidad económica se corresponde directamente con las restricciones estructurales de la política interna estadounidense. La tolerancia de la opinión pública a las bajas militares ha disminuido notablemente desde la década de 2000. Las guerras terrestres producen costos políticos inmediatos a través de imágenes mediáticas de bajas y noticias de conflictos prolongados. La administración Trump, consciente de esta sensibilidad social, priorizó métodos operativos que minimizan o eliminan las pérdidas humanas, haciendo políticamente defendibles acciones militares duras. Esto permitió a Trump presentarse simultáneamente como un “líder fuerte” y como una figura “contraria a la guerra”.
En este marco, el Modelo de Paz Dura ofrece a Estados Unidos un equilibrio estratégico óptimo. Permite mantener la disuasión global evitando al mismo tiempo los costos económicos y políticos del despliegue terrestre. Asimismo, amplía el margen de maniobra del poder ejecutivo frente al control del Congreso, acelerando los procesos de toma de decisiones. En este sentido, la Paz Dura no es solo una doctrina militar, sino también una estrategia política orientada a la gobernabilidad.
No obstante, las limitaciones del modelo no deben ignorarse. El Modelo de Paz Dura busca controlar los problemas más que resolverlos, lo que puede dar lugar a un entorno de seguridad caracterizado por crisis recurrentes. Además, las políticas de presión intensa pueden empujar a los actores objetivo hacia alianzas alternativas, erosionando a largo plazo la influencia estratégica de Estados Unidos. Por ello, el éxito del modelo depende de que la coerción de baja intensidad no derive en una escalada incontrolada.
La Sostenibilidad Del Modelo
El Modelo de Paz Dura no debe entenderse únicamente como una preferencia política transitoria propia del periodo Trump, sino también como una estrategia adaptativa frente a la evolución de la capacidad económica estadounidense, las sensibilidades internas y la creciente competencia entre grandes potencias. El hecho de que las condiciones que posibilitaron su aparición sigan vigentes sugiere que este enfoque podría persistir, aunque bajo formas distintas, en el periodo posterior a Trump.
En primer lugar, es probable que las intervenciones militares a gran escala basadas en fuerzas terrestres se vuelvan aún más excepcionales. La baja tolerancia social a las bajas, la necesidad de distribuir el presupuesto de defensa en múltiples frentes globales y la intensificación de la competencia con China y Rusia hacen que los compromisos terrestres prolongados en Oriente Medio sean cada vez más costosos desde una perspectiva estratégica. En este sentido, la evitación sistemática de fuerzas terrestres, elemento central del Modelo de Paz Dura, tiene el potencial de convertirse en un rasgo permanente de la política exterior estadounidense.
En segundo lugar, es previsible que el modelo evolucione hacia una mayor intensidad tecnológica. El uso remoto de la fuerza se integrará cada vez más con sistemas no tripulados, inteligencia artificial, operaciones cibernéticas y capacidades de vigilancia espacial. Esto hará que la Paz Dura sea aún más “sin contacto” y de menor visibilidad, al tiempo que incrementará la presión psicológica sobre los actores objetivo. En el futuro, la práctica de la Paz Dura podría basarse más en la gestión de percepciones y la generación de una sensación permanente de vulnerabilidad que en la destrucción física directa.
En tercer lugar, el Modelo de Paz Dura ofrece un marco geográficamente generalizable. Aunque Oriente Medio constituye su principal ámbito de aplicación, es probable que lógicas similares se adopten en otras regiones con condiciones comparables, como las periferias de Europa Oriental o determinadas zonas de crisis en África. De este modo, la Paz Dura podría transformarse de una preferencia regional en un enfoque general de Estados Unidos hacia regiones de crisis de prioridad secundaria.
Sin embargo, el futuro del modelo no garantiza un éxito automático. Su difusión incentivará a los actores objetivo a adaptarse, mediante el aumento de la autonomía de actores proxy, el recurso a respuestas asimétricas y cibernéticas, y el fortalecimiento de mecanismos económicos y diplomáticos de resistencia. En este contexto, la mayor vulnerabilidad del Modelo de Paz Dura radica en la posible normalización de la coerción de baja intensidad y la consiguiente erosión de su efecto disuasorio.
Finalmente, el Modelo de Paz Dura tiene el potencial de transformar de manera duradera el significado normativo de la “paz”. Si este enfoque se generaliza, la paz dejará de definirse en términos de consenso y acuerdos institucionales para pasar a entenderse como la superación de un umbral de costos que hace irracional la resistencia. Esta transformación puede consolidar en la política exterior estadounidense una concepción más pragmática y menos normativa de la paz, entendida no como un ideal, sino como un resultado gestionable (manageable outcome).
Conclusión
En este marco, el futuro del Modelo de Paz Dura no debe interpretarse ni como una doctrina plenamente consolidada ni como una desviación coyuntural. El modelo debe leerse como un paradigma flexible, condicional y evolutivo de uso del poder, surgido en la intersección entre la disminución de la paciencia estratégica estadounidense, el aumento de las restricciones económicas e internas y el desarrollo de capacidades militares de alta tecnología.
El Modelo de Paz Dura no constituye una solución absoluta para Estados Unidos; emerge, más bien, como la forma de uso del poder menos costosa bajo restricciones económicas, militares y de política interna. En este sentido, representa un ejemplo analíticamente sólido de cómo, en la política exterior estadounidense contemporánea, la paz ha dejado de ser una norma para convertirse en el producto de un cálculo de costo–beneficio.