El Liderazgo Europeo, el Don Quijote de Nuestra Época
Las adhesiones ideológicas desvinculadas de la realidad han debilitado los músculos de Europa (su poder económico y militar), sus huesos (la resistencia social de los Estados-nación) y su corazón (la herencia judeocristiana). Al igual que Don Quijote, Europa se aferra a ensoñaciones: la ilusión de seguir siendo una potencia global digna de consideración, la creencia en la validez universal de paradigmas y valores ya agotados, o la esperanza de alcanzar finalmente la victoria. Sin embargo, el mundo no esperará a que Europa despierte de su sueño.
En la célebre novela española Don Quijote de la Mancha, escrita por Cervantes en el siglo XVII, un hombre que se ha proclamado caballero de épocas pasadas confunde incesantemente la realidad ordinaria con las grandes ilusiones de su imaginación, cayendo en situaciones vergonzosas una y otra vez. Toma a un rebaño de ovejas por un ejército enemigo, a los molinos de viento por gigantes y a una mujer transportada en camilla por una princesa secuestrada. Recurre a su espada en innumerables ocasiones, pero siempre termina generando caos y hundiéndose en un callejón sin salida.
Comparar a los dirigentes europeos contemporáneos con Don Quijote no resulta descabellado, pues en el ámbito geopolítico siguen cometiendo error tras error.
En Bruselas, los eurocrátas consideran hoy a Donald Trump y al movimiento Make America Great Again como la principal amenaza para Europa. Y aunque, como demuestran sus últimas negociaciones comerciales, es innegable que Trump defiende con firmeza los intereses estadounidenses, lo cierto es que incluso bajo su liderazgo Estados Unidos continúa siendo el garante de la seguridad europea —por no hablar de los profundos lazos culturales y civilizatorios que unen a ambas orillas del Atlántico. Entretanto, Bruselas percibe como gran peligro a Hungría, un Estado miembro democrático de apenas diez millones de habitantes, mientras eleva a Ucrania a la categoría de princesa intachable.
Sin duda, Ucrania ha sufrido gravemente la agresión rusa. Sin embargo, la corrupción, las prácticas antidemocráticas profundamente arraigadas, el uso arbitrario del poder estatal y las violaciones de los derechos de las minorías siguen estando muy presentes. Estas realidades debilitan el relato que presenta a Ucrania como “hija de la democracia” y como candidata que merecería una adhesión acelerada a la Unión Europea.
En 2019, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, proclamó que bajo su liderazgo la institución se convertiría en un actor geopolítico. No obstante, los seis años transcurridos han demostrado lo contrario. Al igual que Don Quijote, Bruselas confundió la apariencia y la pose con el poder y la estrategia reales. Los dirigentes europeos adornaron el escudo de la Unión con los lemas de la revolución verde y del liberalismo moral, y blandieron una centralización no electa como si fuese una espada frente a cada amenaza percibida.
Es evidente que la Unión Europea tiene limitaciones sustanciales, especialmente en el terreno de la fuerza militar (hard power), frente a potencias como Estados Unidos, China y Rusia. No todas las carencias de Europa pueden achacarse a Bruselas. Pero lo cierto es que el poder e influencia que antaño poseía se han ejercido con demasiada frecuencia en el momento equivocado, en el lugar equivocado y por motivos equivocados. Tácticas han sido confundidas con estrategia; opciones estratégicas, malinterpretadas como crisis existenciales.
El ejemplo más claro es la política de la UE hacia Ucrania. El bloque construyó su estrategia sobre la meta ilusoria de derrotar militarmente a Rusia, sacrificando con ello prioridades más fundamentales: su fuerza económica a largo plazo mediante sanciones; su capacidad de defensa al reaccionar tarde y concentrarse excesivamente en Ucrania; su autonomía estratégica frente a Estados Unidos; y parte de su influencia geopolítica frente a China.
Los grandes acontecimientos geopolíticos de este verano dejaron en evidencia estas elecciones estratégicas. Mientras la guerra entre Israel e Irán se intensificaba y desembocaba incluso en la intervención estadounidense, la ausencia de Europa resultaba clamorosa. En las decisivas negociaciones sobre el futuro del comercio transatlántico, la Unión apareció desprevenida, pese a que ya desde la elección de Trump existían señales claras de turbulencias venideras. Ni la zanahoria ni el palo fueron desplegados a tiempo ni de manera convincente. Y hoy Europa queda marginada de la cumbre Trump-Putin, en la que inevitablemente se tratarán tanto Ucrania como la seguridad europea. Como anticipó hace un año el primer ministro Viktor Orbán: si Europa no establece una relación con Rusia y no fundamenta su estrategia hacia Moscú en bases más realistas, el acuerdo se cerrará por encima de su cabeza.
Este desempeño no es casual; refleja debilidades estructurales e ideológicas más profundas. Las adhesiones ideológicas desvinculadas de la realidad han debilitado los músculos de Europa (su poder económico y militar), sus huesos (la resiliencia social de los Estados-nación) y su corazón (la herencia judeocristiana). Como Don Quijote, Europa se aferra a ilusiones: la de seguir siendo una potencia global digna de consideración, la de que sus antiguos paradigmas y valores conservan validez universal, o la de que al final alcanzará la victoria.
Pero el mundo no esperará a que Europa despierte de su sueño.
* El Dr. Gergely Varga es un experto en políticas de seguridad que reside en Suiza. Sus investigaciones se centran en las relaciones transatlánticas y la seguridad europea. Anteriormente se desempeñó como investigador sénior y director del Programa Euroatlántico en el Instituto de Asuntos Exteriores y Comercio de Budapest; además, fue investigador visitante en la Universidad Johns Hopkins en Washington, D.C. Actualmente trabaja en la Embajada de Hungría en Berna.