El Antiimperialismo En La Era Del Ascenso Del Fascismo
Más Allá De Las Potencias En Competencia: La Solidaridad
Intervención de Sushovan Dhar, del CADTM India, en la 5ª Sesión Plenaria de la Conferencia Antifascista y Antiimperialista celebrada en Porto Alegre. Esta intervención abordó la creciente convergencia entre el imperialismo y la política de extrema derecha, criticó los límites de la multipolaridad emergente y subrayó la necesidad de una renovada solidaridad internacional entre los pueblos.
El momento global actual se caracteriza por la peligrosa intersección de tres tendencias amplias: el ascenso del nacionalismo autoritario en ocasiones en forma de ultranacionalismo excluyente, el crecimiento de los movimientos de extrema derecha y la reactivación de la competencia imperialista entre potencias globales y regionales. Estos desarrollos no son fenómenos aislados, sino manifestaciones profundamente entrelazadas de una crisis más amplia del capitalismo global y de la legitimidad política.
Históricamente, el fascismo ha emergido en períodos de profunda inestabilidad social y económica. Cuando la desigualdad se intensifica, las instituciones democráticas se debilitan y las élites gobernantes enfrentan desafíos a su autoridad, las fuerzas autoritarias y reaccionarias suelen ganar terreno. En tales momentos, el nacionalismo, el racismo y la militarización se convierten en instrumentos para consolidar el poder y desviar la ira social de las desigualdades estructurales.
Hoy observamos patrones similares en distintas regiones. La militarización se expande. Las guerras se legitiman cada vez más en nombre de la seguridad, la democracia o la civilización. Los migrantes son convertidos en chivos expiatorios. Las minorías son demonizadas. Mientras las instituciones democráticas son vaciadas de contenido, el poder ejecutivo se centraliza aún más. Detrás de estos procesos subyace una realidad estructural más profunda: el imperialismo.
Sin antiimperialismo, el antifascismo queda incompleto. El imperialismo normaliza la jerarquía, la dominación y la violencia a escala global. Configura un orden mundial en el que los Estados más poderosos y las corporaciones multinacionales ejercen una influencia desproporcionada sobre economías y sistemas políticos más débiles. A través de mecanismos como la dependencia de la deuda, los desequilibrios comerciales, la extracción de recursos y la intervención política, el imperialismo debilita la soberanía y profundiza la desigualdad. Sin embargo, no es posible una lucha contra el imperialismo sin una lucha contra el capitalismo.
Este orden global refuerza las tendencias autoritarias. Cuando la violencia se normaliza a nivel internacional, resulta más fácil ejercer la represión en el ámbito interno. Cuando la competencia geopolítica se enmarca en términos de civilizaciones o razas, crece la xenofobia dentro de las sociedades. Cuando la dominación económica es aceptada a escala global, la desigualdad se intensifica dentro de los países.
El reciente ataque militar contra Irán muestra cómo el imperialismo, la militarización y la creciente influencia de la política de extrema derecha en las relaciones internacionales convergen de manera peligrosa. Los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes constituyen una clara violación de la soberanía de Irán y contribuyen a normalizar la acción militar unilateral como una forma legítima de demostrar el poder de un país. Tales acciones corren el riesgo de desestabilizar aún más una región ya frágil, aumentar la probabilidad de un conflicto más amplio y profundizar las tensiones geopolíticas en Asia Occidental.
Al mismo tiempo, oponerse a esta agresión no significa apoyar al régimen iraní. El Estado iraní se ha caracterizado durante mucho tiempo por un gobierno autoritario, la represión de los movimientos democráticos y severas restricciones a las libertades civiles. Las recurrentes oleadas de levantamientos y protestas en Irán en los últimos años han demostrado que amplios sectores de la sociedad iraní anhelan libertad política, justicia social y derechos democráticos. Por ello, una postura antiimperialista de principios debe condenar tanto la agresión militar externa como la represión autoritaria interna. La solidaridad debe dirigirse al pueblo iraní apoyando su derecho a la autodeterminación, las libertades democráticas y la justicia social, de manera independiente tanto de la intervención externa como de un aparato estatal represivo.
La invasión de Ucrania por parte de Rusia muestra cómo la política de las grandes potencias continúa moldeando los conflictos, a menudo a expensas de los derechos de los pueblos. Esta intervención militar ha violado la soberanía de Ucrania y ha debilitado el derecho del pueblo ucraniano a determinar su propio futuro. La expansión de la OTAN y la escalada de las tensiones geopolíticas pueden ofrecer un contexto; sin embargo, estos factores no justifican la ocupación militar, la invasión ni la devastación infligida a las ciudades ucranianas y a la población civil.
Desde nuestra perspectiva, defender los derechos del pueblo ucraniano no significa apoyar a la OTAN ni alinearse con las estrategias geopolíticas de Occidente. Además, la guerra ha sido instrumentalizada por potencias globales en competencia para avanzar sus propios intereses estratégicos; esto ha conducido a una mayor militarización y a la prolongación del conflicto, agravando el sufrimiento de los civiles y obstaculizando los esfuerzos hacia una solución pacífica. Por ello, una postura antiimperialista coherente debe rechazar la agresión rusa y, al mismo tiempo, oponerse a la lógica general de la política de bloques y la escalada militar. La solidaridad debe dirigirse especialmente al pueblo ucraniano, apoyando su derecho a la paz, la soberanía y la autodeterminación democrática, de manera independiente tanto de la agresión rusa como de la competencia entre grandes potencias.
La multipolaridad, por sí sola, no implica necesariamente emancipación. Un mundo con múltiples potencias en competencia puede seguir reproduciendo jerarquías imperiales, rivalidades geopolíticas, militarización y dominación económica. La multipolaridad puede reducir la hegemonía de una sola potencia dominante; sin embargo, no produce automáticamente un orden global más democrático o más justo.
En este sentido, la multipolaridad puede ofrecer oportunidades a las élites gobernantes y a los actores estatales, pero no constituye necesariamente una alternativa para los pueblos del mundo. La competencia entre potencias puede intensificar la militarización, los conflictos por recursos y las tensiones geopolíticas. Sin un internacionalismo democrático y una solidaridad entre los pueblos, la multipolaridad corre el riesgo de convertirse simplemente en una redistribución del poder entre élites en competencia.
La India ofrece un ejemplo significativo de estas contradicciones. El país suele presentarse como parte de un mundo multipolar emergente a través de su membresía en los BRICS. Sin embargo, al mismo tiempo, India ha profundizado su cooperación estratégica con marcos militares y de seguridad occidentales orientados a contener a China. Aunque no forma parte oficialmente de AUKUS [1], India ha reforzado su alineación militar y estratégica con Estados Unidos y sus aliados mediante mecanismos como el Quad [2], la ampliación de la cooperación en defensa, ejercicios militares conjuntos y asociaciones en tecnologías estratégicas.
Esta doble posición pone de manifiesto la complejidad de la geopolítica contemporánea. Los Estados, mientras buscan mantener su autonomía estratégica, se integran simultáneamente en múltiples bloques de poder, reforzando así la militarización y la competencia geopolítica. Tales alineamientos no constituyen necesariamente una alternativa al imperialismo; por el contrario, a menudo reflejan nuevas configuraciones dentro de la misma dinámica de rivalidad global.
Al mismo tiempo, India representa uno de los ejemplos contemporáneos más significativos del ascenso del nacionalismo mayoritario autoritario. El régimen político actual está estrechamente vinculado con el Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), fundado en 1925, un proyecto ideológico y organizativo de casi un siglo. En sus primeras etapas, el RSS se inspiró en los movimientos fascistas europeos, particularmente en la Italia de Mussolini, y posteriormente adoptó ciertos elementos del modelo de nacionalismo cultural, identidad mayoritaria y movilización ideológica centralizada de la Alemania nazi.
A lo largo de décadas, el RSS ha desarrollado una extensa red organizativa en toda la sociedad india, que incluye estructuras políticas, educativas, culturales y paramilitares. Su proyecto político de largo plazo ha sido transformar a India de una república secular y pluralista en un Estado de mayoría hindú, a menudo definido como “Hindu Rashtra”.
Este proyecto ideológico ha adquirido en los últimos años un poder estatal sin precedentes. Entre sus consecuencias se encuentran el aumento de los ataques contra minorías, especialmente musulmanes y cristianos; las restricciones a las libertades civiles; la presión sobre los medios independientes; el debilitamiento de las instituciones democráticas y una creciente centralización del poder.
Paralelamente, el gobierno indio ha profundizado sus relaciones políticas y militares con Israel, que se ha convertido cada vez más en un modelo en ámbitos como la doctrina de seguridad, las tecnologías de vigilancia, la militarización y el nacionalismo mayoritario. Algunos sectores de la extrema derecha en India establecen paralelismos explícitos entre el proyecto de un Estado de mayoría hindú y el modelo etnonacionalista de Israel.
Esta situación revela una tendencia global más amplia: los movimientos de extrema derecha y autoritarios aprenden cada vez más unos de otros. Los marcos ideológicos, las doctrinas de seguridad, las tecnologías de vigilancia y los métodos de gobernanza circulan más allá de las fronteras. Estos desarrollos refuerzan un punto crucial: el antifascismo contemporáneo también debe ser internacional.
En distintos países y continentes, las clases trabajadoras enfrentan desafíos cada vez más similares. La precariedad laboral, la austeridad, la privatización y el aumento del costo de vida son generalizados. Los agricultores se enfrentan al despojo de tierras y a crisis agrícolas. Las comunidades indígenas resisten frente a las industrias extractivas. Los migrantes son objeto de criminalización y explotación. Las mujeres experimentan tanto marginación económica como una intensificación de la violencia patriarcal.
Estas luchas están interconectadas. Sin embargo, los movimientos de extrema derecha y autoritarios buscan fragmentarlas. Se culpa a los migrantes del desempleo. Las minorías son presentadas como amenazas a la identidad nacional. Se invocan enemigos externos para legitimar la represión interna. Estas estrategias están diseñadas para dividir a los oprimidos y preservar las estructuras de poder existentes. La solidaridad entre los pueblos ofrece la respuesta más eficaz. Pero esta solidaridad no puede permanecer abstracta.
Esta solidaridad debe construirse a través de formas concretas de cooperación: campañas conjuntas contra la deuda y las políticas de austeridad, solidaridad con migrantes y refugiados, resistencia frente a la militarización y la guerra, defensa de los derechos laborales y protección de las libertades democráticas. Por ello, el internacionalismo no es solo un compromiso ético, sino una necesidad política.
La historia ofrece lecciones fundamentales. La resistencia más poderosa contra el fascismo ha surgido de amplias coaliciones sociales: trabajadores, campesinos, estudiantes, intelectuales y movimientos democráticos. Estas luchas, en muchas ocasiones, han trascendido las fronteras nacionales. Los movimientos anticoloniales, las luchas contra el apartheid y la solidaridad internacional de la clase trabajadora han demostrado la fuerza de la acción colectiva más allá de los límites nacionales. Reconstruir hoy ese espíritu de solidaridad es de vital importancia.
En un mundo marcado por la fragmentación y el miedo, la cooperación internacional entre los pueblos ofrece una alternativa basada en la igualdad y la justicia. El antiimperialismo y el antifascismo no son luchas separadas, sino dimensiones interconectadas de un mismo proyecto político.
Fortalecer la cooperación entre movimientos, profundizar la solidaridad internacional y resistir la división y el autoritarismo son tareas urgentes. El futuro no será determinado únicamente por Estados poderosos o por rivalidades geopolíticas. También será moldeado por pueblos organizados que actúan colectivamente más allá de las fronteras.
Frente al ascenso del fascismo, el antiimperialismo y la solidaridad entre los pueblos siguen siendo pilares fundamentales de una alternativa democrática y emancipadora.
Fuente:https://www.europe-solidaire.org/spip.php?article78529