El Agua Mueve Al Mundo
Los últimos meses han puesto de manifiesto, de forma contundente, la importancia y la fragilidad de los recursos hídricos. Las plantas desalinizadoras de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que suministran agua potable a unos 62 millones de personas y dependen casi por completo del agua de mar, se convirtieron en objetivos de drones y misiles como consecuencia de un conflicto geopolítico que ellas mismas no habían provocado.
Mientras tanto, en Centroamérica, las precipitaciones insuficientes han reducido durante años los niveles de agua del Canal de Panamá, generando tensiones entre la necesidad local de agua dulce y la demanda de tránsito por esta ruta marítima de importancia vital. Observadas desde extremos opuestos, ambas situaciones reflejan en realidad la misma crisis: en Panamá, la escasez de agua dulce interrumpe el comercio marítimo, mientras que en el Golfo un conflicto naval amenaza el suministro de agua potable. El agua es, en el sentido más estricto, una cuestión de seguridad; sin embargo, el mundo todavía no la gestiona como tal.
Las consecuencias de una gestión inadecuada del agua son de gran alcance. Las enfermedades relacionadas con el acceso inseguro al agua y al saneamiento representan un importante riesgo para la salud pública y figuran entre las principales causas de mortalidad infantil en menores de cinco años a nivel mundial. Además, el agua constituye un insumo esencial para la agricultura y la industria: aproximadamente el 90 % del consumo mundial de agua dulce se destina a actividades económicas, mientras que el 10 % restante corresponde al consumo doméstico.
A ello se suman los costos económicos de los desastres naturales relacionados con el agua, cada vez más frecuentes e intensos debido al cambio climático. Las sequías generan pérdidas estimadas en 307.000 millones de dólares al año, lo que representa alrededor del 15 % de todas las pérdidas económicas derivadas de desastres. Por su parte, las inundaciones ocasionaron daños por valor de 651.000 millones de dólares entre 2000 y 2019. Al mismo tiempo, la contaminación del agua continúa erosionando el crecimiento económico en todas las regiones. El Banco Mundial estimó en 2016 que las pérdidas asociadas al agua podrían reducir el crecimiento económico de las regiones más vulnerables hasta en un 6 % del PIB para 2050.
Dado que aproximadamente el 80 % del comercio mundial de mercancías, medido por volumen, se realiza por vía marítima, el papel del agua en el comercio global también es fundamental. En los últimos años, algunos de los pasos marítimos más estratégicos del mundo, como el estrecho de Ormuz, el Canal de Panamá y el Canal de Suez, han sufrido interrupciones por distintas causas. En 2023, una prolongada sequía obligó a Panamá a restringir el uso de la vía interoceánica. A comienzos de 2024, el número diario de tránsitos había disminuido aproximadamente en un tercio, provocando un fuerte aumento de las tarifas de transporte marítimo en el Pacífico. Aunque el cierre del estrecho de Ormuz este año no estuvo relacionado con un problema hídrico, volvió a demostrar que el agua constituye una variable estratégica fundamental para la logística mundial.
Los riesgos relacionados con el agua siguen aumentando. Investigadores de las Naciones Unidas advierten que numerosas regiones se aproximan a una situación de “bancarrota hídrica”, en la que los sistemas de agua ya no podrán volver de forma realista a sus condiciones históricas debido al agotamiento de los recursos, la contaminación y el deterioro del capital natural asociado al agua, como los humedales. Asimismo, el Carbon Disclosure Project (CDP) estima que las empresas ya se enfrentan a riesgos relacionados con el agua valorados en cientos de miles de millones de dólares y que una gran parte de esas pérdidas podría evitarse con inversiones equivalentes a solo una fracción del costo potencial.
La buena noticia es que la resiliencia hídrica no representa un desafío tecnológico desconocido. Las soluciones ya existen: una mejor infraestructura, una mejor planificación y una mejor gobernanza. Además, son extraordinariamente rentables. Por ejemplo, cada dólar invertido en infraestructura de agua y saneamiento genera entre 4 y 12 dólares en beneficios económicos gracias a la reducción de los costos sanitarios y al aumento de la productividad.
Lo que falta es el interés estratégico necesario para aplicar estas soluciones a gran escala. Parte del problema radica en la visibilidad. Desde hace tiempo, los economistas han observado que los recursos se gestionan de manera eficiente cuando su valor es visible. Sin embargo, a diferencia del consumo energético y de las emisiones, el uso del agua apenas empieza a medirse y divulgarse de forma sistemática.
Esto ayuda a explicar por qué, pese al aumento de la escasez, el agua sigue teniendo un precio como si fuera un recurso abundante. En Francia, el costo de un mismo recurso oscila entre 0,02 euros (0,023 dólares) por metro cúbico para riego agrícola y alrededor de 4 euros para el agua potable tratada destinada al consumo doméstico, una diferencia de precios de 200 veces que no guarda relación ni con la escasez ni con su verdadero valor económico. También explica por qué el agua apenas está empezando a influir en las decisiones de inversión, la evaluación de riesgos y las estrategias corporativas, así como en las políticas económicas y en los procesos de toma de decisiones políticas.
Este retraso también se observa a escala mundial. En la cumbre del G8 celebrada en Evian en 2003, los líderes ya advirtieron sobre las consecuencias económicas y geopolíticas de la inseguridad hídrica. Sin embargo, veintitrés años después, el agua sigue siendo uno de los pocos recursos estratégicos que carecen de un marco institucional equivalente a Bretton Woods y continúa dependiendo de un sistema fragmentado de acuerdos e instituciones. Dado que aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de agua está incorporado en bienes que se producen en un país y se consumen en otro, esta situación constituye un importante punto ciego. Las investigaciones sobre el comercio internacional de agua virtual muestran que, cuando el agua se incorpora correctamente como factor de producción, los patrones clásicos de ventaja comparativa que organizan el comercio mundial dejan de ser válidos: los países con escasez de agua exportan bienes intensivos en agua hacia países con abundancia hídrica gracias a un insumo escaso y no valorado adecuadamente que, en la práctica, actúa como un subsidio oculto.
Las normas de la Organización Mundial del Comercio ya están adaptándose para incorporar la intensidad de carbono, por lo que cabe esperar que la intensidad hídrica sea el siguiente paso. Sin embargo, ello dependerá de la voluntad de transformar el conocimiento acumulado durante décadas sobre los riesgos relacionados con el agua en instituciones, incentivos y decisiones de inversión acordes con la magnitud de esta dependencia.
Durante más de dos siglos, la disponibilidad abundante y predecible de agua sustentó el crecimiento económico, la industrialización y el comercio mundial. Pero la época en la que el agua podía darse por garantizada ha quedado atrás. El agua es, por derecho propio, un activo estratégico y debe recibir el mismo nivel de atención que otorgamos a la energía, al comercio y a las finanzas.
La cuestión ahora es con qué rapidez los gobiernos, las empresas, los inversores y las instituciones serán capaces de incorporar esta realidad en sus decisiones cotidianas. Durante las próximas dos décadas, los países y las empresas que liderarán serán aquellos que traten el agua por lo que realmente es: un recurso de valor estratégico.
*Esther Crauser-Delbourg es cofundadora y directora ejecutiva (CEO) de Water Wiser y profesora de economía del agua en HEC Paris (École des hautes études commerciales).
*Bertrand Badré fue director general y director financiero (CFO) del Banco Mundial. Actualmente es presidente del Consejo Asesor de Project Syndicate, fundador y socio director de Blue like an Orange Sustainable Capital y autor del libro Can Finance Save the World? (Berrett-Koehler, 2018).