¿Eisenkot o Netanyahu? Sea quien sea quien forme el Gobierno, la democracia ha muerto
Si Israel fuera realmente una democracia, tal como sostiene la diáspora judía, ahora se estaría formando un Gobierno que reflejara el resultado de las elecciones celebradas anoche.
Se trataría de un Gobierno de mayoría o minoría encabezado por Gadi Eisenkot, constituido con la participación, formal o informal, de los dos bloques políticos palestinos.
Si Benjamin Netanyahu hubiera respetado ese resultado, no habría ninguna posibilidad de que su bloque de extrema derecha regresara al poder. Para el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en la historia de Israel, ello habría significado el final de una era.
Pero Israel no es una democracia, ni Netanyahu es un demócrata.
Israel es un Estado colonial de asentamiento que configura cada vez más estrechamente su identidad y su visión del mundo en torno a los postulados de los fascistas judíos.
Es una potencia ocupante que expulsa a los palestinos de sus hogares, como sucede en Hebrón, sin que medie una resolución judicial, sin derecho a recurso ni a indemnización y, ni siquiera, sin procedimiento legal alguno.
La verdadera cuestión existencial a la que se enfrentan los judíos ni siquiera figuraba en las urnas.
En las elecciones estaban presentes el liderazgo de Netanyahu, el golpe contra el poder judicial, la negativa de los ultraortodoxos a incorporarse al servicio militar y el creciente aislamiento internacional de Israel; estaba todo, excepto el genocidio en Gaza, los pogromos en la Cisjordania ocupada y el futuro de los palestinos.
Una amenaza existencial
Durante esta campaña electoral, todos los partidos sionistas se comportaron como si la mitad de la población que vive en los territorios bajo dominio israelí no existiera o debiera ser excluida.
Numerosos partidos convirtieron la expulsión y el desplazamiento forzoso de los palestinos en elementos centrales de sus programas electorales. El Sionismo Religioso, encabezado por Bezalel Smotrich, prometió «judaizar» Galilea y el Néguev (Naqab), territorios en los que viven cientos de miles de palestinos.
La población palestina de Israel llegó, con razón, a la conclusión de que se enfrentaba a una amenaza existencial y acudió a las urnas en cifras récord para impedir que esta se materializara. Los palestinos que durante décadas habían boicoteado las elecciones decidieron participar en ellas.
«No nos sentimos seguros. La sensación de seguridad ha desaparecido por completo; me refiero a la seguridad en todos los ámbitos», declaró Ibrahim Said a Middle East Eye. «Me siento como un ciudadano de vigésima categoría, no de segunda».
Alrededor del 80 % de los ciudadanos palestinos de Israel acudieron a votar. Este resultado constituye una señal de alarma para el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, quien recordará el impacto de estas elecciones cuando se planteen futuros intentos de restringir y limitar el peso electoral de los palestinos.
Los ciudadanos judíos y palestinos nunca han disfrutado de igualdad, pero la desigualdad entre ambos ha adquirido proporciones grotescas. Tampoco sus representantes políticos han recibido un trato equitativo. Uno de ellos, Sami Abu Shehadeh, líder de Balad, fue inhabilitado para participar en las elecciones por un artículo en el que analizaba el ataque de Hamás del 7 de octubre y sus consecuencias.
Sus votos tampoco tienen el mismo valor. Israel se ha convertido en un país donde uno puede ser golpeado y apuñalado simplemente por hablar árabe, como les sucedió a tres ciudadanos drusos en una discoteca de Tel Aviv. Si se trabaja como médico o profesional sanitario, incluso se corre el riesgo de perder el empleo.
Ser un árabe sionista, como los drusos que sirven en el ejército, tampoco ofrece protección frente a los fascistas.
Los árabes son considerados una amenaza existencial no solo por los supremacistas judíos, sino también por el conjunto de la sociedad judía israelí. Por ello, Eisenkot y todos sus socios, salvo uno, se comprometieron explícitamente a no llegar al poder mediante un acuerdo con los dos bloques políticos palestinos: la Lista Conjunta y Raam.
«Un Estado judío no puede ser gobernado por los árabes, sea o no sionista», afirmaron.
Maniobras políticas
En cualquier otro país, un resultado semejante habría convertido a los partidos árabes, a los que se atribuye un total de 17 escaños, en árbitros decisivos de la formación del Gobierno. Pero ya no vivimos en una época en la que quienes pierden saben hacerlo con elegancia.
Al igual que Flavio Bolsonaro en Brasil, quien se negó a aceptar la derrota tras la contundente victoria del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, o que el presidente estadounidense Donald Trump, quien rechazó reconocer la victoria de Joe Biden en 2020, Netanyahu tampoco abandonará el poder discretamente.
Ahora sabemos, según los medios israelíes, que Netanyahu hizo grandes esfuerzos durante los días previos a las elecciones para reavivar la guerra contra Irán, y que solo fracasó porque el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, se negó a dejarse arrastrar por esa estrategia.
Tras fracasar en ese intento, Netanyahu publicó una imagen generada mediante inteligencia artificial que mostraba una nube en forma de hongo elevándose sobre Tel Aviv y difundió acusaciones de traición contra Zamir con el propósito de presentar a los mandos militares como negligentes en la defensa de Israel.
Durante las maniobras políticas de las próximas semanas o meses, un nuevo ataque contra Irán no solo será posible, sino incluso más probable.
Netanyahu es, al igual que Trump, un mentiroso patológico. Sin embargo, es mucho más inteligente y engañoso que él; y ahí reside precisamente el secreto de su extraordinaria longevidad política.
Enfrentarse a un juicio por corrupción o comparecer ante una comisión de investigación por los graves fallos de seguridad que dejaron el sur de Israel expuesto al ataque de Hamás son dos de sus preocupaciones, pero ninguna de ellas ocupa un lugar tan importante como sus tres objetivos fundamentales.
El tercero, y el más importante, consiste en hacer realidad el sueño de su padre, Benzion Netanyahu, académico nacido en Polonia y sionista revisionista: anexionar la Cisjordania ocupada o, en sus propios términos, devolver el reino de Judea y Samaria al Estado judío.
Subestimar el fundamentalismo de Netanyahu equivale a dejarse seducir por su inglés estadounidense con acento de Pensilvania y caer en la trampa cuidadosamente urdida en la que han terminado sucumbiendo, uno tras otro, los presidentes de Estados Unidos.
Netanyahu ya se ha encontrado antes en una situación semejante. Sabe cómo proponer a sus rivales políticos la formación de un Gobierno de unidad nacional para después neutralizarlos y aplastarlos.
También sabe cómo apostar por unas segundas elecciones: es consciente de que, en esa ocasión, miles de votantes judíos procedentes del extranjero no volverán a tomar un avión para acudir a votar contra él. Además, continúa ejerciendo como primer ministro interino, una función que podría prolongarse durante meses.
Como líder del Likud, el partido más votado, Netanyahu podría incluso recibir el indulto del presidente israelí, Isaac Herzog, por los cargos de corrupción por los que está siendo juzgado. Herzog podría entonces encomendarle la formación del próximo Gobierno.
El terror de los colonos
Pensar que Ben-Gvir y Smotrich abandonarán el poder sin oponer resistencia sería igualmente una muestra de ingenuidad. Ben-Gvir dispone ya de sus propias milicias armadas, después de anunciar que su ministerio ha expedido 100.000 licencias de armas desde el 7 de octubre.
La mayoría de estas armas han ido a parar a manos de los colonos. Incluso antes del ataque de Hamás, los colonos ya gozaban de prioridad en la concesión de licencias de armas por vivir en lo que se denominaba «zonas peligrosas». Según un análisis de 2024, un tercio de los adultos de Adora, un asentamiento situado al noroeste de Hebrón, disponía de licencia de armas.
En realidad, Ben-Gvir y Smotrich deberían vestir uniforme militar en lugar de traje, porque también cuentan con el voto de los jóvenes.
Según una encuesta reciente del Centro de Recursos para el Electorado Judío, casi la mitad de los judíos estadounidenses menores de 35 años rechaza la concepción de un Estado basado en la supremacía judía y apoya, en su lugar, un único Estado binacional que garantice la igualdad de ciudadanía a palestinos y judíos.
En Israel, en cambio, el voto de los jóvenes ha evolucionado en la dirección opuesta. Una encuesta entre los votantes primerizos indica que, si el resultado electoral hubiera dependido exclusivamente del voto juvenil, Ben-Gvir y Smotrich habrían obtenido conjuntamente más del 16 % de los sufragios, equivalentes a 29 escaños. Ben-Gvir tiene, por tanto, sobrados motivos para imaginarse a sí mismo como el futuro primer ministro.
La advertencia de la CIA de que las profundas fracturas que se están agravando entre los judíos de Israel podrían desembocar en una guerra civil no constituye una exageración retórica ni una hipérbole polémica.
Si Eisenkot consigue formar el próximo Gobierno, su primera y más importante tarea será despojar a los colonos de su poder. Y no será una empresa sencilla. Es posible que los colonos hayan acumulado ya una fuerza desmesurada.
Como escribió el editor de Haaretz, Aluf Benn, los colonos y sus aliados políticos emprenderán una campaña decidida para preservar los logros que han obtenido durante el mandato de Netanyahu. Desde su perspectiva, este periodo representa una oportunidad caída del cielo para establecer el reino de Judea sobre el mapa de la Palestina moderna.
La insensatez de Occidente
Sin embargo, los aliados occidentales del proyecto sionista están a punto de cometer un error mucho más fundamental.
La eventual salida del poder, aunque sea temporal, de Netanyahu, Ben-Gvir y Smotrich será recibida con un suspiro de alivio, apenas disimulado, en el Reino Unido y en todas las capitales occidentales.
Llegarán a la conclusión de que Israel vuelve a estar gobernado por un pragmático, conocedor de la realidad de Cisjordania y capaz de impedir que el bloque de asentamientos de E1 divida en dos la Cisjordania ocupada y condene a un Estado palestino a la inviabilidad antes incluso de su nacimiento.
Toda la presión ejercida sobre los gobiernos occidentales para aislar a Israel mediante sanciones se disipará y, después de tres largos años, todo parecerá regresar a la normalidad.
Pero para los palestinos nada habrá cambiado: seguirán muriendo de hambre bajo el asedio, refugiados en tiendas de campaña, mientras buscan entre los escombros de la fosa común en que se ha convertido Gaza los restos de sus seres queridos asesinados.
Los palestinos de la Cisjordania ocupada seguirán expuestos, incluso bajo el Gobierno de Eisenkot, al terror de las bandas de colonos judíos protegidas por el ejército. Cualquiera que se atreva a hablar árabe en los espacios públicos de Israel continuará expuesto a ser linchado.
Tampoco cambiará nada para los vecinos de Israel, cada vez más debilitados. Extensas zonas del sur del Líbano y de Siria, mucho mayores que Gaza, seguirán bajo ocupación del ejército israelí, mientras que los territorios drusos de Siria continuarán sometidos a un régimen de tutela israelí.
Israel seguirá considerándose en estado de guerra con todos sus vecinos árabes, porque la realidad a la que nadie quiere enfrentarse es que Israel ha cambiado para siempre.
Todo su barniz liberal se ha desgarrado ante el deseo de venganza colectiva manifestado en Gaza. Durante los últimos tres años, Israel se ha revelado tal como siempre ha sido: un proyecto colonial incapaz de convivir en paz con el pueblo al que continúa despojando de sus tierras.
Un «espectáculo unipersonal»
Esta realidad ha sido señalada por alguien a quien difícilmente podría calificarse de simpatizante de la causa palestina: Ronald Lauder, multimillonario judío de 82 años que preside el Congreso Judío Mundial.
Lauder se ha convertido, por sí mismo, en una auténtica institución del sionismo. Financió la creación de escuelas judías en Europa oriental y destinó una parte considerable de su fortuna a instituciones israelíes. Su riqueza le ha permitido cultivar la amistad de cuarenta dirigentes mundiales, aunque su vínculo más estrecho era el que mantenía con Netanyahu.
Sin embargo, en una entrevista verdaderamente extraordinaria concedida a Haaretz y publicada este mes, Lauder rompió un silencio que había mantenido durante treinta años.
«Estamos ante un dictador, un espectáculo unipersonal. Israel es una democracia, pero Netanyahu no juega conforme a las reglas de la democracia», afirmó Lauder.
«Hace unas semanas hablé con el rey de Jordania. Jordania era uno de nuestros países más leales a Israel, y por culpa de lo que está haciendo Ben-Gvir hemos convertido a nuestro aliado más fiel en un enemigo de Israel», añadió. «Cuando [sus partidarios] golpearon a un fotoperiodista de The Washington Post… ¿Hasta qué punto se puede ser tan estúpido? The Washington Post odiará a Israel por ello. ¡Lo odiará! ¿Con qué propósito?».
Según relata Haaretz, Lauder mostró una profunda expresión de repugnancia al explicar cómo había roto sus propios vínculos con Israel.
«Vendí mi apartamento en Tel Aviv y entregué mi casa de Beerseba al Fondo Nacional Judío, del que también soy presidente. En esencia, he cortado mis vínculos con aquel lugar. Porque las cosas han llegado a tal extremo…». Lauder no terminó la frase y realizó un gesto de náusea.
También afirmó que Israel atraviesa actualmente «una situación muy difícil, mucho más difícil de lo que sus dirigentes creen»: «Israel no solo ha perdido a Europa y a otros lugares, sino también a la diáspora. Sí, siguen siendo leales a Israel, pero ya no sienten que Israel los proteja».
Quien pronuncia estas palabras es un hombre que en otro tiempo fue uno de los confidentes más cercanos de Netanyahu y a quien se encomendaban algunas de las misiones diplomáticas más delicadas, como la mediación con Hafez al-Asad en Siria sobre los Altos del Golán. Hoy, Lauder respalda a Ahmed al-Sharaa, quien ha liberado a Siria de la dictadura, y considera que es posible alcanzar un acuerdo con él.
«He pasado muy poco tiempo con él, pero ahora lo conozco muy bien», afirmó. «Es un hombre firme, muy inteligente y será un buen líder. Quiere reconstruir Siria de la manera adecuada. Si Bibi fuera inteligente, me llamaría y me diría: “Trabajemos juntos”. Pero no lo hará, porque lo quiere todo para sí mismo».
Lauder comprende algo que el primer ministro británico, Andy Burnham, podría pasar fácilmente por alto en su afán por barrer este conflicto debajo de la alfombra: Israel seguirá «apoderándose» de todo para sí mismo hasta que termine desintegrándose.