¿Eden o Nixon? La Prueba Del Poder Global A Través De La Guerra Con Irán

La historia no se repite exactamente, pero ciertos momentos de ruptura reaparecen en distintas épocas con dinámicas similares y transforman radicalmente los equilibrios de poder. La Crisis de Suez de 1956 simbolizó el momento en que Gran Bretaña alcanzó los límites no solo de su capacidad militar, sino también política y económica, marcando la pérdida de su papel como potencia arquitecta del sistema. En cambio, la Crisis del Petróleo de 1973, aunque a primera vista pareció un shock devastador para Occidente, sentó las bases para que Estados Unidos transformara esa crisis en una oportunidad, reconfigurando el orden global a través de sus políticas energéticas, la posición del dólar y la arquitectura de seguridad regional.

Hoy, los debates en torno a una guerra centrada en Irán exigen reinterpretar estos dos momentos históricos. Porque la cuestión no es únicamente el resultado militar de un conflicto. Lo verdaderamente determinante es quién controlará los flujos energéticos, las rutas comerciales y el sistema financiero que constituyen la columna vertebral del orden global. Las líneas energéticas que atraviesan el Estrecho de Ormuz, la fragilidad de las cadenas de suministro globales y la resiliencia del sistema financiero basado en el dólar configuran los verdaderos frentes de esta posible crisis.

En este marco, la pregunta fundamental es la siguiente: ¿saldrá Estados Unidos de una crisis de este tipo como la Gran Bretaña de Anthony Eden, empujada fuera del sistema, o como el Estados Unidos de Richard Nixon, capaz de construir un nuevo orden? Esta posibilidad constituye la prueba decisiva que determinará el futuro del sistema global.

La lección De La Crisis De Suez: El Poder Militar No Es Suficiente

Cuando se analiza de cerca la Crisis de Suez, queda claro que no se trató únicamente de una intervención militar, sino de un indicio de una profunda transformación en la estructura del poder global. En octubre de 1956, Reino Unido, Francia e Israel planificaron una operación militar rápida y decisiva contra Egipto, liderado por Gamal Abdel Nasser, tras la nacionalización del Canal de Suez. El objetivo era recuperar el control en poco tiempo y mantener la supremacía económica y geopolítica sobre el canal. Sin embargo, este plan no produjo los resultados políticos esperados, ya que no tuvo suficientemente en cuenta el nuevo orden internacional y el equilibrio de poder surgidos tras la Segunda Guerra Mundial.

La oposición simultánea de Estados Unidos y la Unión Soviética a la intervención creó un muro estratégico inesperado para Londres y París. La presión económica de Washington especialmente sobre la libra esterlina obligó a Gran Bretaña a retroceder. Esta retirada no solo significó el fracaso de una operación militar, sino también el fin efectivo de la pretensión británica de actuar como una potencia global independiente. A pesar de contar con una sólida capacidad militar-industrial, Reino Unido ya no podía controlar por sí solo una arteria crítica del comercio y la energía.

Más importante aún, la crisis evidenció que las decisiones estratégicas británicas dependían de la aprobación de Estados Unidos. Esto demostró que la mera posesión de poder militar no es suficiente; los verdaderos factores determinantes son los instrumentos financieros, la legitimidad diplomática y la capacidad de construir sistemas. En este sentido, Suez pasó a la historia como el punto de inflexión simbólico de la transición del poder imperial clásico hacia el orden hegemónico moderno. Por ello, se considera que Anthony Eden fue el último primer ministro que creyó que Gran Bretaña seguía siendo una gran potencia, y el primero en darse cuenta de que ya no lo era cuando se enfrentó a la crisis de Suez.

El Momento Nixon: Convertir La Crisis En Oportunidad

Para 1973, Estados Unidos no solo enfrentaba un shock energético, sino también la desintegración del orden monetario internacional. El colapso del sistema de Bretton Woods en 1971 y el fin de la convertibilidad del dólar en oro parecían, en principio, debilitar el poder estadounidense. En ese contexto de fragilidad, entró en juego el embargo petrolero de los países de la OAPEC. Los precios de la energía se dispararon y las economías occidentales se vieron arrastradas a una espiral de estanflación. Sin embargo, la administración Nixon no solo gestionó esta crisis multidimensional, sino que la utilizó como palanca para construir un nuevo orden global.

En el centro de este proceso se situó el sistema del petrodólar, que institucionalizó la fijación del precio del petróleo en dólares. Gracias a acuerdos de seguridad por petróleo con los países del Golfo especialmente con Arabia Saudí Estados Unidos aseguró que el comercio energético se realizara en dólares. Washington ofrecía protección militar y seguridad de régimen a estos países, mientras que, a cambio, garantizaba que los ingresos petroleros se mantuvieran en gran medida en dólares y se canalizaran hacia los mercados financieros estadounidenses. Así, el dólar se convirtió, de facto, en una moneda de reserva global respaldada no por el oro, sino por la energía.

Este arreglo consolidó a Estados Unidos como el centro indiscutible del sistema financiero global. El flujo de ingresos petroleros hacia Wall Street y los bonos del Tesoro estadounidense proporcionó a la economía norteamericana una fuente constante de liquidez y acceso a financiación a bajo costo. Como resultado, sin necesidad de una victoria militar en el campo de batalla, Estados Unidos logró salir fortalecido de la crisis al reconfigurar la arquitectura financiera y los flujos energéticos. De hecho, esta política lo convirtió en el actor que redefinió las reglas del sistema global posterior a 1945.

Hoy, el conflicto que se desarrolla en torno a Irán y que podría derivar en el cierre del Estrecho de Ormuz representa una prueba sistémica similar. La influencia de Irán sobre este paso marítimo afecta aproximadamente al 20 % del suministro global de petróleo y gas natural licuado (GNL), así como al 35 % del comercio mundial de fertilizantes. Estas cifras convierten a Ormuz en un cuello de botella crítico no solo a nivel regional, sino global. Así como el Canal de Suez representó un punto neurálgico en 1956, hoy el Estrecho de Ormuz cumple una función comparable: es una arteria esencial para la fluidez de la economía mundial.

Por esta razón, el cierre del Estrecho de Ormuz no constituye simplemente una tensión regional, sino una ruptura global con efectos en cadena. Las actividades de transporte marítimo han caído incluso por debajo de los niveles más bajos registrados durante la pandemia de COVID-19. A medida que se restringe la oferta energética, los precios del petróleo aumentan rápidamente, mientras que la reducción en el suministro de fertilizantes impulsa al alza los precios de los alimentos de forma inesperada. Este panorama ejerce una fuerte presión económica, especialmente sobre los países importadores de energía y aquellos vulnerables en términos de seguridad alimentaria. El aumento de los costos se extiende desde la producción hasta el transporte, alimentando una inflación creciente a escala global. Al mismo tiempo, los mercados financieros experimentan fuertes fluctuaciones debido al aumento de la incertidumbre y la percepción de riesgo. En esta fase, la crisis deja de ser un conflicto meramente militar para convertirse en una perturbación sistémica que afecta simultáneamente a los flujos de energía, comercio y finanzas.

El Estrecho De Ormuz y El Nuevo Equilibrio De Poder

La forma en que Estados Unidos actúe en este contexto, en el que tiene dos opciones ante sí, será determinante. En el “escenario Eden”, Washington buscaría una solución rápida confiando en su poder militar, pero la realidad sobre el terreno no cumpliría esas expectativas. No se espera que Irán iguale a Estados Unidos en una guerra convencional directa; sin embargo, es bien sabido que posee una capacidad asimétrica considerablemente fuerte. Las fuerzas proxy en la región, los misiles balísticos y de crucero, las minas navales y los sistemas no tripulados pueden generar una inestabilidad prolongada en el Estrecho de Ormuz. Incluso sin un cierre total, basta con que el estrecho se vuelva “riesgoso”. En tal escenario, aumentan los costos de seguros, se ralentiza el tráfico de petroleros y se contrae el suministro de energía y fertilizantes.

En este escenario, aunque Estados Unidos despliegue presencia militar sobre el terreno, el hecho de no poder garantizar de forma estable el flujo energético global sería interpretado como un fracaso estratégico para Washington. Además, el desarrollo de alternativas por parte de actores como China como los oleoductos de Asia Central, el transporte terrestre a través de Rusia o nuevas rutas marítimas debilitaría la histórica superioridad estadounidense en las rutas marítimas. Tal evolución recordaría la posición de Gran Bretaña tras la Crisis de Suez: el poder sigue existiendo, pero su capacidad de determinación ha disminuido. Si este escenario se materializa, la cualidad de Estados Unidos como arquitecto del sistema se erosionaría significativamente.

El “escenario Nixon”, por el contrario, requiere un enfoque mucho más sofisticado. En este enfoque, la crisis se percibe no como una amenaza, sino como una oportunidad. Estados Unidos podría adoptar medidas para reconfigurar los mercados energéticos. En particular, el aumento de las exportaciones de GNL, la reducción de la dependencia europea de Rusia y Oriente Medio, y la orientación de más energía estadounidense hacia los mercados asiáticos podrían formar parte de esta estrategia. Esto no sería solo un movimiento económico, sino también geopolítico.

Aún más crucial es la dimensión financiera. Si Estados Unidos logra consolidar nuevos acuerdos que refuercen el comercio energético en dólares, esto podría generar un efecto similar al movimiento del petrodólar en la era Nixon. Ello permitiría preservar la centralidad del dólar en el sistema global y otorgaría a Estados Unidos una ventaja a largo plazo.

Sin embargo, existe una diferencia importante: en 1973, Estados Unidos no enfrentaba a un competidor integrado como el actual. La Unión Soviética era militarmente fuerte, pero permanecía fuera del sistema comercial global. Hoy, en cambio, China ocupa una posición central en términos de producción, comercio y demanda energética. Con fuertes vínculos económicos con Irán, China también está desarrollando sistemas de pago alternativos al dólar. Los intentos de comerciar energía en yuanes constituyen un desafío directo a la hegemonía financiera estadounidense.

Por lo tanto, para que la administración Trump logre un éxito similar al de Nixon, no basta con equilibrar a Irán; también debe limitar los esfuerzos de China por construir un sistema alternativo. Esto requiere una estrategia mucho más compleja y multidimensional.

Un tercer escenario se sitúa entre estos dos extremos. Estados Unidos podría obtener éxitos militares y logísticos a corto plazo, mantener abierto el Estrecho de Ormuz y sostener en gran medida el flujo energético. Sin embargo, si no logra transformar este éxito en una reconfiguración duradera del sistema, el resultado sería un orden internacional en el que Estados Unidos seguiría siendo uno de los actores más poderosos, pero ya no el único capaz de dictar las reglas.

En este punto, el estilo de liderazgo se convierte en un factor determinante. Nixon era un líder capaz de pensar a largo plazo y de forma estratégica. Movimientos como la normalización de relaciones con China no respondían únicamente a intereses inmediatos, sino que consideraban el equilibrio general del sistema. Trump, en cambio, tiende a adoptar un enfoque más transaccional, centrado en ganancias a corto plazo. Aunque este estilo facilita la toma rápida de decisiones, puede resultar limitante en la construcción de órdenes internacionales complejos.

Además, la estructura política interna de Estados Unidos también influye en la viabilidad de este tipo de estrategia. En la década de 1970, a pesar de enfrentar serios problemas económicos, existía cierto consenso en torno al liderazgo global. Hoy, en cambio, el entorno político está mucho más polarizado. Las estrategias de gran escala y largo plazo pueden verse obstaculizadas por las divisiones internas.

En conclusión, una crisis centrada en Irán no es simplemente un conflicto regional, sino una prueba capaz de definir el futuro del sistema global. En Suez, Gran Bretaña perdió esta prueba, marcando el fin de una era. Nixon, en cambio, emergió de una crisis similar construyendo un nuevo orden. Hoy, Estados Unidos se enfrenta a un umbral comparable. La seguridad del Estrecho de Ormuz, la reconfiguración de los mercados energéticos y la preservación del papel global del dólar constituyen los tres pilares fundamentales de este proceso. Si logra tener éxito en estos ámbitos, Estados Unidos podría consolidar una vez más su papel como arquitecto del sistema. De lo contrario, la crisis se convertirá en un punto de inflexión que acelerará la descomposición del orden existente. En última instancia, la cuestión no es Irán. La cuestión es quién puede reescribir las reglas del juego en momentos de crisis.

[1] Prof. Asociado Dr. Necmettin Acar, Jefe del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Mardin Artuklu, [email protected].