Donde La Ley No Basta: El Fundamento Moral De La Paz

En el proceso relacionado con el desarme y la disolución del PKK, hemos entrado ya en la fase de las regulaciones legales. La Gran Asamblea Nacional de Türkiye debatirá este asunto en los próximos días. Sin embargo, mientras escribo estas líneas, lo que realmente ocupa mi mente no son los artículos de la ley. Porque una de las cuestiones que inevitablemente se discutirá en el período venidero será cómo evaluar lo ocurrido en el pasado. La pregunta sobre cómo interpretar el pasado nos conduce de manera natural al concepto de “afrontamiento” o “confrontación con el pasado” , y muchas de las demandas formuladas en este marco son comprensibles. Pero aquí conviene detenerse y preguntarse: ¿funciona realmente la confrontación con el pasado en sociedades como la nuestra? Y, más importante aún, ¿disponemos de un marco moral más antiguo y más sólido que pueda ocupar el lugar de este concepto?

En mi opinión, sí, lo tenemos. Lo que necesitamos hoy puede resumirse, en realidad, en una sola palabra: sensatez. Una madurez que consiste en saber gobernar la ira aun cuando se posee el poder, actuar con mesura cuando existe la posibilidad de castigar y anteponer el futuro al pasado. En nuestra tradición, esta sensatez posee un nombre ancestral: hilm. Un término que en los diccionarios significa mansedumbre, prudencia y paciencia, pero que, en un sentido más profundo, designa la virtud de perdonar cuando se tiene el poder y de actuar con moderación cuando se dispone de la capacidad de sancionar. Lo que hace valiosa esta virtud es su capacidad para establecer un equilibrio entre la justicia y la misericordia, entre la búsqueda de la verdad y la voluntad de convivir. Y quizá sea precisamente esta sensatez la que mejor pueda ofrecer el marco moral que requiere el proceso actual.

No obstante, la historia de los procesos de paz nos enseña algo más. El silencio de las armas es apenas el umbral de la paz; la verdadera distancia comienza a recorrerse después. La paz duradera solo es posible en la medida en que una sociedad sea capaz de regenerar su voluntad de convivir. En otras palabras, la paz social exige algo que va más allá del fin del conflicto. La auténtica paz consiste en poder construir el futuro junto con todos los sectores de la sociedad, como miembros iguales de una misma comunidad política. Entendida de este modo, la paz es un proceso de construcción no solo jurídico, sino también moral y psicológico. El derecho delimita el marco de este proceso, la política determina su dirección, pero aquello que permite a la sociedad hacer suyo este nuevo tiempo es el fundamento moral. Porque las personas no edifican un futuro común únicamente a través de las leyes, sino también mediante sentimientos de justicia, misericordia y confianza.

Por ello, la cuestión que hoy debe discutirse no es únicamente si debemos o no confrontarnos con el pasado. La verdadera pregunta es dentro de qué marco moral y cultural debe hacerse. Cada sociedad está obligada a elaborar un lenguaje de paz alimentado por su propia historia y por su legado civilizatorio. Los modelos importados pueden servir de guía, pero ningún modelo puede sustituir la memoria moral de los pueblos.

Los límites del modelo de la confrontación con el pasado

La literatura occidental sobre resolución de conflictos se ha construido, en gran medida, sobre las ideas de confrontación con el pasado y rendición de cuentas. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, los juicios de Núremberg y el modelo argentino de justicia transicional son ejemplos que beben de la tradición jurídica e individualista de Occidente. En estos modelos, la apertura del pasado, la identificación de los responsables y los mecanismos institucionales de exigencia de responsabilidades desempeñan un papel determinante. El objetivo fundamental de este enfoque no es encubrir el pasado, sino construir un nuevo orden social haciendo visibles las experiencias vividas.

No obstante, conviene ser justos. La literatura moderna sobre resolución de conflictos no se reduce únicamente al ajuste de cuentas. Dentro de ella existen también importantes enfoques desarrollados en torno a la reconciliación social, la justicia restaurativa, el perdón y la construcción de confianza. Estos modelos no carecen de valor. Simplemente, puede que no se adapten con la misma eficacia al tejido de todas las sociedades. Porque no producen los mismos resultados en todos los contextos.

La confrontación forzada suele activar mecanismos de defensa y profundizar la negación. Las partes se repliegan sobre sí mismas y adoptan una posición defensiva. La pregunta «¿Qué hiciste tú?» genera inevitablemente la misma pregunta desde el otro lado, y este círculo vicioso puede alimentar nuevos conflictos en lugar de consolidar la paz. La fractura social, lejos de cerrarse, se profundiza. Especialmente en aquellas sociedades donde el sentido de identidad colectiva y del honor ocupa un lugar central, esta fragilidad se percibe con mucha mayor intensidad.

En los conflictos políticos prolongados, las sociedades no solo desarrollan visiones políticas diferentes, sino también memorias distintas. Mientras cada grupo sitúa su propio sufrimiento en el centro de su relato, disminuye su capacidad para reconocer el dolor del otro. En tales circunstancias, la confrontación con el pasado puede transformarse, más que en un esfuerzo por encontrar una verdad compartida, en un espacio donde las víctimas compiten entre sí por el reconocimiento de sus agravios. Sin embargo, la competencia entre victimismos no fortalece la paz social; por el contrario, endurece aún más las identidades.

Por supuesto, es necesario enfrentarse al pasado de alguna manera. Ninguna sociedad puede construir un futuro saludable olvidando por completo lo que ha vivido. Pero el propósito de esa confrontación no debe ser producir nuevas víctimas, sino eliminar los obstáculos que impiden la construcción de un futuro común. Por ello, la cuestión fundamental no es la confrontación en sí misma, sino el espíritu con el que se lleva a cabo. Y nuestra tradición posee una forma de sensatez capaz de responder a esta pregunta.

Perdonar cuando se tiene el poder

La sensatez a la que nos referimos recibe el nombre de hilm, uno de los conceptos fundamentales de la ética islámica. Su significado literal es mansedumbre, prudencia y paciencia. Sin embargo, como término, posee una profundidad mucho mayor: la capacidad de una persona para dominar su ira aun teniendo poder para actuar, abstenerse de la precipitación y renunciar al castigo. En pocas palabras, «perdonar y ser paciente cuando se tiene el poder».

Esta definición reúne tres elementos inseparables: poder, voluntad y misericordia. El poder es indispensable, porque la paciencia del débil no es más que una sumisión impuesta por la necesidad. La voluntad también es esencial: la capacidad de contener la ira y posponer la reacción. Y la misericordia constituye el elemento central de la moral, pues implica acercarse al otro con comprensión y reconocer su fragilidad y sus límites.

En realidad, esta actitud no es solo un rasgo del carácter individual, sino también una virtud política. La auténtica madurez que los Estados y las sociedades son capaces de mostrar en sus momentos más difíciles revela la verdadera naturaleza de su fortaleza. La prueba definitiva del poder no consiste tanto en la capacidad de imponer sanciones como en la habilidad de limitar la ira mediante el derecho y de contener el deseo de venganza mediante la justicia.

Hilm es, en esencia, la expresión madura de la autoridad, y obtiene su legitimidad no del ejercicio del poder, sino de la decisión consciente de no ejercerlo. Lo que lo distingue de la misericordia es precisamente la relación que establece con el poder. La misericordia suele expresar una cercanía emocional, mientras que el perdón remite a una decisión ya tomada. Esta virtud, en cambio, describe la voluntad en el instante mismo de decidir: ser capaz de gobernar la propia ira aun disponiendo de poder, actuar con moderación cuando existe la posibilidad de castigar y no entregar el futuro a la cólera heredada del pasado. Y eso es, precisamente, lo que necesitan los procesos de paz.

Por ello, la fortaleza del Estado no debe medirse únicamente por su capacidad sancionadora, sino también por su habilidad para preservar la justicia, la moderación y el consentimiento social. Las reflexiones de Ibn Jaldún sobre la permanencia del Estado, el uso del poder, la mesura y la justicia constituyen una formulación teórica de esta visión. Según Ibn Jaldún, la injusticia y los excesos corroen el poder desde dentro y acortan la vida de los Estados, mientras que la justicia y la moderación son los pilares que los sostienen.

En la misma línea, las palabras pronunciadas por José (Yusuf) a sus hermanos «Hoy no habrá reproche alguno contra vosotros» simbolizan la posibilidad de construir el futuro sin negar el pasado. Porque lo que se propone no es olvidar. Se trata de aceptar la verdad, pero sin permitir que la ira decida el porvenir. Se trata de construir el perdón no en lugar de la verdad, sino sobre ella.

En el fondo, la parte más difícil de los procesos de paz consiste precisamente en encontrar un equilibrio entre recordar y no permitir que la ira alojada en la memoria determine el futuro.

Hilm: un obstáculo para la confrontación con el pasado

Hilm no rechaza la confrontación con el pasado; transforma su tono. No impide hablar de lo ocurrido, sino que busca la manera de hacerlo sin generar nuevas enemistades. No niega la verdad, pero recuerda que esta no es necesaria únicamente para exigir responsabilidades, sino también para reconstruir las condiciones que hacen posible la convivencia.

La diferencia fundamental entre este enfoque y la confrontación con el pasado radica en que esta última se orienta naturalmente hacia el pasado y hacia la visibilización de las responsabilidades, mientras que hilm, sin negar ese pasado, procura trasladar esa verdad a un terreno capaz de reconstruir la cohesión social. Por ello, el marco que ofrece hilm resulta mucho más funcional para sociedades como la nuestra. Porque la cuestión ya no consiste en determinar individualmente quién hizo qué, sino en restablecer las bases que permitan convivir en estas tierras; es decir, garantizar una integración democrática e igualitaria y un modelo de convivencia en el que todos sean reconocidos como ciudadanos en condiciones de igualdad.

Desde la perspectiva del Estado, hilm no significa renunciar al derecho ni ignorar los delitos cometidos. Significa que el Estado, confiando en su propia fortaleza, sea capaz de establecer un equilibrio saludable entre seguridad y libertad, entre justicia y paz social. Significa demostrar su poder no mediante un castigo permanente, sino reincorporando al conjunto de la sociedad a la comunidad política.

Un Estado consciente de su fortaleza es aquel que, aun teniendo la capacidad de actuar, sabe perdonar, aplazar, dejar en el pasado aquello que pertenece al pasado y abrir sus puertas a quienes desean participar en la política civil. A mi juicio, esta es la manifestación más evidente de un Estado fuerte. Porque los Estados fuertes no perduran únicamente gracias a su capacidad para castigar, sino también por su habilidad para reintegrar a la sociedad. Y esta actitud constituye una condición indispensable para la construcción de una nación verdaderamente armónica y plural.

Cuando observo la historia, llego siempre a la misma conclusión: lo que garantiza la permanencia no es ganar la guerra, sino saber gestionar la posguerra. La victoria puede poner fin al conflicto, pero solo la sabiduría y el hilm pueden hacer duradera la paz.

En este punto, también es necesario reflexionar sobre el significado de esta virtud para quienes han depuesto las armas. Se trata de cargar con el peso del pasado, pero anteponer la normalización al deseo de venganza; de conservar en la memoria todos los acontecimientos vividos en distintas épocas para evitar que vuelvan a repetirse y aprender de ellos. Se trata de transformar las experiencias vividas no en un instrumento de acusación, sino en un proceso de introspección y purificación.

Implica, asimismo, pasar de una memoria centrada en las armas a una memoria centrada en la política civil. Y ello supone también una transición desde el lenguaje de la victimización hacia el lenguaje de la ciudadanía. Durante los períodos de conflicto, las identidades suelen definirse a través del dolor experimentado. En tiempos de paz, en cambio, es necesario fortalecer nuevamente el sentido de ciudadanía compartida, de un derecho común y de un futuro común.

Y es precisamente esta actitud la que crea el clima necesario para hacer posible esa transición.

Pedir cuentas es fácil; perdonar es difícil

Por ello, es necesario ser cuidadosos cuando hablamos del perdón. Perdonar no significa olvidar. Tampoco significa legitimar. Es algo mucho más difícil. Perdonar es no permitir que el pasado mantenga secuestrado el presente, sin por ello ignorar la necesidad de justicia. Es precisamente aquí donde entran en juego la sensatez y el hilm: como la voluntad de construir el futuro sin negar el pasado.

Porque las sociedades fuertes son aquellas que, además de poseer la voluntad de exigir responsabilidades, son capaces de demostrar la madurez necesaria para perdonar cuando las circunstancias lo requieren. Pedir cuentas es fácil. Basta con la ira, una tribuna parlamentaria, un eslogan, una mirada severa o un expediente judicial. Pero perdonar exige una madurez interior. Para poder cerrar el pasado, primero es necesario contemplarlo en toda su dimensión y, después, elegir conscientemente trascenderlo.

La actitud virtuosa es la capacidad moral que hace posible esa elección. Y esa capacidad ya existe en la tradición de nuestra geografía; no necesitamos importarla. Lo que debemos hacer es transformarla en un lenguaje político y en una práctica social.

Hoy, Türkiye tiene ante sí no solo un nuevo proceso jurídico, sino también la responsabilidad de construir un nuevo lenguaje social. Las leyes pueden silenciar las armas, pero solo un discurso político capaz de fortalecer la confianza, la justicia y el sentimiento de un futuro compartido puede transformar la ira acumulada en la sociedad.

Por ello, el éxito del período que se avecina no se medirá únicamente por las leyes que se aprueben, sino también por el espíritu con el que esas leyes sean aplicadas. La disolución del PKK representa una oportunidad significativa para poner fin a una historia dolorosa que se ha prolongado durante casi medio siglo en este país. Sin embargo, que esta oportunidad se convierta en una paz duradera dependerá no solo de la voluntad política, sino también de la madurez de la sociedad.

Hilm y la sensatez son, precisamente, el nombre de esa madurez. Porque la verdadera cuestión consiste en tener el valor de creer en el futuro sin olvidar el pasado.

Y es ese valor el que sostiene los procesos de paz: la capacidad de gobernar la propia ira cuando se posee el poder, de construir el futuro sin negar el pasado y de no entregar la búsqueda de la justicia al deseo de venganza.

Tal vez eso sea, precisamente, lo que más necesitamos hoy. Francamente, yo tampoco sé exactamente cómo habrá de lograrse. Pero sí sé una cosa: las paces duraderas no se construyen únicamente con textos jurídicos, sino también con la moral compartida que las sociedades deciden hacer suya.

Fuente:https://perspektif.online/kanunun-yetmedigi-yer-barisin-ahlaki-zemini/