Del Nacionalismo Económico A La Competencia Entre Complejos Industriales: La Política Exterior De Trump

Con el inicio del segundo mandato presidencial de Donald Trump, comenzó a observarse un cambio claro en la orientación de la política exterior de Estados Unidos. La transformación sistemática de los aranceles en un instrumento de política exterior, el uso más agresivo de las sanciones económicas y la vinculación más explícita del poder militar con objetivos económicos constituyen los signos más visibles de esta transformación. Las declaraciones revisionistas que se extienden desde Canadá hasta Panamá, desde Groenlandia hasta Venezuela, muestran que Washington busca no solo un reposicionamiento geopolítico, sino también geoeconómico. En particular, la posibilidad de que el tono intervencionista, visible en el caso de Venezuela, se extienda hacia Irán hace aún más importante comprender el trasfondo de esta nueva línea estratégica.

Esta transformación suele explicarse en muchos análisis mediante los conceptos de “nacionalismo económico” o “mercantilismo clásico”. El lema de Trump de “hacer a Estados Unidos grande de nuevo”, respaldado por aranceles, proteccionismo y el retorno de la producción al país, hace que esta interpretación resulte convincente a primera vista. Sin embargo, el nacionalismo económico o el mercantilismo clásico no bastan por sí solos para explicar esta política. Para comprender plenamente la forma que adopta hoy la política exterior estadounidense, es necesario centrarse en los grupos de interés internos y, especialmente, en la lucha de poder entre los complejos industriales. La dinámica decisiva es la competencia entre el complejo industrial de los hidrocarburos y el nuevo ecosistema productivo basado en la tecnología, conocido como Industria 4.0.

El Peso De La Política Interna En El Análisis De La Política Exterior

La literatura de relaciones internacionales ha superado desde hace tiempo los enfoques que consideran al Estado como un actor unitario. El análisis de la política exterior subraya que esta se configura bajo la influencia de las percepciones de los decisores, las rivalidades burocráticas y la presión de los grupos de interés. Desde esta perspectiva, el “interés nacional” no es una categoría fija y objetiva, sino que depende de qué coalición interna logra presentar e institucionalizar sus intereses como intereses nacionales. Por lo tanto, la política exterior no es solo una respuesta a amenazas externas, sino también una proyección de las luchas políticas internas.

En el segundo mandato de Trump, el discurso combinado con el nacionalismo económico concreta este marco teórico. Los aranceles, las sanciones y la disuasión militar no se utilizan únicamente para enviar mensajes a Estados rivales, sino también para reforzar la posición de determinados actores económicos internos. Sin embargo, el endurecimiento observado en los casos energéticos como Venezuela e Irán no puede explicarse únicamente por el nacionalismo económico. Una lectura más analítica exige situar en el centro la competencia entre dos bloques industriales cada vez más visibles dentro de Estados Unidos.

La Lucha De Poder Entre La Industria 4.0 y El Complejo De Hidrocarburos

La Industria 4.0 abarca un amplio entramado de producción y capital que incluye inteligencia artificial, semiconductores, manufactura avanzada, big data y la economía de plataformas digitales. Este nuevo complejo está reconfigurando rápidamente las cadenas globales de valor, los flujos de capital, la geografía del empleo y las prioridades de inversión estratégica. Su ascenso no solo transforma la estructura económica, sino también la distribución del ingreso y el equilibrio de representación política. En las democracias, la erosión de los beneficios de amplios sectores empleados en industrias tradicionales genera tensiones políticas que presionan fuertemente a las élites.

En el caso estadounidense, el resultado más visible de esta transformación es la pérdida relativa de peso del complejo industrial de los hidrocarburos. Tras la Segunda Guerra Mundial, el ecosistema petrolero y gasístico consolidó la capacidad global de poder de Estados Unidos, desde el estatus del dólar como moneda de reserva hasta la seguridad de las rutas comerciales. La energía fue no solo un recurso económico, sino también una fuente de poder geopolítico. Sin embargo, frente al nuevo orden tecnológico, el sector de hidrocarburos ha comenzado a perder posiciones relativas. Esta pérdida afecta no solo a las ganancias empresariales, sino también a los presupuestos estatales, el empleo local, las dinámicas sindicales y el comportamiento electoral en los estados energéticos.

En este contexto, el complejo de hidrocarburos ocupa una posición clara en la competencia política entre republicanos y demócratas. Gran parte de la base republicana se concentra en regiones donde la producción energética es dominante. Desde la financiación de campañas hasta el discurso sobre empleo local, desde la defensa de la “independencia energética” hasta la oposición a regulaciones ambientales, el sector energético constituye la columna vertebral de la política republicana. A medida que la transformación impulsada por la Industria 4.0 amenaza esa base, la consolidación del electorado se vuelve aún más crucial para el liderazgo republicano y para Trump.

Las decisiones de política exterior de la administración Trump adquieren mayor sentido cuando se leen a la luz de esta necesidad política interna. El endurecimiento del discurso en temas que afectan a los mercados energéticos, la capacidad productiva y la distribución global de hidrocarburos no puede explicarse únicamente por cálculos geopolíticos; también refleja la gestión del apoyo político interno.

Venezuela e Irán: Objetivos Estratégicos Del Complejo De Hidrocarburos

Venezuela e Irán adquieren un significado especial en este contexto. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y una proximidad geográfica estratégica respecto a Estados Unidos. Irán, por su parte, concentra cerca del 17% de las reservas mundiales de gas natural y junto con Catar, aproximadamente un tercio además de enormes reservas petroleras. Su influencia sobre rutas energéticas clave, como el estrecho de Ormuz, lo convierte en un actor central del sistema energético global. Años de sanciones y limitaciones tecnológicas han dejado la infraestructura energética de estos países necesitada de modernización, creando oportunidades potenciales de inversión y expansión productiva.

Este escenario geoeconómico genera una fuerte motivación para la reactivación del complejo de hidrocarburos. Puede argumentarse que este complejo, debilitado relativamente frente a la Industria 4.0, busca aumentar su participación en el mercado energético global mediante la política exterior. Así, se fortalecería tanto la rentabilidad del sector como la consolidación política de la base republicana. En este proceso, el concepto de “interés nacional” se redefine en clave energética, priorizando la seguridad del suministro, la independencia energética y el control de rutas energéticas globales.

En consecuencia, interpretar las políticas de Trump hacia Irán y Venezuela únicamente como estrategias de cambio de régimen resulta insuficiente. Un análisis estructural debe considerar las ventajas que el potencial energético de estos países puede aportar al complejo de hidrocarburos estadounidense. El tono intervencionista refleja el objetivo de reforzar la competitividad global del sector energético y consolidar el apoyo político interno.

En conclusión, el endurecimiento de la política exterior estadounidense durante la era Trump no es simplemente una elección de nacionalismo económico, sino la proyección externa de la competencia estructural entre dos grandes complejos industriales. Frente al ascenso de la Industria 4.0, el complejo de hidrocarburos utiliza la política exterior como instrumento para reforzar su posición. El interés estratégico en gigantes energéticos como Venezuela e Irán forma parte de un esfuerzo por aumentar la participación global del sector y consolidar la base republicana. Las nuevas maniobras geopolíticas de Washington deben interpretarse como una manifestación concreta de este desplazamiento del poder industrial interno y de la redefinición del concepto de “interés nacional” en clave energética.

[1] Prof. Asociado, Dr., Jefe del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Universidad Mardin Artuklu, [email protected].