De La Independencia A La Interdependencia
Como reconocen los estadounidenses y los demás pueblos de las antiguas colonias, hay mucho que decir a favor de la independencia nacional.
Sin embargo, de vez en cuando conviene plantearse una pregunta: ¿es suficiente?
Hasta hace relativamente poco, el imperialismo era un fenómeno generalizado en la historia de la humanidad. En 1939, tan solo el Imperio Británico y la Mancomunidad Británica ejercían un control político y económico directo o de facto sobre el 25 % de la población mundial y el 30 % de la superficie terrestre del planeta. De hecho, hace apenas un siglo, casi la mitad de los países que hoy son independientes eran colonias europeas.
Por supuesto, el imperialismo tenía graves desventajas. Para los pueblos colonizados, estas incluían el genocidio, la esclavitud, la explotación y el saqueo de sus recursos. Sin embargo, los colonizadores también pagaron un precio, pese a las enormes fortunas obtenidas por una pequeña minoría. Perdieron la vida en guerras imperialistas, murieron de hambre y enfermedades y quedaron envenenados por la arrogancia, la brutalidad y el racismo. Sobre todo, el imperialismo privó a los pueblos colonizados del derecho al autogobierno y, por consiguiente, del derecho a decidir el futuro de sus propias naciones.
No obstante, la Segunda Guerra Mundial desestabilizó el sistema imperialista y, al mismo tiempo, desacreditó profundamente su legitimidad. Como resultado, tras la guerra, especialmente durante las décadas de 1950 y 1960, se produjo una amplia ola de descolonización. Aunque todavía existen dirigentes que se resisten al consenso mundial contrario al imperialismo como Vladímir Putin, decidido a anexionarse Ucrania; Benjamín Netanyahu, empeñado en impedir la creación de un Estado palestino; o Donald Trump, que continúa reclamando nuevos territorios, la independencia nacional se ha consolidado en gran medida como la norma aceptada.
Sin embargo, el problema es que, aunque la independencia nacional sea preferible al dominio imperial, no nos acerca demasiado a la solución de algunos de los desafíos más urgentes que enfrenta el mundo.
Quizá el más grave de ellos sea la guerra. Los conflictos continúan en amplias regiones del planeta. El gasto militar mundial sigue aumentando alcanzó los 2,9 billones de dólares en 2025 y se prevén nuevos incrementos significativos en los próximos años. El resultado, como ha ocurrido hasta ahora y todo indica que seguirá ocurriendo, es una inmensa pérdida de vidas humanas y un enorme despilfarro de recursos económicos.
Las armas nucleares, por supuesto, amenazan con transformar la guerra en una catástrofe capaz de destruir casi toda la vida en la Tierra, una tragedia cuya magnitud apenas puede ser comprendida por la mente humana. Sin embargo, rompiendo drásticamente con las políticas de control de armamentos y desarme nuclear impulsadas durante décadas anteriores, las potencias nucleares han abandonado recientemente sus compromisos de reducir y, en última instancia, eliminar la amenaza nuclear. Tras incrementar en un 19 % su gasto nuclear en 2025, estos países desarrollan actualmente una deslumbrante variedad de nuevas armas nucleares.
¿Cómo podrán las naciones hacer frente a este inmenso desafío que representan la guerra y el armamento moderno sin una acción colectiva? No cabe duda de que la solución a este problema no está en manos de una sola nación.
Si los seres humanos y las demás especies no desaparecen en un futuro próximo a causa de la guerra, es muy probable que enfrenten una extinción gradual provocada por los desastres ambientales. El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del aire, la deforestación, el deshielo de los glaciares, el aumento del nivel del mar, la degradación del suelo, la sobrepesca y muchos otros problemas ya están ocurriendo y conducen cada vez más a un futuro insostenible e inhabitable. Al mismo tiempo, las olas de calor extremas, los devastadores incendios forestales y las inundaciones masivas destruyen la agricultura y obligan a millones de personas a abandonar sus hogares, convirtiéndose en refugiados climáticos.
La protección eficaz del medio ambiente mundial supera la capacidad de cualquier nación, por muy buenas que sean sus intenciones. Se trata, sin duda, de un desafío global que exige cooperación internacional.
Las enfermedades, por supuesto, tampoco respetan las fronteras nacionales. La pandemia de COVID-19, por ejemplo, causó entre 15 y 18 millones de muertes en países de todo el mundo. Sin embargo, en las últimas décadas también se han registrado otras epidemias y pandemias que ignoraron las fronteras nacionales, entre ellas el VIH/SIDA, la malaria, la gripe, la hepatitis, el SARS, la gripe porcina, el dengue, la epidemia de ébola en África Occidental, la mpox, el MERS y el cólera.
En lo que respecta a las enfermedades, existe un amplio consenso en que es indispensable adoptar un enfoque global. Por ello, 192 países son miembros de la Organización Mundial de la Salud (OMS). No obstante, tres países siguen resistiéndose obstinadamente a formar parte de la organización. Uno de ellos es Estados Unidos, tras la decisión del presidente Donald Trump de retirarse de la OMS.
Muchos otros desafíos, entre ellos la pobreza generalizada, el comportamiento irresponsable de las empresas multinacionales, las migraciones masivas, la escasez de recursos y los riesgos asociados a tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial, también ponen de manifiesto la necesidad de una cooperación mundial.
Estas cuestiones globales se debaten con frecuencia en las Naciones Unidas y, como resultado, el Secretario General de la ONU y otros altos funcionarios de la organización emiten reiterados llamamientos para adoptar medidas correctivas. Sin embargo, lamentablemente, algunos países especialmente las grandes potencias, que parecen priorizar sus propias agendas nacionales por encima del bienestar global han impedido que las Naciones Unidas dispongan de la autoridad y los recursos necesarios para afrontar eficazmente estos desafíos. Rusia, por ejemplo, ha vetado repetidamente resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigían el fin de su continua invasión militar, ocupación e intento de anexión de Ucrania. Por su parte, Estados Unidos ha acumulado una deuda cercana a los 4.000 millones de dólares con las Naciones Unidas al suspender el pago de sus cuotas y de sus contribuciones a las operaciones de mantenimiento de la paz de la organización, agravando así la situación financiera de la ONU.
La respuesta lógica al bloqueo de la acción colectiva consiste en fortalecer a las Naciones Unidas. En este sentido, se han presentado diversas propuestas, entre ellas ampliar las competencias de la Asamblea General y limitar el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Asimismo, recientemente se ha puesto en marcha una campaña para convocar una Conferencia de Revisión de la Carta de las Naciones Unidas mediante la aplicación del artículo 109 de la Carta, con el objetivo de reducir los obstáculos que impiden a la ONU actuar con mayor eficacia frente a los desafíos globales. Si dicha conferencia llega a celebrarse y la Carta es revisada, la organización mundial podría transformarse en lo que la campaña define como «un sistema internacional más fuerte, más justo y más inclusivo».
Sin embargo, el fortalecimiento de las Naciones Unidas no ocurrirá por sí solo. Requerirá una presión de la opinión pública a escala mundial, liderada por organizaciones de la sociedad civil comprometidas con la paz, la sostenibilidad ambiental, la salud pública y otras prioridades globales.
En última instancia, hacer posible la próxima gran transformación de la conciencia y del comportamiento humanos el paso de una concepción estrecha de la independencia nacional hacia la interdependencia entre las naciones dependerá de estas organizaciones y de sus aliados entre los servidores públicos comprometidos con el interés general.
Fuente:https://znetwork.org/znetarticle/from-independence-to-interdependence/