De La Crisis Petrolera De 1950 A La Guerra Entre Estados Unidos E Irán De 2025: Los Límites Del Poder y La Diplomacia

El eco de la historia en Irán

La historia de las relaciones internacionales está repleta de ejemplos trágicos en los que la actitud arrogante de las potencias hegemónicas hacia actores a los que consideraban débiles desencadenó crisis al margen de una diplomacia racional y, finalmente, las obligó a aceptar, tras asumir costes estratégicos mucho más elevados, unas condiciones razonables que inicialmente habían rechazado. Uno de los episodios más estremecedores de esta repetición histórica tuvo lugar, sin duda, en el territorio iraní. La denominada «crisis del petróleo», que comenzó en 1950 con la insistencia británica en mantener los privilegios y las prácticas de explotación a través de la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC) y alcanzó su punto culminante con la Operación Ajax de 1953, presenta notables similitudes estructurales, psicológicas y geopolíticas con la política de máxima presión, sanciones y escalada militar que Estados Unidos emprendió contra Irán tras abandonar el Acuerdo Nuclear de 2015 (JCPOA).

Ambos episodios históricos muestran cómo las grandes potencias, al perseguir objetivos maximalistas, dilapidaron las ventajas diplomáticas más favorables que tenían a su alcance; cómo el poderío militar convencional alcanzó sus límites frente a formas de resistencia asimétrica; y cómo Irán, con independencia de los regímenes que lo gobiernen, ha mantenido constantes determinados parámetros geopolíticos de seguridad y prioridades estratégicas. En este sentido, el objetivo fundamental de este artículo es poner de manifiesto las similitudes estructurales y estratégicas entre la crisis del petróleo de 1950 y los acontecimientos posteriores, por un lado, y la guerra entre Estados Unidos e Irán iniciada en 2025, por otro, así como explicar, mediante un análisis comparativo, los límites de la proyección de poder de las grandes potencias y los reflejos geopolíticos permanentes de Teherán.

Las demandas maximalistas de las grandes potencias y el desperdicio de las oportunidades diplomáticas iniciales

La fase inicial de ambas crisis estuvo marcada por un mismo patrón: mientras existía sobre la mesa un terreno de entendimiento viable, racional y equilibrado para las partes, la gran potencia dinamitó esa base constructiva al plantear demandas maximalistas. Hacia 1950, la transformación de la arquitectura energética mundial tras la Segunda Guerra Mundial hacía inevitable la adopción de un nuevo modelo de reparto. El principio de distribución equitativa del 50 % de los ingresos petroleros para cada parte, desarrollado por Estados Unidos en Venezuela y posteriormente aplicado en Arabia Saudí a través de ARAMCO, se había convertido en la nueva norma del mercado petrolero internacional de la época. El Gobierno de Teherán se dirigió a Londres para solicitar la revisión de las concesiones de la AIOC conforme a este nuevo estándar internacional: es decir, un reparto de los beneficios a partes iguales. La propuesta constituía una fórmula de compromiso extraordinariamente razonable, que respetaba los derechos soberanos de Irán sin poner completamente en peligro la presencia de la compañía ni su monopolio operativo sobre el terreno.

Sin embargo, incapaz de desprenderse de los reflejos concesionarios heredados de la era colonial y de la arrogancia imperial, el Gobierno británico menospreció la demanda iraní e insistió en mantener un sistema que otorgaba a Irán apenas una participación simbólica de alrededor del 20-21 % de los beneficios netos de la compañía. Esta actitud intransigente y condescendiente de Gran Bretaña activó el orgullo nacional y la indignación acumulados en la sociedad iraní, movilizó las calles, desencadenó huelgas y, finalmente, favoreció el ascenso del Frente Nacional encabezado por el doctor Mohammad Mosaddegh, hasta desembocar en la aprobación parlamentaria de la nacionalización integral de la industria petrolera. Al negarse a tiempo a conceder a Irán una «participación justa» del 50 %, Gran Bretaña terminó enfrentándose al riesgo de perder, de la noche a la mañana, la totalidad de sus privilegios concesionarios.

Una réplica casi perfecta de esta ceguera estratégica y de este maximalismo se produjo sesenta y ocho años después, cuando la Administración de Donald Trump decidió retirarse unilateralmente del JCPOA en 2018. Firmado en 2015 bajo el liderazgo de Barack Obama, con la participación de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y Alemania (P5+1), el acuerdo nuclear constituía, desde la perspectiva occidental, un logro diplomático de enorme valor estratégico. El pacto limitaba al 3,67 % el nivel de enriquecimiento de uranio de Irán, establecía restricciones sobre su reactor de agua pesada, obligaba a sacar del país más del 97 % de sus reservas de uranio enriquecido y otorgaba al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) algunas de las facultades de inspección más amplias de su historia. En conjunto, estas medidas prolongaban considerablemente el tiempo necesario para que Teherán pudiera adquirir un arma nuclear y reducían al mínimo el riesgo de una crisis nuclear regional.

Sin embargo, los sectores más beligerantes de Washington y los círculos neoconservadores consideraron insuficiente este logro diplomático tangible, del mismo modo que Londres había despreciado las oportunidades de compromiso en la década de 1950. Exigieron no solo el desmantelamiento del programa nuclear iraní, sino también la paralización total de su capacidad de desarrollo de misiles balísticos y la reducción del alcance de los misiles existentes; la desarticulación de la red de milicias del denominado «Eje de la Resistencia», extendida desde el Líbano hasta Siria y desde Irak hasta Yemen; y el abandono de la doctrina de seguridad marítima de Teherán en el estrecho de Ormuz. Al igual que en el caso de la insistencia británica en mantener una participación de apenas el 21 %, Washington dejó de lado los beneficios concretos que ya estaban sobre la mesa para perseguir objetivos maximalistas cuya consecución resultaba extremadamente difícil. Como consecuencia, la parte que alteró el equilibrio existente no solo terminó perdiendo los mecanismos de supervisión y las restricciones de los que disponía, sino que además empujó a su adversario a construir una arquitectura de seguridad mucho más agresiva, autónoma e inflexible.

Instrumentos de presión, resistencia asimétrica y estancamiento militar

La segunda fase de las crisis se caracterizó por la activación, por parte de las grandes potencias, de mecanismos de aislamiento económico, bloqueo naval y amenazas militares, con el propósito de compensar sus fracasos diplomáticos, mientras que Teherán respondía construyendo líneas de resistencia asimétricas capaces de neutralizar dicha presión. Inmediatamente después de que el Gobierno de Mosaddegh decidiera nacionalizar la industria petrolera en 1951, Gran Bretaña impuso un bloqueo naval a la refinería de Abadán, por entonces la mayor del mundo, desplegó buques de guerra en el golfo Pérsico y amenazó con adoptar medidas legales y físicas contra todas las empresas y países extranjeros que compraran petróleo iraní. La retirada de los ingenieros británicos de las instalaciones y el boicot internacional llevaron la producción y las exportaciones de petróleo iraní prácticamente al colapso, sumiendo al país en una gravísima crisis de divisas y de las finanzas públicas.

Sin embargo, contra las expectativas de Londres, aquel enorme bloqueo económico y la intimidación militar no fueron suficientes para doblegar al pueblo iraní. Por el contrario, Mosaddegh llevó la cuestión tanto ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas como ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, defendiendo que la nacionalización del petróleo constituía un derecho inherente de toda nación soberana. Al conseguir que La Haya se declarara incompetente para conocer del caso, obtuvo una extraordinaria ventaja jurídica y moral frente a Gran Bretaña. El poderío militar y económico británico no consiguió quebrar la legítima resistencia soberana de Irán.

En la actualidad, la estrategia estadounidense de «máxima presión» contra Irán se desarrolló siguiendo una lógica similar y terminó chocando con el mismo muro de resistencia asimétrica. Washington trató de llevar a cero las exportaciones petroleras iraníes mediante sanciones secundarias unilaterales, desconectar a Irán del sistema financiero mundial y forzar a Teherán a capitular en la mesa de negociaciones mediante el colapso económico. Paralelamente, desplegó una importante concentración militar en torno al estrecho de Ormuz y el mar de Omán, incluyendo grupos de combate de portaaviones, bombarderos y baterías de misiles.

Frente a ello, en lugar de entrar en una guerra abierta con Estados Unidos mediante sus capacidades militares convencionales, Irán puso en práctica a plena capacidad una doctrina de desgaste asimétrico. Elevó rápidamente el nivel de enriquecimiento de uranio desde el límite del 3,67 % establecido por el acuerdo hasta el 20 % y, posteriormente, hasta una pureza del 60 %, aproximándose aún más al umbral de capacidad nuclear militar. Asimismo, instaló sus centrifugadoras avanzadas en instalaciones subterráneas. Mediante operaciones híbridas contra buques mercantes y petroleros en corredores energéticos estratégicos como los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, represalias selectivas ejecutadas con drones y misiles balísticos de precisión, así como ataques coordinados por fuerzas aliadas regionales, consiguió erosionar la arquitectura de seguridad de Estados Unidos y sus aliados. La capacidad de cerrar o desestabilizar los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, arterias especialmente sensibles del suministro energético mundial, hizo que la superioridad militar convencional estadounidense perdiera buena parte de su eficacia estratégica. Ni el endurecimiento de las sanciones logró inducir una retirada estratégica de Teherán, ni las amenazas de ataques militares consiguieron debilitar la red iraní de misiles y fuerzas aliadas. Washington, pese a sus enormes gastos militares y a sus pretensiones de disuasión, llegó a un punto de completo estancamiento estratégico al no conseguir alterar las dinámicas efectivas sobre el terreno.

La ilusión del cambio de régimen y el inevitable retorno a las condiciones de la mesa de negociación

La tercera y última fase de las crisis pone de manifiesto las ilusiones estratégicas generadas por la pretensión de diseñar un «cambio de régimen» mediante intervenciones militares u operaciones encubiertas, así como la necesidad inevitable de las grandes potencias de regresar, tarde o temprano, a los límites racionales que inicialmente habían tenido sobre la mesa. En 1953, cuando Gran Bretaña comprendió que no podía derrocar a Mosaddegh mediante el bloqueo militar y el aislamiento económico, recurrió a la histeria anticomunista de la Guerra Fría para convencer a Estados Unidos de intervenir. Mediante un golpe de Estado organizado conjuntamente por la CIA y el MI6, cuyo nombre en clave fue Operación Ajax, el Gobierno de Mosaddegh fue derrocado violentamente; el primer ministro fue condenado a permanecer bajo arresto domiciliario hasta el final de su vida, y el sha Mohammad Reza Pahlaví fue reinstalado en el trono como un autócrata absoluto.

A primera vista, Occidente parecía haber obtenido una victoria decisiva gracias al empleo de su poder militar y de inteligencia. Sin embargo, el coste estratégico e histórico del golpe se convirtió en una auténtica derrota para Gran Bretaña. En el nuevo acuerdo de veinticinco años alcanzado en 1954, la posición monopolística británica sobre el petróleo iraní quedó completamente desmantelada. En el consorcio petrolero internacional establecido posteriormente, dominado por las grandes compañías conocidas como las «Siete Hermanas», Londres se vio obligado a compartir su mercado con empresas estadounidenses y francesas. Pero, sobre todo, Gran Bretaña terminó aceptando precisamente la condición fundamental que había rechazado en 1950 y que había contribuido a desencadenar años de conflicto: el reparto del 50 % de los beneficios con Irán. Si Gran Bretaña hubiera aceptado desde el principio el reparto 50/50, habría conservado la mitad del petróleo iraní y, al mismo tiempo, se habría ahorrado miles de millones de dólares en pérdidas y el deterioro de su prestigio internacional. Más aún, el golpe inoculó en la memoria colectiva iraní un profundo sentimiento de rechazo al imperialismo y a Occidente, contribuyendo a crear el sustrato sociológico de la Revolución Islámica de 1979, que un cuarto de siglo después acabaría derribando al régimen del sha.

En la actualidad, el discurso sobre un «cambio de régimen en Irán», expresado con frecuencia por los sectores más beligerantes de Washington y sus aliados regionales, parece constituir una versión contemporánea y peligrosa de la misma falacia estratégica que inspiró el golpe de 1953. Este enfoque reduce la arquitectura de seguridad y la política exterior iraníes a la mera ideología de la actual República Islámica, ignorando la lógica estatal persa e iraní acumulada durante miles de años y las imperiosas realidades geográficas del país. Incluso si el régimen iraní cambiara y el sistema político adoptara un carácter secular, nacionalista o liberal, las definiciones fundamentales de los intereses nacionales de Teherán no cambiarían radicalmente:

  • El control geopolítico sobre el estrecho de Ormuz y la pretensión de desempeñar un papel primordial en la seguridad del golfo Pérsico;
  • El deseo de disponer de tecnología nuclear y de una capacidad misilística disuasoria frente a las intervenciones externas y a un entorno geográfico regional caracterizado por la inestabilidad;
  • El impulso de construir una profundidad estratégica regional con el fin de proteger sus fronteras;

se mantienen como constantes geopolíticas que Teherán no abandonará bajo ninguna circunstancia. En 1951, cuando el nacionalista laico Mohammad Mosaddegh nacionalizó el petróleo, encarnaba precisamente esta lógica de Estado. En la década de 1970, cuando el sha Mohammad Reza Pahlaví, pese a su orientación prooccidental, transmitía el mensaje de que no prolongaría la vigencia del acuerdo de concesión petrolera firmado en 1954 entre Estados Unidos, Gran Bretaña e Irán, cuyo plazo expiraría en 1979, perseguía igualmente esos mismos intereses nacionales. Hoy, el Gobierno iraní mantiene esos reflejos geopolíticos a través de su programa de misiles y de su influencia regional.

Llegados a este punto, Estados Unidos se encuentra, al igual que Gran Bretaña en la década de 1950, al borde de un profundo callejón estratégico sin salida. Los más de cinco meses de conflicto transcurridos hasta ahora han demostrado sobre el terreno que no es posible destruir mediante medidas militares el conocimiento y las capacidades acumuladas por Irán en materia nuclear, garantizar una seguridad absoluta en el estrecho de Ormuz ni eliminar la profundidad geográfica estratégica del país. La política de presión maximalista ha fracasado y solo queda abierta la posibilidad de regresar a una posición semejante a las condiciones del acuerdo que inicialmente fueron rechazadas. Después de tantos enfrentamientos, costes económicos e inestabilidad regional, Washington parece hoy más cerca que nunca de sentarse a la mesa para negociar un nuevo acuerdo que acepte un determinado nivel de enriquecimiento nuclear, reconozca implícitamente la presencia regional de Irán y negocie los equilibrios de seguridad en el estrecho de Ormuz.

El factor histórico más determinante para comprender la aparición de este escenario es, sin embargo, que ambas crisis coincidieron con periodos de transición en los que la hegemonía mundial y la condición de superpotencia de Gran Bretaña y Estados Unidos comenzaban a erosionarse, al tiempo que se debilitaba su poder relativo. Así como en la década de 1950 el Imperio británico, debilitado por la Segunda Guerra Mundial, emprendió, en su intento por preservar el liderazgo mundial, acciones impulsadas por reflejos imperiales que excedían sus capacidades y acabaron chocando contra los límites de su propio poder, hoy Estados Unidos atraviesa un síndrome similar de declive hegemónico, mientras afronta las convulsiones propias de la transición hacia un orden mundial multipolar y el retroceso de su hegemonía militar y económica.

La historia ha demostrado una vez más, de manera difícilmente refutable, que la imposición del poder y el maximalismo a los que recurren las superpotencias durante sus periodos de declive están condenados, tarde o temprano, a agotarse, y que un equilibrio duradero y sostenible solo puede construirse mediante una diplomacia basada en la igualdad y capaz de tomar en consideración los intereses racionales de todas las partes.

[1] Doç. Dr. Necmettin Acar, director del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Mardin Artuklu.