Cómo Se Resquebraja La Asociación Entre EE. UU. y La UE

Las tensiones entre Estados Unidos y la UE desde la perspectiva de China y el Sur Global

Las tensiones entre Estados Unidos y la UE, desde la perspectiva de China y el Sur Global, forman parte de una pugna más amplia en torno a la globalización selectiva.

Estados Unidos está priorizando cada vez más la superioridad tecnológica, la seguridad de las cadenas de suministro, la protección industrial y la competencia estratégica con China.

Durante la era Trump, este enfoque se ha vuelto abiertamente transaccional y unilateral: los aranceles, el acceso a los mercados y los instrumentos de seguridad se utilizan para presionar tanto a los socios como a los rivales. La UE, por su parte, apuesta por el poder regulador, la resiliencia industrial, el liderazgo climático y una mayor autonomía estratégica.

Bruselas mantiene su firme inserción en el seno de la alianza occidental, pero se muestra cada vez menos dispuesta a aceptar las prioridades unilaterales de Washington como si fueran propias de Europa.

Otro nombre para el conflicto gestionado

El acuerdo marco entre Estados Unidos y la UE de 2025 pone de manifiesto esta contradicción. Mientras Washington se comprometió a establecer un techo arancelario general del 15 % para la mayoría de los bienes procedentes de la UE, Bruselas aceptó eliminar los aranceles sobre los productos industriales estadounidenses y ampliar el acceso a determinados productos agrícolas y pesqueros de Estados Unidos.

En junio de 2026, la UE completó la legislación destinada a poner en práctica sus compromisos. Sin embargo, el acuerdo incorpora medidas de salvaguardia, mecanismos de supervisión y una cláusula de extinción (sunset clause), al tiempo que Bruselas conserva la facultad de suspender sus concesiones en caso de incumplimiento de los compromisos asumidos por Estados Unidos.

Esto ya no es un compromiso. Es un conflicto gestionado.

Las divergencias más profundas se refieren a la tecnología, la inversión, la regulación, los subsidios industriales, las políticas de carbono y los estándares globales. Washington presiona a Bruselas para que diluya su legislación en materia de sostenibilidad y cuestiona el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (MAFC/CBAM), mientras que la UE insiste en preservar su autonomía regulatoria.

El 14 de agosto de 2026, Estados Unidos volvió a exigir que la UE «cumpliera» sus compromisos no arancelarios, mientras Bruselas rechazó las presiones para reescribir su marco regulatorio.

Por tanto, el conflicto ya no se limita a los aranceles. La cuestión de fondo es quién posee el poder para definir las reglas.

Para los países emergentes y en desarrollo, el problema es la amenaza de una fragmentación del mundo en bloques económicos rivales.

La securitización profundiza las fracturas del comercio mundial

Los conflictos anteriores entre Estados Unidos y la UE —aunque graves en cuestiones como la agricultura, el acero y los subsidios a la industria aeronáutica— eran, en gran medida, de carácter sectorial. Las disputas actuales, en cambio, están entrelazadas con la competencia entre grandes potencias y con una profunda reconfiguración del sistema global. Los semiconductores, la inteligencia artificial, la gobernanza digital, las energías limpias, los minerales críticos y la manufactura avanzada se han convertido en activos estratégicos.

El comercio está siendo cada vez más securitizado: la diversificación de las cadenas de suministro, la estrategia de desriesgamiento (derisking), los controles a la exportación y los subsidios industriales se legitiman cada vez más en nombre de la seguridad nacional.

El resultado es una transformación del comercio: de mecanismo de integración, está pasando a convertirse en instrumento de poder geopolítico.

La tecnología y la regulación constituyen ahora los principales escenarios de confrontación. Estados Unidos cuestiona las normas digitales y de sostenibilidad de la UE que considera discriminatorias o dotadas de efectos extraterritoriales. Europa, por su parte, considera este tipo de normas una manifestación legítima de su soberanía regulatoria.

La competencia estratégica constriñe los vínculos transatlánticos

El propio acuerdo marco de 2025 reconoce la necesidad de abordar cuestiones como las barreras al comercio digital, la ciberseguridad y los minerales críticos, lo que constituye un indicio de que la relación económica transatlántica se ha vuelto inseparable de la competencia estratégica.

El MAFC resulta especialmente revelador. Mientras Bruselas presenta este mecanismo como una política climática concebida para prevenir la fuga de carbono, Washington lo caracteriza cada vez más como un arancel bajo otra denominación.

La disputa pone al descubierto un problema más profundo: mientras ambas partes se acusan mutuamente de proteccionismo, recurren cada vez más a instrumentos de política interna cuyos efectos trascienden sus propias fronteras.

El coste no es únicamente diplomático. Si todas las grandes economías subvencionan industrias estratégicas, restringen tecnologías y someten las inversiones a controles, el mundo corre el riesgo de entrar en un ciclo autosostenido de represalias y duplicación de capacidades. Las decisiones de inversión pasan a estar determinadas cada vez menos por criterios económicos y cada vez más por consideraciones políticas; la difusión de la tecnología se ralentiza y los costes de producción aumentan.

Para el Sur Global, el coste de las oportunidades perdidas puede ser enorme.

Un tango sadomasoquista

A pesar de las fricciones persistentes, el comercio transatlántico ha demostrado una notable resiliencia, porque la relación económica subyacente conserva su profundidad gracias a décadas de inversión, intercambio tecnológico, financiación y producción multinacional.

Sin embargo, nada dura para siempre.

El acuerdo marco de 2025 ha reducido el riesgo inmediato de que estalle una guerra arancelaria a gran escala; no obstante, la legislación de aplicación adoptada por la UE incorpora medidas de salvaguardia, requisitos de supervisión y condiciones que permiten suspender las concesiones.

En julio de 2026, Bruselas prorrogó indefinidamente la suspensión de las medidas de represalia contra las exportaciones estadounidenses, al tiempo que advirtió explícitamente que Washington debía cumplir sus compromisos.

En este tango sadomasoquista, Europa se adapta y resiste simultáneamente a Washington: acepta importantes concesiones arancelarias para preservar la estabilidad del mercado, mientras mantiene su derecho a tomar represalias y defiende su autonomía regulatoria.

Esta distinción es fundamental. El comercio total puede mantenerse sólido incluso cuando la relación subyacente se vuelve más hostil.

Desde la perspectiva del Sur Global, esto constituye una forma de globalización selectiva: mercados abiertos allí donde sirven a los intereses estratégicos de Occidente y restricciones allí donde dejan de hacerlo.

Globalización selectiva

Los semiconductores, los productos farmacéuticos, la energía, los automóviles, los minerales críticos y la manufactura avanzada están siendo configurados cada vez más en función de consideraciones geopolíticas, en lugar de responder exclusivamente a criterios de eficiencia global.

Las consecuencias se extienden mucho más allá del Atlántico. Las economías en desarrollo pueden verse enfrentadas a mayores costes de los insumos, cadenas de suministro perturbadas y presiones para alinearse con una de las grandes potencias. Ninguna de estas consecuencias es económicamente inocua.

La relación entre Estados Unidos y la UE no colapsará. Su escala económica, sus vínculos institucionales y sus intereses de seguridad compartidos tienen demasiado peso para permitirlo. Sin embargo, la alianza está siendo gestionada cada vez más mediante la negociación y el intercambio de concesiones, en lugar de sustentarse en supuestos estratégicos compartidos.

Europa desea preservar su relación de seguridad con Estados Unidos, pero al mismo tiempo exige un margen de maniobra más amplio para adoptar decisiones económicas y regulatorias independientes. Washington, por su parte, espera cada vez más que sus aliados se alineen con las prioridades estratégicas estadounidenses y está dispuesto a utilizar los aranceles y el acceso al mercado como instrumentos de presión.

Las tensiones actuales también revelan una asimetría creciente en las percepciones. Washington observa cada vez más las opciones regulatorias europeas a través del prisma de los intereses comerciales y estratégicos estadounidenses.

Mientras tanto, Europa percibe progresivamente la presión económica de Estados Unidos como un motivo para reforzar su autonomía estratégica. De este modo, la relación puede adquirir un carácter cada vez más transaccional incluso sin llegar a experimentar una ruptura política formal.

Mayor desconfianza, una separación costosa

Oficialmente, esta transformación se presenta como una cuestión de seguridad y resiliencia. En la práctica, sin embargo, una securitización excesiva puede conducir a una mayor desconfianza, a una desvinculación costosa (decoupling) y a una economía mundial menos eficiente.

La ironía resulta evidente. Durante más de dos décadas, el Sur Global ha generado una parte sustancial del crecimiento económico mundial; sin embargo, las principales instituciones y normas occidentales siguen reflejando, de manera desproporcionada, las condiciones económicas y geopolíticas de mediados del siglo XX. Mantener este desequilibrio resulta cada vez más difícil.

La futura asociación transatlántica seguirá siendo sólida, pero será menos cohesionada, menos dominante y más transaccional. El acuerdo de 2025 puede contener el conflicto, pero no resolverlo.

Por tanto, el imperativo estratégico para China y el Sur Global no consiste en elegir entre Washington y Bruselas. Consiste en preservar la autonomía política, diversificar las relaciones económicas y resistir en un mundo en el que la rivalidad entre las grandes potencias pretende imponer las condiciones del desarrollo.

Fuente:https://znetwork.org/znetarticle/how-the-us-eu-partnership-is-fracturing/