Capitalismo Catabólico: Beneficiarse Del Colapso
Durante gran parte de la era moderna, el capitalismo legitimó su existencia a través del crecimiento. Las sociedades industriales transformaron enormes cantidades de energía fósil en producción, riqueza y un aumento del nivel de vida. Carreteras, puentes, redes eléctricas, escuelas e instituciones públicas se expandieron junto con la economía. La desigualdad y la explotación estaban profundamente arraigadas en el sistema, pero quedaban parcialmente eclipsadas por un relato más amplio de progreso material.
Esa historia está empezando a desmoronarse.
En gran parte del mundo desarrollado, la vida económica se asemeja cada vez más a la destrucción que a la construcción. La infraestructura se deteriora. Las instituciones públicas tienen dificultades para cumplir sus funciones básicas. Los ecosistemas se degradan. Las normas democráticas se debilitan. Sin embargo, la riqueza continúa concentrándose a un ritmo notable. Mientras los sistemas políticos parecen incapaces de resolver las crisis cada vez mayores, demuestran una extraordinaria capacidad para convertirlas en dinero. Los desastres climáticos crean oportunidades de inversión. La escasez de vivienda se transforma en una lucrativa clase de activos. El aislamiento social alimenta plataformas digitales extremadamente rentables. La guerra impulsa los mercados. El propio colapso se convierte en un modelo de negocio. Si el crecimiento deja de ser posible, el capitalismo seguirá apropiándose de riqueza mientras pueda, desarrollando nuevas formas de obtener beneficios del desastre, el conflicto, el caos, la escasez y el colapso.
Una forma útil de comprender este cambio es el concepto de capitalismo catabólico. En biología, el catabolismo describe el proceso mediante el cual un organismo descompone sus propios tejidos para sobrevivir cuando los recursos externos escasean.[1] Aplicado a la economía política, este concepto describe una fase tardía del capitalismo industrial en la que las ganancias ya no provienen principalmente de la expansión de la producción, sino del consumo de los fundamentos sociales, institucionales, ecológicos y de infraestructura construidos durante un período anterior de abundancia.
Esta idea se basa en el concepto de colapso catabólico desarrollado por el historiador John Michael Greer. Greer sostiene que, cuando las civilizaciones del pasado se enfrentaban al agotamiento de las reservas energéticas y a las limitaciones de recursos, mantenían una estabilidad temporal consumiendo los activos acumulados durante épocas de mayor prosperidad. El capitalismo industrial intensifica esta dinámica, ya que su fuerza motriz es la búsqueda incesante de beneficios. Durante el largo período de energía barata y abundancia de recursos, este imperativo impulsó la innovación, la inversión y el crecimiento. Sin embargo, a medida que el crecimiento se ralentiza y aumentan las restricciones, las ganancias proceden cada vez menos de la creación y cada vez más del deterioro.
Durante gran parte de los dos últimos siglos, las ganancias surgieron de la construcción de fábricas, redes de transporte, sistemas eléctricos, ciudades, suburbios e infraestructura mundial de comunicaciones. El capital transformó la abundante energía fósil en una economía cada vez más rápida y compleja. Hoy, sin embargo, mantener ese proceso resulta cada vez más difícil. Los recursos más accesibles ya se han agotado. La infraestructura envejece. La degradación ecológica se acumula. La deuda crece más rápido que la capacidad productiva. La legitimidad política se erosiona. La competencia por la energía, los recursos y las cadenas estratégicas de suministro se intensifica.
Aun así, el imperativo fundamental del capitalismo no ha cambiado. La búsqueda del beneficio se adapta a las nuevas condiciones. Frente al estancamiento y al declive, encuentra cada vez más formas de obtener ganancias del propio proceso de deterioro.
De la Producción al Saqueo
Uno de los indicadores más claros de esta transformación catabólica es el creciente predominio de la extracción financiera sobre la inversión productiva.
En lugar de crear nueva capacidad productiva, los grandes fondos de capital obtienen cada vez más rentabilidad extrayendo valor de instituciones ya existentes. Las firmas de capital privado, por ejemplo, suelen adquirir empresas en funcionamiento, cargarlas de deuda, explotar sus salarios y activos, reducir los costes laborales y dejar tras de sí organizaciones debilitadas. Hospitales, residencias de ancianos, periódicos locales, cadenas minoristas y mercados de vivienda han quedado sometidos a esta lógica.
La infraestructura cuenta una historia similar. El mantenimiento preventivo rara vez recibe atención política, especialmente en una época dominada por las presiones fiscales y las políticas contrarias a los impuestos. Como resultado, se permite que los sistemas se deterioren hasta que las averías se vuelven inevitables. Entonces, las reparaciones de emergencia y los proyectos de reconstrucción generan enormes beneficios para contratistas, compañías de seguros e inversionistas. En muchos casos, responder a los desastres resulta más rentable que prevenirlos.
El mismo patrón puede observarse en la vida cotidiana. Décadas de estancamiento salarial han sido compensadas mediante niveles crecientes de endeudamiento. Los préstamos estudiantiles, las deudas médicas, las tarjetas de crédito, los préstamos de día de pago (payday loans) y los sistemas de financiación basados en suscripciones permiten sostener el consumo recurriendo al endeudamiento contra el futuro.[2] En lugar de distribuir los beneficios de una prosperidad creciente, el sistema obtiene cada vez más valor de las dificultades crónicas de pago.[3]
El sector de la vivienda ofrece uno de los ejemplos más evidentes. Durante el auge económico de la posguerra, la política de vivienda aunque claramente discriminatoria estaba orientada en gran medida a ampliar el acceso a la propiedad y fomentar la estabilidad social. Hoy, en cambio, la vivienda funciona cada vez más como un activo financiero. Las empresas de inversión compran viviendas a gran escala, los alquileres aumentan más rápido que los ingresos y la falta de vivienda crece al mismo tiempo que se disparan los precios inmobiliarios. La vivienda deja progresivamente de ser una necesidad social para convertirse en un instrumento de extracción de ingresos de una clase media cada vez más reducida.
Estos fenómenos suelen descartarse como simples casos de corrupción, codicia o fracaso de las políticas públicas. Aunque esos factores son importantes, no explican por completo lo que está ocurriendo. El problema es más profundo: es sistémico. A medida que disminuyen las oportunidades de crecimiento material ampliamente compartido, la obtención de beneficios depende cada vez más de extraer valor de estructuras que ya existen.
La Política del Colapso
Los sistemas políticos también responden a las condiciones catabólicas.
Cuando los gobiernos ya no pueden garantizar de forma fiable el aumento del nivel de vida ni la expansión de los servicios públicos, dejan de centrarse en promover el desarrollo para orientarse hacia la gestión de las crisis. A medida que las instituciones públicas se debilitan, los aparatos de seguridad se fortalecen. Los estados de excepción, concebidos inicialmente como medidas temporales, pasan a convertirse en rasgos permanentes de la vida política.
La expansión del aparato de seguridad nacional tras los atentados del 11 de septiembre ofreció uno de los primeros indicios de esta tendencia. Los sistemas de vigilancia, las tecnologías de policía predictiva, los contratistas privados de inteligencia, las fronteras militarizadas y las crecientes burocracias de seguridad prosperaron en un clima de amenaza permanente. La inestabilidad y el miedo se volvieron cada vez más rentables.
El ascenso de movimientos autoritarios e iliberales en gran parte del mundo refleja presiones similares. A medida que aumenta la desigualdad, se profundiza la crisis ecológica y se extiende la inseguridad económica, los líderes políticos abandonan gradualmente las promesas de mejora social. En su lugar, ofrecen discursos basados en la represión, la exclusión, el castigo y la restauración del orden mediante el uso del poder.
La política de la «bola de demolición», asociada al segundo gobierno de Trump y a la agenda más amplia del Proyecto 2025, encaja plenamente en este patrón.
La agenda MAGA acelera la dinámica catabólica del capitalismo. Steve Bannon, uno de los ideólogos más conocidos del movimiento MAGA, ha defendido abiertamente el desmantelamiento del Estado administrativo y la destrucción de la legitimidad de las instituciones y de los expertos. En 2016 declaró que su objetivo era «destruir el Estado y hacer que todo colapsara».[4] Para lograrlo, promueve una estrategia consistente en «inundar el espacio con información», saturando el debate público con datos contradictorios y narrativas provocadoras. Su objetivo es un catabolismo político: paralizar el ecosistema del conocimiento público, profundizar la fragmentación y el conflicto social y debilitar el orden político existente. Durante la presidencia de Trump, numerosos organismos reguladores fueron vaciados de contenido, debilitados o politizados. Las instituciones públicas fueron desmanteladas desde dentro. Se eliminaron protecciones ambientales. Los sistemas de servicio público fueron objeto de ataques. El conocimiento científico y la experiencia administrativa quedaron subordinados a la lealtad personal y a la conformidad ideológica.
No se trata simplemente de reducir el tamaño del Estado. La política catabólica no disminuye necesariamente el poder estatal. Por el contrario, redirige la capacidad del Estado, alejándola de las funciones públicas destinadas al bienestar de la mayoría de la sociedad, para concentrarla en la vigilancia policial, el control fronterizo, las redes clientelares, la extracción de recursos y la protección de la riqueza concentrada.
Bajo condiciones catabólicas, la propia gobernanza adquiere un carácter cada vez más extractivo. Las instituciones públicas dejan de funcionar principalmente como instrumentos para construir capacidades colectivas y pasan a convertirse en mecanismos destinados a gestionar la inestabilidad mientras preservan las jerarquías existentes en medio del declive. Esto ayuda a explicar una de las grandes paradojas de la política contemporánea: muchos gobiernos parecen ser, al mismo tiempo, débiles y autoritarios; incapaces de resolver problemas estructurales de gran escala, pero cada vez más agresivos en materia de vigilancia, control policial y demostraciones simbólicas de poder.
La Inteligencia Artificial: la Automatización del Declive
La inteligencia artificial suele presentarse como el próximo gran motor de la prosperidad. Sin embargo, bajo condiciones catabólicas, la IA puede funcionar menos como una herramienta de progreso social y más como un sistema destinado a gestionar la contracción y obtener beneficios de ella.
En una economía capitalista en expansión, la automatización sustituye mano de obra y reduce los salarios, pero también puede satisfacer una demanda creciente y generar nuevas oportunidades de empleo. En cambio, en una economía estancada o en declive, las máquinas inteligentes concentran la riqueza y reemplazan a los trabajadores mucho más rápido de lo que surgen nuevas oportunidades viables.
La inteligencia artificial desempeña cuatro funciones catabólicas fundamentales.
En primer lugar, intensifica la extracción. El apetito de la IA por la energía y el agua es enorme. Una consulta estándar a un modelo de IA o una tarea de generación de texto puede requerir mucha más electricidad que una búsqueda tradicional en Google. Esto está obligando a las empresas de servicios públicos a reactivar centrales eléctricas de combustibles fósiles y reactores nucleares previamente retirados para satisfacer la creciente demanda. Los grandes centros de datos pueden consumir en un solo día tanta agua y electricidad como una ciudad de tamaño medio.[5]
Además, el conocimiento, la creatividad y la atención humanas también se han convertido en recursos explotables. La base de la inteligencia artificial es la inteligencia colectiva de la humanidad: libros, canciones, obras de arte, periodismo, investigaciones científicas, películas e ideas; en definitiva, el inmenso acervo de conocimientos acumulado por las culturas humanas. Como ha reconocido el propio Sam Altman, los modelos de IA se entrenan a partir de «la experiencia, el conocimiento y el aprendizaje colectivos de la humanidad».[6]
¿A quién debería pertenecer este recurso? Los oligarcas de las grandes empresas tecnológicas, los fondos de capital de riesgo y los financieros de Wall Street lo explotan sin pedir permiso, sin reconocer su origen y sin ofrecer ninguna compensación a cambio. ¿Utilizarán este patrimonio principalmente en beneficio de la humanidad o para construir la próxima gran máquina de extracción de riqueza? La mayoría de los algoritmos de inteligencia artificial están diseñados para maximizar la publicidad, la logística, la fijación de precios, la vigilancia y la disciplina laboral. Las plataformas de redes sociales, por su parte, obtienen beneficios alimentando la ira, el miedo y la polarización, ya que la inestabilidad emocional incrementa la interacción. Esto constituye una forma de catabolismo cultural.
En segundo lugar, la inteligencia artificial reduce el coste de mantener la desigualdad. Los sistemas automatizados de asistencia social, la policía predictiva, los filtros algorítmicos de contratación, la puntuación digital de reputación y la vigilancia en el lugar de trabajo permiten a las instituciones gestionar poblaciones cada vez más vulnerables con menos supervisores humanos y con un menor grado de rendición de cuentas democrática.[7]
En tercer lugar, la IA favorece la expansión del Estado de seguridad. Los sistemas de reconocimiento facial, el análisis masivo de datos, los drones autónomos, el seguimiento biométrico y la analítica predictiva están creando capacidades sin precedentes para vigilar y controlar a la población en períodos de inestabilidad.[8]
Por último, cuando el bienestar material se estanca, la inteligencia artificial fomenta formas artificiales de consumo virtual. El entretenimiento digital infinito, los contenidos generados por IA, las relaciones sustitutivas y los entornos inmersivos en línea reemplazan cada vez más el acceso a la naturaleza, las relaciones humanas, una vivienda estable, la comunidad, la atención sanitaria o la seguridad económica.
Más que anunciar una nueva edad de oro para la civilización industrial, la inteligencia artificial puede convertirse en un instrumento tecnológicamente muy sofisticado para gestionar y obtener beneficios de los conflictos, las crisis y los desastres que acompañan al proceso de declive.
Cambio Climático y el Negocio de los Desastres
Las dinámicas del capitalismo catabólico se manifiestan con especial claridad en la crisis ecológica.
La civilización industrial se construyó sobre un extraordinario legado de combustibles fósiles abundantes y baratos. Ese excedente energético hizo posible el desarrollo de inmensas redes de infraestructura, transporte, manufactura y comercio global. Sin embargo, a medida que se agotan los recursos de mayor calidad, aumentan los costes de extracción y se acumula la degradación ambiental, mantener ese nivel de complejidad resulta cada vez más costoso.
En lugar de cambiar radicalmente de rumbo, el sistema encuentra cada vez más formas de obtener beneficios del propio proceso de colapso.
Los desastres climáticos crean mercados en rápida expansión para la reconstrucción. La especulación en el sector de los seguros se intensifica. Surgen servicios privados de bomberos destinados a proteger comunidades adineradas. La escasez de agua se convierte en un activo comercializable. Sectores enteros de la economía prosperan no por prevenir las catástrofes ambientales, sino por adaptarse a ellas.
Al mismo tiempo, para mantener la producción industrial pese al descenso del rendimiento energético y al creciente deterioro ecológico, se recurre a formas cada vez más destructivas de extracción de recursos: la fracturación hidráulica (fracking), la explotación de arenas bituminosas, la perforación en aguas profundas, la minería del lecho marino y la remoción de cimas montañosas.
El resultado es un ciclo que se retroalimenta. Las crisis ecológicas generan oportunidades lucrativas. Esas oportunidades incentivan una mayor extracción de recursos. Y una extracción aún mayor profundiza las crisis subyacentes. Bajo el capitalismo catabólico, la destrucción ambiental ya no es simplemente un efecto secundario del crecimiento económico, sino que se ha convertido en una parte inseparable de la propia lógica de obtención de beneficios.
Militarización y Conflicto Global por los Recursos
A medida que aumentan las presiones ecológicas y se intensifican las restricciones sobre los recursos, la competencia geopolítica gira cada vez más en torno al acceso a activos estratégicos: fuentes de energía, sistemas hídricos, minerales críticos, rutas migratorias, cadenas de suministro, producción de semiconductores y corredores clave de transporte.
Los contornos de esta disputa ya pueden observarse en las crecientes tensiones relacionadas con la seguridad alimentaria, el acceso al agua dulce, la migración impulsada por el cambio climático, las rutas marítimas y las reservas energéticas del Ártico, los yacimientos de litio y cobalto, y los cuellos de botella en la producción de semiconductores sobre los que se sustenta la economía mundial.[9]
La estrategia militar también está cambiando en la misma dirección. En lugar de depender de grandes movilizaciones de tropas, los Estados más avanzados recurren cada vez más a drones, guerra cibernética, sistemas autónomos, vigilancia por satélite y sistemas de selección de objetivos asistidos por inteligencia artificial. Estas tecnologías permiten a los gobiernos proyectar poder con menores costes políticos y con una dependencia mucho menor del respaldo masivo de la población.
Al mismo tiempo, la frontera entre las funciones militares y la seguridad interior se vuelve cada vez más difusa. Las redes de vigilancia urbana, los sistemas de policía predictiva, el seguimiento biométrico, las fronteras militarizadas y las avanzadas tecnologías de control de multitudes incorporan a la gobernanza cotidiana métodos que antes estaban asociados principalmente a la guerra.
Bajo condiciones catabólicas, la seguridad significa cada vez más proteger un acceso desigual a recursos escasos. El resultado podría asemejarse a una forma de neofeudalismo tecnológico: enclaves altamente fortificados de riqueza e infraestructura rodeados por extensas zonas de creciente precariedad, inestabilidad y deterioro ambiental.
La Contradicción Fundamental
Una de las características definitorias del capitalismo catabólico es la creciente brecha entre los indicadores financieros y la realidad material.
Los mercados bursátiles pueden seguir subiendo mientras la producción se estanca y la infraestructura se deteriora. Los beneficios empresariales pueden aumentar rápidamente mientras la esperanza de vida deja de crecer. La inteligencia artificial puede avanzar a un ritmo vertiginoso al mismo tiempo que se profundizan la soledad, la ansiedad y la fragmentación social. Un elevado desarrollo tecnológico puede coexistir con la pérdida de confianza en las instituciones, la inestabilidad ecológica y el auge del autoritarismo.
Esta desconexión cuestiona uno de los supuestos fundamentales de la era moderna: la idea de que el progreso tecnológico conduce de manera natural al progreso social. Durante gran parte de la historia industrial, ambos procesos avanzaron de forma paralela. Sin embargo, bajo condiciones catabólicas, las innovaciones tecnológicas sirven cada vez menos al bienestar colectivo y cada vez más a la extracción, la vigilancia y el control.
El resultado es una sociedad que puede parecer, al mismo tiempo, extremadamente moderna y sorprendentemente frágil.
Las supercomputadoras coexisten con puentes que se derrumban. La medicina de vanguardia convive con el deterioro de la salud pública. La conectividad digital permanente existe junto con la soledad y el aislamiento social. Mientras los multimillonarios financian programas espaciales privados, las envejecidas redes eléctricas fallan y la vivienda se vuelve inaccesible para millones de personas.
El sistema continúa generando enormes cantidades de riqueza. Sin embargo, lo hace cada vez más consumiendo los mismos fundamentos sociales y materiales que hicieron posible esa riqueza en primer lugar.
Más Allá de la Ilusión del Crecimiento Infinito
Desde esta perspectiva, el auge del autoritarismo, la disfunción política, la corrupción y la polarización extrema no son problemas aislados. Son síntomas de un bloqueo mucho más profundo. La civilización industrial está chocando contra los límites de una economía orientada al beneficio, diseñada para crecer de forma permanente y sostenida durante generaciones gracias a la abundancia de energía fósil barata.
La humanidad enfrenta hoy una serie de crisis interconectadas: el deterioro climático, el colapso de la biodiversidad, el agotamiento de los recursos, la desigualdad extrema, la inseguridad alimentaria e hídrica, los desplazamientos masivos de población y el creciente riesgo de pandemias globales. Cada uno de estos problemas agrava a los demás. En conjunto, ejercen una presión cada vez mayor sobre los sistemas que sostienen la vida moderna. El verdadero peligro reside en que un sistema cada vez más dependiente de obtener beneficios mediante la extracción de recursos, los conflictos, el caos y la gestión de las crisis termine incentivando la propia inestabilidad.
Lamentablemente, nuestra capacidad colectiva para afrontar estas crisis crecientes se encuentra paralizada por un sistema político fragmentado, compuesto por naciones enfrentadas y dirigido por élites corruptas que conceden mayor importancia al poder y a la riqueza que a las personas y al planeta. A medida que aumentan las tensiones, también se fortalece la tendencia a canalizar la frustración pública hacia el nacionalismo, la búsqueda de chivos expiatorios y los conflictos geopolíticos.
La manera en que las personas respondan a estas presiones determinará el futuro de la humanidad. Los desafíos que enfrentamos son de una magnitud extraordinaria. Exigen que cuestionemos nuestras identidades, nuestros valores y nuestras lealtades de una forma sin precedentes en la historia. ¿Quiénes somos realmente? ¿Somos, ante todo, seres humanos que intentan criar a sus familias, fortalecer sus comunidades y convivir con los demás habitantes de la Tierra? ¿O nuestra lealtad principal pertenece a la nación, la cultura, la raza, la ideología o la religión? ¿Seremos capaces de situar la supervivencia de nuestra especie y de nuestro planeta por encima de todo lo demás, o permitiremos que las divisiones nacionales, culturales, raciales, religiosas o políticas nos enfrenten irremediablemente unos contra otros?
El desenlace final de este gran colapso sigue siendo incierto. El futuro podría estar marcado por una fragmentación aún más profunda, el auge del autoritarismo y una escalada de los conflictos. Sin embargo, si somos capaces de superar la negación y la desesperanza, romper nuestra dependencia de los hidrocarburos y actuar colectivamente para reducir el poder que las grandes corporaciones ejercen sobre nuestras vidas, todavía existen otros caminos posibles. ¿Seremos capaces de construir una democracia auténtica, aprovechar las energías renovables, fortalecer nuevamente nuestras comunidades, recuperar conocimientos olvidados y sanar las heridas que hemos causado a la Tierra? ¿O el miedo y los prejuicios nos empujarán hacia bandos enfrentados, obligándonos a luchar por los recursos cada vez más escasos de un planeta degradado? Lo que está en juego difícilmente podría ser mayor.
Notas
1) Anabolismo y catabolismo: En biología, el anabolismo se refiere al proceso de construcción de tejidos, mientras que el catabolismo describe la descomposición de los tejidos para liberar energía.
2) El consumo basado en suscripciones está desplazando a la sociedad desde la propiedad hacia una dependencia permanente similar al pago de alquileres. En lugar de adquirir bienes duraderos mediante un único pago, los consumidores mantienen el acceso a transporte, entretenimiento, software, vivienda, servicios de alimentación y productos físicos mediante pagos recurrentes. El acceso sustituye a la propiedad, reduciendo la capacidad de acumular patrimonio y vinculando la vida cotidiana a obligaciones financieras continuas. Estos modelos pueden sostener el consumo a pesar del estancamiento salarial, la desigualdad y los elevados precios de los activos; sin embargo, también incrementan la vulnerabilidad de los hogares al aumentar los gastos mensuales fijos, reducir el ahorro y profundizar la exposición a los despidos o a las subidas de los tipos de interés.
3) En 2023, la deuda mundial (el total de los préstamos pendientes de pago y sus intereses) alcanzó un récord de 300 billones de dólares estadounidenses, equivalente al 349 % del producto interno bruto mundial, una cifra que continúa aumentando rápidamente. Esto significa que, frente a un PIB mundial per cápita de apenas 12.000 dólares, cada habitante del planeta soporta una deuda promedio de 37.500 dólares. Chan, Terry y Alexandra Dimitrijevic, «Global Debt Leverage: Is A Great Reset Coming?», S&P Global, 13 de enero de 2023.
4) Ronald Radosh, «Steve Bannon, el hombre más cercano a Trump, me dijo que era «leninista»», The Daily Beast, 22 de agosto de 2016.
5) «AI Data Centers — Statistics & Facts».
6) Entrevista con Tucker Carlson: «Sam Altman on God, Elon Musk and the Mysterious Death of His Former Employee».
7) La puntuación de reputación digital es un indicador que mide numéricamente la percepción pública, la credibilidad y la reputación en línea de una persona, una marca o una organización.
8) La analítica predictiva transforma la gobernanza de un modelo reactivo a uno predictivo, modificando la manera en que se supervisa y controla a la población. Gracias a la combinación del aprendizaje automático con enormes volúmenes de datos en tiempo real, las autoridades pueden anticipar comportamientos humanos, prevenir crisis antes de que ocurran e influir en los resultados sociales antes de que se materialicen. Esta capacidad plantea importantes preocupaciones sociales y éticas, especialmente en relación con los sesgos algorítmicos, la erosión de la privacidad y la posibilidad de un determinismo digital, en el que los datos históricos condicionen injustamente las oportunidades y libertades futuras de una persona.
9) Un cuello de botella en los semiconductores es un punto altamente concentrado dentro de la cadena mundial de suministro de chips, donde una sola empresa, un único país (como Taiwán) o una tecnología específica monopolizan una etapa crítica del proceso de producción. Dado que la fabricación de microchips constituye uno de los logros de ingeniería más complejos de la historia de la humanidad, determinadas fases del proceso no pueden sustituirse ni replicarse fácilmente. Esto otorga a quienes controlan dichos procesos una extraordinaria ventaja geopolítica y económica.
Craig Collins es autor del libro Toxic Loopholes (Cambridge University Press), en el que analiza el disfuncional sistema de protección ambiental de Estados Unidos. Es profesor de Ciencia Política y Derecho Ambiental en la California State University East Bay y uno de los miembros fundadores del Partido Verde de California.
Fuente:https://www.counterpunch.org/2026/06/23/catabolic-capitalism-profiting-from-collapse/