Ankara En El Centro De Gravedad De La Alianza
Atrapada entre dos sistemas, Türkiye está desplazando el centro de gravedad de sus decisiones estratégicas.
Türkiye recupera su posición
Los días 7 y 8 de julio de 2026, Ankara acogió la 36.ª cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN. Era la primera cumbre celebrada en Türkiye desde la Cumbre de Estambul de 2004. Veintidós años separan ambas cumbres y, durante ese período, la posición de Türkiye dentro de la Alianza ha cambiado considerablemente. En 2004, Ankara recibió a sus aliados como protectores del flanco sudoriental; en 2026, los acogió como una potencia militar, un mediador diplomático y un centro de gravedad geopolítico autónomo. Este es el cambio que constituye el verdadero foco del análisis que sigue.
El relato oficial promovido por la Presidencia de Türkiye y por una parte de la prensa progubernamental presenta la cumbre como una coronación: se afirma que Türkiye se encuentra ahora “en el centro” de la nueva arquitectura de seguridad. El relato crítico, expresado por antiguos embajadores y oficiales militares retirados, advierte que detrás de estos elogios se encuentra un intento de reintegrar a Ankara en el sistema de defensa estadounidense. La verdadera importancia de la cumbre reside en el espacio entre estos dos relatos y, en lugar de optar inicialmente por uno de ellos, resulta más acertado observar cuidadosamente ambos.
La Declaración de Ankara reafirmó el compromiso “inquebrantable” con la defensa colectiva en el marco del Artículo 5, así como un enfoque integral de la disuasión. Desde el punto de vista financiero, el texto señala que, en línea con el compromiso asumido en la Cumbre de La Haya de 2025 de alcanzar el 5 % del producto interior bruto para 2035, el gasto en defensa de los aliados europeos y Canadá aumentó en más de 139.000 millones de dólares estadounidenses tan solo en 2025. En Ankara, se anunciaron nuevos programas de adquisiciones por un valor superior a 50.000 millones de dólares estadounidenses; asimismo, se decidió asignar más de 40.000 millones de dólares durante cinco años a las capacidades antidrones en el marco del programa “Drone Edge” y realizar una inversión de 27.000 millones de euros para modernizar la infraestructura de almacenamiento y distribución de combustible.
Para Ucrania, los aliados se comprometieron a destinar 70.000 millones de euros en 2026 a equipamiento, ayuda y formación, y prometieron mantener al menos ese nivel en 2027. El secretario general Mark Rutte resumió esta orientación con una sola expresión: “Una OTAN 3.0, una Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte”. Esto significa una Alianza menos dependiente de Estados Unidos, aunque Estados Unidos continúa firmemente arraigado en ella. Detrás de este eslogan se encuentra el verdadero motor político de la cumbre: Washington está pidiendo a los europeos que asuman la mayor parte de la carga de la defensa convencional en Europa; Türkiye, por su parte, se está posicionando como uno de los pocos miembros que no solo consume capacidades de defensa, sino que también puede producirlas.
¿Por qué Ankara y no Bruselas?
La celebración de la cumbre en Ankara no fue una mera elección ceremonial. Ser la sede de la cumbre permitió a la Presidencia de Türkiye coordinar una intensa agenda de reuniones bilaterales: Erdoğan se reunió con Macron, Meloni, Merz, Starmer y el sirio al-Sharaa, así como con los presidentes de las instituciones de la Unión Europea, Costa y von der Leyen. En el marco de la cumbre, Ankara y Londres firmaron un acuerdo de asociación en materia de seguridad y defensa, presentado por el Gobierno turco como un paso hacia el fortalecimiento de la cooperación estratégica. Incluso el número de estas reuniones constituye por sí mismo un mensaje: Türkiye ya no está debatiendo su papel; lo está gestionando.
La ventaja geográfica de Türkiye sigue constituyendo el punto de partida. Ankara controla los estrechos, posee el segundo ejército más grande de la Alianza después del estadounidense y cuenta con la mayor flota de submarinos del Mediterráneo y el mar Negro. Sin embargo, la geografía no es el único factor que explica la creciente influencia del país. Lo que convierte a Türkiye en un actor clave dentro del sistema es la combinación de su posición geopolítica, sus capacidades militares y una industria de defensa que ha pasado de ser importadora a convertirse en exportadora. Es precisamente esta transformación la que ha cambiado el valor estratégico de Ankara dentro de la OTAN: el paso del consumo a la producción.
El momento más seguido de cerca de la cumbre fue la reunión bilateral entre Erdoğan y Trump. El presidente estadounidense dio señales de estar dispuesto a levantar las sanciones de la CAATSA y a permitir el reingreso de Türkiye en el programa F-35. Estas dos cuestiones están vinculadas a dos capacidades de importancia crítica para Ankara: el sistema de defensa aérea ruso S-400 y el avión de combate de quinta generación KAAN.
Debe tenerse en cuenta la secuencia de los acontecimientos. En julio de 2019, Türkiye adquirió sistemas S-400 a Rusia; ese mismo mes, Washington expulsó a Türkiye del programa Joint Strike Fighter, del que era socio y al que había aportado aproximadamente 1.700 millones de dólares estadounidenses con la expectativa de recibir alrededor de 100 F-35. A pesar de ello, Türkiye no llegó a recibir ni un solo avión. El 14 de diciembre de 2020 entraron en vigor las sanciones de la CAATSA. Como consecuencia, surgió una interacción de cuatro vías entre el sistema ruso, el avión de combate estadounidense, el programa nacional de Türkiye y las sanciones, en la que cada elemento influye sobre los demás.
El KAAN, desarrollado por Turkish Aerospace Industries (TUSAŞ), es el primer avión de combate de quinta generación producido íntegramente en Türkiye; sin embargo, está propulsado por el motor estadounidense F110. Por tanto, su producción depende de licencias de exportación aprobadas por el Congreso. Aquí aparece precisamente la paradoja estratégica señalada por los analistas turcos. La soberanía industrial presentada como un éxito continúa siendo rehén de un componente extranjero. Quien controla el motor también controla el ritmo de producción.
Como ha señalado Fırat, la vía jurídica para levantar las sanciones de la CAATSA es bastante estrecha. El presidente de Estados Unidos debe certificar ante el Congreso que se han cumplido tanto las condiciones establecidas en el marco de la CAATSA como las disposiciones contra Türkiye incluidas en la Ley de Autorización de la Defensa Nacional (National Defense Authorization Act) del año fiscal 2021. Según estas disposiciones, los sistemas S-400 ya no deben encontrarse en el inventario de Türkiye, no deben desplegarse sistemas similares en territorio turco y Ankara debe garantizar que no adquirirá sistemas similares de Rusia en el futuro. Según fuentes estadounidenses, las propuestas de compromiso planteadas hasta ahora almacenamiento, desactivación o un estado verificablemente inoperativo no cumplen con el marco jurídico vigente. La opción que se encuentra en el centro de las negociaciones es, con toda probabilidad, la venta de los sistemas S-400 a un tercer país del Golfo, siempre que se obtenga también la autorización de Rusia, tal como exige el acuerdo de usuario final.
Es precisamente aquí donde las dos interpretaciones divergen claramente. En lugar de combinarlas bajo un único juicio, resulta más acertado considerarlas como dos hipótesis en competencia.
La primera interpretación, adoptada por el Gobierno, considera la apertura de Trump como “un nuevo comienzo”. Aunque el levantamiento de las sanciones de la CAATSA por sí solo no resolvería la cuestión de los F-35, eliminaría uno de los principales obstáculos políticos y jurídicos y aliviaría la presión sobre la industria de defensa turca. En este contexto, la cumbre confirma el regreso de Ankara como socio de Washington en el ámbito militar, aunque el proceso comienza en áreas menos sensibles que los aviones de combate de quinta generación.
La segunda interpretación, a la que me referí en la introducción y que defienden figuras como el exembajador Halil Akıncı, primer secretario general de la Organización de Estados Túrquicos, y los militares retirados Beyazıt Karataş e İhsan Sefa, invierte por completo esta perspectiva. Akıncı se burla de los “regalos” anunciados por Trump y afirma que, detrás del discurso sobre un “aliado leal”, se encuentra en realidad una exigencia de obediencia. Según él, la cooperación industrial expresa la intención de poner bajo control a la industria de defensa turca y a los ingenieros turcos. Karataş, por su parte, centra la atención en el programa KAAN. Según su interpretación, el verdadero objetivo de la oferta de los F-35 sería ralentizar la producción del avión de combate nacional después de las primeras unidades; en otras palabras, neutralizar el instrumento que Ankara utiliza para liberarse, aunque sea “en cierta medida”, de la dependencia tecnológica. Sefa, por su parte, destaca la dimensión de la defensa aérea: renunciar a los sistemas S-400 sería una trampa, ya que privaría al país del sistema más eficaz de defensa contra misiles balísticos mientras Türkiye está rodeada por nueve bases militares.
Estas críticas no son imparciales; sin embargo, plantean una pregunta que nadie puede evitar: ¿cuál es el verdadero precio del reingreso? Si la readmisión de Türkiye en el programa F-35 y el levantamiento de las sanciones de la CAATSA estuvieran condicionados a la renuncia a los sistemas S-400 y a una limitación encubierta del programa KAAN, Türkiye obtendría acceso, a cambio de renunciar a dos instrumentos importantes de su autonomía estratégica, a un avión de combate cuya tasa de disponibilidad operativa ha sido objeto durante mucho tiempo de críticas documentadas. En otras palabras, los beneficios que proporcionaría este acuerdo no son ciertos; dependen de cómo se configuren los detalles de las negociaciones y no de la atmósfera cordial de la cumbre.
Atrapada entre dos sistemas, Türkiye está desplazando el centro de gravedad de sus decisiones estratégicas
La posición de Türkiye debe evaluarse en el contexto de un orden internacional en proceso de reconfiguración. En Ankara, la OTAN volvió a subrayar que Irán no debe adquirir armas nucleares y pidió que se respete la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Esto indica que la Alianza está orientándose ahora hacia el sur y el este de su tradicional ámbito de actuación. Es evidente que Türkiye está jugando en varios frentes, ya que, por un lado, continúa siendo miembro de la OTAN, mientras que, por otro, mantiene abiertos los canales de comunicación con Moscú en cuestiones como Ucrania y el propio acuerdo sobre los S-400, al tiempo que construye un perfil de potencia regional en un espacio geográfico que se extiende desde Libia hasta el Cáucaso.
La tensión surge precisamente en este punto. El objetivo de Türkiye de alcanzar una autonomía estratégica entra en contradicción con la concepción de integración propuesta por Washington. La OTAN ofrece a Ankara un papel de liderazgo dentro de la “OTAN 3.0”; a cambio, exige que Türkiye mantenga la interoperabilidad de sus capacidades con el sistema estadounidense y que cualquier desacuerdo se resuelva dentro del marco de la Alianza. Türkiye, sin embargo, ha construido una parte importante de su credibilidad precisamente sobre su capacidad de decir “no”; es decir, ha podido adquirir equipamiento ruso cuando se le negó el suministro estadounidense y producir por sus propios medios sistemas que no pudo comprar. La reintegración de esta autonomía en el marco atlántico constituye el objetivo implícito al que se oponen los críticos turcos y que el discurso oficial prefiere no expresar abiertamente.
Por tanto, la Cumbre de Ankara ha confirmado una tendencia real: el centro de gravedad de la Alianza se está desplazando hacia el sureste y Türkiye es uno de los beneficiarios directos de este desplazamiento. El discurso sobre un “país en el centro” se basa en los datos relativos a la capacidad de defensa de Türkiye y en la intensidad diplomática de la cumbre; sin embargo, la cuestión decisiva aún no se ha resuelto. El expediente CAATSA–S-400–F-35–KAAN, que ninguna declaración oficial ha logrado resolver, constituye el barómetro exacto de esta incertidumbre.
Por ello, quienes evalúan la cumbre no deberían caer en la tentación de interpretarla ni como una coronación ni como un engaño. Será más útil considerarla como una apuesta cuyo resultado aún no está decidido: mientras Washington ofrece una readmisión a cambio de la alineación, Ankara continúa buscando el reconocimiento de su autonomía estratégica sin renunciar a los instrumentos que la sostienen. La forma que adopte el resultado dependerá de cómo se resuelva la cuestión de los S-400 y del ritmo de producción que Türkiye pueda mantener una vez garantizada la disponibilidad de los motores del KAAN. Hasta entonces, Türkiye seguirá siendo, tal como la cumbre ha dejado claramente de manifiesto, un actor demasiado poderoso para permanecer en la periferia, demasiado autónomo para ser considerado plenamente fiable a ojos de Washington y, por ello, condenado a influir en las decisiones de la Alianza mucho más de lo que Bruselas y Washington desearían.
Fuente:https://strategic-culture.su/news/2026/07/17/ankara-at-heart-of-alliance/