África Tiene Una Mano Más Fuerte Que Nunca En Términos Geopolíticos

Los imperios no ceden el poder fácilmente. En el apogeo del Imperio Romano, los legionarios portaban el gladius, una espada corta, precisa y símbolo de superioridad. Sin embargo, a medida que el imperio declinaba, los soldados comenzaron a utilizar la spatha, una espada más larga que sugería una pérdida de confianza frente a rivales y nuevos desafíos. Esta analogía es sumamente instructiva en el momento actual, en el que la hegemonía estadounidense da paso a un mundo multipolar. El proceso de alejamiento de la estructura de política monetaria de Bretton Woods de la posguerra y del orden comercial basado en reglas será turbulento. Las armas ya se están alargando y África debe decidir cómo responder.

En el centro de esta sacudida se encuentra la transición energética global. Como proceso entrelazado con la transformación digital, el paso de los combustibles fósiles a economías bajas en carbono y resilientes al cambio climático no es solo un imperativo ambiental; es también el principio fundamental del nuevo orden mundial. Esta situación generará inevitablemente ganadores y perdedores, y la historia no garantiza que la justicia determine quién será cada cual.

Afortunadamente, África no carece de poder ni de capacidad de acción. Las dos cumbres climáticas africanas celebradas en Nairobi (2023) y Addis Abeba (2025) demostraron que el continente tiene la intención de posicionarse no como un símbolo de dependencia o solicitud de ayuda, sino como un contribuyente esencial a las soluciones globales. Este marco es fundamental.

Sin embargo, sin estrategia, el marco no es más que retórica. La pregunta crucial es si África, a pesar de su intención y posición, podrá transformar su superioridad moral y sus recursos extraordinarios su vasto potencial de energía renovable, sus grandes reservas de minerales críticos y su creciente fuerza laboral joven en un apalancamiento geopolítico y económico permanente.

La admisión de la Unión Africana como miembro permanente del G20 en 2023 ofrece al continente una oportunidad estratégica que aún no ha valorado plenamente. El G20 ha demostrado su capacidad para moldear la agenda multilateral. El lenguaje de sus declaraciones, que piden triplicar los compromisos de energía renovable, reducir gradualmente los subsidios a los combustibles fósiles y reformar la arquitectura financiera, se ha reflejado constantemente en los procesos de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Por su naturaleza, el G20 no es la periferia, sino el centro de la economía global.

Sin embargo, no olvidemos que la Declaración de Johannesburgo sobre el Desarrollo Sostenible de 2002 fue mucho más allá al situar las prioridades de África en la agenda política global. Entre sus elementos más importantes figuraban compromisos para la electrificación del continente (ahora plasmada en la «Misión 300», que aspira a llevar electricidad a 300 millones de personas para 2030), el fomento de la cocina limpia y, críticamente, la lucha contra los flujos financieros ilícitos. Más de dos décadas después, estos flujos ilícitos, impulsados en gran medida por los sectores mineros, drenan anualmente unos 88.000 millones de dólares de las economías africanas; un problema que se intensificará a medida que el mundo compita por los minerales que sustentan la transformación verde.

Esta disputa sitúa a África en el centro de una economía global reconfigurada, que ya no se rige únicamente por la demanda de combustibles fósiles y que se apoya en una arquitectura de gobernanza cambiante que reemplaza las matrices de relaciones de poder asimétricas de tipo colonial. Así, por primera vez en su historia poscolonial, el continente puede ejercer control sobre sus propios recursos y prioridades de desarrollo, utilizando su liderazgo estratégico y el peso de una transformación histórica más amplia.

Aprovechar esta oportunidad requiere una estrategia dual. África debe utilizar el multilateralismo como un escudo, insistiendo en reglas, normas y principios de equidad y responsabilidades compartidas pero diferenciadas para proteger a las potencias más pequeñas en un mundo anárquico. Al mismo tiempo, debe emplear los compromisos minilaterales (multilateralismo de alcance limitado) como una espada para avanzar en objetivos de desarrollo concretos en áreas donde las reglas aún se están escribiendo.

La Comisión de la Unión Africana debe buscar oportunidades de integración para el desarrollo económico regional y subregional en el contexto del G20. Por ejemplo, se requiere mayor inversión para vincular la industrialización regional de las Plataformas Industriales Integradas ARISE (ARISE IIP) y los corredores de transporte regional con la Estrategia de Minerales Verdes de África, el Plan Maestro del Sistema Energético Continental y el Mercado Único Eléctrico Africano.

El G20 y, potencialmente, las formaciones BRICS+ ofrecen el tipo de plataforma que África necesita en esta etapa de su viaje de desarrollo socioeconómico. La presencia de la Unión Africana en BRICS+, incluso con estatus de observador, diversificaría el compromiso global del continente y abriría canales de financiación para infraestructura y clima que no operen exclusivamente a través de instituciones dominadas por Occidente. Un equipo técnico nutrido por instituciones como la Secretaría del Área de Libre Comercio Continental Africana, Afreximbank, el Banco Africano de Desarrollo y la Comisión Económica para África de la ONU daría un contenido concreto a tales compromisos.

La dimensión moral de esta estrategia no debe subestimarse. El G20 ha evitado notablemente entablar negociaciones serias sobre la adaptación al cambio climático y las «pérdidas y daños» (compensación por daños irreversibles), ya que hacerlo enfrentaría a sus miembros con cuestiones de responsabilidad histórica que prefieren eludir. Por lo tanto, el G20 es donde África debe concentrar su capital político. Al mantener su superioridad moral en materia de justicia climática, África gana poder de negociación no solo en el proceso de la CMNUCC, sino también en los debates más amplios sobre las prioridades del desarrollo global del siglo XXI.

La oportunidad estratégica no es inevitable. Sin embargo, la convergencia de un orden mundial fragmentado, la transición energética y la riqueza demográfica y de recursos de África crea condiciones que no existían anteriormente. Los líderes, negociadores e instituciones del continente disponen de las herramientas para liderar un nuevo paradigma. No obstante, deben utilizarlas de forma estratégica y coherente. El paso del gladius a la spatha decía mucho sobre la naturaleza evolutiva del poder en la época romana. Hoy la situación no es diferente. La herramienta que se utilice, y quién la utilice, determinará la era que está por venir.

  • Xolisa Ngwadla es un experto senior en políticas climáticas y el negociador principal del Grupo Africana de Negociadores.

  • Paul Thompson es profesor en la Universidad Nelson Mandela, además de estratega y consultor de políticas en temas de clima internacional y desarrollo global.

Fuente:https://www.project-syndicate.org/commentary/africa-well-positioned-to-benefit-from-changing-world-order-by-xolisa-ngwadla-and-paul-thompson-1-2026-04