Acuerdos Silenciosos Entre Tambores De Guerra

Desde hace mucho tiempo, la tensión entre Irán y Estados Unidos arde como una estufa encendida sin cesar. Pero alrededor de ese fuego no se sientan solo diplomáticos; los verdaderos avivadores son los medios. Porque en el mundo actual, el primer frente de la guerra ya no es la línea fronteriza, sino la pantalla. Televisiones, periódicos y redes sociales presentan a Irán y a Estados Unidos como dos gigantes equivalentes, e incluso hablan no del “día” sino de la “hora” de la guerra. Este lenguaje, repetido una y otra vez, deja de ser una posibilidad para convertirse en una sensación de destino. Y entonces surge la duda: ¿este ruido anuncia realmente una tormenta o, bajo la apariencia de tormenta, se está construyendo otro orden?

El mundo no atraviesa solo una época de conflictos, sino una era de transición. Los equilibrios y acuerdos de un siglo han caducado. El derecho del viejo orden ya no funciona; el del nuevo aún no ha sido escrito. En ese vacío oscuro donde las reglas han muerto pero las nuevas aún no han nacido la ausencia de reglas se legitima. Porque para imponer nuevas normas, primero hay que destruir la autoridad de las antiguas.

El problema no es solo un pulso entre Irán y Estados Unidos; es el cierre de una era y la apertura de otra. El inversor y pensador Ray Dalio ha señalado con inquietud que el orden mundial surgido tras 1945 ya no logra contener los equilibrios de poder. La confianza entre grandes potencias se erosiona; guerras económicas, tecnológicas y nuevas sanciones ahogan el lenguaje de la diplomacia clásica. Dalio no afirma que la guerra sea inevitable, pero advierte algo más inquietante: la guerra ha dejado de ser una catástrofe impensable y se ha convertido en una posible herramienta para reescribir las reglas.

El fin de una era a veces lo anuncia un cañón, a veces una revolución, y a veces una frase. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, las palabras de los líderes señalaron un momento de ruptura: el orden mundial posterior a 1945 ya no existe. La “era de reglas” ha colapsado. Lo que emerge es la verdad desnuda que nadie quiere decir abiertamente: el poder vuelve a ocupar el lugar del derecho.

La advertencia de que “el orden mundial ya no existe” no es solo un diagnóstico diplomático; es una confesión. Europa siente que su paraguas de seguridad se debilita. La afirmación de que el continente debe prepararse para la guerra revela un temor profundo. Y la referencia a una “nueva era geopolítica” implica que el lenguaje del viejo mundo ya no sirve.

Porque el viejo mundo se fundaba en reglas; el nuevo nace precisamente de su derrumbe. La tensión entre Irán y Estados Unidos es solo un reflejo de esta gran fractura. La constante pregunta mediática “¿cuándo estallará la guerra?” no es solo producción de noticias; también es una forma de acostumbrar a la humanidad a la dureza que viene. El mundo se desplaza hacia un diccionario escrito no por quien tiene razón, sino por quien tiene poder.

Antonio Gramsci llamó a este momento “el tiempo de los monstruos”: cuando el viejo mundo muere y el nuevo lucha por nacer. En este tiempo, los centros de poder global se empujan, se miden y recalculan su peso. Las potencias regionales se ven forzadas a elegir: alinearse con los grandes o ser aplastadas entre ellos.

El mundo ya no es un tablero de ajedrez ordenado, sino un mercado envuelto en niebla. Todos venden algo: miedo, esperanza, guerra, paz, energía, seguridad… pero nadie revela su verdadera intención. Porque en esta era, la verdad no es lo que se proclama en voz alta, sino lo que se firma en silencio.

En este contexto, la cuestión iraní es uno de los nudos más críticos. Para Estados Unidos, Irán nunca ha sido solo un enemigo; a menudo ha sido un enemigo controlado, útil como fuente constante de justificación: para bases militares, para presencia armada, para rediseñar la región. Durante años, el crecimiento de la influencia iraní fue tolerado hasta que dejó de ser completamente controlable.

Cuando Irán empezó a actuar con mayor autonomía, se activaron mecanismos de contención. La escalada regional, los conflictos indirectos y las campañas militares debilitaron a sus redes aliadas. Sin embargo, el desenlace no fue una guerra total, sino un alto el fuego mediado. Esto plantea la pregunta central: ¿se trataba de derribar un régimen o de delimitar sus fronteras?

Hoy, tras bastidores, parece más claro: se están redefiniendo los límites de un enemigo gestionable. Mientras los medios hablan de guerra total y cambio de régimen, la realidad apunta a otra lógica: negociación, recursos, mercados, energía, control.

Estados Unidos desea influir en el petróleo y el gas iraní; mantener a Irán como amenaza legitima su presencia militar, impulsa compras de armas en el Golfo y fortalece arquitecturas de seguridad regional. Por eso, el objetivo inmediato difícilmente sea un cambio de régimen o una guerra total. Esos son titulares; no necesariamente estrategias.

En Oriente Medio, la guerra a menudo no se libra para ganar la guerra, sino para negociar desde una posición más fuerte. A veces las bombas no buscan destruir, sino presionar. A veces la amenaza se amplifica no para cumplirse, sino para venderse.

Y, finalmente, esta tensión probablemente terminará en algún tipo de acuerdo. Porque el nuevo orden mundial no se construye eliminando las rivalidades, sino haciéndolas gestionables. La relación Irán-Estados Unidos se encamina precisamente hacia esa forma de “enemistad administrada”.

Mientras los medios hablan de la hora de la guerra, los centros de poder discuten el precio del petróleo, las rutas del gas, la ubicación de bases, la reconfiguración de actores y las nuevas fronteras.

Y quizá la mayor tragedia sea esta: mientras los pueblos esperan guerra, las élites firman acuerdos. Mientras los pueblos corean consignas, en las mesas se trazan mapas. Mientras los pueblos sueñan con victorias, se redactan contratos energéticos.

En síntesis, todo indica que la tensión entre Irán y Estados Unidos no es tanto el preludio de una guerra, sino una palanca en la construcción del nuevo orden mundial. Con ella se rediseñará la región, se reajustarán los equilibrios y se redefinirán los actores.

El cambio de régimen y la gran guerra quedarán, en gran medida, como frases en los titulares.

Porque la verdadera agenda es otra:
Control… Recursos… Mercado… Bases… y el precio del nuevo orden mundial.