Acuerdo De Defensa Común De La Meca: Un Nuevo Escudo De Seguridad Ante La Presión De Israel e Irán

El “Acuerdo de Defensa Común de La Meca”, firmado el viernes 7 de agosto en La Meca entre Türkiye, Pakistán y Arabia Saudí, está llamado a quedar registrado como uno de los acontecimientos más críticos del último siglo de la política regional. El acuerdo, que reúne a tres de las principales potencias del mundo islámico en torno a un compromiso de defensa colectiva, abre la puerta a una nueva etapa en las relaciones de seguridad entre Oriente Medio y Asia Meridional. Cabe esperar que, a largo plazo, el acuerdo tenga importantes consecuencias en materia de cooperación militar, coordinación estratégica y equilibrio de poder regional. Sin embargo, el objetivo fundamental de este artículo es analizar los efectos que dicho entendimiento podría generar a corto plazo.

El acuerdo fue firmado en un contexto regional sumamente crítico, marcado por la intensificación, después del 7 de octubre, de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán; por los ataques de represalia de Teherán dirigidos contra los países del Golfo, especialmente Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU); por el genocidio perpetrado por Israel en Gaza; por las graves violaciones de los derechos humanos cometidas en Cisjordania; y por la continuidad de sus ataques contra Siria, Líbano, Irak y Yemen. Por ello, el Acuerdo de La Meca no debe interpretarse únicamente como un mecanismo bilateral o trilateral de defensa entre tres países, sino como una consecuencia directa de las percepciones de amenaza cada vez más profundas generadas por la regionalización de la guerra durante el último periodo.

En este marco, quisiera definir el objetivo fundamental del acuerdo a corto plazo como una “doble contención”. Por un lado, los países signatarios pretenden limitar la influencia regional de Irán, su política de presión mediante misiles y fuerzas proxy, así como las amenazas dirigidas contra la seguridad del Golfo, el Levante y el mar Rojo. Por otro lado, buscan impedir que las operaciones militares de Israel en Siria, Líbano, Irak y Yemen desemboquen en una guerra regional, reduciendo así el margen de maniobra tanto de Tel Aviv como de Teherán. En este artículo, el Acuerdo de Defensa Común de La Meca será analizado no simplemente como un mecanismo de seguridad destinado a reforzar las capacidades defensivas, sino como una iniciativa estratégica orientada a contener simultáneamente a Irán e Israel. Por tanto, la tesis fundamental del artículo es que, a corto plazo, el acuerdo tratará de institucionalizar esta política de contención en dos frentes.

La arquitectura de seguridad deteriorada tras el 7 de octubre y la convergencia de las amenazas

Los acontecimientos ocurridos en Oriente Medio después del 7 de octubre han generado una convergencia sin precedentes entre las percepciones de amenaza y los intereses de Türkiye, Pakistán y Arabia Saudí. Los tres países han interpretado el genocidio perpetrado por Israel en Gaza bajo el pretexto de la operación Inundación de Al-Aqsa, las graves violaciones de los derechos humanos intensificadas en Cisjordania y el incremento de sus actividades militares en Líbano y Siria no simplemente como elementos del conflicto en curso, sino como señales de una estrategia más amplia destinada a transformar radicalmente los equilibrios regionales. El genocidio y la destrucción llevados a cabo por Israel en Gaza, así como la extensión de la guerra a Líbano y Siria, han reforzado entre los países signatarios la percepción de que Tel Aviv está siguiendo una agenda regional revisionista. La posibilidad de que Egipto y Jordania puedan convertirse en los siguientes objetivos de la agresividad israelí ha incrementado asimismo la preocupación de que la guerra actual pueda transformarse en un conflicto regional y prolongado.

Estos acontecimientos han generado consecuencias directas para la seguridad de Türkiye. La ampliación de la presencia militar israelí en Siria, la ocupación de zonas que se extienden hasta las áreas rurales de Damasco y los ataques aéreos contra regiones próximas a la frontera turca, dirigidos contra los sistemas de armamento y la infraestructura militar de Siria, han suscitado una seria preocupación de seguridad en Ankara. El establecimiento de una presencia militar israelí permanente o semipermanente en Siria podría crear un nuevo cinturón de amenazas en la frontera meridional de Turquía. Más importante aún, en la medida en que las actividades militares de Israel en la región entren en colisión directa con los intereses de seguridad de Turquía, aumentará el riesgo de un enfrentamiento directo entre las Fuerzas Armadas turcas e Israel. La inestabilidad que podría surgir de la profundización de la rivalidad entre Irán e Israel en Siria e Irak también podría agravar, desde la perspectiva turca, problemas relacionados con el terrorismo, la migración y la seguridad fronteriza.

En el caso de Pakistán y Arabia Saudí, el factor iraní se incorporó a la percepción de la amenaza procedente de Israel en un nivel aún más profundo. La ampliación del área de conflicto como consecuencia de los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra Irán desencadenó la política de Teherán de responsabilizar directamente no solo a Israel y Estados Unidos, sino también a los Estados del Golfo que cooperan con estos países o permanecen en silencio ante sus ataques. En este punto, la situación de Jordania y Bahréin, considerados los dos eslabones exteriores del anillo defensivo de Arabia Saudí, se convirtió en un punto de inflexión para las preocupaciones de seguridad de Riad.

Mientras que las políticas expansionistas de Israel dirigidas contra la estabilidad demográfica y política de Jordania han sacudido la seguridad septentrional del Reino, las reivindicaciones históricas de Irán sobre Bahréin y sus intentos de desestabilización han reforzado en Riad la sensación de estar “sitiado”. El empleo por parte de Irán de su capacidad de represalia contra los países del Golfo, no solo mediante ataques directos sino también a través de fuerzas milicianas, así como la presión ejercida sobre puntos estratégicos de tránsito como el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb, ha estrechado aún más este cerco geopolítico. En la actualidad, el Gobierno de Riad se ve obligado a reforzar nuevamente su arquitectura de defensa mediante el Acuerdo de La Meca, ante el revisionismo israelí que se proyecta desde el eje jordano, por un lado, y la amenaza iraní que se intensifica a través de Bahréin y de las rutas marítimas, por otro.

Esta doble amenaza está directamente relacionada también con los intereses de seguridad y económicos de Pakistán. La posibilidad de que el conflicto en el Golfo perturbe las exportaciones de energía, los corredores económicos internacionales y las inversiones estratégicas, como el puerto de Gwadar, genera un grave riesgo de inestabilidad para Islamabad. El repliegue de Arabia Saudí hacia una posición más defensiva ante la intensificación de los ataques, o la eventual desviación de su capacidad económica hacia el gasto militar, podría dejar a Pakistán más aislado, tanto estratégicamente como económicamente, frente a India. La importancia que tienen para la economía pakistaní las remesas enviadas por los ciudadanos que trabajan en los países del Golfo, que ascienden a unos 40.000 millones de dólares, incrementa aún más este riesgo. Por tanto, el periodo posterior al 7 de octubre obligó a los tres países a evaluar conjuntamente las amenazas derivadas tanto de Irán como de Israel. La principal motivación detrás del Acuerdo de Defensa Común de La Meca reside precisamente en el deseo de transformar esta percepción común de las amenazas y estos intereses convergentes en un marco institucional de seguridad.

Acuerdo de La Meca: no un conflicto directo, sino una doble contención mediante una alta capacidad de disuasión

El Acuerdo de La Meca surgió en un contexto en el que las percepciones de amenaza y los intereses de Türkiye, Pakistán y Arabia Saudí presentan una marcada convergencia. El objetivo fundamental del acuerdo es limitar simultáneamente los riesgos generados por las políticas expansionistas y confrontativas de Irán e Israel en la región, pero hacerlo sin asumir el coste de una guerra directa con estos actores, mediante el fortalecimiento de la capacidad de acción conjunta y de la disuasión. Desde esta perspectiva, el Acuerdo de La Meca puede interpretarse no tanto como una alianza bélica en el sentido clásico, sino como un mecanismo de coordinación orientado a reconfigurar los equilibrios de poder regionales y reducir el margen de maniobra de dos actores rivales.

Los tres países signatarios albergan importantes reservas respecto a la posibilidad de entrar en un conflicto directo con Irán o Israel. A pesar de la rivalidad histórica y de las diferencias de opinión con Irán, Türkiye no desea que las relaciones entre ambos países desemboquen en una guerra abierta. Desde la perspectiva turca, Irán es también un país vecino con el que comparte una extensa frontera y mantiene relaciones económicas y diplomáticas. Aunque las aspiraciones de Irán de ampliar su influencia regional generan preocupación en Ankara, la prioridad de Türkiye no es enfrentarse directamente a Teherán, sino equilibrar la presión que Irán ejerce mediante fuerzas proxy, redes militares e instrumentos de influencia regional. Por ello, desde la perspectiva de Ankara, una política de seguridad eficaz prioriza la disuasión coordinada y la presión diplomática antes que la opción militar.

Las prioridades estratégicas de Pakistán están determinadas en gran medida por la competencia geopolítica y de seguridad que mantiene con India. Que Islamabad destinara sus recursos y capacidades militares a un nuevo frente regional sería incompatible con los principales cálculos de seguridad del país. Aunque Pakistán mantiene problemas con Irán en materia de seguridad fronteriza y estabilidad regional, Islamabad es consciente de que un enfrentamiento frontal con Teherán debilitaría sus prioridades estratégicas fundamentales. Una situación similar se observa en el caso de Arabia Saudí. Puede afirmarse que Riad no tiene ni la capacidad ni la voluntad de entrar en una guerra directa con Irán o con Israel. De hecho, Arabia Saudí e Irán acordaron en marzo de 2023, mediante la mediación de China, restablecer sus relaciones diplomáticas. Asimismo, antes del 7 de octubre, la posibilidad de una normalización de las relaciones entre Arabia Saudí e Israel ocupaba un lugar destacado en la agenda regional.

También parece poco probable, pese a todas las tensiones políticas, que Türkiye e Israel lleguen a una guerra directa. El hecho de que ambos países mantengan, aunque en distintos niveles, vínculos con la arquitectura de seguridad occidental incentiva a Ankara a mantener una competencia controlada con Israel, evitando al mismo tiempo que el conflicto alcance un nivel inmanejable. En estas condiciones, la naturaleza del Acuerdo de La Meca puede definirse como un intento de reducir el margen de maniobra regional tanto de Irán como de Israel mediante el establecimiento de un alto nivel de coordinación defensiva entre los tres países, sin asumir el riesgo de un enfrentamiento frontal con ninguno de ellos. De este modo, el acuerdo institucionaliza una estrategia de “doble contención” que opera no mediante la amenaza de una guerra directa, sino a través de una voluntad común de defensa y de la coordinación mutua.

El Acuerdo de Defensa Común de La Meca surgió como una respuesta conjunta y estratégica de Türkiye, Pakistán y Arabia Saudí al deterioro acelerado del entorno de seguridad regional tras el 7 de octubre. La convergencia en las percepciones de amenaza de los tres países no se deriva únicamente de los ataques llevados a cabo por Israel en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria, sino también de la presión ejercida por Irán mediante su capacidad misilística, sus fuerzas proxy y su influencia sobre las rutas estratégicas de tránsito. Por ello, resultaría insuficiente considerar el Acuerdo de La Meca únicamente como un mecanismo técnico destinado a desarrollar la cooperación militar entre los tres países. El Acuerdo de La Meca constituye una iniciativa político-estratégica orientada a impedir la expansión de la guerra regional, reforzar el espacio de seguridad de los países signatarios y establecer una base común de disuasión frente a la transformación de los equilibrios de poder.

La función del acuerdo a corto plazo será tratar de contener simultáneamente a Irán e Israel. Sin embargo, esta estrategia de contención no pretende entrar en una guerra directa con ninguno de estos actores, sino elevar la disuasión mutua mediante el uso coordinado de las capacidades militares, económicas, diplomáticas y geopolíticas de los tres países. Türkiye debe tener en cuenta sus relaciones de vecindad con Irán y sus preocupaciones de seguridad derivadas de Siria; Pakistán, sus prioridades estratégicas frente a India; y Arabia Saudí, las necesidades de seguridad del Golfo y de estabilidad económica. Esta situación obliga a que el acuerdo se configure no como una alianza ofensiva, sino como un mecanismo defensivo prudente destinado a equilibrar el intervencionismo regional y evitar la propagación del conflicto.

En este marco, el éxito del Acuerdo de La Meca dependerá no solo de las capacidades militares de los países signatarios, sino también de su capacidad para transformar una percepción común de las amenazas en un mecanismo de coordinación sostenible. En la medida en que los tres países logren desarrollar una cooperación concreta en ámbitos como el intercambio de inteligencia, la defensa aérea, la seguridad marítima, la comunicación durante las crisis y la coordinación diplomática, aumentará el valor disuasorio del acuerdo. De lo contrario, el entendimiento podría quedar reducido a una declaración política de gran carga simbólica, pero con un impacto limitado en los equilibrios de poder regionales. A corto plazo, sin embargo, la principal consecuencia del acuerdo será la aparición de un nuevo eje de seguridad que demuestre que el margen de maniobra regional de Irán e Israel no es ilimitado. Este eje establecido en La Meca representa la búsqueda de un nuevo equilibrio regional, basado, en lugar de la confrontación directa, en una elevada capacidad de disuasión y en una estrategia de doble contención.

Necmettin Acar, jefe del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Mardin Artuklu. [email protected]